El castigo que la justiciera guardaba para los abusivos
Cuando escuchó el grito en el aula vacía, supo que volvía a tocarle trabajo: antifaz puesto, botas ajustadas y una lección que ese cerdo no olvidaría jamás.
Cuando escuchó el grito en el aula vacía, supo que volvía a tocarle trabajo: antifaz puesto, botas ajustadas y una lección que ese cerdo no olvidaría jamás.
Lo esperó en el descansillo sin saber muy bien qué hacía allí. Solo sabía que, después de la noche anterior, ya no podía fingir que aquello había sido un accidente.
Adrián medía cada gesto conmigo, como si supiera algo que yo no sabía. Tardé en descubrir que el chico al que besaba ya tenía la maleta lista y una vida esperándolo en otra ciudad.
A las nueve llegó con su bolso y un par de excusas. A las nueve y cuarto yo ya estaba en el baño cambiándome por algo que no dejaba nada a la imaginación.