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Relatos Ardientes

Subí al catamarán sola y bajé siendo de todos

El sol todavía no terminaba de salir cuando llegué al embarcadero. El aire de la mañana seguía fresco, pero ya olía a sal, a algas, a verano empezado. El catamarán esperaba blanco y reluciente, con la lona tensa y una música tímida saliendo de unos altavoces a medio despertar. Subí con paso firme, aunque por dentro el corazón me iba más rápido de lo que quería admitir. Algo en mí pedía más que un paseo por la bahía.

Llevaba un bikini color bronce que apenas cubría lo justo. El hilo de atrás se perdía entre mis nalgas, y el triángulo de arriba contenía mal mis pechos. Sentí las miradas desde que pisé la cubierta: miradas de hombres, también de mujeres, algunas disimuladas y otras directas, sin pudor. Fingí no notarlas. Jugué con el pelo suelto, con las gafas colgadas del escote, con mi propia sonrisa, mientras aceptaba el primer chupito de tequila. El sabor bajó como fuego y me calentó el pecho. Después vino el ron con cola, oscuro y dulce, con el hielo tintineando y ese efecto que te convence de que todo es posible.

El motor rugió y la música subió con él. Reggaetón, bajo profundo, el ritmo marcándose en el suelo mientras el barco se alejaba del puerto. El sol empezó a calentar, pegajoso sobre la piel húmeda de bruma. Otro trago, otro chupito, y yo ya sentía el calor trepando, y no era solo el alcohol ni el reflejo del agua.

Cuando el animador gritó por el micrófono que todas las chicas subieran a bailar, no lo pensé. Subí con el vaso en la mano, el mar brillando a mi espalda y el viento revolviéndome el pelo. Éramos varias, bikinis de todos los colores, descalzas sobre la cubierta caliente, riendo, dejándonos llevar por un bajo que hacía vibrar hasta las plantas de los pies.

El chico de las pistolas de agua no tardó en apuntarnos. Los chorros fríos resbalaban por mi piel ardiente, pegaban la tela como una segunda capa y me hacían arquear la espalda sin querer. La música, el ron, el sol y todas esas miradas me volvían ligera, atrevida, capaz de cualquier cosa.

Fue entonces cuando la vi. Piel tostada, bikini rojo diminuto, una sonrisa que prometía problemas. Se acercó bailando, las caderas marcando el compás. Primero rozó mi brazo. Después mi cintura. Yo me reí, pensando que era parte del juego, un baile entre desconocidas para animar al público. Pero cuando sus manos bajaron a mis nalgas y apretaron con descaro, entendí que de inocente no tenía nada.

La gente empezó a corear. Silbidos, gritos, vasos en alto. Yo ya no escuchaba nada de eso. Sentía su aliento caliente en mi cuello, sus dedos enredados en el hilo del bikini, su pecho rozando el mío. Y me dejé llevar, moviendo las caderas contra ella, dejándola hacer mientras notaba mis propios pezones endurecerse bajo la tela.

—Tranquila, que el día es largo —me dijo al oído, riéndose.

El chico del agua volvió a mojarme y el chorro helado me arrancó un gemido bajito, perdido entre la música. La cubierta entera aplaudía como si fuéramos un número preparado.

De pronto sentí un cuerpo detrás. Uno de los tripulantes, moreno, alto, el torso desnudo y brillante de sudor, se pegó a nosotras. Su erección se marcaba contra mi culo mientras sus manos me sujetaban por la cintura. El corazón me golpeaba el pecho, el alcohol zumbaba en las venas y el mar parecía mecerse más fuerte de lo normal.

La chica del bikini rojo se giró hacia él y, como si lo hubieran ensayado, él me alzó en brazos con una facilidad que me dejó sin aire. La cubierta estalló. Yo intenté taparme, pero ella fue más rápida: corrió el hilo de mi bikini a un lado y el sol me dio donde nadie me había mirado todavía.

Un murmullo recorrió el barco, seguido de risas. Y entonces lo sentí: su lengua. Un toque rápido, húmedo, descarado, que me sacó un sonido que no pude tragar.

—¡No, esperen! —dije, aunque ni yo me creía del todo.

El público rugía. En medio del jaleo, el nudo de arriba cedió y uno de mis pechos quedó al descubierto. No pasó ni un segundo: otro chico se inclinó, lo atrapó con la boca y tiró del pezón hasta hacerme jadear más alto.

Cuando por fin me bajaron, las piernas me temblaban. Intenté acomodarme la tela con las manos, pero ya no había marcha atrás dentro de mí. Bajé las escaleras hacia el salón interior buscando refugio, con el calor ardiendo entre los muslos.

Detrás de mí vinieron pasos. Risas. Miradas. Chicos. Chicas. Todos con la misma idea grabada en los ojos.

***

El salón olía a mar, a ron y a sudor. Las luces bajas parpadeaban con cada golpe de bajo, pintando el espacio de rojo y dorado, sombras que se movían con el vaivén del catamarán. Sentí el cambio en la piel: más caliente, más cargado, más espeso de deseo.

No había dado dos pasos cuando unas manos suaves pero firmes me agarraron de la cintura. Mi espalda chocó contra una pared acolchada y un cuerpo se pegó al mío. El aliento de ella me rozó el cuello antes de que escuchara su voz ronca.

—No te escondas, preciosa —susurró, y sus labios apenas tocaron mi oreja.

Me temblaron las rodillas. No esperó respuesta. Bajó las manos hasta el nudo del bikini, tiró y lo deshizo de un gesto. La tela se deslizó por mi piel mojada hasta el suelo. Un gemido colectivo recorrió el salón, pero no tuve tiempo de pensarlo: su boca se cerró sobre mi pezón derecho, hambrienta, succionando hasta el límite del dolor.

Sentí otra presencia. Una segunda chica, más bajita, se arrodilló a mis pies y empezó a subir despacio por mis piernas, los labios rozando mi muslo, las manos lentas y peligrosas. Cuando llegó al hilo de abajo lo apartó y, sin avisar, su lengua caliente me recorrió entera.

—Ahhh… —el sonido se me escapó solo, agudo, imposible de frenar.

El murmullo del salón se volvió jadeo. Abrí los ojos y descubrí que no estábamos solas: chicos y chicas nos rodeaban, copas en la mano, labios entreabiertos, mirándolo todo.

Un cuerpo masculino se pegó a mi espalda. Alto, ancho, duro. Sentí su pecho contra mí, su respiración en mi oído y su erección presionándome el culo.

—Quédate quieta y disfruta —dijo grave, sujetándome las caderas mientras sus dedos resbalaban por mi vientre.

La lengua entre mis piernas se volvió más insistente, jugando con mi clítoris, bajando más atrás, mientras yo me arqueaba sin control. Mis manos buscaron dónde apoyarse y solo encontraron cuerpos, piel, calor.

El orgasmo llegó sin aviso. Brutal, eléctrico. Las rodillas se me doblaron, la espalda se me arqueó y un grito ronco se me escapó mientras me sacudía contra esa boca que no paraba.

***

No me dejaron descansar. Dos chicas me tomaron de los brazos y me guiaron hasta el centro del salón, donde él esperaba sentado. Lo llamaban Mateo, un tipo alto de piel morena y sonrisa torcida, con una erección que parecía imposible.

—Ven —ordenó, sin apartar los ojos de mí.

El corazón me explotaba, pero las piernas se movieron solas. Me senté sobre él y lo sentí abrirme centímetro a centímetro hasta entrar entero. Eché la cabeza atrás y un gemido largo llenó el salón.

Dos bocas se inclinaron sobre mí a la vez. Una atrapó mi pezón derecho con dientes suaves; la otra mordió el izquierdo hasta hacerme gritar. Yo me movía sobre él como si me fuera la vida, las manos clavadas en su pecho, mientras él me marcaba el ritmo desde las caderas, hondo, lento, devastador.

—Así… no pares —jadeé, perdida, mientras el salón entero nos observaba.

El segundo orgasmo me cayó encima como una ola. Temblé, me arqueé, y él gruñó debajo de mí, terminando con una sacudida que me arrancó otro gemido y me dejó las uñas marcadas en su piel.

Apenas bajé de su regazo, unas manos me giraron. Sentí el sofá detrás y, de pronto, estaba a cuatro patas, el culo en alto, el hilo del bikini colgando a un lado.

El primero en acercarse fue uno de los más jóvenes, con la punta ya húmeda. Se colocó detrás, me sujetó las caderas y se hundió en mí de una embestida que me sacó un grito.

—¡Dios…! —jadeé, arqueando la espalda.

El sonido de su piel chocando contra la mía llenaba el salón. Cada golpe era más profundo, más salvaje. Mi pelo se pegaba a mi cara sudada, mis gemidos se mezclaban con los de alrededor.

A mi izquierda, una chica montaba la boca de otra, la cabeza echada hacia atrás. Al fondo, dos hombres se turnaban con una mujer, brillando de sudor. A mi derecha, dos chicas se besaban con hambre mientras un chico se acercaba a ellas. El salón entero era un solo cuerpo respirando.

Cada escena me encendía más. Cada sonido, cada jadeo, cada golpe de piel mojada contra piel mojada.

—Más, más… —suplicaba yo, empujando las caderas hacia atrás, ofreciéndome sin un gramo de pudor.

Una mano me agarró del pelo y tiró mientras el chico aceleraba detrás de mí, entrando y saliendo con golpes perfectos. Sentí el orgasmo construirse otra vez, lento y caliente, hasta romperme en una sacudida que me dejó temblando.

***

Otro cuerpo tomó el lugar de atrás. Más grueso, más ardiente. Frente a mí, otra chica también estaba a cuatro patas, recibiéndolo igual que yo. Nuestras miradas se cruzaron entre lágrimas de placer, nos acercamos y nos besamos hondo, con hambre, mientras nuestros cuerpos eran empujados al mismo tiempo. Nuestras lenguas se enredaban, nuestros gemidos se confundían.

Los hombres detrás parecían sincronizados. Cada golpe nos hacía gritar a la vez. Yo me aferraba a sus hombros, ella a los míos, y el salón se llenaba de sonidos húmedos y respiraciones rotas. Alguien terminó en otro rincón con un grito; el olor a sexo se volvía irrespirable. Y yo no quería que parara. No podía. Mi cuerpo era de todos y lo quería así.

Dos manos me guiaron de nuevo, esta vez hasta el gran sofá. La chica del beso vino conmigo. Nos colocaron hombro con hombro, las dos en alto, las piernas abiertas, el pelo cayéndonos por la cara. Sentí la punta caliente presionando, y un segundo después la embestida llenándome entera. A mi lado, ella gemía igual de fuerte. El sofá se mecía con cada golpe.

—Más… —jadeaba ella entre besos, y yo solo asentía, empujando hacia atrás para recibirlo todo.

El calor era insoportable. El sabor salado del sudor, el murmullo sucio alrededor, todo se mezclaba en algo que me hacía perder el control. Cuando el orgasmo llegó, lo hizo con violencia: me arqueé, clavé las uñas en el cuero del sofá y un grito ronco salió de mi garganta mientras me contraía alrededor de él.

No tuve tiempo de respirar. Me llevaron al suelo, donde el balanceo del catamarán hacía que todo pareciera moverse bajo mi cuerpo. Dos hombres se acercaron, uno delante y otro detrás. Sentí sus manos abriéndome, preparándome para algo que ya pedía sola.

El primero entró por delante, lento al principio, profundo después. El segundo presionó más atrás hasta hundirse también. Grité, un sonido animal, mientras mis uñas arañaban el suelo y mi cuerpo se arqueaba entre los dos.

El ritmo fue salvaje y, aun así, perfecto. Cada embestida me sacaba un gemido sucio, lágrimas de puro placer corriéndome por las mejillas. Sentía cada movimiento, cada golpe. Mi cuerpo ardía, temblaba, se rendía una y otra vez, hasta que el último orgasmo me partió en dos.

Fue brutal. Interminable. Temblé entera, la voz se me quebró en un grito ahogado y caí de lado, agotada, mientras ellos seguían jadeando encima de mí hasta el final.

El salón entero olía a sexo y sudor, a ron y a sal. Cuerpos exhaustos, respiraciones agitadas, el mar rugiendo fuera como si aplaudiera todo aquel caos.

El catamarán seguía meciéndose suave, acompañando mis temblores. Yo, desnuda, cubierta de sudor y de marcas de manos ajenas, solo podía sonreír con el corazón desbocado.

Fui de todos. Y me encantó.

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Comentarios (5)

NocturnaBA

tremendo relato!!! no pude parar de leer hasta el final

PabloSC

esto necesita una segunda parte si o si. muy bueno

MarViajero

me recordo un viaje que hize hace años en el rio, aunque lo mio no llego a tanto jajaja. muy buen relato, se lee solo

Gordo_Rosario

y como termino todo despues?? quede con ganas de saber como siguio el viaje

MarcosFuego

la manera de contar atrapa, te metes dentro de la historia sin darte cuenta. de lo mejor que lei en esta categoría

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