La fiesta privada de la condesa cumplió mi fantasía
El teléfono sonó tres veces antes de que yo lograra cruzar el pasillo. Llegué con la respiración entrecortada y descolgué casi sin mirar quién era.
—¿Diga?
—Marina, preciosa, soy Beatriz. Voy a inaugurar el caserón de Valdeluna y no concibo la fiesta sin ti.
Reconocí enseguida esa voz grave, esa forma de arrastrar las palabras como si cada frase fuera una caricia. La condesa tenía la costumbre de pedir las cosas de modo que parecieran un favor que te hacía a ti.
—Gracias por acordarte de mí —respondí—. Iré encantada. Para mí sería un honor.
—Te espero el sábado veinticinco. Pero si quieres venir antes, ya sabes dónde encontrarme.
Colgué con una sonrisa que me duró toda la tarde. La sola idea de volver a una de esas casas señoriales, de pisar de nuevo esos suelos de madera vieja y respirar ese aire de lujo antiguo, me encendía por dentro. Y, si era sincera conmigo misma, no era la casa lo que más me encendía.
Todavía recordaba el sabor de Beatriz. Su piel, su boca, la última noche que habíamos compartido meses atrás. Quería repetirlo. Lo deseaba con una urgencia que me sorprendió a mí misma.
***
Lo primero era la ropa. Salí esa misma tarde hacia los grandes almacenes del centro, esos donde las firmas exhiben sus colecciones como si fueran obras de arte. Estuve un buen rato mirando vestidos hasta que uno me detuvo en seco: negro, largo hasta los pies, con una manga que cubría todo un brazo mientras dejaba el otro hombro completamente desnudo.
Una dependienta amable me acompañó al probador. Cuando me lo puse y me miré en el espejo, contuve la respiración. La tela se pegaba a mí como una segunda piel. Marcaba la curva de mis pechos, la línea de la cadera, la redondez del culo. No haría falta ropa interior; cualquier costura habría roto esa silueta perfecta.
Salí a enseñárselo a la vendedora y ella abrió los ojos de par en par.
—Está usted impresionante. Permítame sugerirle estos pendientes y este collar a juego. Quedará radiante.
Tenía razón. Las joyas realzaban el cuello, atraían la mirada hacia el escote. Me sentí, por un momento, como una actriz a punto de pisar una alfombra roja. Pagué sin pensarlo demasiado y salí a la calle con las bolsas y una idea que ya no me dejaría tranquila.
No iba a esperar al sábado. Saqué el móvil del bolso y marqué.
—Beatriz, soy Marina. ¿Podría llegar el jueves veintitrés?
—Cuando tú quieras, guapa —ronroneó—. Sabes que siempre serás bienvenida.
Sabía que esos dos días de espera iban a ser una tortura deliciosa. Esa noche abrí el cajón de la mesilla, donde guardaba a mi mejor aliado para las noches largas, y no me dormí hasta quedar agotada, pensando en lo que el jueves traería.
***
Salí de madrugada. El caserón de Valdeluna estaba a varias horas de camino, así que paré un par de veces a estirar las piernas y a tomar algo. Llegué pasadas las cuatro de la tarde, y la fachada me cortó el aliento: piedra ennegrecida por los siglos, ventanales altos, una escalinata de entrada digna de otra época.
Beatriz me recibió en la puerta y me acompañó hasta mi habitación.
—Acomódate. Dentro de un par de horas te quiero en el salón; me ayudarás con la decoración.
—Allí estaré —dije—. Y gracias por todo.
Antes de meterme en la ducha noté que había una sonrisa extraña en su gesto. La interpreté como deseo, y seguramente lo era, aunque había algo más en aquella mueca que entonces no supe leer. Me duché, me vestí cómoda con una camiseta de tirantes y una falda plisada que me llegaba un poco por encima de la rodilla. Por supuesto, debajo no llevaba nada.
La encontré en el salón, sentada en un butacón, con una camisa de seda negra que se ajustaba a su cuerpo como si la hubieran cosido sobre la piel. Se le marcaban los pechos, los pezones duros y largos contra la tela. Tragué saliva. Iba a ser un jueves muy largo.
Pasamos la tarde preparando el gran salón, que vacío parecía aún más enorme. Colocamos mesas alrededor para dejar libre el centro como pista de baile, dispusimos las copas, ordenamos los espacios para los canapés. Cuando terminamos, dimos un paso atrás para admirar el resultado y nos miramos con la misma sonrisa cómplice.
Beatriz, siempre más lanzada, acortó la distancia y acercó su boca a la mía.
—Tranquila —murmuró—. Estamos solas. Le di fiesta al servicio hasta el sábado.
Esta vez no hubo dudas ni delicadezas. Me besó con hambre, recorriéndome con las manos, apretándome los pechos, llenándome la boca con su lengua.
—Ven aquí —dijo separándose apenas—. A la habitación.
Me llevó casi corriendo de la mano. Me empujó sobre la cama, me subió la falda y, al encontrarme desnuda debajo, se lanzó sin rodeos. Su lengua buscó mi clítoris con una precisión que me hizo arquear la espalda. Lo rodeó con los labios, lo chupó, lo lamió despacio y luego rápido, hasta que yo le sujetaba la cabeza con las dos manos sin saber si quería que parara o que no terminara nunca.
El orgasmo me sacudió de golpe, largo y desordenado. Beatriz subió por mi cuerpo lamiéndome la piel y me besó para que me probara a mí misma.
—Ahora me toca a mí —dijo, y se sentó en el borde de la cama con las piernas abiertas.
Me arrodillé frente a ella. Hundí la cara entre sus muslos y empecé a lamer despacio, sintiendo cómo se abría para mí, cómo su clítoris asomaba reclamando atención. Cada vez que mi lengua lo golpeaba, ella exhalaba un suspiro y apretaba su mano contra mi nuca. No la solté hasta que tembló, hasta que un gemido ronco le rompió la voz.
Esos dos días, hasta la noche de la fiesta, fueron nuestros. Dormimos poco. Nos buscamos a cualquier hora, entre el cariño y el sexo más intenso que ambas supimos darnos.
***
Llegó el sábado. Me arreglé en mi cuarto, me enfundé el vestido negro que marcaba cada curva, me puse las joyas. Cuando salí al pasillo, Beatriz silbó como un golfo. Ella llevaba un vestido blanco que tampoco dejaba nada a la imaginación: la tela se le tensaba sobre los pezones, le abrazaba las caderas. Nos besamos antes de bajar.
—Estás radiante —dijo.
—Tú tampoco te quedas corta —respondí riendo.
Los invitados empezaron a llegar, recibidos por Teresa, la mujer que llevaba la casa. No eran muchos: Beatriz había seleccionado con cuidado a sus amistades más exquisitas y, según sospeché enseguida, también a las más atrevidas. Las dos primeras horas transcurrieron entre conversaciones de salón y sonrisas educadas. La condesa se acercó con dos copas y me tendió una.
—Toma, anda, que con tanto charlar estarás seca.
Brindamos. Seguí conversando con un hombre apuesto y elegante hasta que, poco a poco, empecé a sentir el salón girar a mi alrededor. Me pesaban los párpados, las piernas dejaron de responderme. Apoyé la copa en una mesa justo antes de notar que el suelo subía a mi encuentro.
***
Desperté desorientada. No veía nada: tenía los ojos vendados y una tela suave me cubría el rostro. Estaba de pie, o casi, con los brazos y las piernas abiertos y sujetos por correas. Más tarde supe que colgaba apenas a un palmo del suelo, expuesta por completo.
Y entonces lo recordé todo de golpe, y el miedo se convirtió en otra cosa muy distinta. Esto era lo que yo había pedido. Meses atrás, una noche de confidencias y demasiado vino, le había confesado a mi amigo Andrés una fantasía que no me atrevía a decir en voz alta: entregarme a ciegas, sin saber quién me tocaba, dejar que otros decidieran por mí durante una noche. Él lo había recordado. Él y Beatriz lo habían preparado. La palabra de seguridad estaba pactada; me bastaba pronunciarla. No la pronuncié.
Unas manos suaves recorrieron mi cuerpo. Por la delicadeza supe que eran de mujer. Reconocí el perfume: Teresa. Sus dedos me acariciaron los pechos, bajaron por el vientre, se demoraron entre mis piernas hasta encontrarme ya húmeda. Me masajeó el clítoris con una paciencia exasperante, lenta, jugando con mi respiración, hasta dejarme al borde y retirarse justo antes. Oí risas contenidas a mi alrededor. Había público, y saberlo me encendía aún más.
La bola que me habían colocado en la boca apagaba mis gemidos, los convertía en sonidos ahogados que solo delataban cuánto lo estaba disfrutando. Otra boca, esta vez de mujer también, ocupó el lugar de las manos de Teresa y trabajó sobre mí hasta que el primer orgasmo me recorrió entera. Me dejaron caer en el agotamiento un instante, solo para empezar de nuevo.
***
Cuando volví a tomar conciencia, me habían cambiado de posición. Tenía las manos atadas a una barra cruzada en la espalda, pero las piernas libres. Frente a mí, aunque yo no podía verlas, habían dispuesto unas sillas desde las que los invitados seguían cada detalle.
Oí pasos pesados. Un hombre se colocó delante de mí, me hizo arrodillarme y me quitaron la mordaza. Antes de que pudiera decir nada, su sexo erecto entró en mi boca. No fue brusco; fue firme, dueño de la situación, y yo me dejé llevar, marcando yo misma el ritmo en cuanto él me lo permitió. Un hilo de saliva me resbalaba por la barbilla y bajaba hasta mis pechos, haciéndolos brillar.
Sentí a otro hombre colocarse detrás de mí. Me alzó las caderas y se hundió de una sola embestida en mi sexo empapado. Abrí la boca de placer y la otra polla aprovechó para llegar más hondo. Estaba llena por los dos lados, atravesada por una corriente que me recorría de la garganta al vientre, y lo único que podía hacer era rendirme a ella.
El primero se tensó, me sujetó la cabeza y se vació mientras yo tragaba sin pensar. El de atrás siguió embistiendo, apretándome los pechos con las dos manos, cada vez más fuerte, hasta que mi propio grito ahogado se mezcló con el suyo.
—Toma, preciosa —jadeó alguien—. Esto es lo que querías.
Lo era. Vaya si lo era.
***
Me desataron y me dejaron tendida un momento sobre los cojines del suelo. Pensé que aquello había terminado, pero estaba muy equivocada.
Varios hombres más entraron en escena. Manos firmes me sujetaron las muñecas y los tobillos, me giraron, me colocaron a su antojo. Una boca buscó la mía, otra polla reclamó mi atención, unos dedos comprobaron lo mojada que estaba.
—Joder, está empapada —dijo uno con una risa.
Y tenían razón. Por mucho que el montaje fingiera arrebatarme el control, yo lo había elegido todo, y lo estaba disfrutando como pocas veces en mi vida. Cada vez que me llenaban, cada vez que cambiaban de sitio, cada mano nueva sobre mi piel me llevaba un poco más lejos. Me oí pedir más con la voz rota, suplicar que no se detuvieran.
Fueron pasando uno tras otro, turnándose con una cadencia que parecía no tener fin. Yo perdí la cuenta, perdí la noción del tiempo, perdí incluso la vergüenza. Mi cuerpo era una sola terminación nerviosa, un instrumento que ellos sabían tocar. Los orgasmos se encadenaban hasta confundirse en uno solo, largo, interminable.
—Mira cómo se corre —dijo una voz, casi con admiración.
Los últimos se vaciaron casi a la vez, y yo me dejé caer por fin, temblando, vencida y plena. Entonces estalló un aplauso en la sala y las luces se encendieron de golpe.
***
—Marina, has estado magnífica —dijo Beatriz, agachándose junto a mí y apartándome el pelo de la cara—. ¿Lo has disfrutado?
—Ha sido… increíble —conseguí decir, todavía sin aliento.
Me acompañó hasta mi habitación, me ayudó a asearme y me arropó como si fuera de cristal. Dormí de un tirón, profundamente, hasta bien entrada la mañana siguiente.
Cuando bajé a desayunar, Beatriz me esperaba con un salto de cama que dejaba poco a la imaginación.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó.
—Feliz —dije, y era verdad—. He cumplido una fantasía que llevaba años guardándome.
—Tu amigo Andrés me lo contó todo —sonrió—. Solo intenté ayudarle a regalártela.
—¿En serio? —Me reí—. El bueno de Andrés.
Llegué a casa ya entrada la noche. Antes de dormir, repasé cada instante de aquella fiesta, los días robados con la condesa, la entrega absoluta de esa noche. Después descolgué el teléfono y marqué un número que me sabía de memoria.
—Andrés, eres un genio —dije—. Muchas gracias por todo.