Mi sobrina me citó en un bar cerca de su facultad
Bastó una copa de más y un apartamento vacío para que la hija de mi cuñada dejara de ser la niña que recordaba. Lo que pasó esa noche no debería contarse.
Bastó una copa de más y un apartamento vacío para que la hija de mi cuñada dejara de ser la niña que recordaba. Lo que pasó esa noche no debería contarse.
El primer día de clase se sentó a mi lado oliendo a vainilla. No sabía que esa chica iba a cambiar por completo mi manera de entender el deseo.
Me levanté al amanecer por el ruido de su cuarto. La puerta estaba entreabierta, y lo que vi me dejó clavado en el pasillo, desnudo y sin poder moverme.
A esa hora todos parecíamos más hermosos, y nadie quería irse a su casa. Mila abrió la puerta de su cuarto y ninguno imaginó cómo terminaría la madrugada.
Compartía piso con dos universitarias que iban medio desnudas por casa sin ningún pudor delante de mí. Tardé semanas en entender por qué.
Pagamos por convertirnos en los machos que nos humillaban. Pero Madame Muñeca siempre cumple lo que promete... nunca de la forma que uno espera.
Damián entró sin tocar, se dejó caer sobre mi cama y apoyó la cabeza en mi vientre. Hacía semanas que aparecía así, como si mi cuarto fuera el único lugar donde podía bajar la guardia.
Llevaba mi pequeño secreto de metal entre las piernas mientras él daba clase, convencida de que era yo quien tenía el control. Me equivoqué en cada cálculo.
Acepté ayudarlas con el concurso de la facultad. No imaginé que frente a ese espejo, maquillado y con ese vestido ceñido, dejaría de reconocerme.
Llevábamos meses rozándonos sin atrevernos a nada. Esa noche el alcohol borró el último límite y, en la penumbra de aquel cuarto, descubrimos hasta dónde podíamos llegar.
Tres golpes secos en la puerta y supe que era él. No traía recibo, solo esa sonrisa torcida que me erizaba la piel cada vez que el alquiler se atrasaba.
El sonido de sus herramientas me llamaba desde el fondo del jardín. No debí cruzar esa puerta entreabierta, pero lo hice, y ya nada volvió a ser igual.
Eran las cuatro de la madrugada, la carretera cortada por la nieve y yo llorando en una gasolinera. Entonces una voz grave me preguntó qué me pasaba.
Me había imaginado mil veces mi primera vez, pero nunca así: diciéndole que sí, con la voz temblorosa, a algo que jamás me habría atrevido a pedir en voz alta.
Bebió el líquido violeta solo una vez, por venganza. Pero su nuevo cuerpo aprendió algo esa noche que su mente de hombre jamás podría olvidar.
Crucé el campus vacío con la bata sobre la piel desnuda y el corazón a mil. Adrián me esperaba dentro, y los dos sabíamos que esa noche no íbamos a dormir.
Vino a mi casa a estudiar, pero yo llevaba un top sin sostén y una idea muy clara. Esa tarde descubrí cómo cogía el chico más tímido de la facultad.
Sabía que tarde o temprano vendría a buscarme. Solo tenía que esperar bajo la farola y dejar que su culpa hiciera el resto del trabajo por mí.
Cuando rechacé a Nuria por respeto a mi novia, ella encendió el portátil y abrió una videollamada. Al otro lado estaba Marina, sonriendo. «Fue idea mía», dijo.
Nunca creí que arrodillarme frente a él, en silencio y a escondidas, terminaría siendo mi placer favorito. Pero esa hora libre lo cambió todo.