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Relatos Ardientes

La sala roja donde dejamos de ser solo dos parejas

El local olía a madera tibia y a perfume caro. Las luces colgaban bajas, de un ámbar casi líquido, y la música grave subía desde el suelo y se me metía en el pecho como un segundo pulso. Marina me apretó la mano más fuerte de lo necesario. Yo sabía lo que ese apretón significaba: estaba nerviosa, pero no quería irse.

Renata e Iván nos esperaban en la barra. Los habíamos conocido por la aplicación, esa que terminás abriendo a las dos de la mañana cuando ya no sabés qué buscás. Tres semanas de mensajes. Tres semanas de fotos a medias, de bromas con doble sentido, de preguntas que cada vez se ponían más directas. Y ahora estaban ahí, de carne y hueso, más reales de lo que cualquier pantalla había prometido.

—Pensé que se iban a arrepentir —dijo Renata, y me miró a mí, no a Marina.

—Casi —admití—. En el estacionamiento Marina dijo que dábamos media vuelta.

—Y sin embargo acá estás —contestó ella.

Y sin embargo acá estaba.

Iván pidió cuatro copas sin preguntar. Era de esos hombres que ocupan espacio sin esforzarse, de hombros anchos y manos grandes, y cuando se reía lo hacía con todo el cuerpo. Marina lo miraba de reojo. Yo lo notaba, y en vez de molestarme, algo en el estómago se me encendió. Eso era nuevo. Eso era exactamente lo que habíamos venido a buscar.

***

Renata se inclinó sobre la barra y bajó la voz.

—Hay una sala privada al fondo. La reservé para nosotros. —Hizo una pausa, calculada—. Si todavía quieren.

Nadie dijo que no. Esa es la parte que cuesta explicar después: no hubo una decisión, no hubo un momento exacto en que alguien levantó la mano. Simplemente nos levantamos los cuatro y la seguimos por un pasillo angosto, y cada paso parecía cerrar una puerta detrás de nosotros.

La sala estaba tapizada de terciopelo rojo, paredes y techo, como si nos hubieran metido dentro de algo vivo. La iluminaban apenas dos lámparas de pantalla escarlata que teñían la piel de un tono cálido, casi irreal. Había una cama amplia en el centro, sillones bajos de cuero alrededor, y un par de espejos colocados de modo que, mirases donde mirases, te veías a vos mismo a punto de hacer algo que no podrías deshacer.

Marina se mordió el labio. La conozco hace nueve años y reconozco ese gesto: no era miedo, era el momento exacto en que el miedo se convierte en ganas.

—Es más de lo que esperaba —murmuró.

—Es justo lo que esperabas —le dije al oído—. Solo que no querías admitirlo.

Ella se rió, una risa corta, y esa risa rompió el hielo de toda la noche.

***

Fue Renata la que dio el primer paso. Cruzó la sala con una calma que era casi insolente, tomó a Marina de la cintura y la besó. No fue un beso de prueba. Fue directo, con la lengua, con los dientes rozando apenas, y vi cómo Marina se tensaba un segundo y después se entregaba entera. Las manos de Renata le subieron por la espalda, por la nuca, enredándose en el pelo, y Marina respondió con un sonido bajo que yo nunca le había escuchado.

Me senté en uno de los sillones porque las piernas me pidieron sentarme. Iván se dejó caer al lado, con esa sonrisa de quien ya conoce el final de la película.

—Mirá bien —dijo—. Sentí cómo te prende.

Y me prendía. No era solo verlas. Era ver a Marina dejarse llevar por otra persona, descubrir que había una versión de ella que yo nunca había sacado a la superficie. Renata le bajó un tirante del vestido, después el otro, y la tela cedió sin resistencia. La piel de Marina brillaba rojiza bajo las lámparas, y cada vez que Renata le rozaba un pezón, mi mujer arqueaba apenas la espalda y soltaba el aire entre los dientes.

—Está temblando —dije, más para mí que para nadie.

—Vos también —contestó Iván.

Tenía razón.

***

Renata llevó a Marina hasta la cama y la recostó sin prisa. Le besó el cuello, la clavícula, fue bajando con una paciencia que era casi cruel, y cada beso le arrancaba a Marina un gemido más largo que el anterior. Yo veía la espalda de Renata moverse, sus caderas, la forma en que sus manos abrían las piernas de mi mujer con una autoridad tranquila, como si lo hubieran ensayado mil veces.

Marina giró la cabeza y me buscó con la mirada. No me pedía permiso. Me pedía que no dejara de mirar. Y entre un jadeo y otro, su boca formó mi nombre sin sonido, y eso fue más íntimo que cualquier cosa que estuviera pasando entre las sábanas.

Iván se levantó del sillón.

—Ahora viene la parte difícil —dijo.

—¿Cuál?

—Dejar de mirar y entrar.

Caminó hasta la cama, se ubicó detrás de Renata y le pasó una mano por la cadera. Ella le respondió con un quejido sin separarse de Marina. Y entonces ya no quedaba sillón ni espectadores. Me acerqué con el corazón golpeándome el cuello, y la primera piel que toqué no fue la de mi mujer, fue la de Renata, su muslo firme y caliente bajo mi mano, y el solo hecho de tocar a otra persona después de tantos años me sacudió de arriba abajo.

Renata me miró como si estuviera esperando justamente eso.

—Sacate la camisa —me ordenó, seca, sin dejar de besar a Marina con una mano en su nuca.

Obedecí. La tela cayó al piso y el aire fresco me raspó el pecho. Marina, todavía recostada, abrió los ojos y me vio desnudo de cintura para arriba, y esa mirada fue tan sucia, tan abierta, que me bajó la sangre de golpe.

—Así, vení —dijo ella, y no supe si hablaba mi mujer o Renata.

Iván ya estaba desabrochándose el cinturón. Lo hizo despacio, con una naturalidad obscena, y cuando se abrió el cierre del pantalón, el sonido me atravesó entero. Marina lo siguió con la vista, tragó saliva y sonrió como si acabara de encontrar exactamente lo que vino a buscar. Renata se incorporó apenas y se quitó el vestido por la cabeza, sin ceremonia. Debajo no llevaba casi nada, solo una braga mínima y un sujetador que le apretaba las tetas con una crueldad deliberada. Tenía el coño ya húmedo, la tela oscurecida en el centro, y no hizo ningún esfuerzo por ocultarlo.

—Mirá bien —me susurró, agarrándome de la mandíbula—. Quiero que veas todo.

La besé. Esta vez de verdad, con hambre. Renata sabía a alcohol, a labial y a piel caliente. Me respondió abriendo la boca, empujando la lengua contra la mía, y mientras nos comíamos yo le hundí una mano en la cintura y con la otra le corrí el sujetador apenas lo justo para tomarle una teta entera. Era firme, pesada, perfecta en mi palma. El pezón se endureció al instante y ella soltó un gemido corto, satisfecho, como si mi respuesta fuera exactamente la que esperaba.

A mi lado, Iván había puesto a Marina de rodillas sobre el colchón. Le sujetaba el mentón con dos dedos, obligándola a mirarlo mientras le deslizaba la mano entre las piernas. Marina respiró hondo cuando él encontró su coño por encima de la ropa interior, presionando, tanteando la humedad que ya había ahí. Después la propia Marina le apartó la mano y se bajó la braga con una impaciencia que me hizo arder la nuca.

—No me hagas esperar —le dijo, con esa voz que solo usa cuando de verdad se suelta.

Iván sonrió, un animal tranquilo, y la besó en la boca mientras le metía dos dedos despacio, hundiéndolos con una facilidad que hizo que Marina se arquease al instante. Yo la vi abrir las piernas de golpe, la vi aflojar la boca y dejar escapar un gemido largo, ahogado en la boca de él. Su coño brillaba por la humedad y los dedos que entraban y salían, y el sonido era indecente: carne mojada, respiración rota, el pequeño golpe de sus caderas contra la mano de Iván.

Renata me empujó hacia el borde de la cama.

—Ahora vos —dijo—. Ponete de rodillas.

La obedecí sin discutir. Se quedó de pie frente a mí, con las piernas abiertas apenas lo suficiente para tentarme, y me agarró del pelo para obligarme a levantar la cara. Desde ahí abajo la tenía inmensa, el pubis expuesto, el olor de su sexo mezclado con el perfume caro y el calor encerrado de la sala. Le pasé la lengua por el muslo primero, lento, hasta hacerla temblar. Después subí por la cara interna de la pierna, cada centímetro más cerca de su coño, y cuando al fin la abrí con ambas manos, encontré una humedad espesa, salada, que me llenó la boca de inmediato.

Renata soltó un gemido ronco y se apoyó en mi hombro para no perder equilibrio.

—Eso —dijo—. Así quiero que me comas.

La lengua me trabajaba sola, metiéndose entre sus labios hinchados, lamiendo el clítoris con paciencia primero y después con más presión cuando ella me lo pidió con la mano hundida en el pelo. Le chupé el coño como si tuviera sed, abriéndolo con los dedos, tragándome su humedad mientras ella me empujaba la cara contra sí, cada vez más fuerte, cada vez más sin vergüenza. El sabor de Renata era intenso, ácido y dulce a la vez, y cuando me echó la cabeza entre sus muslos y se corrió por primera vez, lo hizo con un espasmo brusco que le dobló las rodillas y le arrancó un grito que se mezcló con el de Marina del otro lado de la cama.

Porque Marina estaba siendo follada ahora, sin disimulo y sin pausa. Iván se había puesto detrás de ella y la penetraba con empujes lentos al principio, profundos, mientras una mano le aplastaba la cintura contra el colchón y la otra le sostenía el pelo para que no escapara de la mirada. Yo alcé la cabeza lo justo para verla: el culo de Marina chocando contra los muslos de él, su espalda arqueada, los pechos rozando las sábanas, la cara hundida de lado en la almohada, totalmente perdida en el ritmo de ese cuerpo grande que la abría y la llenaba una y otra vez.

—Más fuerte —murmuró ella, casi llorando de ganas—. Más fuerte, hijo de puta.

Iván obedeció. La cama empezó a quejarse con cada embestida, y el sonido de carne contra carne se volvió más brutal, más húmedo, más rápido. Marina estiró un brazo hacia mí con desesperación, buscando contacto mientras él la follaba. Le tomé la mano y la besé en los dedos, y ella me miró con los ojos vidriosos, la boca abierta, el pelo pegado a la cara por el sudor.

—No te vayas —me dijo entre jadeos.

—No me voy a ningún lado.

Renata me obligó a ponerme de pie antes de que pudiera seguir mirándolos. Me giró contra el espejo y se pegó a mi espalda, presionándome con todo el cuerpo. Sentí sus tetas aplastadas contra mis omóplatos, el pubis húmedo rozándome la cadera, la respiración caliente en mi oreja.

—Quiero tu verga adentro mío —susurró—. Ahora.

Me bajó los pantalones lo suficiente para liberarme la polla, y cuando la agarró, firme pero sin apuro, casi me dobló. No había delicadeza en su mano; había precisión y hambre. Se humedeció con mi propio prepucio y se frotó con la punta, una, dos veces, hasta que la cabeza de mi verga quedó mojada con su flujo. Entonces se acomodó, abrió más las piernas y me guió con una mano en el culo para que la atravesara de una sola vez.

La sentí entrar caliente, apretada, y se me escapó un gruñido bajo. Renata echó la cabeza hacia atrás y dejó salir un gemido largo, feroz, mientras yo la hundía hasta el fondo. El espejo nos devolvía la imagen completa: mi mano en su cadera, su espalda arqueada, la polla enterrándose y saliendo despacio al principio, luego con más fuerza, marcando un ritmo que ella misma me dictaba con las uñas clavadas en mis costillas.

—Eso, no pares —me dijo, entre dientes—. Quiero sentirte romperme un poco.

No supe si fue por ella o por la visión de Marina gimiendo a pocos metros, pero empecé a cogerla de verdad, sin contenerme. Cada embestida hacía chocar su cuerpo contra el mío con un golpe seco que resonaba en la sala. Renata levantó una pierna y me rodeó la cintura con ella para abrirse más, ofreciéndome el coño empapado y latiendo alrededor de mi polla. Yo la agarré de las tetas por detrás, las apreté hasta que se le escapó un chillido, y ella respondió hundiéndome más adentro con la cadera, exigiendo incluso ese poco de brutalidad que faltaba.

A un lado, Iván le había puesto a Marina la cara contra la almohada y la follaba desde atrás con una cadencia casi matemática, pero la calma era engañosa: cada empuje la hacía estremecerse entera. Él le sostuvo una cadera y le dio una palmada seca en el culo, lo bastante fuerte como para dejarla roja.

—Así te gusta, ¿no? —le dijo.

—Sí —jadeó ella—. Sí, así, no pares, no pares, no pares.

Ver a Marina así me quebró por dentro. No era la misma mujer que había dudado en el estacionamiento. Tenía la boca abierta, la cara ruborizada, la cola temblando bajo los golpes de Iván, y aun así levantó una mano para buscar la mía en el aire. La encontré y entrelacé nuestros dedos mientras seguía clavándome en Renata, y ese gesto hizo que todo tuviera sentido: no estábamos perdiendo nada, estábamos viendo otra versión de nosotros mismos reventar a plena luz roja.

La tensión subió de golpe, como si alguien hubiese tirado de una cuerda invisible. Renata empezó a apretarse más alrededor de mi polla, sus músculos latiendo en espasmos cortos, y se le escapaban frases sucias entre dientes, cada vez más rotas.

—Metémela más hondo —dijo—. Más. Así. Eso, carajo.

Marina, al mismo tiempo, se vino con un grito brutal, arqueándose debajo de Iván con las piernas temblando. Él no aflojó; al contrario, siguió empujando hasta sacarle otro espasmo, luego otro, sosteniéndola en la cima mientras el cuerpo de ella se sacudía sin control. Yo vi cómo se le mojaban los muslos, cómo el sudor le resbalaba por el cuello, y esa imagen me disparó el orgasmo casi al instante.

Renata también estaba llegando. Lo supe por la forma en que me arañó la espalda, por cómo me clavó los talones en las caderas para no dejarme salir ni un centímetro. Se corrió apretándose contra mí, con un quejido largo que terminó en una respiración cortada, y siguió moviéndose igual, desesperada, hasta que la polla me empezó a latir dentro de ella.

—Correrte adentro —me exigió—. Quiero sentir tu corrida.

La frase me remató. La agarré de la cintura con fuerza, hundí la polla una vez más hasta el fondo y me corrí dentro de su coño con un gruñido ronco, descargando una y otra vez mientras ella me apretaba sin piedad, obligándome a quedarme dentro hasta vaciarme. Sentí cada pulsación, cada chorrazo caliente de semen llenándola, y ella respondió con un temblor involuntario que me hizo apretar todavía más los dientes. Mi cuerpo entero quedó sacudido, vacío y tenso al mismo tiempo, como si me hubieran sacado de golpe todo lo que tenía adentro.

Al mismo tiempo, Iván se retiró apenas lo suficiente para correrse sobre la espalda de Marina, que seguía gimiendo, deshecha y hermosa, con la cara hundida en la almohada. Le cayó el semen en el lomo, resbalando entre los omóplatos y hasta la curva del culo. Ella alzó la cabeza solo un segundo, miró la escena en el espejo y sonrió, todavía temblando.

***

Después vino el silencio. Ese silencio espeso, cargado de calor y de respiraciones que tardan en acomodarse. Nos quedamos los cuatro tirados sobre la cama, enredados de cualquier manera, el cuero crujiendo bajo el peso, las lámparas escarlatas tiñéndonos todavía de rojo.

Renata fue la primera en reírse. Una risa suave, sin burla, casi de alivio.

—¿Y bien? —preguntó al techo—. ¿Valió la pena el viaje desde el estacionamiento?

Marina buscó mi mano entre las sábanas revueltas y la apretó, igual que al entrar al local, pero ya sin nada de nervios.

—Volveríamos a cruzar esa puerta —dijo ella, y me miró para confirmarlo.

Asentí. No hacía falta más.

Iván se incorporó apoyado en un codo y nos observó a los dos, a Marina y a mí, con una sonrisa que entendía perfectamente lo que estaba viendo.

—Eso —dijo— es lo que separa a los que vuelven de los que no. Ustedes se siguen mirando.

Tenía razón otra vez. Habíamos compartido algo crudo y sin vuelta atrás dentro de esa sala roja, algo que nos había mostrado a cada uno una versión nueva del otro. Y sin embargo, de toda la noche, lo que me llevé grabado no fue el calor ni los espejos ni los cuerpos ajenos. Fue el segundo exacto en que Marina abrió los ojos en medio del frenesí y, entre todos los que estábamos ahí, me eligió a mí para mirar.

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Comentarios(11)

SantiagoMDP

tremendo relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo por aca

MorboBaires

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo

CandeSur

Muy bien narrado, la tension que se va armando antes de cruzar esa puerta es lo mejor del relato. Se siente real

luci_87

jajaja me imagino la cara de los cuatro cuando se empezaron a mirar... demasiado

RoxiCordoba

Lo lei dos veces. Eso dice todo

Federico_arg

Buenísimo, sin vueltas y bien escrito. Eso es lo que uno busca

NaliaRos22

Me recordo a algo que me contaron unos amigos hace años... hay situaciones que te cambian la cabeza para siempre. Muy buen relato

ElPatan_Mdq

excelente!!

Valentin_R

No parece inventado, eso es lo mas dificil de lograr. El final sobre todo estuvo muy bien

Pablillo_R

Como te animaste a cruzar esa puerta? jaja en serio, curiosidad genuina. Muy bueno el relato

SolMarinaB

Se hizo corto, queria mas. Esperando el proximo :)

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