Seduje al patrón con ella mirándome desde la orilla
El sol caía a plomo sobre el Orinoco cuando Bruno apareció en su lancha, con esa piel curtida y esos ojos verdes que brillaban con una arrogancia capaz de irritarme y encenderme al mismo tiempo. La camisa ajustada le marcaba el pecho, y yo lo odié un poco por lo bien que le quedaba. Llevaba años trabajando para él, dibujando mapas de ríos que nadie más se atrevía a cruzar, y nunca había dejado pasar una ocasión de recordarme quién mandaba.
—Sube, cartógrafa estrella, que te llevo a la ciudad —gritó por encima del motor, como si el río entero fuera suyo.
A mi lado, Yara dudó antes de poner un pie en la borda. Le había dado ropa que para ella era una piel ajena: falda, camiseta, sandalias. Venía de un mundo de agua y árboles, y todo esto la asustaba. Le apreté la mano.
—Confía en mí —le dije bajito—. Conmigo no te pierdes.
—Contigo voy hasta donde haga falta —contestó, y la sonrisa temblorosa que me devolvió me dolió en el pecho de pura ternura.
Lo que Bruno no sabía era que Yara y yo ya lo habíamos hablado todo. Que esa travesía iba a ser nuestra, no suya. Que pensábamos cobrarle, una por una, cada humillación de los últimos años. Y que yo, debajo de la falda, llevaba algo que ningún patrón se esperaba: una erección que latía contra la tela, dura y caliente, mi otro secreto además del mapa.
—¿Me extrañaste, Bruno, o solo viniste a presumir, como siempre? —ronroneé, acercándome hasta que mi pierna rozó la suya.
Él se infló como un globo.
—Estás más ardiente que esta selva, Luz —no me llamaba por mi nombre ni eso—. Y yo soy el jefe. A mí nadie me olvida.
Yara captó la jugada al instante. Desde el otro lado de la lancha me lanzó una mirada con una chispa traviesa y susurró, apenas audible sobre el rugido del motor:
—Hazlo caer. Que sea nuestro títere.
Me reí por dentro. Este idiota iba a estar gimiendo antes de que tocáramos tierra.
***
En un remanso donde el agua lamía los costados de la lancha, dejé que la falda se me subiera apenas. Me incliné hacia Bruno, lo justo para que el calor de mi cuerpo le llegara, y bajé la voz.
—¿De verdad crees que puedes con una mujer como yo?
—Soy el jefe —balbuceó, con una risita estúpida—. Puedo con cualquier cosa.
Yara entró al juego. Le rozó el brazo, dejó que la camiseta ajustada hiciera el resto, y preguntó con una dulzura afilada:
—¿Y conmigo, jefe? ¿Te atreves?
A Bruno se le nublaron los ojos.
—Chicas, sois un incendio.
Yara y yo cruzamos una mirada cómplice. Lo teníamos. El gran patrón del río, derritiéndose entre dos mujeres que se entendían sin hablar.
Esa noche atracamos en una orilla desierta, bajo un cielo reventado de estrellas, y dejamos a Bruno fanfarroneando junto a la lancha mientras nosotras nos perdíamos en un claro. Yara me empujó contra un tronco caído y bajó despacio, la lengua trazando el camino desde mi ombligo hasta encontrarme dura y dispuesta. La tomó entera, sin prisa, mirándome desde abajo con esos ojos que sabían exactamente lo que me hacían.
—Más despacio —le pedí, con la voz quebrada—. Quiero que dure.
Luego fui yo la que la tumbé sobre la hierba. La penetré mientras le mordía el cuello, y ella se aferró a mi espalda clavándome las uñas, las piernas cerrándose en torno a mí. Nos movimos juntas hasta que el claro entero pareció latir con nosotras, hasta que el grito de los grillos se confundió con el suyo.
—Eres mía —jadeé contra su oreja—. Mi selva entera.
—Tuya —contestó—. Y mañana, suyo también, pero a nuestra manera.
Desde la orilla, en la penumbra, distinguí la silueta de Bruno. Nos había estado mirando todo el rato, sin decir nada, con la respiración pesada. Que mirara. Eso también formaba parte del castigo: dejarlo desear lo que nunca iba a dirigir.
***
En el puerto, entre olor a gasolina y pescado seco, subimos a un coche destartalado que rugía como un jaguar herido. Yara me apretaba la mano con los dedos temblorosos.
—¿A dónde vamos ahora? Esto no es el río.
—A un lugar donde los pájaros de metal vuelan al cielo —le dije—. Te llevo a mi ciudad.
—¿Pájaros de metal? ¿Como los peces, pero arriba?
Me reí y le besé la mejilla, donde todavía quedaba un rastro de achiote.
—Mejor. Mucho mejor.
El aeropuerto la dejó paralizada. Luces fluorescentes parpadeando como luciérnagas, voces metálicas saliendo de todas partes, un olor a café quemado mezclado con desinfectante. Yara me clavaba la mano como si fuera su única ancla, los ojos saltando entre las pantallas y los carros cargados de maletas.
—¿Esto es una aldea gigante? Es como si todos los ríos se juntaran aquí, pero sin agua.
—Es un nido grande —le respondí, abrazándola por la cintura—, donde los pájaros de metal duermen antes de volar.
Cuando pasamos el control y el escáner pitó, dio un salto.
—¿Es un espíritu que nos prueba?
—Solo máquinas. Y tú eres más fuerte que cualquier máquina.
Bruno, que nos seguía arrastrando su propia maleta, intentó recuperar terreno.
—Esto es pan comido, chicas. Yo vuelo todo el tiempo.
Le corté con una mirada.
—Cállate, Bruno. Aquí las que mandamos somos nosotras.
Yara se rió tapándose la boca, y por primera vez en todo el viaje vi que el miedo empezaba a darle paso a otra cosa.
***
En el avión se aferró a mí cuando los motores rugieron. Pegó la cara a la ventanilla y vio el suelo alejarse, las nubes envolviéndonos como una niebla espesa sobre el río.
—Estamos volando como pájaros —susurró, sin soltarme—. La selva se queda abajo, pero yo sigo siendo selva, ¿verdad?
—Siempre serás mi selva —le besé los labios—, aunque crucemos el cielo entero.
Se acurrucó contra mi hombro y, cuando Bruno asomó desde el asiento de atrás con otro comentario sobre lo poco que le impresionaba volar, fue ella la que respondió sin girarse:
—Cállate, Bruno. Aquí las que volamos somos nosotras.
Le apreté la mano, orgullosa. Estaba aprendiendo rápido.
***
Mi ciudad era un laberinto de calles adoquinadas, balcones de hierro cubiertos de enredaderas y mercados que olían a especias, pan recién horneado y jazmín. Instalé a Yara en un apartamento modesto, de paredes blancas tapizadas con mapas garabateados, y un balcón que daba a una plaza donde los vendedores gritaban precios de mangos y rosas.
Se quedó inmóvil contra la barandilla, absorbiendo el caos.
—Esto no es selva —dijo, con la voz temblando—. Es como si el río se hubiera vuelto piedra. ¿Y los árboles? ¿Dónde están los árboles?
La abracé por detrás, el aliento en su nuca.
—Es mi selva. Una selva de luces y ruido. Pero tú brillas más que todo esto.
Se giró y me besó.
—Enséñame, entonces. Que esto es un mundo nuevo.
Y le enseñé. Le enseñé el móvil, riéndome mientras tecleaba con dedos cada vez más seguros un «te amo, Vera, siempre» que me derretía. Le enseñé a mandar emojis, y ella soltó una ráfaga de corazones y flores como quien descubre un idioma.
—Esto es como hablar con el río —dijo—, pero sin agua.
—Es hablar conmigo, desde cualquier rincón.
***
En el mercado eligió su propia ropa, y verla decidir por sí misma me encendió más que cualquier roce. Sostuvo unos jeans oscuros contra su cuerpo, los ojos brillando.
—Quiero estos. Me hacen sentir fuerte.
—Te ves como una reina urbana —le dije, y era verdad. Cada prenda que se probaba la sacaba un poco más de la timidez del primer día.
Frente a un espejo empañado giró sobre sí misma, riéndose del roce áspero de la tela.
—Esto no es selva, Vera. Pero me siento viva.
Me acerqué por detrás, le besé el cuello, las manos en sus caderas.
—Eres mi selva igual. Y con esa ropa eres un incendio.
Le enseñé el ascensor, y se aferró a mí cuando arrancó.
—Esto sube raro. No es liana.
—Conmigo nunca tendrás miedo —le besé la sien—. Yo te sostengo.
Le enseñé la estufa eléctrica, y calentó agua sin quemarse, orgullosa como si hubiera domado a una fiera.
—Esto ya no muerde. Lo estoy dominando.
—Lo dominarás todo —reí, abrazándola por la espalda—, como me dominas a mí.
***
Esa noche, en la cama, las sábanas crujieron bajo nosotras. Yara me recorrió entera con la boca, sin la torpeza de los primeros días, sabiendo ya dónde y cómo. Me tomó dura entre los labios mientras yo le hundía los dedos en el pelo, y cuando no aguanté más la tumbé y la penetré despacio, mirándola a los ojos.
—Más —pidió, las caderas saliéndome al encuentro—. No pares.
No paré. La sostuve contra el colchón hasta que su cuerpo se tensó entero y se rompió debajo de mí, y entonces me dejé ir yo también, derramándome dentro mientras ella me apretaba con las piernas para que no me apartara.
Después nos quedamos enredadas, su cabeza en mi pecho, el zumbido de la ciudad colándose por la ventana en lugar del canto de los grillos.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora nos quedamos unos meses aquí, mientras descubres tu mundo nuevo. Después buscaremos otro río, otra selva, otro mapa que dibujar. Juntas.
—Contigo voy —dijo, rozándome los labios—. Pero enséñame más ciudad. Quiero ser tu reina urbana.
—Serás mi reina y mi mapa —le prometí.
Y sin embargo, mientras se dormía contra mí, una duda me cruzó como un machete: ¿podríamos de verdad nosotras dos, tan distintas y tan iguales, conquistar la ciudad y las selvas lejanas sin que las sombras del mundo de afuera terminaran separándonos? No lo sabía. Pero esa noche, con su respiración tibia en mi pecho, decidí que valía la pena averiguarlo.