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Relatos Ardientes

El compañero de mi novio me agregó sin saber quién era

Tengo una cuenta de Facebook con un nombre inventado y una foto de perfil que no muestra nada que pueda identificarme. La uso para una sola cosa: enviarles fotos mías a hombres que no conozco y leer cómo se masturban con ellas. Algunos me devuelven el favor, me mandan vídeos acabando frente a la pantalla, y eso —lo confieso— me pone más de lo que debería. Es mi pequeño vicio. Mi secreto bien guardado.

Mi pareja, Esteban, no lo sabe del todo. O quizá lo intuye, pero nunca hemos puesto palabras al asunto. Lo que sí sabe es que me gusta mostrarme. En la cama, cuando estamos solos, le encanta verme caminar desnuda hasta el espejo, tocarme mientras él respira al fondo y actuar como si hubiera otra persona en la habitación mirándonos.

Una mañana, mientras revisaba la pila habitual de solicitudes —los típicos perfiles con foto borrosa, los señores de cincuenta y tantos, los chicos demasiado torpes—, apareció un nombre que me hizo soltar el teléfono sobre la cama.

Mauricio Cárdenas.

El compañero de oficina de Esteban. El que viene a los asados, el que se sienta en nuestro living con una cerveza en la mano y se ríe demasiado fuerte de sus propios chistes. Un hombre guapo, de espalda ancha, ojos oscuros, una sonrisa que se le marca solo de un lado. Yo lo había visto tantas veces en mi propia casa, comiendo de mi mesa, mirando educadamente a mi pareja a los ojos mientras me hablaba a mí.

Y ahora me estaba pidiendo amistad a una mujer que él no sabía que era yo.

Me quedé mirando la pantalla un rato largo. ¿Y si me reconocía la voz en un audio? ¿Y si reconocía un mueble al fondo, una esquina de la pared, las cortinas que vio aquel domingo? ¿Y si terminaba comentándole a Esteban que en Facebook había una chica parecidísima a su novia?

Lo dejé pendiente. Dos días. Tres.

Pero cada vez que abría la aplicación, esa solicitud seguía ahí, parpadeando como una invitación. Y cada vez que la veía, mi cuerpo respondía antes que mi cabeza. Una humedad nueva, distinta a la otra. La del peligro.

Al cuarto día acepté.

No le escribí. Esperé a que él diera el primer paso, y lo dio antes de la medianoche. Un «hola, qué tal» tan inocente que casi me hizo reír. Le contesté con un nombre falso, una ciudad falsa, una profesión inventada. Conversación de relleno: el clima, el trabajo, los planes del fin de semana. Mauricio era atento, ocurrente, escribía bien. Por un instante entendí por qué a Esteban le caía tan bien tomarse cervezas con él los viernes.

Después llegó la noche, y con ella el cambio de tono.

«Estás muy linda en las fotos del perfil», me escribió.

«Gracias», respondí, sintiendo el corazón en la garganta.

«¿Tendrás alguna un poquito más subidita?».

***

Esteban estaba en el living, viendo una serie. Yo lo escuchaba reírse de fondo mientras la cama me parecía una balsa pequeña en medio de un océano oscuro. Busqué en la galería y elegí una foto vieja: yo de espaldas, en ropa interior, con el culo arqueado hacia la cámara. Una foto donde no se me ve la cara, ni el dormitorio, ni nada que pudiera delatarme. La envié antes de pensarlo dos veces.

«La puta madre», escribió a los pocos segundos. «Qué culo más rico. Me lo metería entero, no me importa cuánto te dolería».

Mi sexo dio un vuelco. Yo conocía esa forma de escribir desde el otro lado de un mesón. Era el mismo Mauricio que me saludaba con dos besos en la puerta de mi casa cuando venía a comer. Era el mismo que, hacía tres semanas, me había ayudado a llevar las sillas plegables del patio al garaje sin sospechar nada.

—¿Y cómo me lo harías? —escribí, dejando caer el pudor por una vez.

«Primero te abriría las nalgas con las dos manos y te pasaría la lengua por todos lados. Sin saltarme un milímetro. Después iría bajando hasta tu vagina y volvería a subir, alternando, hasta dejarte temblando».

—Mmm. Qué rico imaginarlo.

«Ya estoy duro, mirando tu foto».

—Mándamela.

Lo dijo así, sin condiciones. Me mandó la foto sin negociar. Una pija grande, recta, con las venas marcadas y el glande hinchado. Una pija que yo no conocía, que pertenecía al cuerpo de un hombre con el que mi pareja almorzaba empanadas los viernes.

—Qué rica la tienes —escribí, y por primera vez no era una frase de cortesía.

En ese momento se abrió la puerta del dormitorio.

***

Esteban entró descalzo, con el control remoto en la mano y esa cara de cansancio amable que tiene cuando termina una jornada larga. Me miró desde la puerta.

—¿Qué andas haciendo, hermosa?

Pude haber bloqueado la pantalla. Pude haber inventado cualquier excusa. Pero algo en el pecho me empujó a hacer lo contrario.

—Estoy mostrándole el culo a un señor —dije, con la voz ronca—. ¿Quieres ver?

Esteban se rio bajito. Vino hasta la cama, se tiró boca abajo a mi lado y me besó el hombro. Esa era nuestra dinámica desde hacía años: yo le contaba a quién le había mandado fotos, él se ponía caliente, terminábamos cogiendo a las cuatro de la mañana.

—Tengo una sorpresa mucho más grande —le dije, y giré el teléfono muy despacio hacia él.

Lo entendió por la foto antes que por el nombre. Reconoció esa pija probablemente porque había compartido vestuario con su dueño en el gimnasio del trabajo. O por el ángulo del baño que se veía al fondo de la imagen. Cuando subió la mirada hasta el nombre del contacto, abrió la boca como si fuera a decir algo y al final no dijo nada.

—¿Es en serio? —murmuró.

Asentí, mordiéndome el labio.

Esperé el reproche. Esperé el grito. Esperé el «bórralo, borra todo, qué carajo estás haciendo». Lo que llegó fue otra cosa: un pulso en la mandíbula, un brillo distinto en los ojos, una respiración que se le aceleró sin permiso.

—Sigue —dijo en voz muy baja—. Pero hazme caso en todo lo que te diga.

***

Esteban se levantó y salió del cuarto sin explicarme nada. Yo me quedé tirada en la cama, con el pulso golpeándome la garganta, mientras Mauricio seguía escribiéndome desde el otro lado de la ciudad sin saber que mi pareja le estaba preparando una emboscada.

Volvió a los diez minutos. Me agarró de la mano y me llevó por el pasillo hasta el cuarto de huéspedes, una habitación pequeña que usamos cuando viene la familia del sur. Había cambiado las sábanas, había sacado los cuadros de las paredes, había corrido la mesita de luz hacia la otra esquina. La habitación estaba tan despersonalizada que parecía un cuarto de hotel barato. Cualquier cosa que apareciera en la pantalla iba a ser irreconocible.

—Desnúdate —me ordenó.

—¿Te calentó? —pregunté mientras me sacaba la blusa—. ¿Te calentó que le mostrara las tetas a Mauricio?

—Me calentó más de lo que vas a entender. Y ahora quiero que te coja delante de él. Sin que nos reconozca. Sin que pueda contarlo después.

Sacó del cajón dos antifaces negros de carnaval, esos con plumas que se compran sueltos en cualquier disfracería. Se puso uno. Me puso el otro. Sin maquillaje, sin cara visible, podíamos ser cualquiera. Dos cuerpos anónimos sobre una cama anónima.

—Llámalo por videollamada —dijo, abrazándome desde atrás—. Cuando conteste, apoyas el teléfono contra la almohada del cabezal y no lo tocas más.

—Nunca hago videollamadas con esos contactos —protesté—. ¿Y si reconoce mi voz?

—No hables. Solo gime.

***

Apreté el botón verde sin pensar. Mauricio contestó al segundo timbre. Estaba desnudo en su sillón, masturbándose despacio, esperándome. Cuando me vio aparecer en cámara —enmascarada, sin cara, con un hombre detrás también enmascarado— soltó una risa ronca de hombre que no se cree su suerte.

—Madre mía, qué montaje me armaste —dijo del otro lado.

Yo no contesté. Acomodé el teléfono contra la almohada, en un ángulo que mostraba toda la cama, y me arrodillé sobre el colchón. Esteban se puso delante de la cámara y me hundió la pija en la boca con una calma que era nueva. Lo chupé con una entrega que no había sentido en años. Sabía que del otro lado un hombre que conocía nuestra mesa, nuestras risas, nuestra rutina de pareja, estaba acabando lentamente en su sillón. Mi cuerpo se volvió otra cosa.

—Ponte así, con el culo a la cámara —pidió Mauricio en algún momento, con la voz cortada.

Esteban me giró sin esfuerzo. Yo seguí chupando de costado mientras la cámara enfocaba mi cola arqueada. Mauricio empezó a hablar más rápido, más sucio, con esa cadencia entrecortada de los hombres que ya están cerca.

—Qué culo tienes, putita. Le voy a acabar encima a tu foto en cuanto cuelguen.

Lo decía mientras Esteban me apartaba un segundo, se acomodaba detrás y me pasaba la lengua por los muslos hacia arriba. Yo gemía sin disimulo, mojada como nunca, sintiendo cómo la humedad bajaba por la cara interna de mis piernas. Cada palabra del otro lado de la pantalla me empujaba más cerca del borde.

Esteban se incorporó, se acomodó detrás de mí, escupió y me la metió en el culo. Juro que entró sin un instante de dolor. Solo con saliva. Solo con calentura acumulada. Toda, hasta el fondo, de una vez, mientras Mauricio gritaba del otro lado de la videollamada que yo era la perra más rica que había visto en toda su vida.

—Me vengo —dije al fin, y fue la única palabra que pronuncié en toda la noche.

Tres cuerpos acabaron casi al mismo tiempo. Yo, con el culo lleno y la cara apoyada contra el colchón. Esteban, sin sacarla, mordiéndome el hombro a través del antifaz. Mauricio, salpicando la pantalla de su propio teléfono. Cuando Esteban se incorporó, agarró el celular y cortó la llamada sin despedirse.

***

Al día siguiente Mauricio le mandó mensajes a la cuenta falsa diciendo que había sido lo mejor que le pasaba en mucho tiempo, preguntando cuándo nos veíamos en persona, prometiendo que valdría la pena. Esteban leyó conmigo los mensajes, me los dictó al oído mientras me besaba el cuello, y me dijo que le siguiera el juego sin comprometernos a nada. En persona, jamás. Trabajaban juntos. Demasiado riesgo.

Lo que sí pasó es lo que Esteban me contó por la tarde, cuando volvió de la oficina con una sonrisa rara. Había encontrado a Mauricio en el pasillo, mostrándole mis fotos a otro compañero. Le decía: «mirá la mina que me estoy a punto de coger, ya me mandó todo esto y arreglamos para juntarnos». Esteban hizo el papel de incrédulo, le dijo que era un mentiroso, se rio y siguió de largo hacia su escritorio, conteniendo el temblor de las manos.

Pero cuando llegó a casa esa noche, me agarró en la cocina sin saludarme. Me dio vuelta contra la mesada, me bajó los pantalones de un tirón y me cogió ahí mismo, con el delantal todavía puesto, susurrándome al oído cuántos compañeros de oficina podían haber visto ya mi cuerpo desnudo sin saber que era yo. Cuántos me habían deseado en silencio mientras me veían en los asados de los domingos.

Esa fue la primera vez que jugamos a algo así. Pasaron más cosas después. Pero esas las cuento otro día, si ustedes me dejan comentarios bien calientes para animarme a seguir.

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Comentarios (3)

Oscura_lectora

Uy que morbo lo de los tres dias dudando jajaja, tremendo. Seguí contando!

Rulo45

buenisimo el planteo, me dejo con ganas de saber como termino todo esto

Fabio_MR

Me engancho desde el primer parrafo. Esto pide segunda parte si o si.

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