Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó con ella en el cuarto oscuro

Me fijé en ellos en el mismo instante en que entraron. Una pareja de unos cuarenta, riéndose de algo que solo ellos entendían, como si el resto del local no existiera. Él vestía bien, llevaba unos años de más encima pero los cargaba con elegancia. Ella, en cambio, era de esas mujeres que obligan a girar la cabeza: un vestido de tela fina y corta, tacones altos y una manera de moverse que no se aprende.

El bar estaba muerto esa noche, apenas cuatro mesas ocupadas, pero a ellos no parecía importarles. Tampoco a mí me costó acercarme. Bastó un comentario sobre la música para que me invitaran a su mesa, y en diez minutos ya hablábamos como si nos conociéramos de antes.

—Soy Lorena —dijo ella, tendiéndome la mano—. Y este es mi marido, Esteban.

—Marcos —respondí, y le sostuve la mirada un segundo más de lo necesario.

Cuando me despedí para irme al otro local, el que solía estar más animado los viernes, no conseguí quitármela de la cabeza. El vestido dejaba adivinar un pecho generoso, unas piernas largas y rectas, una cara preciosa. Pero lo que de verdad me desarmó fue su culo: trabajado, prieto, con la curva exacta para que la imaginación hiciera el resto.

***

Me sorprendió verlos aparecer media hora después en el mismo sitio al que yo había ido. Me uní a ellos sin pensarlo. Esteban se quedó en la barra charlando con la gente, y Lorena se fue sola a la pista. No tardó en quedar rodeada de hombres que parecían competir por bailar con ella. Algunos aprovechaban para arrimarse con descaro, las manos buscándole la cintura, la cadera, un poco más abajo. Ella ni se inmutaba. Se reía y seguía bailando, dueña absoluta de la situación, dejando que se acercaran lo justo y apartándose un segundo antes de que se confiaran demasiado.

Busqué a Esteban con la mirada, esperando encontrarlo incómodo, tal vez celoso. Nada de eso. Estaba apoyado en la barra, copa en mano, observando a su mujer con una media sonrisa, como quien contempla algo que le pertenece y que ha decidido prestar un rato. Aquello me desconcertó tanto como me excitó.

Cuando volvió de la pista la saqué yo. Me pegué a ella sin demasiados rodeos, las manos en su cintura, acercándola. Le rocé el cuello con los labios, le hablé bajito al oído, y noté cómo la piel se le erizaba bajo mi tacto. Lejos de apartarse, se ajustó más a mí. Esa reacción casi eléctrica, ese dejarse hacer, me puso a mil. Me atreví a deslizar la mano por dentro del vestido, apenas un roce, y ella respondió con un suspiro que solo yo oí.

Al despedirnos estaba radiante. Por experiencia supe leer esa mirada brillante, esa respiración un poco acelerada. Esteban va a tener una noche larga, pensé, sin imaginar todavía hasta dónde llegaría aquello.

***

Durante la semana no me la pude sacar de la cabeza. Llegué a comentárselo a Bruno, un amigo con el que desayuno casi todas las mañanas y que la noche aquella había estado conmigo cuando los vimos por primera vez.

—¿Te acuerdas de la pareja simpática del bar? —le solté—. Me medio enrollé con ella el viernes.

—Joder, Marcos. Esa mujer estaba espectacular —se rió—. Me dio la sensación de que era mucho barco para tan poco marinero. El marido, con todas sus risas, parecía un poco apagado al lado de la vitalidad que desprendía ella.

—Pues te quedas corto. Es un volcán. No llegamos a nada serio, pero un repaso por encima del vestido y ya te digo que ahí hay fuego de sobra. Lo raro es el marido. No es que mirara para otro lado: es que parecía disfrutarlo, como si le gustara verla siendo el centro de todas las miradas.

—Esas parejas existen, Marcos. Más de las que crees. Y normalmente el que propone el plan no es el que tú piensas.

—¿Y van a volver?

—Les dije que el viernes estaría en el mismo sitio. Veremos si se animan.

***

Y vaya si se animaron. Lorena apareció impresionante: un blazer blanco corto, sin nada debajo que yo pudiera adivinar, y unos tacones imposibles que estilizaban todavía más sus piernas. Esteban venía relajado, sonriente, como si la noche le diera exactamente igual hacia dónde fuera.

Bebimos, nos reímos, bailamos. En un momento dado, el marido se enredó en una conversación con otra pareja en la terraza, y yo aproveché para sacar a Lorena a la pista de nuevo. Esta vez ya con menos reparo. Le metí mano por donde pude, y a cada caricia ella se erizaba y se pegaba más a mí. Le pasé la lengua por el cuello, le mordí el lóbulo de la oreja, y noté que la respiración se le entrecortaba.

—Estás jugando con fuego —me susurró, sonriendo.

—Llevo toda la semana jugando —contesté.

Cuando el local empezó a cerrar, la otra pareja con la que se había juntado Esteban propuso ir a tomar la última a un sitio que conocían. Un club liberal, dijeron, lo único que seguía abierto a esas horas. Ni Lorena ni su marido pusieron pega alguna. Al contrario: a ella se le iluminó la cara con la idea.

***

Entrar en aquel club fue como cruzar una frontera. Los hombres la desnudaron con la mirada en cuanto puso un pie dentro. Tomamos algo en la barra antes de pasar al interior, y aquello era un desfile de tipos que no disimulaban las ganas. Varias parejas revoloteaban cerca de nosotros, miradas cargadas, sonrisas que decían más de lo que decían las palabras.

Lorena se sentó a mi lado. El blazer le subió hasta dejar a la vista el filo de un tanga negro. No pude evitar ponerle la mano en el muslo mientras hablábamos, y ella, en lugar de apartarla, se movió despacio para que mis dedos fueran subiendo hacia su entrepierna. La sentí caliente incluso por encima de la tela.

—¿Vamos a bailar? —dijo de pronto, mirándome a los ojos.

Las mariposas del estómago se me volvieron locas. No sabía si me proponía bailar de verdad o si aquello era otra cosa, una invitación sin disfraz hacia la puerta del fondo, esa que llamaban el cuarto oscuro. Miré a Esteban de reojo. No solo no le importaba: sonreía, casi como si nos animara a ir.

***

Entramos, y yo perdí cualquier resto de formas. Le levanté el blazer y le agarré el culo sin pudor. Le comí la boca con hambre, le solté el botón que cerraba la prenda y le saqué los pechos al aire. Me di un festín con ellos: los besé, los lamí, los chupé mientras ella echaba la cabeza hacia atrás y se mordía el labio.

No tardó en aparecer un desconocido. Primero, muy suave, le arrimó la entrepierna al culo, tanteando. Al ver que ella no ponía ninguna objeción, se pegó del todo. Noté el momento exacto en que la tocó por dentro, porque Lorena gimió y me clavó las uñas en el brazo. Su mano fue bajando hacia mi bragueta, acariciándome por encima del pantalón. Cuando un segundo hombre se acercó y le cogió la otra mano para que lo tocara, ella jadeaba y todo su cuerpo era pura tensión. Se había entregado por completo, sin que le importara quién la tocaba ni cómo.

La escena empezaba a descontrolarse. Demasiadas manos, demasiados desconocidos repartiéndose lo que yo había deseado toda la semana. Decidí que esa noche Lorena era para mí. La cogí de la mano y la llevé al sofá que había al fondo del cuarto, lejos del enjambre.

***

Le abrí el blazer del todo y seguí comiéndole los pechos sin freno. Su boca buscaba la mía con desesperación, su lengua no paraba quieta. Me bajó los pantalones y, sin contemplaciones, se inclinó sobre mí. Sabía perfectamente lo que hacía. Su lengua subía y bajaba, se entretenía donde tenía que entretenerse, y a ratos levantaba la vista para mirarme mientras lo hacía. Yo estaba en otro sitio.

Busqué su sexo con la mano. Estaba tan mojada que mis dedos se deslizaron sin ningún esfuerzo. Le metí uno, luego dos, hasta el fondo, y ella tembló sin dejar de atenderme. Llevé la mano un poco más atrás, tanteando, y en lugar de tensarse se abrió para que pudiera seguir. Noté unas pequeñas convulsiones recorrerla, un orgasmo que la sacudió entera mientras yo seguía dentro de ella.

Yo aguantaba como podía. Cuando sentí que ya no me quedaba margen, intenté apartarla, pero ella me sujetó con firmeza y se negó a soltarme. No me quedó otra que rendirme. Me corrí, y aun así ella tardó en parar, como si quisiera arrancarme hasta la última gota. Tuve que detenerla con la mano. Estaba seco, agotado, y ella todavía me miraba con ganas de más.

***

Cuando salimos del cuarto, Lorena estaba radiante. Se le había corrido el maquillaje un poco, pero sonreía como quien acaba de ganar algo. Esteban y la otra pareja nos esperaban en la barra. Ella se acercó a su marido y le plantó un beso largo, profundo, con esa misma boca que un minuto antes había sido toda para mí.

—¿Qué tal, chicos? —dijo Esteban, alzando su copa—. ¿Cómo está el ambiente ahí dentro?

Lorena me miró de reojo, conteniendo una sonrisa. Yo le devolví la mirada y levanté mi vaso.

—Animado —contesté—. Muy animado.

Y todos nos reímos, como si compartiéramos un secreto que, en realidad, ya no era de nadie.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (6)

Santi_MX

Increible!!! me dejo con ganas de mas, necesito la continuacion ya

Ayelén33

Que bien narrado, se siente muy real. El comienzo me atrapo de inmediato y no pude parar de leer

Chepe92

¿Esto es real o ficcion? porque se lee como algo que verdaderamente paso jaja. Muy bueno

Marcos23

el marido sonriendo desde la barra me mato jajaja. tremendo relato

Romina_pba

Por favor segunda parte!!! no puede quedar asi, me enganche demasiado con la historia

ClaudioPampa

Muy buena narrativa, no es comun encontrar algo tan bien escrito en esta categoria. Gracias por compartirlo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.