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Relatos Ardientes

El club liberal donde mi chica se soltó del todo

Sofía y yo vivíamos el sexo sin demasiadas reglas. Lo único que nunca negociábamos era ir siempre de la mano, sin secretos, fuera cual fuera la experiencia que se nos cruzara por delante. Y se nos habían cruzado unas cuantas, casi siempre con otras personas de por medio. Lo que nunca habíamos hecho, aunque lo habíamos hablado mil veces entre risas y en susurros antes de dormir, era pisar uno de esos locales.

Fue casi por casualidad. Una mañana de mayo en la que los dos teníamos el día libre, una chica que nos había escrito hacía semanas por una de esas webs nos mandó un mensaje. Se llamaba Carla y resultó ser encantadora, nada que ver con la mayoría de los perfiles que solo buscan fotos. Nos contó que esa misma tarde ella y su pareja iban a un spa liberal a las afueras de Valencia, por si nos apetecía acompañarlos.

Nos miramos. No hizo falta hablarlo mucho.

—¿Vamos? —preguntó Sofía, mordiéndose el labio como cuando ya ha decidido algo.

—Vamos —contesté, y sentí el estómago apretarse de nervios y de ganas a partes iguales.

***

A primera hora de la tarde cruzábamos la puerta con ellos. Carla y su chico, Diego, se portaron como auténticos anfitriones. Nos hicieron un recorrido por todas las salas y, mientras caminábamos entre toallas blancas y luces tenues, nos fueron explicando las pautas básicas: nada se hace sin permiso, una mirada basta para decir que no, el respeto manda por encima del calentón.

En la piscina estuvimos un rato charlando los cuatro, ya desnudos, aclimatándonos al ambiente. El agua templada, el vapor, la sensación de que cualquier cosa podía pasar. Al poco, Sofía me buscó la mano y, sin decirnos nada, los dos solos nos dirigimos a la zona más íntima, donde el aire era más espeso y un par de parejas ya estaban en plena faena sobre los divanes.

Nos sentamos en un banco amplio, tapizado, y empecé a acariciarla. Despacio al principio, recorriéndole la espalda, los muslos, la nuca. Después con más intensidad, hasta que la senté en el borde, le abrí las piernas y bajé a lamerle el coño con calma. Ella respondió enseguida. Sus gemidos, que conocía de memoria, sonaron distintos allí, expuestos, y atrajeron las miradas de las parejas de alrededor, que al principio solo observaban y se tocaban entre sí sin acercarse.

Cambiamos de postura. Me apoyé sentado contra la pared y Sofía se inclinó para comerme la polla, ofreciendo la espalda y el culo al resto de la sala. Desde mi posición lo veía todo: cómo se iban calentando los demás, cómo los hombres tenían erecciones cada vez más firmes, cómo el ambiente espesaba por momentos.

Uno de los chicos se acercó un poco más. Empezó a acariciarle la espalda a Sofía mientras me miraba, pidiendo mi aprobación sin palabras. Yo lo miré sin decir nada, pero se entendía que no me importaba. Y así fue: sus manos pasaron a los hombros, a los brazos, y fue pegando su cuerpo al de ella. A Sofía aquello la encendió. Saberse deseada por otro hombre mientras me la chupaba a mí la ponía a mil, lo notaba en cómo aceleraba el ritmo.

Ella giró la cabeza, se levantó y se pegó a él. Lo animó a recorrerle el cuerpo entero, y sus propias manos hicieron lo mismo con el de él. El tipo, que tenía buena planta, ya le decía al oído lo buena que estaba y las ganas que le tenía, en voz lo bastante alta como para que todos lo oyéramos. Eso caldeaba aún más la sala.

No tardó mucho en arrodillarse Sofía a masajearle la polla y, al poco, a hacerle una mamada. Él mostraba una excitación que la contagiaba, y además tenía un miembro considerable. Ella sentada, él de pie, agarrándole la cabeza con suavidad, follándole la boca mientras seguía soltándole guarradas que, sin ser desagradables, encendían a cualquiera que estuviera cerca.

***

Para entonces yo me había entretenido con la pareja de aquel chico. Una chica un poco rellenita, con unas tetas enormes, que la verdad no me ponía nada. No era por el cuerpo: era que parecía ausente, como si estuviera de prestado. Toda la fiebre que demostraba él le faltaba a ella. Lo intenté igual, con caricias, lametones, manoseos por todas partes, pero sus gemidos eran tan tímidos que se perdían en la pequeña orgía que se estaba montando sola a nuestro alrededor. Solo parecía despertar un poco cuando me agarraba la polla y me la pajeaba despacio, murmurando algo entre dientes que ni llegué a entender.

A mi lado, Sofía era follada con ganas. Primero por detrás, mientras él le masajeaba el culo y tiraba de sus caderas para hundirse más a fondo. Después él sentado y ella encima, cabalgándolo. Y al final otra vez por detrás, como un huracán, sobándola entera, metiéndole de tanto en tanto un dedo en el culo y sin dejar de hablarle. Ella estaba fuera de sí, disfrutando como pocas veces la había visto, y encima otras manos la acariciaban a la vez. Tanto, que a mí me costaba meter las mías para tocarla.

La cosa fue subiendo hasta que él aceleró las embestidas. Lo oía decir cosas entrecortadas:

—¡Estás buenísima!

—Mmmm, qué culo tienes.

—¡Cómo estás de rica!

Y luego, directo a ella:

—¡Córrete para mí!

Acabó con espasmos, tirando de las caderas de Sofía todo lo que pudo, quedándose quieto unos segundos mientras le besaba el cuello y la espalda. Ella temblaba, con los ojos cerrados.

***

Yo ya andaba con otra chica, justo al lado. Estaba muy buena pero demasiado operada para mi gusto: unas tetas grandes y durísimas que casi daba reparo tocar, no fueran a estallar, y una figura de revista. Su chico, de polla más bien pequeña, nos vigilaba con un ojo mientras con el otro miraba follar a Sofía y se masturbaba con la escena.

Cuando Sofía nos vio, se acercó. Se agachó e invitó a la otra chica a que entre las dos me hicieran una mamada, las dos de rodillas y yo sentado. Fue espectacular, casi épico, porque mientras dos bocas se turnaban con mi polla, yo le sobaba las tetas —también enormes— a una tercera que, pegada a mí, cabalgaba a su pareja y gemía como una loca. La estampa entera era de locos.

Eso debió de pensar el novio de la chica operada, porque en cuanto pudo abrazó a Sofía convencido de que le tocaba el turno. La miró pidiendo permiso, ella le siguió el juego, y la penetró por detrás. Ahí Sofía disfrutó bastante menos, y se notaba. La diferencia de actitud y de polla con el anterior era abismal, y a ella, que se vuelve loca con la energía y con las vergas duras y gruesas, se le notaba en la cara. Él, en cambio, estaba desatado, empeñado en tumbarse encima de ella para follarla así.

Yo no encontraba nuestros preservativos, así que le pregunté a la chica con la que estaba si tenía uno. Asintió, lo sacó y me lo puso como pudo, porque me quedaba pequeñísimo. Se lo dije y soltó una risita.

—No me hagas mucho daño, por favor.

Seguimos riéndonos mientras se sentaba encima de mí y se iba clavando mi polla muy despacio, porque entraba bastante justa. Sus gemidos empezaron a acelerarse, y con ellos la cabalgada y la excitación de la pareja que follaba a nuestro lado. Pero el preservativo me apretaba tanto que dejé de estar a gusto, y se lo dije.

***

Coincidió con que el novio de la operada se salió con la suya y se llevó a Sofía a una de las camas de la sala contigua para tumbarla y follarla a su antojo. Todos los seguimos, como una procesión calenturienta. Allí tumbé a la chica con la que estaba y bajé a lamerle el coño, completamente depilado —algo que no me entusiasma, prefiero incluso que haya vello— mientras le recorría el cuerpo con las manos. Aquello la encendió mucho más que el polvo de antes, y no tardó en correrse agarrándome la cabeza y apretándome contra ella.

Casi a la vez se corría su chico, empleándose a fondo y con embestidas fuertes sobre Sofía, que le agarraba el culo y lo empujaba hacia ella para terminar de exprimirlo.

Y, casi tan rápido como había empezado, la fiesta se deshizo. Cada uno fue recuperando el aliento por su lado.

***

Sofía y yo volvimos a la piscina a relajarnos los dos solos. Flotamos un rato en silencio, con las piernas enredadas, mirándonos como si acabáramos de compartir un secreto enorme. Desde allí pasamos otra vez a la zona privada, rechazando con una sonrisa a un par de parejas que se ofrecieron a acompañarnos. Esa parte la queríamos para nosotros.

Nos tumbamos en una cama libre y follamos despacio, sin público, reconociéndonos. Le besé cada centímetro, ella me clavó las uñas en la espalda como hace cuando de verdad le gusta, y nos corrimos los dos a gusto, casi a la vez. Después nos quedamos abrazados, sudados, riéndonos por lo bajo de lo que acabábamos de vivir.

Nos duchamos y abandonamos el local con esa calma rara que deja el sexo bien echado. En un bar cercano pedimos dos cafés y comentamos la tarde. Los dos coincidimos en que había sido una experiencia satisfactoria, distinta a todo lo anterior, y que muy probablemente volveríamos a repetir. No nos equivocábamos: con el tiempo nos hicimos asiduos de esos sitios. Al fin y al cabo, a la filosofía liberal ya pertenecíamos desde hacía mucho.

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Comentarios (5)

MatiasBsAs

tremendo!! me mato que ella cruzara la puerta primero jajaja

ElMorbosoK

Que relatazo... por favor seguí contando, necesito saber como sigue esto

Pablito_MDP

Me recordo a una experiencia parecida que tuvimos con mi novia el año pasado. No llegamos tan lejos pero el nerviosismo es exactamente asi. Muy bien contado

Vero_relatos

impresionante como lo describiste, se siente que estabas ahi de verdad

Nico_Salta

¿y Sofía que comentó después de todo? quedé con esa duda jaja, necesito una segunda parte

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