La noche que espié a mi profesora de literatura
Me llamo Iván, tengo veintiún años y lo que voy a contar pasó hace casi tres. Por aquel entonces estaba terminando el último año de secundaria y arrastraba una forma de tratar a los demás que hoy me da vergüenza recordar. Todo empezó a cambiar gracias a Mariana, la profesora de literatura que entró ese semestre a reemplazar a la maestra titular.
Mariana era de esas mujeres que no parecía pertenecer a un aula. Piel muy pálida, casi traslúcida bajo las luces fluorescentes del salón. El cabello negro y corto, recortado justo a la altura de la barbilla, le enmarcaba la cara de una forma que la hacía verse a la vez frágil y dura. Tenía un cuerpo de líneas suaves: caderas amplias, piernas largas, y un trasero que se marcaba bajo cualquier falda lápiz por más recatada que fuera. Los pechos eran pequeños comparados con todo lo demás, pero se adivinaban bajo las blusas formales con una insistencia que me costaba ignorar.
Esa mujer tuvo que llamarme a su oficina después de que uno de mis compañeros le contara que yo lo molestaba sin parar. No me costó adivinar quién había hablado, pero ella nunca lo dijo. Lo único que hizo, durante casi dos semanas seguidas, fue pedirme que me quedara veinte minutos después del timbre y escucharme. No me regañaba. Me escuchaba. Me preguntaba por mi casa, por mis amigos, por qué necesitaba sentirme grande humillando a otros.
Hablábamos en su oficina con la puerta entreabierta y un termo de té sobre el escritorio. Aprendí más en esas dos semanas que en seis años de clases. En mi casa las cosas estaban hechas pedazos —mi padre se había ido y mi madre se desquitaba conmigo porque era a quien tenía cerca— y mis amigos no eran amigos, eran competidores. Mariana fue la primera persona en mucho tiempo que me trató como si yo valiera algo sin tener que demostrar nada.
Me enamoré de ella. Así de simple. Y como tenía dieciocho años y la cabeza llena de impulsos, decidí que tenía que decírselo.
Conseguí su dirección preguntando, mintiendo, fingiendo recados. Era invierno y la calle de su edificio estaba helada. Caminé cuarenta minutos desde mi casa con las manos metidas en los bolsillos y la mandíbula tiritando, repitiéndome que si dejaba pasar la noche no iba a volver a tener el coraje. Llegué hasta la reja de su jardín delantero y me quedé ahí, mirando la ventana iluminada del primer piso. No fui capaz de tocar el timbre. Ni siquiera de cruzar los tres metros que separaban la reja de la puerta. Me di la vuelta y empecé a caminar otra vez hacia la avenida, llorando como un idiota.
Hubiera seguido caminando si no hubiera visto, al pasar junto a la lateral de su casa, la ropa colgada en un tendedero detrás de una verja de madera baja. Una blusa, dos pares de medias, y unas piezas de lencería que mi cabeza, en ese momento, decidió que necesitaba. No suelo masturbarme con cosas robadas. No suelo robar. Pero esa noche, congelado y humillado por mi propia cobardía, me convencí de que merecía algo.
Salté la verja. El jardín era pequeño, con dos macetas y un árbol pelado. Caminé sobre el césped pisando con la punta de los pies para no hacer ruido. Estaba descolgando una tanga roja y una pieza con encaje negro cuando la oí. Un gemido. Bajo, gutural, claramente femenino, que venía de la ventana del primer piso.
Sentí cómo se me iba la sangre de la cara.
Volví a llorar, esta vez con las manos cargadas de ropa interior ajena, escuchando a la mujer de la que estaba enamorado gemir por otro. Pensé en irme. Tendría que haberme ido. Pero la curiosidad —o algo peor— me empujó hasta la ventana. La cortina estaba mal cerrada y dejaba una franja vertical de luz amarilla. Me agaché y apoyé la frente contra el vidrio frío.
Mariana estaba arrodillada en el piso de su dormitorio. Frente a ella, de pie y completamente desnudo, un hombre al que reconocí de inmediato. Damián. Un compañero de mi salón. El tipo más callado e insignificante del grupo, el que comía solo en el patio y al que yo había molestado más de una vez. Tenía el abdomen blando, la piel morena clara, el pelo aplastado por el sudor.
Y tenía una verga grande. Enorme. De esas que en los videos que veía a escondidas estaban siempre pegadas al cuerpo de un hombre alto y musculoso, no al de un compañero con sobrepeso al que yo le ponía apodos en clase.
Damián le sujetaba la nuca a Mariana con una mano y le marcaba el ritmo. Ella tenía la boca llena hasta la base. Cada pocos segundos él tiraba un poco hacia atrás y se la sacaba para que ella la lamiera entera, como un helado, con una devoción que yo no le había visto a nadie. Tenía los ojos cerrados y la cara húmeda. Disfrutaba.
***
Saqué el celular sin pensar. Grabé cuatro minutos exactos. Cuatro minutos que me siguen avergonzando. Después salté la verja por donde había entrado y caminé hasta mi casa con las manos quemándome. No dormí esa noche. Pensé en mil cosas. La más razonable habría sido borrar el video. La que terminé eligiendo fue otra.
Al día siguiente, en la última hora, le pedí hablar a solas. Le dije que había pasado algo en mi casa y que necesitaba contárselo. Aceptó, claro que aceptó: era lo que llevaba haciendo dos semanas.
Entramos a su oficina cuando ya casi no quedaba nadie en el colegio. Cerré la puerta con seguro. Bajé las persianas. Me bajé los pantalones. Reproduje el video desde mi celular antes de que ella pudiera entender qué estaba pasando.
—Chúpamela o esto va al director esta misma tarde.
Las preguntas le salieron todas mezcladas. Cuándo, cómo, desde qué ventana, qué quería conseguir. La voz se le rompía. Pasó por la incredulidad, la rabia, la negación. Yo ya tenía cada respuesta preparada desde la noche anterior.
—Que te despidan a ti es lo de menos —le dije—. Lo peor va a ser para Damián. Imagínate lo que le van a decir las universidades cuando vean a un chico acostándose con una docente. Le arruino la vida en una hora.
Vi cómo el enojo se le convertía en miedo y el miedo, otra vez, en enojo. Pero ya no era el enojo de una autoridad. Era el de alguien acorralado.
Se arrodilló frente a mí. Tomó mi pene semierecto entre dos dedos, como si estuviera tocando algo sucio.
—Me decepcionas muchísimo, Iván.
Lo dijo en voz baja, sin mirarme. Se limpió una lágrima con el dorso de la mano antes de meterme en la boca. Los labios eran tibios, gruesos, suaves. La lengua me rodeaba como si hubiera hecho esto miles de veces. No me hacía falta cerrar los ojos para saber que estaba viviendo lo mejor y lo peor del mismo minuto.
Aguanté menos de lo que esperaba. Tenía dieciocho años y a la mujer que había deseado durante meses haciéndome con la boca lo que había imaginado mil veces. Sentí los testículos apretarse. Estaba listo. Antes de que pudiera avisar, una de sus manos me apretó los testículos con fuerza, casi hasta el dolor, y me cortó la corrida.
Me sacó el pene de la boca.
—Ni se te ocurra terminar aquí adentro.
Le di un manotazo en el antebrazo. Soltó. Lo que tenía retenido salió con la fuerza de quien lleva horas conteniéndose. Le manché la blusa, el cuello, la mejilla. Un chorro pesado, blanco, que se quedó colgando de la punta de su nariz.
—Vete a la mierda, perra.
Le agarré el pelo con la mano libre y le acerqué la cara al pene otra vez.
—Tú pidiéndome que sea buena persona, que no haga daño, y mientras tanto te dejas montar por el más imbécil del salón. Me gustabas en serio. Ahora ya sé qué te calienta.
Le di una cachetada. Floja, pero cachetada. Le dije que el video no se borraba hasta que no me dejara entrar en ella. Estaba paralizada. No lloraba todavía, pero le faltaba poco. La tomé del brazo, la subí casi a la fuerza al escritorio, le levanté la falda de tubo hasta la cintura y le corrí el calzón hacia un lado. Tenía un vello púbico denso, negro, distinto al de las chicas de mi edad. Acerqué el glande hasta sus labios. La rocé.
Me detuve.
No supe por qué. Algo se me cayó por dentro. Tal vez fue verla así, con la falda revuelta, las piernas abiertas sobre el escritorio donde yo me había sentado a hablarle de mi madre, los ojos vidriosos, callados, esperando. Tal vez fue verme a mí mismo reflejado en el vidrio del cuadro colgado en la pared. Lo que sea. Me detuve.
Mariana empezó a llorar en serio. Sin gritar, sin pedir nada. Como si finalmente se hubiera quebrado lo que estaba aguantando desde que entré. Me quité de encima. Me subí los pantalones con las manos torpes. Ella se quedó como la había dejado, las piernas abiertas, expuesta, llorando.
Cuando estaba por girar el picaporte, sentí sus manos en mi brazo. Me abrazó por detrás.
—Tú no eres así, Iván. No me vuelvas a hacer esto. Ni a mí, ni a nadie. Mi cielo, no seas así.
Y entonces fui yo el que se desmoronó. Lloré contra su hombro como no había llorado desde chico. Era la única persona en meses que se había preocupado por mí y yo había intentado violarla. Lloro escribiendo esta frase también, ahora, tres años después, solo por tener que usar esa palabra para describir lo que hice.
Le pedí perdón mil veces. Le acerqué pañuelos de la caja que tenía en el escritorio. Ella se limpió la cara y la blusa y se cubrió encima con un saco gris. Borré el video frente a ella. Vacié la papelera del celular. Le mostré la pantalla.
Salimos juntos de la oficina como si no hubiera pasado nada. El pasillo del colegio ya estaba vacío. Casi al final, cuando faltaban veinte metros para la puerta principal, me habló sin mirarme.
—Damián y yo llevamos así dos años. No te excluyo por algo en particular. Es que tengo que preguntarle a él primero antes de que los tres compartamos cualquier cosa.
—¿Compartir?
—No pienso dejar lo que tengo ni por ti ni por nadie. Lo más que te puedo ofrecer es que te unas una vez. Para que pruebes.
—¿Comparten seguido?
—Hace un año que no. Pero da igual. ¿Quieres que le pregunte?
Lo pensé. Estar con Mariana, con su permiso, con sus manos y su boca y su consentimiento, era el paraíso al que no me animaba a aspirar ni con el video. Pero Damián era parte del paquete. Damián, al que había molestado en clase. Damián, con esa anatomía que todavía me dolía recordar.
—Sí. Por favor.
Se alejó hacia su oficina sin decirme nada más. A los tres pasos giró la cabeza apenas.
—No vuelvas a hacer lo de hoy, Iván. Yo sé que no eres así.