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Relatos Ardientes

Acogí a mi alumno y esa misma noche pasó todo

Voy a confesar algo que no le he contado a casi nadie, porque todavía me cuesta creer que fui yo la que dio el primer paso. Este año no me faltó compañía, pero ninguna en las condiciones que yo hubiese querido. Mi historia de verano fue un desastre: Tomás me juró que estaba separado, y era cierto, solo que también tenía a otra dando vueltas. Quería probar con las dos y después «decidirse», como si yo fuera un par de zapatos que se prueba antes de comprar. Lo mandé lejos sin pensarlo dos veces.

Trabajo dando clases en un instituto donde se forman técnicos del área de la salud. Llevo años en esto y, sin que suene a presunción, estoy acostumbrada a que los hombres me busquen. Pero con él fue distinto desde el principio.

Hubo polémica ese semestre por la gratuidad de las matrículas, sobre todo para los estudiantes mayores de treinta. Uno de los que entró al primer año entraba justo en esa categoría: no mucho más, treinta y uno recién cumplidos. Se llamaba Andrés.

Desde el día que lo vi por primera vez me trató con una naturalidad que ninguno de sus compañeros tenía. Nada de nervios, nada de esa torpeza típica de los más jóvenes. Verlo dos veces por semana, dos bloques cada vez, se convirtió en lo único de mi horario que esperaba con ganas.

Creo que él lo notó casi de inmediato. Al ser mayor que el resto, era más responsable, más atento, y captaba todo. Yo coqueteaba con cierto descaro y no sé si los demás se daban cuenta, pero la verdad es que dejó de importarme.

***

Empezó a quedarse de último al terminar las clases, buscando conversación con cualquier excusa. No me llamó la atención; en el fondo lo estaba provocando. Una de esas tardes me contó que antes había estudiado filosofía, pero que siempre le rondó la idea de dedicarse a algo del área de la salud, justo lo mío.

—Tarde, pero llegué —me dijo, encogiéndose de hombros con una media sonrisa.

—Nunca es tarde —le respondí, y los dos sabíamos que no estábamos hablando solo de su carrera.

No me atrevía a preguntarle si tenía pareja. Me daba miedo recibir una respuesta que me desanimara. No se veía tan mayor; de hecho, aparentaba menos de treinta, y eso me confundía aún más. Tanto, que un día abrí la ficha de inscripción en la planilla del curso solo para confirmar su edad. Me dije que era por orden administrativo. Mentira: era pura curiosidad de mujer interesada.

¿Qué estoy haciendo, revisando la edad de un alumno como una adolescente?

***

A la tercera semana hubo una evaluación con su grupo y él faltó. La clase siguiente se acercó a darme explicaciones, visiblemente incómodo.

—No se preocupe —le dije, fingiendo distancia profesional—. Presente el certificado en secretaría y queda justificado.

Bajó la voz y me contó por qué había faltado. Su pareja, ya expareja para ese momento, lo había echado de la casa que compartían. Estaba durmiendo donde podía, con un bolso a cuestas, buscando dónde caer mientras resolvía su vida.

Y ahí, en mi cabeza, una vocecita lo dijo con una claridad que me dio vergüenza: esta es tu oportunidad.

No la pensé mucho. Le dije que podía ofrecerle una habitación, pero solo por unos días y con total discreción. Le expliqué que mi hija se queda conmigo una semana sí y otra no, así que podía recibirlo la semana en que ella estaba con su padre, de miércoles a domingo por la mañana, y nada más.

Aceptó muy agradecido. Yo sonreí como si le hiciera un favor desinteresado, mientras sentía un cosquilleo entre las piernas y los pezones tensos contra la blusa. Le dije que se mudara ese mismo miércoles por la noche. Anoté mi dirección en un papel, él la guardó apurado y se fue. Yo también salí antes de lo habitual.

Supongo que los dos sabíamos, sin decirlo, exactamente lo que iba a pasar.

***

Esa tarde fui al centro comercial más cercano y me solté. Compré varios conjuntos de lencería: un babydoll de encaje con transparencias, un color rojo encendido, una tanga diminuta a juego. Pasé por la sección de maquillaje y elegí tonos más intensos de lo que uso a diario. Llegué a casa, me di un baño largo, me depilé con cuidado de pies a cabeza, por si mi instinto no estaba equivocado.

A las nueve en punto sonó el timbre. Abrí con un jean ajustado y una blusa sin mangas, despeinada a propósito, como si no hubiera planeado absolutamente nada. Él entró con su bolso al hombro y esa mirada que ya conocía.

—Gracias en serio —dijo—. No sabe el favor que me hace.

—Deja de tratarme de usted dentro de mi casa —le contesté—. Aquí no soy tu profesora.

Le ofrecí algo de cenar y una copa de vino. Conversamos, nos reímos, la tensión se fue espesando con cada sorbo. En un momento dejé la copa sobre la mesa y le dije que volvía enseguida. Por la cara que puso, supe que había entendido perfectamente de qué se trataba.

***

Reaparecí frente a él con la lencería roja puesta y una flor en el pelo, como si fuera un regalo que me había envuelto yo misma. Se quedó mudo un segundo. Luego se levantó despacio y me besó suave, casi pidiendo permiso.

Me rodeó con los brazos en un abrazo fuerte, de los que aprietan de verdad. Sus manos bajaron hasta mis nalgas y las apretó, amasándolas, mientras el beso dejaba de ser tímido y se volvía hambriento. Su boca atrapaba la mía con una urgencia que me hizo temblar las piernas.

De un tirón rompió la parte superior de la transparencia y atrapó uno de mis pechos con la boca, mientras me sostenía de pie, apoyada contra el borde de la mesa. Yo bajé la mano y le acaricié el bulto por encima del pantalón, sintiendo cómo se endurecía al mismo ritmo que mis pezones y la humedad que ya me corría entre los muslos.

Me arrodillé sin que me lo pidiera. Le desabroché el pantalón, bajé la tela y la ropa interior de un solo movimiento. Tomé la punta de su pene con suavidad, abrí grande la boca y lo recibí entero. Subí y bajé la cabeza durante un buen rato, sin prisa, disfrutando cada reacción suya, hasta que me puso una mano en el hombro.

—Para —jadeó—. Para o me vengo ahora mismo.

Yo no quería parar. Pero él me levantó tomándome de las axilas, me dio vuelta y, con un par de movimientos de su propia mano, terminó dejándome la espalda baja y las nalgas cubiertas de semen tibio. Nos quedamos riéndonos, agitados, y terminamos tirados ahí mismo, sobre la alfombra del living.

***

Lo besé con calma, recostada sobre él, mis pechos aplastados contra su torso, su respiración todavía entrecortada. Bajé la mano y empecé a acariciarlo de nuevo, despacio, para devolverlo a la vida. Lo deseaba completo, lo deseaba dentro. Lo deseaba a él como hombre, no solo el momento.

Cuando volvió a endurecerse, abrí las piernas y me senté sobre él. Empecé a moverme lento, arriba y abajo, marcando yo el ritmo. Él me besaba y mordía los pechos que se balanceaban sobre su cara, sujetándome las caderas para guiarme.

En algún momento me dio vuelta y cambió la postura. Quedé acostada sobre él, los dos mirando hacia el techo, mi espalda contra su pecho, mientras me penetraba desde atrás con embestidas profundas. Giré la cabeza hacia su cara y le busqué la lengua con la mía, lamiéndolo con descaro, sin escatimar saliva, recorriéndole la boca entera mientras él me llenaba una y otra vez. Un hilo fino de saliva quedó uniéndonos cuando me separé un instante para tomar aire.

Siempre fui agradecida con el hombre que sabe darme placer, y aquella noche él se lo estaba ganando con creces.

***

No dormimos. Amanecimos enredados, cambiando de posición cada vez que recuperábamos el aire, yo encima cabalgándolo hasta el último suspiro, él aferrado a mis caderas. La luz entró por la ventana y nos encontró todavía despiertos, sudados, sin ganas de levantarnos.

—Esto no estaba en mis planes —murmuró él contra mi cuello.

—En los míos sí —confesé—. Desde el primer día.

Se rió bajito y me apretó contra su cuerpo.

Desde esa madrugada somos amantes. Lo que iban a ser «unos días con mucha discreción» se transformó en otra cosa. Terminó mudándose con un amigo, porque seguir bajo mi techo era un secreto imposible de sostener delante de mi hija. Pero las semanas en que ella está con mi exmarido, él las pasa completas conmigo.

Nos buscamos donde podemos: en moteles, en mi auto, en algún rincón del instituto cuando nadie mira. Dormimos poco y mal, y aun así no cambiaría una sola de esas noches. A veces lo veo entrar a clase, serio, responsable, el alumno modelo que todos respetan, y me muerdo el labio recordando lo que hicimos la noche anterior.

Nadie lo sospecha. Y esa es, quizás, la parte que más me gusta.

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