Mi mujer quiso conocer al artista de los grabados
A mi mujer le encantan las manualidades. La pintura, sobre todo, pero hace un par de años se aficionó al grabado, aprovechando una vieja prensa de rodillo que heredó de su abuela, una máquina de más de un siglo que aún funciona como el primer día. El material lo compra en una tienda de bellas artes en el centro de Valencia, y fue allí, en el tablón de anuncios, donde vio el cartel de alguien que ofrecía trabajos de grabado en madera. Recibía los encargos por correo y dejaba las piezas terminadas en la misma tienda, para recogerlas cuando se pudiera.
Aquel viernes de mayo bajamos juntos a la ciudad para pasar la tarde y la noche fuera. Por la mañana, Elena le había escrito por WhatsApp para preguntar por su último encargo. Ya estaba listo, le contestó él, y como esa tarde andaría por el centro, se ofreció a entregárselo en persona si a ella le parecía bien.
Durante el viaje le pregunté si lo conocía en persona.
—No, solo de verle los estados —me dijo, sonriendo a la ventanilla—. Es muy activo en redes.
Me enseñó algunas fotos que ella misma había guardado. Salía siempre sonriente, y en varias aparecía con chicas guapísimas al lado. Era dominicano, me explicó, había salido de la isla buscando una vida mejor. Tenía buenas manos, al menos para la madera. De eso no había duda.
Teníamos habitación reservada en un hotel cerca de la estación, pero fuimos directos al centro. Dejé el coche en un aparcamiento y caminamos hasta el punto de encuentro. Las calles rebosaban de gente, sobre todo turistas con la ropa ligera del primer calor. Al llegar a la altura de la tienda, Elena lo reconoció enseguida y se presentó. Él no mostró sorpresa, solo alegría, y se dieron dos besos y un abrazo que a mí sí me sorprendió. Me lo presentó como Diego.
Le di la mano. La sentí fuerte y suave a la vez. Era moreno de tez clara, de mi altura, un poco más bajo y más robusto que yo, con el pelo corto bien arreglado y la cara recién afeitada. Vaqueros azules y polo granate.
Le entregó el encargo allí mismo, en plena calle. Cuando vi la pieza, hasta yo me quedé callado. La sonrisa enorme de Elena lo decía todo.
—Te lo pago por Bizum, como siempre —dijo ella.
—Sin problema —respondió Diego.
Le ofreció tomar una cerveza con nosotros. Él contestó que encantado, pero que había quedado con un amigo; que si manteníamos la invitación hasta que llegara, perfecto. Elena le dijo que sin prisa, que cuando estuviera nos llamara, que andaríamos por la zona.
***
Entre las seis y las siete y pico estuvimos solos, tomando cervezas en un par de terrazas. Cuando el sol empezaba a esconderse entre los tejados, ella me pidió la llave del coche. Le pregunté para qué.
—Voy a ponerme más guapa —dijo, con un brillo distinto en los ojos.
Esperé con mi caña, mirando el móvil y el ir y venir de la gente. A los veinte minutos volvió a aparecer, y casi no la reconocí. Zapato plano, vestido corto de color rosa, el pelo en una trenza y los labios pintados de un rojo intenso pero sin recargar. Ya de cerca le noté una línea suave de rímel. Estaba realmente preciosa. Cuando se sentó a mi lado, feliz, le silbé por lo bajo y le susurré al oído lo guapa que estaba, lo mucho que la deseaba en ese momento.
A eso de las ocho sonó el teléfono. Era Diego, preguntando dónde estábamos. Elena se lo indicó y, en cinco minutos, apareció con su amigo.
El amigo era un grandullón, cerca de los dos metros. Vaqueros y camisa blanca de manga larga, no porque le quedara pequeña, sino porque era tan fornido que la tela se tensaba sobre los hombros. Pelo corto y rizado, piel oscura caribeña y una sonrisa blanquísima que lo hacía verdaderamente atractivo. Nos levantamos y Diego nos lo presentó como Bruno. Saludó primero a Elena, claro, con dos besos que la hicieron reír como una niña, y a mí me dio un apretón que me dejó claro el tamaño de sus manos. Despedía un perfume dulce, denso. Tenía un parecido con alguien que no lograba ubicar.
Nos sentamos los cuatro en la misma terraza. Cerveza para Diego y para mí, vino blanco para Bruno y Elena. Hablamos del tiempo que llevaban en España, de a qué se dedicaban, de cómo estaban las cosas en la isla, de sus familias. Bruno confesó que de momento tenía a su novia al otro lado del mar.
Cerca de las nueve decidimos picar algo, ya dentro del local. Con las raciones pedimos una botella de vino, y esta vez Diego se sumó; yo seguí con la cerveza, pensando en que luego me tocaba conducir. A medida que bajaba el nivel de la botella, subían las risas y las confianzas. En las mesas de al lado nos miraban de reojo, y a las mujeres se les notaba cierta curiosidad, hasta cierta envidia, por ver a Elena disfrutando de semejante compañía.
Tras los postres, fue ella quien propuso buscar un sitio para bailar. Diego dijo conocer uno cerca, de ambiente caribeño, así que para allá fuimos. Elena me cogió de la mano mientras seguíamos a los dos hombres, y no le quitaba ojo a la espalda de Bruno. Ya sin disimulo, me susurró lo bueno que estaba y lo guapo que era.
***
El local era pequeño, de luz tenue hasta en la barra. Un camarero nos señaló una mesa alta con cuatro taburetes. Casi sin sentarnos, Diego se ofreció a pedir. Yo, otra cerveza; un gin-tonic para Elena. En ese momento me vino la imagen exacta de a quién se parecía Bruno: a un actor de cine para adultos que había visto mil veces. Era clavado a él. Se lo comentaría más tarde.
En esa ausencia, Elena me besó con descaro y me llevó la mano entre sus piernas. Lo noté húmedo, ardiente, y ante mi gesto de sorpresa me susurró:
—Uff, no te imaginas cómo estoy.
Casi en ese instante volvieron con las copas, y yo aún tenía la mano donde la tenía.
Brindamos. Elena se bebió medio vaso de un trago, se levantó y arrastró a Bruno a la pista. Sonaba bachata, música pegajosa, y una docena de personas bailaba, pero la mitad pendiente de ellos. El vestido y los movimientos de mi mujer eran suficientemente explícitos para atrapar a cualquiera. Diego, a mi lado, me confesó lo atractiva que la encontraba.
Bruno pareció olvidar pronto a la novia que lo esperaba al otro lado del Atlántico. Aceptaba de buen grado cada acercamiento. En un momento dado, Elena le dio la espalda y él se pegó a ella, los dos meciéndose al ritmo de la música. Ella no me perdía de vista, me sonreía, y me hizo un gesto con el dedo para que me uniera. Le llevé su copa y bailamos los cuatro, ya de forma más discreta, durante un buen rato, hasta que Diego dijo que se les hacía tarde para el último autobús.
Elena se ofreció enseguida a acercarlos. Vivían en las afueras, casi nos pillaba de camino. Acepté de buena gana, sobre todo porque ella me lo rogó con la mirada. Sabía perfectamente lo que quería terminar.
***
Fuimos al aparcamiento rápidos y risueños. Ya en el coche, Elena pidió que Diego se sentara delante para guiar, y ella se acomodó detrás de mí, junto a Bruno. En el primer semáforo, por el retrovisor, la vi sonreírme con picardía. La oscuridad de la noche y los cristales tintados invitaban a la intimidad de aquellos asientos.
En el siguiente semáforo comprobé que tenía la mano sobre la pierna de Bruno, y que la de él reposaba sobre la de ella. En el último cruce antes de salir a la autovía, empezó a pitar el aviso del cinturón trasero. Ella lo había soltado para recolocarlo por detrás y tener libertad de movimientos. De pronto dejé de verla por el espejo: se había agachado sobre el regazo de Bruno. Diego se giró, hizo una foto y me la mostró. Lo estaba devorando, con la mano enorme de él apoyada en su nuca.
No hacía falta que Diego me indicara el camino; el navegador ya lo hacía. El silencio dentro del coche era brutal, apenas roto por la radio. Entonces me preguntó, en voz baja, cómo era la cosa. Le dije la verdad: que a eso habíamos venido ese viernes, que la idea era quedar con alguien en el hotel, y que en cuanto vi a Bruno supe que sería él. Le conté también a quién se parecía. Diego se rio: más de uno se lo había dicho ya.
Llegamos a su calle, una hilera de adosados con un trozo de jardín delante. Diego me indicó dónde aparcar por si queríamos subir a tomar una copa. Al instante asomó la cabeza de Elena, dejando claro que estaba de acuerdo.
***
El salón quedaba a la derecha de la entrada, con un sofá grande frente a un televisor enorme. Nos sentamos mientras Diego traía cervezas, ginebra, ron, hielo y refrescos. Bruno, mientras tanto, puso una película en la pantalla. Apenas miré.
Elena se levantó del sofá y le tocó la entrepierna a Bruno. Él se giró, le subió la falda y le acarició el trasero. Yo lo tenía todo a un metro escaso de mí, ciego de excitación. Volvió Diego con las bebidas y, por un momento, se separaron para brindar de nuevo.
Tras el trago, Elena dijo que iba al baño. Tardó dos minutos eternos y volvió con una sonrisa lujuriosa, el pelo algo mojado y la ropa interior en la mano. Apuró su copa, dejó la de Bruno sobre la mesita y se arrodilló frente a él. Le desabrochó el pantalón, se lo bajó hasta los tobillos y se lo quitó. Empezó a chupársela despacio mientras le acariciaba todo lo demás. Diego me miró con una mezcla de compasión y deseo.
Entonces ella se volvió hacia él, le buscó la bragueta y lo besó. Bruno se colocó a su espalda, ya completamente desnudo, y le quitó el vestido. Diego también se desnudó. Eran muy distintos: uno alto y de miembro largo, el otro más bajo pero grueso. En la pantalla, la película seguía su curso; nadie la miraba ya.
La sentaron en el sofá. Bruno le abrió las piernas y le pasó la lengua mientras ella sujetaba a Diego de la cadera, pidiéndole que se acercara a su boca. Gemía como podía, porque entre uno y otro apenas le quedaba aire. Cuando Bruno por fin se hundió en ella, despacio, primero rozándola y luego entrando poco a poco, Elena soltó un suspiro largo que se le quebró a la mitad.
—Saca el móvil —me dijo Diego, sin mirarme—. Para que no se os olvide.
Me sacó del trance. Hice caso. Unas fotos primero, algún vídeo corto después. Bruno aumentó el ritmo, le acarició los pechos, se inclinó a besarla, y por un instante su boca y la de Elena compartieron la otra polla. Luego la levantó del sofá y la llevó de la mano escaleras arriba. Diego los siguió, y yo detrás.
***
El dormitorio tenía una cama de matrimonio. La tumbaron boca arriba y se turnaron, primero uno y luego el otro, mientras yo seguía grabando desde el rincón. La pusieron a cuatro patas, la sentaron a horcajadas, la cambiaron de postura una y otra vez. En algún momento no pude aguantarme y le palpé los testículos a Bruno, le agarré la base; era enorme de verdad. Ella se inclinó a besarlo, y a Elena le encantaba la idea de tener dos a la vez, aunque con aquel tamaño resultaba imposible. Se conformaba con alternarlos.
El cuarto se fue calentando. En la frente de Bruno aparecieron gotas gruesas de sudor que resbalaban por la nariz y caían sobre el pecho de Elena. Diego acercó su miembro a la boca de ella, que lo chupaba y lo masajeaba a la vez. Al poco, con un estremecimiento, se vació sobre su pecho y su cuello, chorro tras chorro, hasta que ella lo agarró para apurar las últimas gotas con la lengua.
Bruno, que no había parado, embestía con fuerza mientras Elena se retorcía en lo que debía de ser su enésimo orgasmo. Cuando por fin se apartó, se derramó sobre su vientre y su barbilla en varias oleadas. Y ella, todavía no satisfecha, volvió a buscarlo y se lo metió otra vez, hasta llegar a un último temblor que la dejó quieta, jadeando, esparciéndose el resto por el cuerpo y chupándose los dedos.
Nos quedamos así unos segundos largos, en silencio, los tres recuperando el aliento y yo bajando el teléfono por fin.
***
La ropa de Elena seguía abajo. Diego bajó desnudo a por todo, sin el menor reparo. Ella se vistió, se arregló un poco en el aseo y bajamos juntos. En el salón había aparecido un tercer compañero de la casa, terminando de ver la película. Nos saludó con una sonrisa amplia, sin perder detalle de mi mujer. Nos despedimos, y cuando ya estábamos en la calle, Bruno se asomó por la ventana.
—¡Hasta la próxima, y que sea pronto!
Conduje en silencio hacia el hotel. En el primer semáforo, ella me preguntó si me había gustado.
—No —le dije—. No me ha gustado. Me ha encantado.
Le pregunté lo mismo. Me dijo que se lo había pasado de maravilla, aunque le habría gustado que yo participara. Le expliqué que era mejor así, que llevaba toda la noche al borde, y que ahora se lo iba a demostrar.
Llegamos, dejé el coche en la calle y, en el ascensor, fue ella quien empezó a besarme. Ya en la habitación, con un descaro increíble, me tumbó en la cama, me quitó el pantalón y, con la boca y las manos, me sacó en un par de minutos todas las horas de excitación que llevaba acumuladas, como si fuera el último día de mi vida.