Dejé que un extraño la espiara desde el otro probador
Llevábamos años jugando al mismo juego: ella se exhibía, yo miraba, y de vez en cuando un desconocido se sumaba sin saber del todo a qué estaba jugando. Mariana y yo nos habíamos definido hace tiempo como una pareja vixen — ella era el centro, yo el espectador cómplice — y la rutina de cualquier semana se podía convertir, con un poco de paciencia, en la excusa para inventar una escena nueva.
Mariana es la clase de mujer que no entra a una tienda, llega a una tienda. Mide un metro setenta, tiene la piel oscura, el cabello largo y ondulado, y una manera de sostener la mirada que vuelve incómodos a los hombres y curiosas a las mujeres. No pide permiso para gustar. Sonríe cuando sabe que está provocando, y esa sonrisa es la firma de todas las noches que terminan mal — o muy bien, según se mire.
La historia que voy a contar empezó un jueves cualquiera. Faltaba poco para la boda de un colega y Mariana quería estrenar vestido. No cualquier vestido.
—Algo elegante —me dijo en el auto—. Pero que se note.
—¿Que se note qué?
—Que estoy adentro.
Nos fuimos a una calle del centro donde se acumulan las boutiques. Caminamos casi una hora, entrando y saliendo de tiendas, sin nada que la convenciera. La quinta o sexta tenía probadores grandes, separados con cortinas pesadas y un pasillo estrecho al fondo. Ella eligió tres vestidos del perchero, descartó uno con la mirada y se quedó con dos. Pidió permiso a la asesora y se metió al probador. Yo entré detrás.
Cerramos la cortina. Mariana se sacó los jeans, después la camiseta. Quedó en un top negro y una tanga semitransparente del mismo color. La tienda estaba llena. Se escuchaba la conversación de dos amigas dos probadores más allá, los tacones de alguien recorriendo el pasillo, el roce de las perchas contra el metal. Aun así, sentí ese tirón conocido en la entrepierna que ella nunca me deja olvidar.
Se probó el primer vestido. Era ajustado, de los que se pegan a la piel y dibujan el cuerpo como si fueran una segunda piel. Le quedaba espectacular, pero el top y la tanga se marcaban demasiado.
—Se te nota la ropa interior —le dije bajito.
Sin contestar, se metió la mano por debajo del vestido y se desabrochó el top. Lo dejó caer al suelo. Se quedó unos segundos así, con los pechos al aire bajo la tela ajustada, antes de acomodar el vestido sobre el cuerpo desnudo.
—¿Y ahora?
—Ahora se ve mejor —respondí, conteniéndome.
Pero seguía notándose la tanga. Se lo dije. Ella se rió.
—No me la voy a sacar acá —dijo, mirándome por el espejo.
Se cambió al segundo vestido. Se quitó el primero con calma, como si estuviera sola, y se demoró más de lo necesario antes de meterse en el otro. Le pregunté si se quitaba la tanga para verlo bien. No me hizo caso. Se puso el vestido, se miró, frunció la nariz.
—Falta el otro que vi al entrar —me dijo—. El verde. ¿Lo buscás vos?
Salí del probador y caminé hasta el frente de la tienda. Tardé en encontrarlo. La asesora me ayudó después de un par de vueltas inútiles y al final lo descolgó ella misma del perchero más alto. Cuando volví al pasillo de los probadores había un hombre parado frente a nuestra cortina. Cincuenta y pocos años, camisa azul, un par de zapatos en la mano. Me miró sin verme, dio dos pasos hacia atrás y murmuró una disculpa. Tenía la cara enrojecida.
Recién cuando me acerqué a la cortina entendí qué hacía ahí. La cortina estaba corrida unos centímetros hacia un costado y, desde ese ángulo, se veía de perfil todo el interior del probador. Mariana estaba parada frente al espejo, completamente desnuda, una mano en la cadera y la otra colgando suelta. Como si no supiera que la estaban mirando.
Entré, cerré la cortina del todo y me apoyé contra la pared.
—¿Por qué te sacaste la tanga? —pregunté.
—Porque vos me lo pediste —respondió, sin girar la cabeza.
Me reí bajito. Le pasé el vestido verde. Le besé el cuello mientras se lo entregaba, le acaricié el culo con las dos manos y bajé una hasta el sexo. Estaba empapada. No mojada: empapada. Mariana cerró los ojos un segundo y después me apartó con suavidad.
—Hay mucha gente —susurró—. Si nos escuchan, nos sacan.
Le hice caso, me corrí dos pasos para atrás y me quedé mirando cómo se ponía el tercer vestido. Era verde oscuro, largo, con un escote en V que le bajaba hasta el ombligo y una abertura lateral que dejaba la pierna al descubierto hasta la cadera. Le quedaba como si el vestido hubiera sido cosido sobre ella.
—Ese —le dije.
Ella se quedó un rato largo frente al espejo. Movía las caderas despacio, ensayando cómo iba a caminar el sábado. Se imaginaba entrando al salón y, lo sé, se imaginaba a todos mirándola. Esa idea le calentaba la sangre más que cualquier cosa que pudiéramos hacer en la cama.
—Voy a ser el centro de esa fiesta —dijo, casi para sí misma.
Me acerqué a su oído.
—¿Querés que corra un poco la cortina, como antes?
Me miró por el espejo. Sonrió de esa manera que ya le conozco, ese gesto que es a la vez permiso y desafío.
—Hacé lo que quieras.
Corrí la cortina unos treinta centímetros. Lo hice con disimulo, como si me hubiera apoyado mal contra la pared. Mariana se sacó el vestido verde y, en lugar de volver a vestirse, agarró el primer vestido — el ajustado — y se lo puso de nuevo. Empezó a ensayar poses frente al espejo. Apoyaba una mano en la nuca, levantaba el pelo, se mordía el labio. Se sacó el vestido otra vez y se quedó desnuda, frente al espejo, los pechos firmes, el sexo depilado, todo a la vista.
Desde donde yo estaba no podía ver el pasillo. Pero ella sí. Y se estaba portando como alguien que sabe que la están mirando.
Se dio vuelta hacia mí. Caminó hasta el espejo otra vez. Hacía gestos pequeños, casi imperceptibles: separaba los pies un poco más de lo necesario, se inclinaba para acomodar el vestido en la silla, se acariciaba la cintura mientras pensaba qué hacer. Cada movimiento estaba calculado para alguien que no era yo.
Por el espacio abierto de la cortina entraba una franja de luz del pasillo. En esa franja, Mariana se acomodó como si fuera un escenario. Yo veía todo desde otro ángulo: las tetas paradas, el culo respingón, la humedad brillándole entre las piernas. Era un strip-tease privado para dos personas que no se conocían.
Finalmente agarró el top y se lo puso despacio, ajustándose una tira a la vez. Después la tanga. Se la subió por las piernas, se dio media vuelta para terminar de colocársela y se inclinó apenas hacia adelante. Me dejó ver de espaldas todo lo que estaba ofreciendo, sabiendo perfectamente que del otro lado había otro par de ojos.
Se puso la camiseta, los jeans, los borceguíes. Se acomodó el pelo. Corrió la cortina del todo.
Ahí estaba el hombre de la camisa azul. Parado en el pasillo, fingiendo que miraba un perchero que no le interesaba. Se nos cruzó la mirada y enrojeció hasta la raíz del pelo. Murmuró un «perdón» y se hizo a un lado para dejarnos pasar.
Pagamos en caja. Mariana le sonrió a la cajera, agradeció el envoltorio, se enganchó la cartera al hombro. Salimos a la calle y le pregunté si quería comer algo.
—No —dijo—. Lo que quiero es ir a coger.
***
En el estacionamiento del centro comercial, antes de arrancar, le pregunté por el tipo.
—Desde que te fuiste a buscar el vestido —me contó—. Cuando te diste vuelta para salir, vi por el espejo que él se había agachado a probarse unos zapatos justo enfrente. Le sonreí en el reflejo. Me devolvió la sonrisa. Ahí decidí dejar la cortina abierta un poco más.
—¿Y qué pasó?
—Me saqué el vestido, me quedé desnuda y, cuando levanté la vista, lo tenía en el hueco mirándome de arriba abajo. Me preguntó si podía entrar.
—¿En serio?
—En serio. Le dije que no, que venía mi marido. Y justo apareciste vos.
Sentí la verga endurecérseme contra el cinturón. Se me cerró un poco el aire.
—Pobre tipo —dije.
—Pobre nada —se rió ella—. Lo va a pagar su mujer.
—Si tiene.
—Si no tiene, se va a hacer una paja a mi salud. O dos.
Estábamos los dos con la respiración alterada. Le puse la mano en el muslo. Ella me la corrió hacia arriba.
—Le podrías haber hecho una mamada por lo menos —murmuré.
—Podría —contestó, mirándome de costado—. Lo metía al probador, le bajaba el cierre y se la chupaba. O lo dejaba que me cogiera contra el espejo y vos volvías con el vestido y nos encontrabas así.
Apreté el volante. Mariana siguió hablando bajito, como si me leyera un cuento.
—¿Te hubiera gustado? Entrar y encontrarme clavada en una verga ajena, con el tipo agarrándome del pelo, mirándote por el espejo como diciendo «llegaste tarde».
No sé qué cara puse. Solo sé que ella se rió de mi cara.
—La próxima vez —dijo, y me besó en la boca—. La próxima vez sí.
Arranqué. Manejé como pude. Cada vez que paraba en un semáforo le acariciaba la pierna y subía un poco más. Para cuando llegamos al departamento, Mariana estaba sin la tanga — se la había sacado en el auto, sin que yo me diera cuenta del momento exacto — y yo tenía la camisa pegada a la espalda.
Subimos al ascensor. Adentro había una vecina mayor. Mariana se acomodó contra mi pecho de espaldas, me tomó la mano y se la apoyó sobre el sexo, debajo del vestido viejo, sin que la vecina pudiera ver nada. La sentí mojada, abierta, lista. Le metí dos dedos despacio. Ella suspiró bajito, agradeció a la señora que nos cedía el paso y salió primero del ascensor.
Entramos al departamento. La cogí contra la puerta antes de que terminara de cerrarse, todavía con los zapatos puestos, con la bolsa del vestido nuevo caída en el piso. Ella me agarraba del pelo y me repetía al oído todo lo que el tipo le había hecho mentalmente desde el otro lado de la cortina. Cada vez que decía algo nuevo, yo la cogía más fuerte. Cada vez que yo gemía, ella se reía y me apretaba más con las piernas.
Terminamos en el piso, los dos transpirados, el vestido viejo a medio sacar, el nuevo todavía en la bolsa de papel.
—¿Sabés qué? —me dijo Mariana, con la cara apoyada en mi hombro.
—¿Qué?
—Creo que ese señor va seguido a esa tienda. Que finge que espera a la mujer y espía a las que se prueban.
—Puede ser.
—Hoy le tocó el premio mayor.
Me reí. Ella se rió. Después se quedó un rato en silencio, pensando.
—El vestido nuevo —dijo—. Lo voy a llevar a la fiesta sin nada abajo.
La miré.
—¿Sin top?
—Sin top.
—¿Sin tanga?
—Sin tanga.
Se incorporó, se llevó el pelo hacia atrás, se acomodó el vestido viejo sobre los hombros. Caminó hasta la bolsa, sacó el vestido nuevo, lo puso sobre el respaldo del sillón como quien guarda un arma cargada para la próxima ocasión.
—La fiesta es el sábado —dijo, sin girarse.
Era miércoles. Faltaban tres días. Tres días enteros para imaginarla entrando al salón, caminando entre las mesas, sentándose con las piernas cruzadas y sabiendo perfectamente que cada hombre del lugar — y más de una mujer — la iba a estar siguiendo con la mirada.
Tres días para pensar en qué iba a pasar esta vez. Porque algo iba a pasar. Eso ya lo sabíamos los dos.