Lo que escondí bajo mis calzas en el gimnasio
Soy Renata, y vuelvo con otra de mis confesiones de exhibicionismo para quienes me siguen entre relato y relato.
Esta vez no salí de noche. Después del susto con uno de los vecinos del edificio —el que me vio cruzar el patio con un plug brillante asomando entre las nalgas— me había encerrado a propósito. Llevaba ocho días sin asomar la cabeza después de la puesta de sol. Pensaba en él, en si me había reconocido, en si lo iba a contar en el ascensor. Cada vez que oía pasos en el pasillo me quedaba quieta, mordiéndome el labio.
Pero la calentura me estaba destrozando. Me masturbaba dos veces al día y nada me calmaba. El placer en privado se había vuelto soso, casi mecánico. Yo necesitaba el otro componente, el del riesgo, el de la mirada ajena. La adrenalina de saber que alguien podía verme y que en cualquier momento podía irse todo al diablo.
Si no podía salir de noche, decidí, iba a jugar de día.
Esa misma mañana lo planeé. Tenía clase de funcional a las once, y mi gimnasio —uno chiquito, en un sótano del barrio— estaba siempre lleno a esa hora. Hombres mayores en máquinas de pecho, dos o tres veinteañeros levantando pesas, alguna señora caminando en la cinta. Un público mixto y, sobre todo, aburrido. Justo lo que necesitaba.
Mis pintas para entrenar siempre fueron las mismas: calzas negras pegadísimas, una camiseta corta y un top deportivo que me marca todo. Nunca me había preocupado demasiado por las miradas, hasta que empecé a buscarlas. Esa última semana había notado que los hombres me seguían los movimientos en los espejos, y yo, en lugar de incomodarme, empecé a exagerar cada gesto. Bajar a buscar una pesa se había convertido en una pequeña obra de teatro.
Saqué el plug de su caja, el que tiene una piedrita rosa engarzada en la base. Lo miré apoyado en el escritorio y le hablé en voz alta como una idiota.
—Hoy venís conmigo —dije.
Agarré el lubricante y me senté en el borde de la cama. Mi culo ya no estaba tan dilatado como el día del paseo nocturno, así que tuve que abrirlo de a poco, con un dedo primero, después con dos. Me gusta esa parte. Esa ceremonia en la que cada centímetro pide el siguiente. Cuando el plug entró del todo y sentí la base fría contra la piel, suspiré.
Me paré frente al espejo, me agaché un poco y me abrí las nalgas con las dos manos. La joya rosa brillaba ahí, entre los pliegues. Estaba mojada hasta los muslos solo de verme. Me tenté de sacármelo y meterme algo más adentro, pero no quería gastarme antes de salir. Apreté los dientes, me puse las calzas, agarré la mochila y salí.
***
Caminar por la vereda con el plug puesto era una sensación rarísima. Cada paso lo movía un poco, lo subía, lo bajaba, como si el cuerpo me lo estuviera cogiendo a su propio ritmo. Apretaba el esfínter para que no se me deslizara y esa misma contracción me mandaba ondas de placer hasta la espalda. Llegué al gimnasio con las mejillas rojas y la entrepierna empapada.
Lo primero, cardio. Elegí la cinta con cuidado. No cualquiera. La del fondo, esa que tiene detrás la zona de máquinas multifuerza y, casi siempre, dos o tres hombres haciendo press de banca o curl de bíceps. Esa mañana había tres mayores que yo: uno con el pelo entrecano, otro morocho con barba prolija y un tercero más bajito, con remera de tirantes. Los tres pararon de hablar cuando me subí.
Empecé estirando. Me incliné hacia adelante con las piernas estiradas, apoyando las palmas en la cinta. Sé perfectamente lo que se ve desde atrás cuando hago eso. Las calzas se me ajustan tanto que se marca cada relieve, y la base del plug, aunque está cubierta, deja un círculo apenas dibujado bajo la tela. Quedé tres respiraciones en esa postura. Me dolían los isquiotibiales y no me importó.
Cuando arranqué a caminar, lo hice despacio. Velocidad cuatro, después cinco. El plug se me movía dentro con cada paso y yo apretaba para mantenerlo en su lugar. Era exactamente como caminar con alguien adentro. Sentía una capa de humedad bajándome por el muslo y rezaba para que no se me notara a través de la lycra negra.
A los cinco minutos, miré por encima del hombro fingiendo acomodarme un tirante del top. Los tres giraron la cabeza para otro lado al mismo tiempo, como nenes pillados. Sonreí sin que me vieran. Subí la velocidad a siete y empecé a trotar. Cada zancada me clavaba el plug un poquito más profundo. Tuve que cerrar los ojos un segundo para no gemir.
***
Bajé de la cinta sudada, no exactamente por el ejercicio, y caminé hacia el rack de pesas con un meneo que no era natural. Por los espejos del fondo los vi: los tres se habían movido. Uno fingía hidratarse en la fuente. Otro había agarrado dos mancuernas que claramente no iba a usar. El de barba prolija se había instalado en la máquina de sentadillas que estaba justo enfrente de la mía.
Era el sitio perfecto. Apoyé la barra vacía sobre los hombros y empecé. Quince repeticiones, bajando hasta abajo, hasta que las nalgas casi tocaban los talones. Cada vez que me agachaba, las calzas se tensaban contra el plug y me lo empujaban hacia adentro. Cada vez que me levantaba, el músculo se relajaba y lo sentía moverse un milímetro hacia afuera. Era una cogida lenta, controlada, y yo era la única que la entendía.
Si pudieran ver lo que les estoy escondiendo, se les caería la barra encima.
En la última serie, la respiración se me cortó. Me detuve, agarré la toalla y me sequé la cara con teatralidad, levantando el codo para que se me marcara la silueta. Cuando volví a mirar al frente, el de barba me sostuvo la mirada. No la apartó. Yo tampoco.
Me acerqué a tomar agua de la fuente, pasando justo al lado de su máquina. Lo miré de reojo, le sostuve la mirada un segundo más de lo correcto y le guiñé el ojo. Apenas. Tan rápido que si hubiera parpadeado se lo perdía. No parpadeó.
***
Caminé hacia los lockers con la sensación de que tres pares de ojos me iban siguiendo por todos los espejos. La zona de los casilleros es estrecha. Hay un pasillo de poco más de un metro entre la pared y la primera fila de máquinas, y siempre se forma un cuello de botella cuando alguien deja la mochila o saca la botella.
Aceleré el paso. Quería que pareciera natural, que tenía apuro. Me agaché frente al casillero más bajo y, mientras buscaba algo en la mochila que no necesitaba, me eché un poco hacia atrás. Justo lo suficiente.
Lo sentí enseguida. El bulto de él contra mi culo. Estaba duro. No duro a medias, no insinuado: duro como una piedra. Tan duro que me dio un escalofrío y se me cortó la respiración. Podía haber sido un accidente. Podía haberme corrido medio centímetro y todo habría quedado en una rozadura involuntaria. No me corrí. Me apoyé entera y, sin levantarme del todo, hice un movimiento mínimo de cadera, izquierda-derecha, refregándome contra él con la base del plug presionada exactamente donde yo necesitaba que me presionara.
Me incorporé despacio, me di vuelta y lo miré desde abajo.
—Perdón. No te vi —dije.
Él tenía la boca entreabierta. Una de sus manos había hecho un movimiento corto para acomodarse el short y enseguida había vuelto a quedar quieta. No me contestó. No le salía. Yo le sonreí lo suficiente para confirmarle que sí lo había visto y pasé a su lado con un meneo lento, caminando como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cuando llegué al vestuario, me apoyé contra la pared de azulejos y respiré fuerte por la boca. Tenía las calzas pegoteadas. Si me las hubiera bajado en ese momento, habrían quedado mojadas de la cintura para abajo. Pero no podía. Si me corría ahí me iba a desplomar. Tenía que aguantar hasta casa.
***
Volví caminando rápido, casi trotando, las manos cruzadas sobre la mochila. Cada zancada me movía el plug, cada movimiento me recordaba al bulto, cada vez que pestañeaba veía la cara del tipo cuando me di vuelta. En el ascensor me apoyé en la pared y me toqué por encima de la lycra. Estaba a un minuto de venirme parada, sola, en un ascensor con cámara. Aguanté.
Entré al departamento, dejé caer la mochila y me arranqué las calzas de un tirón. El plug seguía adentro. La piedra rosa apuntando hacia atrás, como si hubiera ido todo el camino conmigo, mirando al mundo.
Saqué el dildo del cajón. El nuevo, el más grueso, el que había comprado pensando en una noche larga. Lo lubriqué con saliva, lo pegué a la pared con la base y me arrodillé delante. Estaba tan mojada que no necesitaba más. Acerqué la entrada de mi concha a la punta y me empalé despacio, dejando que el peso del cuerpo lo hundiera centímetro a centímetro.
Cuando entró del todo, me vine sin avisarme a mí misma. Fue un orgasmo sordo, sin pirotecnia, que me subió por las piernas como una corriente. Me agarré de la pared para no caerme y empecé a moverme. Para adelante, para atrás. Las nalgas chocaban contra mi propio talón. El plug, todavía adentro, se rozaba contra el dildo a través del tabique fino que separa las dos cosas, y la sensación era doble, llena, imposible.
—Ay… sí… ay… —se me escapó.
El segundo orgasmo me agarró desprevenida. Pensé que era una réplica del primero, pero fue más fuerte. Apreté tanto el esfínter que el plug saltó solo, cayó al piso con un golpecito tonto, y yo me quedé temblando, agarrada al dildo, sin piernas para sostenerme. Me dejé caer de costado, en posición fetal, sobre la alfombra del living. Las piernas me seguían temblando. Tenía la sonrisa pegada a la cara.
Esa fue mi tarde de día, mientras me preparaba mentalmente para volver a mis paseos nocturnos. No sé si me animaré pronto. Sí sé que el de barba prolija va al gimnasio los miércoles a las once, y que la próxima vez, capaz, no necesito ningún plug para llamarle la atención.
Un beso a todos.