Lo que pasó tras el entrenamiento me cambió
Salí del vestuario sin ducharme, oliendo a tigre, sin imaginar que aquella noche dos compañeros de equipo me arrastrarían a algo que jamás creí desear.
Salí del vestuario sin ducharme, oliendo a tigre, sin imaginar que aquella noche dos compañeros de equipo me arrastrarían a algo que jamás creí desear.
Diez minutos de espera y ahí estaba él, puntual como siempre, sin saber que yo lo miraba. Lo que no imaginé fue lo que encontré en mi felpudo a la mañana siguiente.
Apenas lo conocía, pero el olor de su ropa tirada en el suelo me volvió loco. Y entonces, a través de la pared de piedra, empecé a oír todo lo que pasaba en su habitación.
En el juego del «yo nunca» conté mis fetiches sin pensarlo. Semanas después, él montó la escena perfecta para convertirme en la más patética de los dos.
Cerró la puerta con pestillo, bajó la persiana y volvió a sentarse sin dejar de mirarme. Yo seguía de pie frente a su escritorio, decidida a no salir sin lo que vine a buscar.
No soy tonta: estudio arquitectura y me va bien. Pero esa noche salí dispuesta a que un grupo de extraños creyera que era una muñeca sin cerebro.
Eran las cuatro de la mañana cuando sonó el timbre. Mi amigo entró con dos colegas y una chica que apenas me miró. Ninguno imaginaba cómo terminaría esa noche.
Llevaba años tocándome con la misma fantasía, y aquella tarde de festival, perdida y empapada de sudor, supe que tenía delante la única ocasión de cumplirla.
Empecé pidiendo una nota y terminé descubriendo cuánto era capaz de desear. Estos son los dos años que me cambiaron y que no le había contado a nadie.
Tenía cuarenta minutos de clase por delante, la cámara encendida y el dildo entero dentro de mí. Solo debía mantener la cara quieta. Eso era todo.
Cerré la puerta, dejé caer la mochila y la ropa, y me imaginé unos ojos siguiéndome por toda la sala. Esa idea fue suficiente para encenderme entera.
Llevábamos meses esquivándonos en el mismo piso, fingiendo que no pasaba nada. Esa madrugada, en la cocina, ya no quedaba nadie a quien engañar.
Marina volvió de la universidad hecha una mujer, y entre risas y juegos en el agua entendí que ya no éramos los críos que se bañaban cada verano en aquel pueblo.
Habíamos hablado durante semanas detrás de una pantalla. Esa tarde, por primera vez, no había cámara entre nosotros: solo ella, mi cuarto y la puerta cerrada.
El toque de queda ya había pasado cuando una mano conocida la arrastró al cuarto de servicio. Su hermana mayor tenía una forma muy concreta de imponer las reglas.
Cerré los ojos y simulé un sueño profundo. Lo que no imaginé fue que ella supiera exactamente lo que estaba haciendo a oscuras, a dos pasos de su cama.
Pensé que tenía aquel pedazo de paraíso para mí solo. Cuando abrí los ojos, tres desconocidas me observaban entre risas y yo seguía completamente desnudo.
El vestido rojo apenas me cubría al entrar a esa habitación; no imaginé que unos ojos al otro lado del cristal seguirían cada uno de mis movimientos.
Cuando escuchó el grito en el aula vacía, supo que volvía a tocarle trabajo: antifaz puesto, botas ajustadas y una lección que ese cerdo no olvidaría jamás.
Lo esperó en el descansillo sin saber muy bien qué hacía allí. Solo sabía que, después de la noche anterior, ya no podía fingir que aquello había sido un accidente.