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Relatos Ardientes

Lo que veo desde mi cocina cuando todos duermen

Empezó hace siete meses, la primera noche que Damián se mudó al departamento de enfrente. Yo estaba en la cocina, terminando de fregar una olla, y al levantar la vista lo vi a través del vidrio: un chico joven, con el torso desnudo y una toalla en la mano, secándose el pelo frente a su propio fregadero. La ventana de su cocina daba a la mía con apenas dos metros de patio de luces de por medio. La suya tenía una cortina de encaje finísima, casi inútil, que dejaba ver todo de un lado y del otro.

Esa noche no apagué la luz a tiempo. Damián me miró, levantó la mano y sonrió. Yo levanté la mía y traté de sonreír también. Cerré la canilla, sequé las manos y me fui a la cama, donde mi marido roncaba boca arriba con el televisor encendido. No le dije nada. No había nada que decir.

Al día siguiente compré perfume nuevo.

***

El ritual se armó solo. De día, cuando él no estaba, yo dejaba los platos del desayuno y del almuerzo apilados en la pileta. Si mi marido amagaba con lavar algo, le decía que prefería hacerlo yo, que me relajaba. Cocinaba más de la cuenta, usaba todos los recipientes posibles, ensuciaba dos cuchillos cuando con uno alcanzaba. Para la cena ya tenía una torre de loza esperándome.

Después acostaba a mi hijo, dejaba que mi marido se durmiera en el sillón viendo el noticiero, y entonces empezaba lo mío. Iba al baño, me retocaba el rímel, me ponía perfume en el cuello, detrás de las orejas, entre los pechos. Me cambiaba la ropa interior por algo de encaje negro o rojo que solo yo veía. Después bajaba al living, apagaba todas las luces excepto la del extractor de la cocina, y me paraba frente al fregadero.

La luz del extractor era perfecta. Iluminaba apenas mi rostro y mis hombros, dejaba en penumbras el resto del cuerpo. Desde su ventana, Damián vería una mujer fregando, una silueta sin contorno definido, no una persona reconocible. Eso me daba la libertad que necesitaba.

Él casi siempre estaba ahí, sentado frente a su computadora, en bóxer y sandalias, con el pelo todavía húmedo de la ducha. Trabajaba hasta tarde, programando algo que yo nunca supe qué era. Cada veinte o treinta minutos se levantaba a buscar agua, una manzana, un yogur, y atravesaba la cocina con esa caminata despreocupada de quien sabe que está solo en su casa.

Solo que no estaba solo. Yo lo miraba.

***

Damián tenía el cuerpo de un chico que entrena por placer y no por obligación. Hombros anchos, espalda marcada, vello apenas en el pecho. Le calculé veinticinco años, tal vez veintiséis. Yo voy a cumplir cuarenta y dos. La diferencia entre nosotros me daba vértigo y me encendía a partes iguales.

Lo mejor del bóxer ajustado era que no escondía nada. A los pocos días aprendí a leer su cuerpo. Sabía cuándo estaba excitado y cuándo no, sabía cuándo se acomodaba el bulto con la mano de un gesto distraído, sabía incluso identificar las erecciones que le venían sin motivo, esas que les pasan a los chicos jóvenes a cualquier hora. Cuando lo veía empinarse contra la tela mientras él seguía tecleando, sin siquiera notarlo, yo apretaba el muslo contra el borde del bajomesada y se me cortaba la respiración.

Mis manos, mientras tanto, no paraban. Frotaba un plato dos minutos más de lo necesario. Pasaba la esponja por la misma cacerola tres veces. Y de vez en cuando, cuando él se daba vuelta y se quedaba mirando la pantalla, una de mis manos se escapaba del agua y se metía debajo del delantal, dentro de la bombacha, donde ya estaba todo mojado.

Me daba placer en silencio. Aprendí a venirme sin gemir, sin moverme, sin que el agua dejara de correr. Era una clase de control que nunca había tenido con mi marido. Con él siempre fue rápido y compartido, una rutina más, como cepillarse los dientes. Con Damián, sin que él lo supiera, había aprendido a hacerme cosas que mi propio cuerpo no sabía que podía hacerme.

***

Hubo noches mejores que otras. La vez que se quitó la remera mientras hablaba por teléfono, paseándose por la cocina, y le vi la transpiración en la espalda. La vez que se sirvió un whisky y se lo tomó de pie, apoyado contra la heladera, mirando hacia mi ventana sin verme. La vez que apareció una chica, le pasó una mano por el pelo, le dio un beso en la boca y después desapareció hacia el dormitorio. Esa noche me odié, lloré contra la pileta, y aun así me terminé de venir tres veces seguidas pensando en lo que estaría pasando del otro lado de la pared que yo no veía.

Pero la noche del jueves pasado fue distinta de todas las demás.

***

Era feriado largo. Yo había dado por sentado que Damián no estaría. Un chico de su edad, soltero, con la quincena recién cobrada, no se queda un fin de semana entero encerrado en su monoambiente. Pero igual bajé al living después de las once, igual ensucié los platos a propósito, igual me perfumé y me cambié la bombacha. El ritual ya no dependía de si lo iba a ver o no. El ritual era mío.

Cuando me paré frente al fregadero, la luz de su cocina estaba prendida. Y ahí estaba él, sentado frente a la computadora, en bóxer, igual que siempre. Sonreí sin querer. Sentí esa tensión conocida en la base del estómago.

Abrí el agua y empecé.

Algo cambió a los pocos minutos. Damián se reclinó hacia atrás en la silla, mucho más de lo habitual, hasta apoyar la nuca contra el respaldo. Estiró las piernas debajo del escritorio. Después se pasó una mano por el pecho, lentamente, desde el cuello hasta el ombligo, y volvió a subir. Yo dejé la esponja en el agua y no me moví.

Vi cómo metía la mano dentro del bóxer. Vi cómo se acomodaba. Después vi cómo se bajaba el bóxer hasta la mitad de los muslos, sin ninguna prisa, y vi por primera vez lo que llevaba siete meses imaginando.

No era lo que yo había imaginado. Era mejor. Era más grueso, más recto, más rojizo en la punta. Estaba completamente duro y se sostenía solo, sin que él tuviera que ayudarlo, apuntando hacia su propio pecho. Damián se lo agarró con la mano derecha, se la pasó por la palma una vez, se la apretó en la base, y empezó a moverse.

Yo dejé de fregar. Dejé de respirar. Apreté el borde del bajomesada con la mano izquierda y me metí la derecha entre las piernas, encima de la ropa primero, debajo enseguida. Estaba empapada desde antes, ni siquiera necesité prepararme.

***

Lo miraba a la cara y le miraba la verga, y no sabía a qué prestar más atención. Tenía los ojos clavados en la pantalla y la mandíbula floja, la boca apenas abierta. De vez en cuando se mordía el labio. La mano subía y bajaba con un ritmo parejo, el de alguien que se conoce el cuerpo y sabe exactamente qué necesita. Tenía la otra mano apoyada en el muslo, los dedos cerrándose y abriéndose contra la piel.

Yo me movía con él. Mi mano entraba y salía con el mismo ritmo. Cuando él aceleraba, yo aceleraba. Cuando se detenía un instante, apretándose la base para retrasar el final, yo me detenía también, jadeando contra el grifo, conteniéndome.

Y entonces hizo algo que no esperaba. Se paró.

Se paró delante del escritorio, con el bóxer en los tobillos, con la verga apuntando hacia adelante, y siguió. Ahora le veía el cuerpo entero, las piernas tensas, el abdomen contraído, los músculos de los brazos trabajando. Tenía la cabeza echada hacia atrás. Movía las caderas hacia adelante a cada tirón, como si estuviera follándose la mano.

Pensé en cruzar el patio. Pensé en bajar descalza, abrir la puerta de mi edificio, golpear el timbre del suyo. Pensé en lo que le diría si me abría así, en bóxer, con la verga al aire. Pensé que tal vez no tendría que decir nada. Pensé en arrodillarme en su umbral y abrirle la boca antes que las palabras.

El pensamiento me hizo morderme el labio para no gritar. Me venía. Me venía como nunca antes, con los ojos abiertos, mirándolo, con la mano hundida hasta la muñeca, con el borde del bajomesada clavado en la cadera.

Él se vino primero. Lo vi echarse hacia atrás, vi la primera salida blanca contra su propio abdomen, vi la segunda, la tercera. Se le subió hasta el pecho. Le manchó el cuello. Se desplomó en la silla con la verga todavía en la mano, exhausto, brillante, perdido en algún lugar muy adentro suyo.

Yo no aguanté más.

***

El grito me salió del fondo. No fue un gemido, fue un alarido, algo que llevaba siete meses encerrado bajo llave. Mi mano izquierda se cerró sobre lo primero que encontró encima del bajomesada, un plato de cerámica que estaba escurriendo, y el plato se partió contra el filo del granito.

Sentí el corte antes que el dolor. Una línea caliente desde la base del pulgar hasta el medio de la palma. La sangre empezó a salir mezclada con el agua del fregadero, formando hilos rosados que corrían hacia el desagüe.

—¿Qué pasó? —La voz de mi marido bajando las escaleras a los tropezones—. ¿Estás bien? Te oí gritar.

Apagué la luz del extractor con el codo. Cerré la canilla con la mano sana. Me quedé quieta, dándole la espalda a la ventana, esperando que él llegara.

Llegó en pantalón corto, los ojos hinchados, el pelo aplastado del lado en que había estado durmiendo. Vio la sangre, vio los pedazos de cerámica, vio mi cara descompuesta y la malinterpretó por completo.

—Pero mirá cómo te cortaste, mujer —dijo mientras buscaba el botiquín—. Te dije mil veces que no laves los platos a oscuras. ¿Para qué hacés esto a esta hora? Mañana lavás todo con luz, tranquila, ¿sí?

Asentí. No podía hablar. Tenía la respiración entrecortada todavía, las piernas temblando, la bombacha mojada pegada a la piel. Él me limpió la herida con agua oxigenada, me la vendó con torpeza, me dio un beso en la frente y me llevó de la mano hasta la escalera.

Antes de subir, alcancé a girar la cabeza una última vez hacia la ventana de enfrente. Damián seguía en la silla, ahora con el bóxer puesto otra vez, mirando hacia mi cocina. La luz estaba apagada, no podía verme. Pero levantó la mano lentamente, como aquella primera noche, y la mantuvo en el aire un instante.

Apagué la luz del pasillo y subí.

***

Mañana voy a lavar los platos temprano, con luz, como me pidió mi marido. Mañana, sí.

Pero esta noche voy a dejar otra vez la pila lista. La fuente del horno, los vasos del desayuno, la jarra del jugo. Todo apilado, todo esperando. Le voy a poner cinta en la herida, me voy a poner el camisón más fino que tengo, y voy a bajar otra vez cuando todos duerman.

Esta vez voy a encender la luz.

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Comentarios (1)

GabiMrn

que morboso!! me encanto como lo contaste, sin ser burdo para nada. Muy bueno

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