La foto de mi ex que lo cambió todo entre nosotros
Esa noche no hubo cena propiamente dicha. Picamos fiambre, queso y pan, con los vasos siempre llenos, frente al televisor. Los tres habíamos salido del baño casi al mismo tiempo y nos habíamos acomodado en el living con la ropa que se usa para dormir: Claudia y Verónica con camisetas largas y holgadas, sin nada debajo; yo con un short de algodón.
No sé si ellas lo hacían con intención o simplemente no me consideraban un problema. Verónica era mi hermana; supongo que eso le daba cierta tranquilidad. Claudia, en cambio, sabía exactamente qué efecto tenía en los hombres, pero esa noche parecía haberlo olvidado también.
El problema era que yo no era inmune. Cada vez que alguna de las dos se movía —para alcanzar el vaso, para acomodarse en el sillón, para reírse de algo en la pantalla— la camiseta se desplazaba y yo me quedaba con la vista fija en un lugar donde no debía mirar. Los pezones marcando la tela, duros, apuntando hacia adelante como si me llamaran. Las piernas casi completamente al descubierto, y más de una vez, cuando Claudia cruzaba una sobre la otra, alcancé a ver el vello oscuro de su coño desnudo entre los muslos. Verónica no se quedaba atrás: se recostaba de lado y la camiseta se le subía hasta la cadera, dejándome ver la curva del culo. Para cuando terminó el primer programa, tenía la polla completamente dura y sostenía un almohadón sobre la falda.
—¿Tenés frío? —preguntó Verónica, con una ceja levantada.
—No.
—Entonces es lo otro.
—Sí —admití—. Lo otro. No se puede hacer nada con ustedes dos en la misma habitación.
Se rio en voz baja, casi sin querer. Claudia estaba en la cocina buscando algo.
—Sos incorregible —dijo Vero.
—Yo no tengo la culpa de nada. La tienen ustedes por andar con el culo al aire.
Hizo un gesto despectivo con la mano pero le duró medio segundo. Los ojos se le fueron sin querer al bulto que el almohadón no terminaba de tapar, y tragó saliva. Cuando Claudia volvió con el hielo para los vasos, Verónica se levantó sin decir nada y desapareció por el pasillo.
***
Claudia se sentó a mi lado. La distancia entre nosotros desapareció sola, como siempre. Llevábamos meses construyendo algo que ninguno sabía cómo definir, aunque esa mañana lo habíamos definido bastante bien, con ella en cuatro sobre la mesada y yo cogiéndomela hasta que se le doblaron las rodillas.
—¿Qué le pasó a tu hermana? —preguntó.
—Dijo que tenía sueño.
Me miró de costado. Tenía esa manera de mirar que no admitía medias tintas.
—¿Seguros de que no pelearon?
—Seguros. Solo la hago renegar un poco a veces. No es nada.
—¿Y vos? —preguntó, bajando los ojos hacia el almohadón.
Lo aparté. La polla se había marcado en el algodón del short, gorda y con la punta ya humedecida.
—Esto lo tenés vos desde esta mañana —dije.
Sonrió con los labios apretados, ese gesto suyo que significaba varias cosas a la vez. Le tomé la mano y, antes de que pudiera decir algo, la guié debajo del elástico del short. Cerró los dedos solos alrededor de la verga, midiéndola, y sentí su respiración cambiar. Empezó a moverla despacio, con la muñeca floja, dando toda la vuelta con el puño desde la base hasta el glande y otra vez para abajo.
—Guardá eso —murmuró—, que puede volver tu hermana.
Pero no lo guardé. Y ella tampoco me lo pidió dos veces. Al contrario: siguió pajeándomela debajo del elástico, con esa lentitud calculada de quien sabe exactamente cuánto tarda un hombre en romperse.
Su boca encontró la mía y me metió la lengua hasta el fondo, chupándome los labios como si me comiera. Con la mano libre me bajó el short hasta las rodillas y la polla saltó afuera, dura, apuntándole a la cara. Ella no perdió tiempo: se arrodilló en la alfombra entre mis piernas, me miró desde abajo con los ojos brillantes, y me escupió una hebra de saliva sobre el glande antes de agarrar la base con las dos manos.
—Callate la boca —susurró—, que si te escucha tu hermana no te la chupo.
Se metió la verga entera en la boca de una sola vez, hasta que la sentí topar contra la garganta. Se quedó ahí, ahogándose apenas, con los ojos húmedos y la nariz apretada contra mi pubis. Cuando subió, dejó un hilo de saliva colgando entre sus labios y la punta. Volvió a bajar, esta vez más despacio, chupando con toda la fuerza de los cachetes, la lengua trabajando contra el frenillo. Cada vez que llegaba abajo se detenía un segundo y dejaba que la garganta se le cerrara alrededor del glande.
Tuve que morderme el puño para no hacer ruido. Con la otra mano le agarré la nuca y la fui guiando arriba y abajo, marcando yo el ritmo. Ella se dejó hacer, con las manos apoyadas en mis muslos y las tetas colgando bajo la camiseta, meciéndose con cada empuje. De vez en cuando la sacaba para respirar, escupía otra vez sobre la cabeza y se la metía de nuevo hasta el fondo, pajeándome con las dos manos lo poco que le quedaba afuera de la boca.
—¿Te gusta cómo te la chupo? —dijo en voz muy baja, con la voz ronca—. ¿Ves cómo tu esposa no te la chupa así?
—No tengo esposa, boluda.
—Todavía —dijo, y se rio con la polla apoyada en la mejilla.
Tardó un tiempo largo en subir. Cuando lo hizo, tenía los ojos brillantes y una expresión que no era de culpa, sino de hambre.
—Dame tu leche —dijo—. Quiero saber cómo sabe. Corréte en mi boca.
Le hice caso. La agarré de las orejas y empujé las caderas contra su cara mientras ella chupaba con todas sus fuerzas. Me corrí en chorros gruesos, uno detrás de otro, contra el fondo de su garganta. Ella lo recibió sin mover la cabeza, con calma, tragando cada descarga como quien cumple algo que llevaba tiempo planeando. Cuando terminé, me chupó la punta hasta la última gota y me la sacó con un beso húmedo.
—Sabés a limpio —dijo, relamiéndose.
Después la tuve sobre mí en el sillón. Se sacó la camiseta por la cabeza y quedó desnuda encima, las tetas grandes cayéndole a los lados, los pezones marrones erectos. Se agarró la polla, se la refregó por los labios del coño mojado y se la fue sentando encima despacito, centímetro a centímetro, hasta que el pubis chocó con el mío. Se quedó ahí, respirando fuerte, empalada hasta el fondo, y empezó a moverse en círculos con las caderas.
Controlaba todo: la velocidad, el ángulo, la profundidad. A veces se levantaba casi por completo y volvía a bajar de un golpe seco que le hacía saltar las tetas. Otras veces se quedaba clavada arriba y solo movía la pelvis adelante y atrás, apretándome adentro con los músculos del coño. Le agarré las tetas y le apreté los pezones entre el pulgar y el índice. Ella echó la cabeza para atrás y soltó un gemido largo.
—Más fuerte —jadeó—. Retorcélos, no seas maricón.
Le retorcí los pezones hasta que se le escapó un grito y se tapó la boca con la mano. Cabalgaba cada vez más rápido, el culo golpeando contra mis muslos, el coño chorreando por mi verga y por los huevos hasta manchar el sillón.
En un momento se inclinó sobre mí y me susurró algo sobre un hijo, con los labios pegados a mi oreja. No era la primera vez que lo mencionaba, pero esta vez sonó diferente.
—Quédate adentro —dijo—. Esta vez quédate dentro. Llenáme el coño, dame un hijo, no me saques nada.
Le apreté el culo con las dos manos y la clavé contra mi pubis, empujando desde abajo. Me corrí dentro de ella en oleadas largas, sintiendo cómo su coño me ordeñaba cada chorro. Ella se corrió arriba mío casi al mismo tiempo, temblando entera, mordiéndose el labio para no gritar. Cuando quedamos quietos, se dejó caer contra mi pecho con la polla todavía adentro, sin dejar que se me saliera.
—Ni una gota afuera —murmuró contra mi cuello—. Que quede todo donde tiene que quedar.
Me quedé.
***
A la mañana siguiente Verónica apareció en el comedor con cara de haber dormido tres horas. Claudia ya tenía el café listo y los bizcochitos sobre la mesa.
—¿Descansaste? —le pregunté.
—No. —Se sentó y me miró fijo—. Y es culpa de ustedes dos.
—Pero si a los diez minutos de que te fuiste nosotros también nos acostamos.
—Sí, amigo —dijo—. Los escuché perfectamente. Rugidos, voces pidiendo más, comentarios en voz alta sobre cosas que preferiría no haberme imaginado. «Corréte adentro, dame un hijo». Muy discretos ustedes. Me quedé completamente despierta con los dedos en el coño hasta que me dolió la muñeca, y ni así. Me fui a la cama frustrada, soñé con frustraciones y me desperté peor. Fue una noche horrible.
—Perdón —dijo Claudia, con la taza a mitad de camino.
—Voy a la pileta —anunció Vero, y se levantó sin terminar el café.
—Ve a hablar con ella —me dijo Claudia en cuanto se fue.
—¿Yo?
—Vos. Ahora. Y hacé lo que tengas que hacer, pero solucionála.
***
Cuando salí al jardín, Verónica estaba sentada en el borde de la pileta con los pies colgando dentro del agua. Llevaba una bikini azul que le quedaba un poco suelta. La bombacha se le hundía entre las nalgas y el corpiño apenas contenía las tetas. Tenía los ojos cerrados y la cara levantada hacia el sol, los brazos estirados detrás apoyando el peso del cuerpo, lo que le arqueaba el pecho hacia adelante.
Me metí al agua sin hacer ruido, avancé despacio buceando por debajo y emergí a pocos centímetros. Cuando abrió los ojos me encontró ahí.
—Vine a pedirte disculpas —dije.
—Soy yo quien debería pedirlas. —Suspiró—. No sos responsable del mal día que tengo.
—¿Qué pasa?
—Es algo vergonzoso.
—Contame igual.
Tardó. Se miró los pies dentro del agua.
—Estoy en días de ovulación —dijo al fin—. Me pasa cada vez: temperatura alta, un dolor sordo acá abajo, y unas ganas de que me cojan que no se van solas. Andrés no está. Para colmo, anoche los escuché a ustedes y terminé de arruinar la noche.
—Entiendo.
—No, no entendés. O entendés demasiado bien y no sabés qué decir.
Me reí. Ella también, apenas.
—Puedo darte un masaje en el vientre —ofrecí—. A veces alivia el dolor.
Me miró de reojo.
—¿Sin malas intenciones?
—Si en algún momento sentís algo que no querés, me decís y paro.
Dudó un segundo. Después se dejó caer hacia atrás apoyando la espalda en el piso del borde, las piernas todavía en el agua, los ojos cerrados. Se tapó la cara con un brazo.
Puse la palma de la mano sobre su abdomen, justo encima del elástico de la bikini, y empecé a trazar círculos lentos. La escuché respirar hondo y soltar el aire despacio. Fui desplazando el movimiento hacia abajo, centímetro a centímetro, sin apuro. Cuando llegué al borde de la tela, ajusté la presión hacia arriba de modo que la piel se corriera sola: un movimiento pequeño, calculado, que rozaba lo que la tela cubría sin tocarlo directamente. Con el pulgar rocé apenas el bulto que la bombacha marcaba entre sus piernas.
La segunda o tercera vez que hice ese movimiento, soltó un sonido que intentó convertir en tos.
La cuarta vez, dejó de intentarlo.
—Hermanito —dijo entre dientes—. No pares.
No paré.
Tomó mi mano y la llevó debajo de la tela. La encontré caliente, empapada, con los labios del coño hinchados y separados, esperándome. Metí dos dedos hasta los nudillos y ella dio un respingo. La palma le quedó apretada contra el clítoris. Empecé a moverlos adentro, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que hace temblar a las mujeres. Cuando lo encontré, ella arqueó la espalda y despegó el culo del suelo.
—Ahí, hijo de puta —gimió—. Ahí, ahí.
Le metí un tercer dedo. Ya no cabía uno más y aun así seguía pidiendo. Con la mano libre le corrí a un costado el corpiño de la bikini y le dejé una teta al aire. El pezón estaba durísimo, moreno, con la aureola grande. Me incliné y se lo chupé, mordiéndolo apenas mientras seguía metiéndole los dedos hasta el fondo.
—Sí —dijo, más fuerte de lo que pretendía—. Así. No pares. No pares, hermanito, cogéme con los dedos, rompéme el coño.
El agua de la pileta chapoteaba contra el borde con cada empujón. Arriba, el sol pegaba fuerte. Le solté la teta y le hablé pegado a la boca mientras se la cogía con la mano.
—¿Así te gusta, hermanita? ¿Así te lo hace Andrés?
—Más fuerte que Andrés —jadeó—. Más rico que Andrés. No pares, por favor.
Le apreté el clítoris con la palma y se lo froté en círculos mientras los dedos seguían adentro, penetrándola cada vez más rápido. Ella empezó a moverse sola, cabalgándome la mano, con la boca abierta y sin importarle ya el ruido que hacía. Su orgasmo fue largo y ruidoso: gritó contra la palma de su propia mano, y el coño se le apretó alrededor de mis dedos en espasmos que duraron más de un minuto. Le chorreó por la muñeca hasta el codo.
Después quedó tendida, con los brazos abiertos y el cuerpo completamente relajado.
La ayudé a salir del agua y la llevé a la reposera ancha que estaba contra la pared. Me acosté a su lado. Me abrazó sin decir nada durante un rato. Después le di un beso en la frente. En la mejilla. En el cuello. Un poco más abajo, en la teta que todavía tenía al aire.
—Esto no puede volver a pasar —dijo.
—Sí.
—Pero me muero de ganas de que pase otra vez. Ahora, mientras Claudia no está.
Me dio vuelta la cara con una mano y me besó en la boca, largo, metiéndome la lengua hasta el fondo.
Se sacó lo que le quedaba de la bikini y se abrió de piernas sobre la reposera. El coño se le veía rojo, hinchado, brillante de tanto que se le había mojado. Me bajé el short y me acomodé encima. Ella misma me agarró la polla y se la fue guiando entre los labios, restregándose la punta contra el clítoris antes de dejarme entrar.
—Despacio —dijo—. Que hace mucho que no me la meten así de grande.
Entré despacio, sintiendo cómo su coño se abría a mi paso, apretándome centímetro a centímetro. Cuando llegué al fondo, se le escapó un gemido largo que le vibró en el pecho contra el mío.
—Ahora sí —susurró—. Ahora rompéme.
La cogí ahí, en la reposera, con el sol encima y el sonido del agua. Vero me indicó exactamente lo que quería: primero despacio, con embestidas largas que le llegaban hasta el fondo y la hacían cerrar los ojos; después boca abajo, con el culo levantado y la cara contra el almohadón, mientras yo la agarraba de las caderas y le entraba desde atrás, viendo cómo la verga desaparecía entre sus nalgas una y otra vez. En esa posición me pidió que le tirara del pelo, y le tiré. Que le diera nalgadas, y se las di, hasta dejarle el culo con la marca roja de mi mano.
—Soy una puta —jadeaba contra el almohadón—. Soy una puta, cogéme como a una puta, no como a tu hermana.
Después me pidió que me acostara y se subió encima, de espaldas a mí, mirando hacia la pileta. Se sentó sobre la polla en cuclillas, apoyando los pies en los bordes de la reposera, y empezó a saltar arriba y abajo como si me estuviera cabalgando sin manos. Le veía el culo abriéndose y cerrándose sobre mi verga, los labios del coño estirándose alrededor de la base cada vez que bajaba hasta el fondo.
—Me voy a correr otra vez —anunció—. Me voy a correr sobre tu polla, hermanito.
Y se corrió, apretándome adentro con tanta fuerza que casi me sacó la leche a mí también. Le agarré las caderas, la tumbé hacia adelante con la polla todavía dentro, y la monté en cuatro sobre la reposera. La cogí a un ritmo bestia, sin cuidado, con el sonido de mis muslos golpeando contra su culo llenando el jardín.
—¿Adentro o afuera? —le pregunté cuando ya no aguantaba.
—Afuera —gimió—. Encima del culo. No me arriesgo, hermanito, no como Claudia.
La saqué justo a tiempo y me la pajeé sobre las nalgas. Los chorros le cayeron gruesos y calientes sobre la espalda baja y la raya del culo. Ella se quedó quieta, boca abajo, jadeando, con mi leche escurriéndosele entre los cachetes hasta el coño.
Cuando llegamos al final, los dos sin aliento, quedamos abrazados en silencio hasta que escuchamos el auto de Claudia entrando por el portón del garaje.
***
Después del almuerzo y una siesta larga, nos reunimos los tres alrededor de la pileta. Claudia tenía un sobre en la mano. Lo puso sobre la mesa sin decir nada y esperó.
—Ábrelo —le dijo a Verónica.
Vero sacó una foto impresa en papel fotográfico. Nítida, tomada de cerca, bien enfocada. Una cara de mujer joven con la boca a mitad de algo que yo reconocí al instante: los labios estirados alrededor de una polla gruesa, la lengua asomándole por debajo del glande. Sonriendo a la cámara. Con una mano en los huevos y la otra apretándose el pezón. Y una mano masculina apoyada en su cabeza, con dos anillos inconfundibles: una alianza y un sello.
El sello de Rodrigo.
La cara de la mujer era Jimena. Mi ex.
—Cuándo llegó esto —pregunté. No era una pregunta.
—Al día siguiente del episodio en la comisaría —dijo Claudia—. Alguien quería hacerme daño con esto. No calculó que ya me iba a dar lo mismo.
Verónica me miró. Yo sostenía la foto y no sabía muy bien qué sentir.
—¿Te duele? —me preguntó Vero.
—Menos de lo que debería —admití.
—Bien —dijo Claudia—. Porque hay más. Escuchen.
***
La historia de Rodrigo la contó de corrido, sin rodeos, como si llevara tiempo esperando el momento.
Esa misma tarde, después de que Verónica y yo nos fuimos, Rodrigo se quedó inquieto. Claudia lo conocía demasiado bien. Antes de la cena le preguntó directamente qué le pasaba, y él confesó: había estado con Jimena. Una vez, decía. Claudia no le preguntó si era verdad.
—Le dije que se fuera a dormir al cuarto de huéspedes —nos contó—. Que yo le avisaría cuándo seguíamos hablando.
Durante la cena le comunicó su decisión. El matrimonio estaba roto. De puertas afuera podían seguir aparentando lo de siempre; de puertas adentro, haría como si él no existiera. Cada uno a lo suyo, sin control, sin explicaciones.
—Le pedí que acondicionaran el cuarto de huéspedes como habitación permanente —dijo—. Esa noche buscó dónde dormir sin hacer preguntas.
Había algo más. Lo dijo mirándome a los ojos.
—Le dije que quería ser madre. Que ya vería cómo y cuándo. Que él podría reconocer al hijo o no, darle o no el apellido, pero que yo me iba a mantener callada en cualquier caso. Y que si intentaba controlarme o espiarnos, me iría de la casa y haría unas llamadas que le complicarían bastante la vida.
Silencio.
—¿Y él? —preguntó Verónica.
—Me dijo «perfecto, mi amor». —Claudia sonrió, pero no con alegría—. Tiene demasiado que perder.
***
Han pasado varios meses desde ese fin de semana en la casa de Claudia.
Puedo estudiar sin pasar necesidades. El engaño de Jimena me parece ahora algo remoto, casi ajeno, como si le hubiera ocurrido a otra persona. Tengo el afecto real de dos personas que me conocen sin filtros, que me abren las piernas cuando se les da la gana y me piden la polla sin vergüenza, y eso pesa de una manera que no esperaba.
Claudia está embarazada. Lo decidimos juntos, sin documentos ni promesas formales, en una conversación honesta una noche mientras llovía afuera y yo terminaba de vaciarle el segundo chorro dentro del coño. Rodrigo asumirá la paternidad legal sin hacer preguntas. Ese fue el trato, y todos lo cumplimos.
No sé qué nombre le pondrá el tiempo a todo esto. Pero mientras sigamos siendo honestos entre nosotros —y mientras Vero siga apareciendo en mi cuarto los días de ovulación con la bombacha en la mano—, no necesito saberlo.