Lo que vi en el vestuario de la piscina aquella tarde
Marina volvió de la universidad hecha una mujer, y entre risas y juegos en el agua entendí que ya no éramos los críos que se bañaban cada verano en aquel pueblo.
Marina volvió de la universidad hecha una mujer, y entre risas y juegos en el agua entendí que ya no éramos los críos que se bañaban cada verano en aquel pueblo.
Habíamos hablado durante semanas detrás de una pantalla. Esa tarde, por primera vez, no había cámara entre nosotros: solo ella, mi cuarto y la puerta cerrada.
El toque de queda ya había pasado cuando una mano conocida la arrastró al cuarto de servicio. Su hermana mayor tenía una forma muy concreta de imponer las reglas.
Cerré los ojos y simulé un sueño profundo. Lo que no imaginé fue que ella supiera exactamente lo que estaba haciendo a oscuras, a dos pasos de su cama.
Pensé que tenía aquel pedazo de paraíso para mí solo. Cuando abrí los ojos, tres desconocidas me observaban entre risas y yo seguía completamente desnudo.
El vestido rojo apenas me cubría al entrar a esa habitación; no imaginé que unos ojos al otro lado del cristal seguirían cada uno de mis movimientos.
Cuando escuchó el grito en el aula vacía, supo que volvía a tocarle trabajo: antifaz puesto, botas ajustadas y una lección que ese cerdo no olvidaría jamás.
Lo esperó en el descansillo sin saber muy bien qué hacía allí. Solo sabía que, después de la noche anterior, ya no podía fingir que aquello había sido un accidente.
Adrián medía cada gesto conmigo, como si supiera algo que yo no sabía. Tardé en descubrir que el chico al que besaba ya tenía la maleta lista y una vida esperándolo en otra ciudad.
A las nueve llegó con su bolso y un par de excusas. A las nueve y cuarto yo ya estaba en el baño cambiándome por algo que no dejaba nada a la imaginación.