Mis novias siempre fueron cantantes por una razón
Si nunca te han hecho una buena mamada, no sabes de lo que hablo. Y no, no me refiero a correrte en su boca. Te voy a contar el secreto que descubrí por casualidad.
Si nunca te han hecho una buena mamada, no sabes de lo que hablo. Y no, no me refiero a correrte en su boca. Te voy a contar el secreto que descubrí por casualidad.
Teníamos la casa para nosotras y una banana sobre la mesa cuando Malena decidió que había llegado la hora de enseñarme todo lo que ella sabía.
Sentí que alguien me desabrochaba el top en la oscuridad. Abrí los ojos lo justo para mirarlo sin que se diera cuenta, y entonces decidí no detenerlo.
Llevaba toda la tarde notando cómo me miraba desde la otra mesa, y por primera vez en años decidí no apartar la vista.
Me desnudé en silencio, me puse las orejas y el collar, y me deslicé en su cama antes de que despertara. Le debía demasiado para seguir fingiendo que solo quería cuidarlo.
Bajé los pantalones manchados de café convencido de que era mi gran momento. No conté con que su hermana mayor cruzaría justo entonces la puerta.
Le bastaba una sonrisa para que el más creído bajara la guardia; entonces Nadia atacaba justo donde más dolía y disfrutaba cada segundo de su caída.
Adrián creía que solo subía a casa de un amigo. No contaba con que Lucas estuviera despierto en el salón, ni con las ganas que llevaba toda la noche aguantando.
Bajamos de la fiesta a las cuatro de la mañana creyendo que la noche había terminado. En realidad, en esa casa enorme apenas estaba por empezar.
Se sentaba siempre al fondo, intocable, hasta que un beso en la mejilla agrietó su coraza. Jamás imaginé que la más reservada del aula terminaría temblando entre mis brazos.
Vi a mi amiga comerse con los ojos el cuerpo de la chica más deseada de la facultad, y esa mirada despertó en mí una curiosidad que llevaba años fingiendo no tener.
Todos la juzgaban por cómo terminaba cada fiesta. Esa noche alguien se ofreció a llevarla a su cuarto sin sospechar que su borrachera escondía una trampa deliciosa.
Nadie en la facultad la miraba. Pero cuando él se inclinó sobre su caballete y guió su mano, entendió que para ese hombre era lo único que existía en el salón.
Habíamos intercambiado cientos de fotos, pero nunca había pasado nada en persona. Hasta esa tarde de marzo en que la fui a buscar y ella ya tenía un plan.
Una tubería rota nos obligó a dormir a los hombres juntos. Toni a un lado, yo al otro, y entre los dos, Sergio... que no dormía tan profundamente como creíamos.
Tenía veintiún años, un curso desastroso a la espalda y unas ganas locas de que alguien me hiciera olvidar. Esa tarde de junio, un mensaje distinto a todos lo cambió todo.
Le tendió la mano para saludarlo y, antes de soltarla, le acarició los dedos con una lentitud que no podía ser un accidente. Mateo supo que esa visita lo cambiaría todo.
Tenía las manos sudadas y el corazón disparado cuando él dejó el mando, cambió lo que había en la pantalla y, sin decir una palabra, me miró esperando que yo diera el primer paso.
Creí que mis dos amigos me esperaban en mi cuarto para cobrarse la apuesta. Al salir del baño, en mi cama había alguien que no esperaba ver desnudo otra vez.
Cuando la puerta se abrió, esperaba ver a mi amigo. Era su hermano, y por cómo me miró supe que esa noche no iba a dormir.