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Relatos Ardientes

Mi primera noche en el club fue para varios a la vez

Desde muy joven supe que lo mío no era el amor de domingo por la tarde. Mientras otras chicas soñaban con una boda, yo me dormía imaginando manos que no conocía, bocas que no tenían nombre, la idea de ser el centro de una habitación llena de gente que solo me quería para una cosa. No era algo que pudiera contarle a nadie. Era algo que llevaba dentro, callado, como una brasa que nunca terminaba de apagarse.

Por eso, cuando vi el anuncio del club a las afueras de la ciudad, no lo pensé demasiado. Me arreglé el pelo, me puse el vestido más ajustado que tenía y fui a pedir trabajo.

El encargado, un hombre de barba canosa y mirada cansada, apenas tardó cinco minutos en decir que sí. Me miró de arriba abajo, asintió como quien revisa una mercancía, y me explicó las reglas con la voz de alguien que las había repetido mil veces.

—Aquí solo llevas eso —dijo, señalando una tira de tela que colgaba de un perchero—. Quien entra, paga. Y quien paga, hace lo que quiera contigo, mientras no te marque. Si en algún momento quieres parar, dices «rojo» y se acaba. ¿Entendido?

Asentí. El corazón me golpeaba el pecho, pero no de miedo. Era otra cosa, una mezcla de vértigo y deseo que me humedecía antes de tocar a nadie.

—Empiezas hoy —añadió, y me dejó sola en un cuartito con un espejo.

***

Me desnudé despacio. La tela que me dieron no cubría casi nada: dejaba ver mis labios cuando me movía, y los pezones se marcaban contra la tira de arriba como si no hubiera nada. Me miré en el espejo durante un rato largo. La mujer que me devolvía la mirada estaba muerta de ganas.

Cuando salí al salón principal, lo primero que me golpeó fue el sonido. Gemidos por todos lados, el chasquido húmedo de la piel contra la piel, alguna risa grave de hombre, el grito agudo de una mujer en algún rincón. La luz era roja y baja, y el aire olía a sudor y a perfume barato.

Caminé entre los sillones como hipnotizada. Vi parejas, tríos, mujeres de rodillas y hombres con la cabeza echada hacia atrás. Vi a una chica entre dos tipos que la usaban a la vez, y por un instante me imaginé en su lugar. El muslo se me mojó solo de pensarlo.

Nadie me prestaba atención todavía y, aun así, me sentía observada por todos. Cada paso que daba con esa tira de tela rozándome la piel era una pequeña humillación que me gustaba más de lo que quería admitir. Me crucé con un hombre que me recorrió de arriba abajo sin disimulo, con otra mujer que me sonrió como si supiera exactamente lo que yo había venido a buscar. No me cubrí. Dejé que miraran.

Y entonces lo vi a él.

Estaba en un sillón al fondo, recostado, con los brazos cubiertos de tatuajes y una sonrisa que no tenía nada de amable. Se acariciaba despacio, sin prisa, mirándome fijo desde el momento en que entré, como si hubiera estado esperándome toda la noche. Tenía algo en la mirada que me clavó al suelo y me empujó hacia él al mismo tiempo.

Me hizo una seña con dos dedos. Hacia abajo. Arrodíllate.

Y lo hice.

***

Me dejé caer entre sus piernas y me relamí antes de tocarlo. Pasé la lengua por toda su extensión, despacio, sintiendo cómo se tensaba bajo mi boca. Lo lamí desde la base, jugué con él entre los labios, me lo metí entero y lo solté con un ruido húmedo que lo hizo gruñir.

—Así —murmuró—. Como una buena chica.

Le hundí la lengua, le acaricié con la mano lo que no me cabía en la boca, y cuando creí que llevaba el ritmo, él me agarró del pelo y tomó el control. Me empujó hasta el fondo, sin avisar, hasta que sentí que el aire se me acababa y la nariz me chocaba contra él. Me sostuvo ahí, sin dejarme respirar, contando los segundos con una calma cruel.

Me soltó justo cuando empezaba a marearme. Tosí, con los ojos llenos de lágrimas y la barbilla empapada, y antes de recuperarme volvió a meterme. Una y otra vez. Yo no rechistaba. Por dentro estaba ardiendo.

—Date la vuelta —ordenó.

Me agarró de la cintura y me lanzó contra el respaldo del sillón, de rodillas, con el culo en alto. No dijo nada más. Me penetró de una sola embestida, entero, y el grito que solté fue mitad dolor, mitad placer. Era grande, me llenaba de un modo que me obligaba a respirar despacio para soportarlo.

Me embestía sin piedad, agarrándome del pelo con una mano y marcándome las nalgas con la otra. Cada golpe me arrancaba un gemido. Sentía sus caderas chocar contra las mías, su peso encima, su voz baja diciéndome cosas que me encendían más de lo que debían admitir.

***

Noté una mano fría en la mejilla. Giré la cara y me encontré con una chica de melena oscura, los labios entreabiertos, la mirada turbia. Sin pedir permiso, me besó. Fue un beso largo, sucio, que me robó el poco aire que me quedaba mientras él seguía moviéndose detrás de mí.

La chica me bajó la tira de tela y empezó a acariciarme los pechos, a pellizcarme los pezones mientras me besaba el cuello. Yo gemía contra su boca, sin saber ya de quién era cada mano. Sentía dedos en la cintura, en los muslos, en el pelo. Más de los que podía contar.

Él se detuvo de pronto. Por un segundo no entendí por qué. Después sentí otra presión, una segunda, empujando donde no debería caber nadie más. Miré por encima del hombro y vi a otro hombre, joven, fuerte, esperando su turno con una sonrisa.

—No, no… —se me escapó—. No voy a poder.

El de los tatuajes me agarró de la barbilla y me obligó a mirarlo.

—Tú no decides eso —dijo, tranquilo—. Si te queremos entre los dos, te tomas a los dos. Para eso estás aquí. Y si de verdad quieres parar, ya sabes la palabra.

No la dije.

Cerré los ojos y respiré hondo. Sentí cómo el segundo empezaba a abrirse paso, despacio al principio, hasta que los dos me llenaron a la vez. El dolor me cruzó entera, agudo, y por un momento creí que no aguantaría. Estaba temblando, con lágrimas corriéndome por la cara.

Y entonces el dolor empezó a cambiar de forma.

***

Primero fue un punto de calor, perdido entre todo lo demás. Después se extendió, abriéndose camino, hasta que ya no supe distinguir dónde terminaba el dolor y empezaba el placer. Los dos se movían dentro de mí, encontrando un ritmo, y yo dejé de resistirme. Dejé de pensar.

Empecé a mover las caderas hacia ellos, buscándolos, pidiendo más sin palabras. La chica de la melena oscura me sostenía la cara y me susurraba al oído que lo disfrutara, que me dejara llevar, mientras me acariciaba entre las piernas con dos dedos que me hacían arquear la espalda.

—Joder, sí —jadeé, y la voz ni siquiera me sonó mía.

Otro hombre apareció frente a mí y me ofreció lo suyo. Abrí la boca sin dudarlo. Ya no quedaba nada de la chica nerviosa que había entrado al salón. Tenía una boca llena, dos hombres detrás, manos por todas partes, y una sola idea en la cabeza: que no parara nunca.

Perdí la cuenta del tiempo. En algún momento el más joven se vino dentro de mí con un gruñido largo, y me dejó vacía solo un instante antes de que otro ocupara su lugar. La chica acercó un juguete y jugó con él entre mis piernas, frío y duro, mientras yo seguía con la boca ocupada, gimiendo contra la piel ajena.

Se había formado un pequeño corro alrededor del sillón. Manos que aparecían y desaparecían, voces que me decían lo que iban a hacerme, dedos que se turnaban dentro de mí. Yo ya no distinguía a nadie en concreto. Era una sola corriente de placer que me atravesaba sin pausa, y yo solo quería más, abrir más las piernas, ofrecer más boca, más cuerpo, más de todo.

En algún momento llegué al borde sin darme cuenta. El orgasmo me sacudió de golpe, larguísimo, mientras la chica seguía moviendo el juguete y otro hombre me embestía. Grité sin vergüenza, con la cara hundida en el sillón, temblando de pies a cabeza. No me dieron tregua. Siguieron usándome mientras todavía me convulsionaba, y eso solo prolongó el espasmo hasta dejarme sin fuerzas.

—Mira lo que eres —dijo el de los tatuajes, agarrándome del pelo para que levantara la vista—. Y mira cómo lo disfrutas.

Tenía razón, y eso era lo que más me encendía. No me importaba lo que dijera. No me importaba ser, esa noche, solo un cuerpo que pasaba de mano en mano. Lo había deseado toda mi vida y por fin lo estaba viviendo.

***

El de los tatuajes terminó dentro de mí con un último embate brutal que me dejó sin voz. Los otros dos lo hicieron poco después, uno detrás del otro, y yo lo recibí todo sin apartarme, tragando, lamiéndome los labios como si fuera lo más natural del mundo.

Cuando por fin me dejaron, me quedé tendida en el sillón, temblando, con el cuerpo deshecho y una sonrisa estúpida que no podía borrarme. Estaba agotada y, al mismo tiempo, más despierta que nunca.

Miré a mi alrededor. La chica de la melena oscura seguía cerca, recostada, satisfecha. Me acerqué a ella despacio, todavía con el pulso acelerado, y empecé a recorrerle el cuerpo con la boca sin que nadie me lo pidiera.

Porque esto no se había acabado. Apenas era mi primera noche, y ya sabía que iba a volver. Que iba a volver cada noche que pudiera, hasta saciar una sed que, ahora lo entendía, no tenía fondo.

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Comentarios (6)

NaliaRos22

tremendo relato!!! me quede sin palabras

MauroBaires

Que comienzo tan arrasador. Me metí de lleno desde el primer parrafo y no pude parar hasta el final.

SolMendez

increible como lo narraste, se siente tan real. Hay segunda parte???

Lector_cordoba

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de mas. Uno de los mejores que lei en mucho tiempo

ElCurioso_22

Me pregunto cuantos lectores se imaginaron estar ahí jaja... porque yo sí. Excelente historia

Rokdr

excelente!!!

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