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Relatos Ardientes

Lo que grabamos ese domingo junto a la piscina

El calor de ese domingo de agosto era el tipo de calor que pone el mundo en pausa. El agua de la piscina brillaba como un espejo partido, y el aire olía a bronceador y jazmín tardío. Yo estaba flotando boca arriba con los ojos cerrados, dejando que el sol me lamiera los hombros y el pecho. Me había quitado la parte de arriba del bikini media hora antes, sin pensarlo demasiado. Era nuestra casa. Éramos nosotros.

A mi derecha, Valeria —esa rubia larga y lenta que llevaba diez años siendo mi mejor amiga y aún me sorprendía— chapoteaba con esa energía suya de quien siempre está a punto de hacer algo que no debería. A mi izquierda, Petra. Alta, seria, recién llegada de Frankfurt después de firmar los papeles del divorcio. Llevaba con nosotras cuatro días y ya se la veía distinta. Más ligera. O más hambrienta. Todavía no lo había decidido.

Rodrigo estaba arriba, en la galería. Yo no lo miraba, pero lo sabía ahí. Igual que él nos sabía a nosotras.

***

Fue Valeria, claro. Siempre es Valeria.

Se subió al borde de la piscina de un salto y nos miró desde arriba con esa expresión que yo ya conocía demasiado bien.

—Chicas —dijo—. Estamos desperdiciando esto.

Petra frunció el ceño sin entender.

—¿El agua?

—Esto. —Hizo un gesto vago que lo abarcaba todo: el sol, nosotras, nuestros cuerpos mojados, el silencio de la tarde—. Somos tres mujeres espectaculares en topless en una piscina privada. Y no hay ni una sola cámara encendida.

Me reí. Petra también, aunque más despacio.

—¿Qué estás proponiendo exactamente? —pregunté.

Valeria se encogió de hombros con esa falsa inocencia suya.

—Una película. Corta. Para nosotras. Para recordar este verano. —Hizo una pausa—. Con protagonistas de verdad.

—¿Una película porno —dijo Petra. No era una pregunta.

—Una película erótica. Hay diferencia.

—¿La hay?

Valeria sonrió.

—La diferencia es que en la nuestra actuamos nosotras y decidimos cuándo para.

Levanté la vista hacia la galería. Rodrigo ya no fingía leer. Tenía los brazos apoyados en la barandilla y nos miraba sin disimulo. Bajé la mirada y noté lo que la tarde le estaba haciendo. Ese hombre era completamente mío, y precisamente por eso la idea me encendió algo que no esperaba.

—Nos falta el actor principal —dije.

Las dos siguieron mi mirada. Las tres sabíamos lo que eso significaba.

***

Rodrigo bajó las escaleras despacio. No se apresuró nunca. Ese era su estilo: tomarse el tiempo justo para que la tensión se volviera insoportable antes de llegar. Cuando pisó el último escalón, las tres lo mirábamos en silencio. Llevaba una camiseta sin mangas y los pantalones de lino que sabían cómo marcarlo todo. Innecesario. Efectivo.

—¿En qué puedo ayudarlas? —preguntó. Su voz salió más grave de lo normal.

Me levanté del agua, todavía sin la parte de arriba. Me acerqué hasta quedar a un palmo de él y apoyé una mano en su pecho.

—Queremos grabarlo todo —dije—. Y te necesitamos a ti para que haya algo que valga la pena grabar.

Él no respondió de inmediato. Me miró a los ojos, luego a Valeria, luego a Petra. Luego de nuevo a mí. Una sonrisa lenta cruzó su cara.

—¿Las tres? —preguntó.

—Las tres —confirmé.

Asintió, despacio, como si lo estuviera considerando aunque ya supiera la respuesta desde el principio.

El juego había comenzado.

***

Le pasé el teléfono a Petra. Era la más fría de las tres, la más técnica. Nuestra directora involuntaria.

Yo sería la primera.

El césped todavía estaba húmedo por el riego de la mañana. Rodrigo me besó antes de que yo pudiera pensar, con esa manera suya de besar que siempre me tomaba por sorpresa aunque lo conociera de memoria. No fue delicado. Tampoco fue brusco. Fue exactamente lo que era: un hombre que me quiere y que sabe cómo ponerme a cero en segundos.

Sus manos no tardaron. Una en mi cuello, la otra moviéndose hacia abajo, directa, sin rodeos. Me encontró lista. Siempre me encontraba lista cuando la situación era así. Me separó un poco y me miró con esa calma calculada que a veces odio porque sé que es completamente deliberada.

—Ven —dijo, y me giró.

Me arrodillé en el césped. Él se puso detrás de mí, sus manos recorriendo mis caderas, mis muslos, subiendo hasta mi cintura. Se tomó su tiempo. Eso siempre me sacaba de quicio, y él lo sabía perfectamente. Oí el sonido del teléfono al moverse, Petra ajustando el ángulo.

—Rodrigo —susurré.

—¿Qué? —Como si no supiera perfectamente lo que necesitaba.

—Para de torturarme.

Se rio suavemente. Se inclinó. Lo que siguió no fue delicado: su boca en mi espalda, sus dientes rozando mi nuca, sus manos abriéndome. Cuando por fin me penetró —despacio, sin brusquedad, pero con una firmeza que no dejaba margen— solté el aire que llevaba varios minutos sin saber que retenía.

Empezó a moverse. Cada vez con más fuerza. Yo apoyé las manos en el suelo y lo dejé hacer, sintiendo cómo el placer se iba acumulando sin ningún sitio adonde ir excepto hacia arriba. Oía el césped bajo mis palmas, el agua chapoteando en la piscina, los pequeños sonidos que hacía Petra al moverse buscando el ángulo.

—Más —dije. No lo pensé. Salió solo.

Él agarró mis caderas con las dos manos y cumplió. El mundo se redujo a eso: su cuerpo contra el mío, el calor del sol en la espalda, el césped bajo las rodillas. Cuando el orgasmo llegó, llegó de golpe, sin anuncio, sacudiéndome de dentro hacia afuera. Grité algo que no sonó como palabras.

Después me derrumbé en el césped, temblando, con él todavía dentro. Oí la voz de Petra desde atrás, seca y satisfecha.

—Primera escena. Perfecta.

***

Le pasé el teléfono a Valeria. Era el turno de Petra.

Petra se acercó a Rodrigo con una seguridad que no le había visto en días. Se puso de rodillas delante de él y lo miró desde abajo, los ojos muy abiertos, como calibrando. Lo tomó con ambas manos despacio, sin prisa, estudiándolo. Luego se lo llevó a la boca.

No era tímida.

Lo chupó con una concentración absoluta, los ojos cerrados a ratos y abiertos a ratos. Rodrigo tenía la cabeza echada hacia atrás y los dedos enredados en su pelo. Cuando ella fue más al fondo, él exhaló por la nariz con un sonido que yo conocía bien: el límite de su compostura.

Pero Petra tenía otros planes.

Se puso de pie, lo empujó hacia la tumbona con una mano en su pecho, y se sentó sobre él. Lentamente. Controlando cada centímetro. Cerró los ojos cuando lo tuvo dentro y se quedó quieta un segundo, solo un segundo, como tomando medida del territorio.

Después empezó a moverse.

Al principio suave, ondulando las caderas en círculos lentos. Luego más. Luego mucho más. Se convirtió en algo completamente distinto a la mujer seria que había llegado desde Alemania con dos maletas y los ojos cansados. Sus pechos se movían, su boca estaba abierta, y los sonidos que hacía eran honestos y sin filtro.

Rodrigo le agarró la cintura para estabilizarla. Ella se lo sacudió de encima. Quería controlar el ritmo. Lo controló hasta que no pudo más.

El orgasmo la agarró por sorpresa, creo, incluso a ella misma. Su cuerpo se tensó hacia adelante y se escuchó una descarga húmeda que los empapó a los dos. Se quedó doblada sobre su pecho, jadeando, sin moverse.

—¿Qué fue eso? —susurró Valeria detrás de la cámara, con los ojos muy abiertos.

Petra levantó la cabeza. Tenía los ojos brillantes y la expresión de quien acaba de descubrir algo sobre sí misma.

—No sabía que podía hacer eso —dijo, con la voz todavía rota.

—Bienvenida —le dije desde el suelo, sonriendo.

***

El sol estaba más bajo cuando le llegó el turno a Valeria. El cielo había pasado del azul blanco del mediodía a un naranja sucio y cálido que lo envolvía todo.

Valeria le devolvió el teléfono a Petra y se acercó a Rodrigo con ese paso suyo de quien sabe exactamente lo que quiere. No se arrodilló. No lo besó primero. Se tumbó en el césped boca arriba y abrió los brazos.

—Ya sé lo que quiero —dijo, mirándolo.

Rodrigo se arrodilló frente a ella. La observó un momento. Luego bajó la cabeza.

Lo que hizo no fue lo que Valeria esperaba, creo. Fue más abajo. Su boca tardó en llegar donde ella quería, deteniéndose antes, rodeando, construyendo una tensión que se volvió insoportable en cuestión de segundos. Valeria le puso una mano en la cabeza, empujando con urgencia.

Él resistió.

Siguió a su ritmo, ignorando la presión de sus dedos. La fue llevando al borde y la dejó ahí, suspendida, hasta que ella soltó un gemido largo que sonó casi enfadado.

—Por favor —dijo Valeria, con la voz rendida.

Él subió.

La penetración fue directa, sin rodeos. Valeria arqueó la espalda y se aferró a sus hombros. Rodrigo la folló con un ritmo constante y sin pausa, con una firmeza que no le dejaba margen para nada que no fuera eso. Ella fue subiendo, sus orgasmos seguidos uno detrás del otro, sin cerrarse del todo antes del siguiente.

Cuando terminó, Valeria estaba completamente quieta. Miraba el cielo. Respiraba despacio, contando los segundos.

—Dios —dijo, a nadie en particular.

***

Después fuimos nosotras tres.

Tendimos una alfombra junto al borde del agua. Nos tumbamos juntas sin mucho plan. Yo me puse encima de Petra y empecé a moverme contra ella. El roce era directo y limpio, su cuerpo encajando perfectamente con el mío. Valeria se sentó a nuestro lado y nos miraba, su mano moviéndose despacio entre sus propias piernas.

Petra me besó. Fue inesperado, sin aviso, y ninguna de las dos lo interrumpió. Fue un beso largo y honesto, de los que no se planean.

Valeria se tumbó con nosotras. Nos fuimos encontrando de forma natural, sin guion: manos que buscaban, bocas que exploraban. Yo metí los dedos en Petra y ella se tensó contra mí. Ella me los metió a mí y yo cerré los ojos. Valeria pasó la lengua por mi pecho y luego bajó hasta Petra.

Llegamos al clímax de forma escalonada, con pocos segundos de diferencia entre las tres. El silencio después no pesaba.

***

Rodrigo había estado sentado en la hierba observándonos con los brazos apoyados en las rodillas. Petra se levantó primero, todavía con las piernas un poco inestables, y fue directa hacia él.

—Tú —le dijo, señalándolo—. Aún no hemos terminado.

Él levantó una ceja.

—¿Qué quieres?

Petra se dio la vuelta, se puso de rodillas en el césped y le ofreció su respuesta sin palabras. Él entendió.

—Quiero que te vacíes dentro de mí —dijo en voz baja—. Por detrás. Así.

Rodrigo se levantó sin decir nada más. Colocó los dos teléfonos apoyados en ángulos distintos, asegurándose de capturar todo. Se arrodilló detrás de ella y puso una mano en su espalda.

—¿Segura?

—Hace media hora que estoy segura.

Lo que siguió fue sin contemplaciones. Ella lo había pedido sin contemplaciones y él respondió en el mismo idioma. La preparó con sus manos, despacio, hasta que ella lo dijo: ya. Entonces la penetró por el culo con cuidado y con firmeza, y Petra soltó un sonido largo que comenzó como dolor y terminó como otra cosa.

Cada embestida tenía peso e intención. Petra lo recibía todo sin retroceder, con los brazos firmes, la cabeza baja entre los hombros. Los sonidos que hacía eran honestos y sin vergüenza, y yo los oía desde el suelo sin apartar los ojos.

Rodrigo le puso una mano en la cadera y aceleró. Petra bajó la cabeza hasta el suelo y apretó los dientes. Sus orgasmos llegaron en oleadas cortas y seguidas, uno encima del otro, sin darle tiempo a recuperarse entre uno y el siguiente.

Valeria y yo habíamos dejado de grabar. Solo mirábamos.

Cuando Rodrigo llegó, lo anunció con un sonido grave y largo. Se quedó quieto dentro de ella un momento, con las manos aferradas a sus caderas. Luego se retiró, despacio.

Petra se tumbó de lado en el césped sin moverse.

Fuimos las tres a ella. Nos tumbamos a su alrededor en la hierba todavía tibia. Rodrigo se sentó cerca, exhausto, con esa expresión suya de hombre que ha dado todo lo que tenía. Nadie habló durante un rato.

El cielo se estaba poniendo oscuro por el este, aunque el horizonte guardaba todavía algo de luz anaranjada. Olía a tierra húmeda y a nosotras. Valeria cogió uno de los teléfonos y lo revisó, desplazándose por la pantalla con una sonrisa que fue creciendo.

—Tenemos material suficiente para ganar un premio —dijo.

Nos reímos todas. Rodrigo también, con esa risa cansada y satisfecha de quien acaba de sobrevivir algo que no olvidará pronto.

Esa tarde no la íbamos a olvidar. Ninguna de las cuatro.

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Comentarios (4)

VeranoCaliente

Buenisimo!! de los mejores que lei en mucho tiempo

NachoPosta

El final te deja con ganas de mas... segunda parte por favor!!

Facu_Tuc

Me acordé de unas vacaciones con amigos que terminaron parecido, je. Esas situaciones siempre arrancan de algo tan simple. Muy bien narrado, se lee rapido y engancha desde el principio.

SandraK77

Me encanto como esta contado, se siente natural. Sigue escribiendo por favor

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