El regalo que les hice a los gemelos en la cala
Había quedado con un camarero del chiringuito en aquella cala apartada, una de esas calas a las que solo llega quien sabe que existen. Cuando bajé el último tramo de rocas, el sitio estaba ocupado. Cinco chicos jóvenes se pasaban un balón hinchable, riéndose, salpicándose en la orilla. Pensé en dar media vuelta y buscar otro rincón, pero ellos ya me habían visto, y uno se separó del grupo para venir hacia mí.
—Buenas tardes —dijo el rubio, con una voz mucho más grave de lo que su cara prometía.
No me miró a los ojos. Miró el pareo, justo donde la tela se abría sobre el muslo, y luego subió despacio, sin disimular nada. Le dije que pensaba tomar el sol allí un rato, pero que si el sitio estaba cogido me marchaba.
—Ni hablar —contestó, y esta vez sí me miró la cara, después el pecho—. Nosotros nos retiramos hacia el otro lado para no molestarla.
Me tomó de la mano para acompañarme. Tenía la piel caliente del sol, los dedos firmes, y cuando empezamos a caminar noté en la nuca el peso de las otras cuatro miradas siguiéndome el balanceo de las caderas. Me llevó unos metros más allá, hasta una franja de arena fina protegida por las rocas.
—Aquí tendrá más intimidad —dijo, y bajó otra vez la vista—. Por si quiere tomar el sol sin marcas.
Lo dijo como un favor, pero la sugerencia colgó en el aire entre los dos. Los chicos se apartaron unos pasos, fingiendo seguir con su juego, y yo extendí el pareo sobre la arena con toda la calma del mundo. Me solté el nudo del cuello, dejé caer la parte de arriba y luego la de abajo, sin prisa, sabiendo que cinco pares de ojos habían dejado de mirar el balón.
Entré al agua. Estaba fresca y me cortó la respiración un segundo, justo cuando los pezones se me endurecían. Nadé un poco mar adentro y desde allí los observé. Eran guapos, de cuerpos jóvenes y trabajados, con esos abdominales marcados que solo se tienen a esa edad. El balón se les escapaba con el viento una y otra vez, chocaba contra el agua, y ellos corrían a buscarlo entre risas. Algo se me empezó a calentar por dentro que no tenía nada que ver con el sol.
Salí del agua y me tumbé boca arriba sobre el pareo, con el cuerpo todavía goteando. No pasó ni un minuto. La brisa empujó el balón directamente hacia mí y me golpeó en el vientre con un ruido sordo.
—Perdone —dijo el rubio, acercándose a recogerlo—. He sido un portero malísimo.
Se quedó de pie frente a mí, tapándome el sol. Bajo el bañador mojado el bulto era ya imposible de esconder, y él lo sabía.
—Mira cómo me has puesto de arena —dije, alargando las palabras, fingiendo un disgusto que no sentía—. Lo mínimo que puedes hacer es quitármela.
Le tendí la toalla. Me incorporé despacio, saqué el pecho hacia él y empecé a sacudirme la arena de los muslos, temblando un poco a propósito. No tardaron en aparecer los otros cuatro, acercándose en círculo como si la cosa no fuera con ellos, pero rodeándome.
—Me llamo Marc —dijo el rubio.
—Pues, Marc, cada vez que me manche de arena vais a tener que limpiármela tú y tus amigos —contesté.
Él dejó la toalla a un lado y me pasó la mano abierta por encima de un pezón, como quien retira un grano de arena que no existía. Los demás entendieron la invitación al instante.
—¿Y vosotros cómo os llamáis? —pregunté, mientras un par de manos empezaban a recorrerme la espalda y las caderas.
El gemelo moreno se llamaba Pol, idéntico a Marc salvo por el pelo. Los otros tres eran Iván, Rubén y Diego. Les pregunté la edad casi sin pensar, por decir algo mientras sus dedos se enredaban en mi piel. Los gemelos acababan de cumplir dieciocho aquella misma semana. Iván y Rubén tenían diecinueve. Diego, el mayor, veinte.
—Vaya, así que cumpleaños —dije sonriendo—. Pues no se me ocurre mejor regalo.
Pol me besó la mejilla, casi tímido, mientras otro me amasaba las nalgas y dos manos más se repartían el pecho, las caderas, el costado. Cuando bajé la vista y vi cómo se les marcaban a todos bajo la tela del bañador, sentí una punzada caliente entre las piernas.
Marc fue el que dudó. Lo tenía durísimo, tensando el bañador hasta el límite, pero no se atrevía.
—Quítatelo —le dije en voz baja, con esa sonrisa que reservo para cuando quiero ver a alguien perder el control—. No seas tímido.
Me miró a los ojos, tragó saliva y se bajó el bañador de un tirón. Los otros no esperaron más. En cuestión de segundos los cinco estaban desnudos a mi alrededor, de pie, mientras la brisa de mar les pasaba por encima y yo los recorría con la mirada uno a uno.
—Ahora ponme crema —ordené, tendiéndole el bote a Marc—. Entre las piernas.
Me tumbé y abrí los muslos despacio, dejándoles ver lo mojada que estaba ya, y no solo del mar. Marc se echó crema en la mano y la frotó entre mis labios, separándolos con los dedos, extendiéndola hasta que se mezclaba conmigo y resbalaba. Tenía los dedos torpes de puro nervio. Empezó a hundirlos, primero uno, después dos, y yo arqueé la espalda contra la arena.
—Así, despacio —jadeé, y noté su respiración entrecortada pegada a mi oído.
Pol se arrodilló a un lado y me atrapó un pezón con la boca, succionando con una fuerza que me arrancó un gemido. Iván se colocó al otro y me lamió el otro pecho, tirando con los labios, mientras me hundía la mano en el pelo y me giraba la cara para que lo mirara. No sabía dónde poner los ojos. Tenía la sensación de estar en todas partes y en ninguna.
***
Rubén se situó detrás de mí, me abrió un poco más los muslos y me separó las nalgas con las dos manos. Sentí su dedo aceitoso buscando, masajeando, y después empujando hacia dentro, despacio, hasta que el cuerpo entero se me tensó en un gemido que no reconocí como mío.
—Mírala cómo se abre —murmuró Diego, de pie a un lado, agarrándose la polla mientras me miraba con la mandíbula apretada—. Está empapada, tío.
—Tráela —dije, ronca, buscándole la mirada—. Aquí.
No hizo falta repetirlo. En un segundo lo tenía contra los labios, empujando, y abrí la boca para recibirlo. Lo lamí entero, lo recorrí con la lengua, mientras Pol e Iván seguían tirándome de los pezones, Marc me follaba con los dedos y Rubén me abría por detrás. Eran demasiadas manos, demasiada lengua, demasiado todo, y yo no quería que parase nada.
Mis jadeos se mezclaban con el rumor de las olas y con la música lejana del chiringuito. Diego me sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a marcar él el ritmo, despacio primero, luego más hondo, mientras yo me llevaba la mano libre al clítoris y lo frotaba en círculos, sintiendo cómo se me iba acumulando algo en el bajo vientre que no iba a poder contener mucho más.
—Trágatela toda —gruñó Diego entre dientes.
Se vació en mi boca en oleadas calientes, y yo lo sostuve mirándolo a los ojos mientras tragaba, sin dejar de mover las caderas contra los dedos de Marc. Cuando lo solté tenía la barbilla húmeda y el cuerpo entero pidiendo más.
Marc y Pol se miraron. Esa mirada que solo tienen los gemelos, una conversación entera sin una sola palabra, y supe lo que venía.
—Os quiero a todos —dije, incorporándome a cuatro patas sobre el pareo—. Ahora.
Diego me colocó las rodillas, separándome. Marc se puso detrás, apuntando hacia mi sexo, y Pol se arrodilló junto a su hermano con la crema en la mano como única preparación.
—Venga, Pol, empuja —dije, abriéndome las nalgas yo misma.
Marc entró de golpe por delante, llenándome de una sola embestida, y casi al mismo tiempo Pol empezó a abrirse paso por detrás, despacio, milímetro a milímetro. Grité, y fue un grito de dolor y de placer mezclados que no supe separar. Me sentí partida en dos, cada gemelo empujando por su lado, mi cuerpo contrayéndose alrededor de uno mientras se estiraba para recibir al otro.
Los otros tres se agarraban alrededor, jadeando, esperando turno. Marc y Pol encontraron un ritmo común, ese instinto de gemelos que los hacía moverse a la vez, entrando y saliendo al mismo compás, hundiéndose más con cada empujón. Yo ya no controlaba los sonidos que salían de mi boca.
El orgasmo me llegó como una ola que rompe sin avisar. Todo el cuerpo se me cerró de golpe, las piernas me temblaron y solté un chorro caliente que salpicó los muslos de Marc, mientras Pol me sujetaba de las caderas y me embestía más fuerte, sin dejarme respirar entre una sacudida y la siguiente.
Los gemelos se empujaban cada vez más hondo, y los otros tres me rodeaban la cara, frotándose, hasta que empezaron a vaciarse uno tras otro. Sentí los chorros calientes cayéndome en la mejilla, en la lengua, en el pelo, cubriéndome entera mientras yo lamía y tragaba lo que alcanzaba, con los ojos medio cerrados y el cuerpo todavía sacudido por los últimos espasmos.
Marc y Pol se corrieron casi a la vez, uno dentro de mí y el otro retirándose para terminar sobre mi espalda. Me dejé caer de lado sobre el pareo, temblando, con las piernas todavía abiertas, mientras todo aquello me resbalaba por los muslos y se mezclaba con la arena.
***
Tardé un rato en recuperar el aliento. Ellos se fueron tumbando alrededor, agotados, riéndose entre dientes, todavía sin creérselo del todo.
—Apuesto a que nunca vais a tener un regalo de cumpleaños como este —dije, relamiéndome los labios, con la voz rota.
Marc y Pol me miraban con esa media sonrisa idéntica, y antes de que me marchara me hicieron prometer que volvería al día siguiente, a la misma hora, a la misma cala.
Subí las rocas con las piernas todavía flojas. Cuando llegué al aparcamiento de El Velero, vi un papel doblado bajo el limpiaparabrisas del coche. Era una hoja arrancada de un bloc de comandas, de esos que usan los camareros para apuntar los pedidos. La desdoblé y la leí de pie, todavía con la arena pegada a la piel.
«He venido a nuestra cita, pero te he visto muy ocupada. Te espero mañana, a la hora del desayuno.»
Me reí sola, doblé el papel y lo guardé. Mañana, desde luego, iba a ser un día muy largo.