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Relatos Ardientes

Invité a Darío a compartir a mi mujer en la piscina

A Darío lo conocí en un chat de esos que uno abre a deshoras, sin esperar nada, solo por matar el insomnio. No sé muy bien por qué le escribí a él entre tantos perfiles, pero después de un rato tecleando el entendimiento fue inmediato. Los dos casados, los dos hetero-curiosos, él activo y yo pasivo. Me llevaba unos años, aunque ambos rondábamos la cincuentena y nos cuidábamos: él más bajo y fibroso, yo más grande y corpulento.

Lo que terminó de unirnos fue descubrir que compartíamos la misma fantasía. A los dos nos encendía ver a nuestras esposas en brazos de otro. No celos, no rencor: solo el morbo de mirar, de saber que el deseo de ellas no nos pertenecía del todo.

—Tendríamos que vernos algún día —escribió él una noche.

—Tendríamos —contesté.

***

Quedamos primero para un café, en una terraza tranquila lejos del centro. La conversación fluyó tan bien que, antes de pagar la cuenta, ya le había propuesto algo más serio.

—¿Y si la próxima vez no venimos solos? —dije—. Mi mujer, Marina, sería capaz de organizar algo memorable. Y hay un amigo nuestro, Aníbal, que también estaría encantado.

Darío se quedó callado un momento, removiendo el café que ya se había enfriado. Luego sonrió de esa forma en que sonríe alguien que lleva mucho tiempo imaginando una cosa y de pronto la ve al alcance de la mano.

—Me parece fantástico —dijo.

A Marina la idea le pareció estupenda. A Aníbal, colombiano de risa fácil y manos enormes, ni hace falta decirlo: aceptó antes de que terminara la frase.

***

Llegó el día. Hacía calor, de ese pegajoso que invita a no llevar ropa, y le había pedido a Darío que viniera dispuesto a usar la piscina. Lo recibí en la puerta, le presté una toalla y lo llevé al jardín, donde la vegetación espesa nos regalaba una sombra fresca y la sensación de estar lejos de todo. Mientras tanto, dentro de la casa, Marina y Aníbal se preparaban para mirar primero y participar después.

Darío y yo nos metimos al agua. Nos refrescamos un rato, hablando de tonterías, y la conversación fue perdiendo fuerza a medida que ganaba otra cosa. Primero fue un roce de hombros. Después una pierna que se cruzaba con la mía bajo la superficie. No tardé en notar contra mi muslo que él ya estaba duro, una erección firme, un poco más pequeña que la mía pero tensa como una rama a punto de partirse.

Eso me puso en marcha. Me quité el bañador debajo del agua y lo dejé flotando. Él hizo lo mismo, y entonces me acorraló contra el rincón de la piscina y me besó con una avidez que no admitía dudas. Le respondí. Sentí su boca buscar mi cuello, sus dientes cerrarse despacio sobre el lóbulo de mi oreja. Un escalofrío me recorrió la espalda y mi cuerpo entero respondió.

Me giré para sentirlo contra mí. Él se pegó a mi espalda, deslizando su sexo entre mis nalgas, sin penetrarme aún, solo frotándose, mientras una mano me sujetaba con fuerza y la otra se cerraba alrededor de mí bajo el agua. Yo respiraba cada vez más hondo.

Y de pronto Darío se quedó quieto.

Levanté la vista. Marina estaba de pie en el borde, mirándonos. Llevaba solamente un tanga minúsculo de color azul eléctrico que le sentaba de maravilla, marcándole la cintura estrecha y las caderas anchas que tanto me gustan. Sus pechos, de tamaño medio, apuntaban hacia arriba, y por su forma de morderse el labio supe que llevaba un rato observándonos.

—No paréis por mí —dijo.

Detrás de ella apareció Aníbal. Le besaba la nuca y le amasaba las nalgas con esas manos suyas, y Marina ya respiraba con la boca entreabierta. Cuando él se movió, quedó a la vista su sexo grueso, de un calibre que a Darío se le notó en la cara. Abrió los ojos como platos. Yo se lo había descrito por escrito con todo detalle, pero una cosa es leerlo y otra tenerlo delante.

Su erección dio un salto contra mí. Los besos en mi cuello se convirtieron en mordiscos, y sus manos dejaron de estar quietas: una me apretaba con firmeza, la otra me trabajaba sin pausa bajo el agua.

Aníbal tampoco perdía el tiempo. Sus dedos masajeaban a Marina entre las piernas, entrando y saliendo, y de vez en cuando le pellizcaba un pezón con una rudeza que le arrancaba una protesta a medias entre la queja y la risa.

***

Yo ya no aguantaba más. Me escapé del abrazo de Darío, lo agarré por debajo de los brazos y lo senté en el borde de baldosa. Sin preámbulos me lo llevé entero a la boca. Lo chupé con ganas, alternando con lametones en sus testículos depilados, llevándomelos también entre los labios. Él dejaba escapar un sonido grave y constante, aunque no más alto que Marina, que de repente soltó un grito.

Miré de reojo. Aníbal había aprovechado que ella estaba concentrada en lo que su mano le hacía para empujar despacio contra su entrada. Primero la punta. Con un segundo movimiento, la mitad. Con el tercero, lento y profundo, hasta el fondo. El grito de Marina fue de dolor y de placer mezclados, y él, lejos de detenerse, le separó las nalgas con ambas manos y se hundió un poco más, arrancándole un gemido largo. Lo habían preparado bien antes, con paciencia y aceite; de otro modo aquello habría sido imposible.

Darío no daba crédito a lo que veía. Sin pensarlo me empujó la cabeza, y su sexo me llegó hasta la garganta. Tosí, se me llenaron los ojos de agua, y por suerte aflojó enseguida para marcar un ritmo más llevadero, acompañando con la mano cada subida y bajada. Tenía la mirada perdida en la escena de al lado, hipnotizado. Todo lo que había imaginado durante años se estaba volviendo real frente a él.

Poco a poco Marina encontró el ritmo de Aníbal. Dejó de gritar; ahora solo jadeaba, ese jadeo suyo que conozco de memoria, el que anuncia que se va a correr. El golpe rítmico de los cuerpos era música para mí, y también para Darío, que disfrutaba sin disimulo. Entonces los ojos de Marina se cruzaron con los suyos.

—Fóllatelo —le dijo ella, casi sin aire—. Quiero verte follármelo a él.

***

Darío obedeció. Me tomó de la mano para que saliera del agua y me llevó hasta una de las tumbonas, la que estaba pegada a la de Aníbal y Marina. Me tumbó boca arriba, me levantó las piernas y se colocó mis tobillos a cada lado de su cabeza. Se acomodó, apuntó y me penetró despacio, sin detenerse, hasta que estuvo del todo dentro de mí. Solté el aire de golpe. Él empezó a moverse con una cadencia suave y precisa, de las que saben lo que hacen. Yo me dejaba ir; él resoplaba a cada embestida.

Marina se desplazó hacia nosotros y pasó una pierna por encima de mi cara, sentándose sobre mí para que la atendiera con la boca. Y vaya si lo hice. Recorrí con la lengua cada pliegue, la penetré hasta donde alcancé, embriagado por su sabor. Sobre mí, ella se estremecía mientras besaba a Darío, que seguía sin creerse lo que estaba pasando. Aníbal reclamó lo suyo: en cuclillas, volvió a abrirse paso en ella por detrás, y el cuadro quedó completo.

Mi amigo se movía dentro de mí con dureza, cada vez más fuerte, y yo lo sentía en todo el cuerpo. Estaba tan excitado que me golpeaba el vientre al compás que marcaban los dos. Parecía que aquello terminaría así, en un crescendo sin freno.

Pero Aníbal tenía otros planes. Aníbal siempre tiene otros planes.

—Esto no va al ritmo que tiene que ir —dijo, medio en broma medio en serio, como un director de orquesta descontento.

Salió de Marina, apartó a Darío con suavidad y le pidió a ella que se ocupara de él con la boca. Marina obedeció encantada. Darío, para no quedarse atrás, me tomó con una mano y con la otra empezó a chupármela con verdadero empeño. Durante varios minutos, Aníbal y yo recibimos sendas atenciones hasta rozar el límite, conteniéndonos a duras penas.

***

Teníamos tiempo y ganas, así que decidimos cambiar las piezas del tablero. Darío no podía irse sin probar a mi mujer. La tumbó de espaldas en la tumbona, le levantó las piernas torneadas igual que había hecho conmigo y se hundió en ella. Marina le cruzó los tobillos a la altura de la espalda y empezó a mover las caderas, buscando y dando placer en la misma medida, acoplándose a él como si llevaran haciéndolo años.

Aníbal tampoco quería quedarse sin estrenar al nuevo. Se untó generosamente, se preparó y se colocó detrás de Darío, que se ofrecía sin saber muy bien lo que le esperaba. La penetración fue lenta, contundente. Darío dio un respingo, pero estaba atrapado entre las piernas de Marina y no tenía a dónde escapar. En cuestión de minutos su cuerpo cedió, se relajó, y dejó que Aníbal lo llevara a su antojo.

Yo también necesitaba mi parte. Me tumbé en el césped, justo al lado de la tumbona, boca arriba, en primera fila. Desde ahí el espectáculo era inmejorable: Aníbal empujando a Darío, y Darío, al mismo compás, hundiéndose en Marina. Estiré el cuello y empecé a lamer todo lo que se me ponía a tiro, sin distinguir de quién era cada cosa. El baile duró mucho rato. Los tres aguantamos como veteranos, y fue Marina quien se corrió más veces, una detrás de otra, perdida en su propio placer.

***

Para el final le rendimos tributo a quien lo merecía. Marina se arrodilló en el césped, y los tres nos pusimos de pie frente a ella, en semicírculo. Nos miró uno por uno, sabiendo perfectamente lo que tocaba, y nos atendió por turnos con la boca hasta que, uno tras otro, terminamos sobre su cara, su pelo, sus labios.

Y todavía le quedaron fuerzas para terminar ella misma, sin prisa, mientras los tres la mirábamos sin aliento. Cuando llegó su último orgasmo, largo y profundo, se dejó caer hacia atrás sobre la hierba con una sonrisa cansada.

No sé por qué le escribí a Darío aquella noche de insomnio. Pero esa tarde, viéndolos a los tres rendidos junto a mi piscina, me alegré de haberlo hecho.

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Comentarios (6)

Fede_Baires

tremendo relato!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

NicoRJ

y despues de esa noche siguieron viendose o fue solo una vez? jaja, la pregunta del millon

MarcosBA

lo lei dos veces porque la primera lo pasé muy rapido. Esta muy bien narrado, sin vulgaridades innecesarias. Mas de esto!

Vero_Cba

que noche, por dios jaja. Ojalá haya continuación

ElNocturno88

Darío es el amigo que todos quisiéramos tener jajajaja. Excelente

romina_belen

me encanto como lo contaste, se lee natural y sin forzar nada. Seguí escribiendo!

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