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Relatos Ardientes

Lo que mis alumnos vieron en la pantalla de seguridad

Hola, lectores. Sé que muchas confesiones se cuentan en cuatro líneas, pero esta necesita contexto para entenderse bien, porque no fue una casualidad. Fue una sucesión perfecta de detalles que se ensamblaron como un reloj suizo para exponerme de la manera más humillante posible.

Tengo veintisiete años y doy clases de arquitectura en una universidad privada. Vivo en pareja con Mateo, otro profesor del mismo departamento. Llevamos juntos cuatro años, sin matrimonio de por medio, pero con un piso a medias, dos perros y la misma manía por el orden. Mido un metro sesenta, soy de piel muy blanca, con pecas en las mejillas, pelo castaño claro y ojos verdes. Pezones y coño rosados, tetas chicas pero paradas, con las puntas siempre despiertas. Más de una vez me han dicho que me parezco a la actriz de una comedia romántica adolescente bastante famosa.

Soy obsesiva con la limpieza. Mateo es obsesivo con la seguridad. Esas dos manías son las protagonistas silenciosas de lo que voy a contar.

Nuestra casa tiene dos plantas. En la planta baja hay un despacho que Mateo usa para recibir alumnos, una sala con un sofá grande y, justo encima de la consola, una pantalla siempre encendida con las imágenes de las cuatro cámaras de seguridad. La pantalla está a la vista a propósito: como por la casa pasan muchísimos estudiantes durante el período de proyectos, Mateo prefiere que quien entre vea de inmediato que todo queda grabado. Disuasión visible, lo llama él.

Las cámaras están donde tienen que estar. Una en el garaje. Otra en el despacho. Una tercera en el pasillo de la planta baja. Y la cuarta arriba, atornillada en el rincón donde termina la escalera y empieza el pasillo del piso superior. Esa última fue idea suya. Yo le dije que era demasiado, que dentro de casa no hacía falta. Él insistió. Discutimos varias veces por ese asunto. Ahora entenderán por qué se lo recuerdo cada tanto.

El día del incidente tenía todo cocinado de antemano. Llevábamos casi dos semanas en período de exámenes finales y la tensión en casa era insoportable. Mateo dormía cuatro horas, yo cinco. Esa mañana, por una tontería de las que ya ni se recuerdan, discutimos en la cocina antes de salir hacia la facultad. Una de esas peleas que no se gritan, pero que se cortan con cuchillo. Nos fuimos en autos separados y no nos dirigimos la palabra en toda la jornada.

Lo que él no me dijo, y que ya teníamos acordado para esa semana, fue que pasaría un grupo grande de alumnos por casa a entregar maquetas. Eran chicos de tercer año, mis propios alumnos en la asignatura de Composición. Mateo les daba Estructuras. Por culpa del enojo, ninguno de los dos abrió la boca para coordinar nada.

Yo llegué a casa antes que él. Habían pronosticado treinta y ocho grados y la calle estaba derretida. Subí al dormitorio, tiré el bolso al suelo, me arranqué la ropa pegada al cuerpo y me quedé en tanga. Una tanga negra, de hilo, de esas que se meten entre las nalgas y dejan el culo entero al aire, con un triangulito ridículo tapando apenas la raja del coño. Nada más, ni sostén. El aire acondicionado del piso de arriba estaba apagado y abrí las ventanas para airear.

***

En los días de entrega los alumnos saben que pueden entrar sin tocar el timbre. Hay un cartelito en la puerta y todos lo respetan. Llegan, dejan los proyectos sobre la mesa de la entrada, se sientan en el sofá de la sala y esperan. Nada de ruido, nada de móviles en altavoz, nada de pasearse por la casa. Mateo es muy estricto con eso y a los chicos les funciona.

Yo no tenía la menor idea de que ese día tocaba entrega. Encendí mi parlante portátil, puse una lista de funk brasileño a volumen medio y empecé a limpiar la planta de arriba como si la casa fuera mía y de nadie más. Iba con la fregona del dormitorio al estudio, del estudio al pasillo, del pasillo al baño. Con las tetas al aire bamboleándose a cada paso, el sudor bajándome por el esternón hasta perderse en el hilo de la tanga, y el culo apenas tapado por ese cordón negro que se me hundía cada vez más entre las nalgas conforme me movía. Cantaba bajito y movía las caderas al ritmo de cada estribillo, agachándome exageradamente para pasar el trapo por los rodapiés, abriendo las piernas para llegar a los rincones. El hilo de la tanga se me pegaba al coño mojado de sudor, marcándome los labios por delante y desapareciéndome por completo entre las nalgas por detrás.

Mientras tanto, abajo, sin que yo me enterara, empezaron a entrar.

Después contaría las grabaciones y serían más de quince personas. Cinco chicas y diez chicos. La cámara del pasillo de arriba —esa que yo no quería que pusieran— transmitía en tiempo real a la pantalla del salón. Cada vuelta mía con la fregona, cada vez que me agachaba a recoger algo del suelo y se me abría el culo de par en par, cada vez que estiraba los brazos para alcanzar el techo del marco de la puerta y se me tensaban las tetas hacia arriba, todo eso aparecía en pantalla grande para quien tuviese el cuello inclinado quince grados desde el sofá.

Lo más absurdo es que durante un rato largo no pasó nada. Los primeros que llegaron dejaron sus maquetas y se fueron. Una de mis alumnas, según se vería luego, miró la pantalla, abrió mucho los ojos, le dio un codazo a su amiga, las dos se taparon la boca y salieron rapidísimo. Las cinco chicas se fueron, y con ellas tres de los chicos. Personas decentes, ocho de quince. Pero quedaban siete.

Y los siete se quedaron.

***

Lo siguiente que hice fue lo peor. O lo mejor, según se mire. Después de cuarenta minutos limpiando, sudada y agotada, decidí darme una ducha larga. El baño de nuestra habitación llevaba semanas inservible por unas obras de impermeabilización: había mucha humedad y el techo se había llenado de moho. Estábamos usando el baño del pasillo, el que queda justo enfrente de las escaleras, el que la cámara de arriba enfoca casi de frente.

Ese baño tiene puertas de cristal templado en la ducha. Yo misma había aplicado, hacía una semana, un tratamiento antical y antiempañe; el cristal había quedado tan transparente que parecía aire. Y para colmo, le había agarrado la costumbre de dejar la puerta del baño abierta mientras me duchaba, para no repetir el problema de humedad del otro baño. Aire cruzado, dije yo. Ventilación, dije. Quedar a la vista de la cámara, no dije, porque ni se me cruzó por la cabeza.

Antes de entrar a la ducha me deslicé la tanga hacia abajo con las dos manos, doblándome por la cintura para bajármela hasta los tobillos. La cámara, después lo comprobaríamos, me enfocó de espaldas justo en ese instante: el culo en pompa, las nalgas separándose, el coño depilado asomando entre los muslos. Pateé la tanga a un rincón y me metí bajo el chorro.

El agua tibia me bajó por la espalda y empecé a desconectar. Me enjaboné dos veces. Me pasé las manos llenas de espuma por las tetas, apretándolas, pellizcándome los pezones con el índice y el pulgar hasta que se me pusieron duros como piedras. Me pasé la cuchilla por las piernas, por las axilas, y después abrí bien las piernas y me repasé el coño con dos pasadas suaves, dejándomelo liso y pelado. Me masajeé el cuero cabelludo con calma. Y cuando ya estaba relajada, con la cabeza apoyada en los azulejos y los ojos cerrados, una mano se me fue sola. Primero a un pezón, tirando de él hacia arriba hasta sentir el pinchazo que me atravesaba hasta el vientre. Después al otro, retorciéndolo con la misma fuerza. Después abajo.

Me abrí los labios del coño con dos dedos de la mano izquierda y con el corazón de la derecha empecé a buscarme el clítoris. Lo tenía ya hinchado, palpitando, sobresaliendo del capuchón. Empecé a frotármelo en círculos lentos, apoyada de espaldas contra la pared, con las piernas ligeramente separadas y el agua caliente cayéndome sobre la nuca. Se me escapó un gemido bajo, animal, que rebotó contra los azulejos.

Bajé dos dedos y me los metí de golpe, hasta los nudillos. Estaba tan mojada por dentro que el ruido de succión se oía por encima del agua. Empecé a follarme sola, sacando y metiendo los dedos con ritmo, curvándolos hacia adelante para tocarme ese punto rugoso que me hace ver estrellas. Con el pulgar seguía trabajándome el clítoris. Con la otra mano me estrujaba una teta y me pellizcaba el pezón.

Pasé en esa ducha veinticinco minutos largos. Más de la mitad fueron tocándome. Metí un tercer dedo cuando sentí que dos no me llenaban. Me la clavaba yo misma, con la muñeca ardiéndome, los pies resbalándome sobre las baldosas, la boca abierta contra el vaho. Pensaba en Mateo, en su polla dura, pensaba en cómo me la hubiese metido por detrás contra el cristal, pensaba en lo absurdo que era estar enojada con él teniendo el coño así, chorreando entre los dedos, pidiendo verga a gritos. Levanté una pierna, la apoyé en el bordillo de la ducha para abrirme más y hundirme mejor los dedos, y cuando me vino la corrida me mordí el labio para no chillar. Se me contrajeron las paredes del coño alrededor de mis propios dedos, en oleadas, y sentí un chorrito caliente que me bajó por el interior del muslo mezclándose con el agua.

Cuando terminé, me temblaban las rodillas y tuve que apoyarme en el cristal de la mampara con las dos manos, respirando como una perra. Me quedé un minuto largo así, con las tetas aplastadas contra el vidrio, la frente apoyada, y los dedos todavía metidos dentro de mí sintiendo los últimos espasmos. Respiré profundo, sonreí sola y me envolví el pelo en una toalla.

Solo el pelo. Nada más.

***

Bajé descalza, despeinada bajo la toalla, con el coño todavía latiéndome entre los muslos y las tetas rojas de tanto apretármelas. Quería un vaso de agua fría antes de vestirme. Iba pensando en preparar la cena, en hacer las paces con Mateo, en cualquier cosa menos en mirar hacia el sofá.

Llegué al penúltimo escalón cuando los vi.

Siete cabezas giradas hacia mí. Catorce ojos abiertos como platos. Siete teléfonos en alto, todos con la cámara apuntando, algunos hacia la pantalla del salón y al menos tres directamente hacia mí, hacia mis tetas al aire, hacia mi coño recién depilado y todavía hinchado, hacia el chorrito de humedad que me bajaba por el muslo interior y que no era solo del agua. Reconocí a cada uno: dos de la primera fila de mi cátedra, tres de la tercera, dos chicos que siempre se sentaban al fondo. Sus caras no las olvidaré nunca. Y noté, con un escalofrío que me atravesó el vientre, los bultos marcados debajo de los pantalones de más de uno. Tenían las pollas duras. Se les notaba de lejos.

No grité. No me tapé. No dije una palabra. Me quedé congelada un segundo y medio, di media vuelta y subí las escaleras corriendo, perdiendo la toalla en el segundo escalón. Estoy segura de que ese segundo y medio ellos vieron todo: el rebote de las tetas al girarme, la vista completa del culo desnudo mientras subía, la raja del coño entre las nalgas separadas por cada zancada. Me encerré en el dormitorio con el pulso en las sienes, busqué el teléfono y le escribí a Mateo en mayúsculas: «SACÁ A TODOS DE LA CASA YA. URGENTE».

***

Tardó quince minutos en llegar. Quince minutos en los que yo estuve sentada en el borde de la cama, vestida con una sudadera y un pantalón largo, temblando como si tuviera fiebre. Lo escuché despedirlos abajo con una voz cortante que no le conocía. Después subió.

—¿Qué pasó? —preguntó desde la puerta.

Se lo conté entre lágrimas y, sobre todo, entre reproches. Le grité por la cámara que él había insistido en poner arriba. Le grité por no haberme avisado de los alumnos. Le grité por las puertas de cristal del baño que él me había convencido de comprar dos años atrás. Le grité por todo lo que él, en parte, tenía algo de culpa, y por todo lo que no tenía culpa ninguna también. Él me dejó hablar y, cuando terminé, me abrazó sin decir nada.

Después bajamos juntos a revisar las grabaciones. Fue peor que el momento de las escaleras. La cámara de arriba lo había captado todo, durante más de una hora: yo limpiando con la tanga negra metida entre las nalgas, yo desnudándome de espaldas con el culo apuntando al lente, yo dentro de la ducha con los tres dedos hundidos en el coño y la boca abierta. La cámara del pasillo de abajo había grabado a los siete chicos pasarse el móvil unos a otros, reírse en voz baja, taparse la boca, y a dos de ellos con la mano metida por encima del pantalón masajeándose el paquete sin ningún disimulo. Uno de ellos, el más alto, en cierto momento se levantó, subió cinco escalones, sacó el celular y grabó el final de mi sesión a través del cristal transparente del baño: mi corrida entera, la pierna levantada, los dedos entrando y saliendo, la boca contra el vidrio. Subió y bajó sin que yo me enterase de nada.

Esa noche no comimos. Esa noche no dormimos.

Al día siguiente no me presenté a la universidad. Le dejé un correo al director con la palabra «renuncia» y nada más. Cuando el director me llamó, le dije por teléfono que no podía dar explicaciones y que no volvería. No volví. Mateo aguantó hasta terminar el semestre porque tenía contratos firmados, pero también renunció. Decía que sentía las miradas en los pasillos, los cuchicheos en la sala de profesores, los silencios que se hacían cuando él entraba. Probablemente eran reales. Probablemente eran imaginados. Daba igual.

Nunca denunciamos a los chicos. Lo pensamos, mucho, pero terminamos decidiendo que cualquier denuncia haría circular más los vídeos en lugar de menos. Hoy, dos años después, todavía sueño con esa escalera, con el penúltimo escalón, con esas catorce pupilas dilatadas, con esos siete bultos hinchados debajo de los pantalones. A veces me despierto sudada. A veces me despierto con la mano metida entre las piernas y los dedos empapados, terminándomela dormida, imaginando lo que hubiese pasado si en vez de subir corriendo hubiese bajado el último escalón, me hubiese arrodillado delante del sofá y les hubiese sacado las pollas a los siete de una en una. Y eso último, lectores, todavía no se lo he contado a Mateo.

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Comentarios(9)

RosarioBA

Dios mio jajaja, ese momento de llegar al escalon y darse cuenta... me imagine la cara que habrás puesto!!! Increible relato

SilviaMdp

Que verguenza ajena jaja pero que morbo al mismo tiempo, excelente!

TomasPR

Me quede con ganas de mas, necesito saber como termino todo despues con los alumnos jaja. Segunda parte porfa!

Fernandito77

Lo lei dos veces. Se siente que es real, eso es lo que mas me gusta de estos relatos. Muy bien escrito.

mariela_noc

Primera vez que comento aca. Esa tension de no saber quien vio que y cuanto tiempo estuvieron mirando... tremendo. Me engancho desde el titulo

Tigre_baires

Buenisimo, hay situaciones que solo las entende quien las vivio en carne propia jaja. Muy bueno!

NadiaNK

Me recordo a algo que casi me pasa en el vestuario del club, nada tan extremo pero la sensacion es igual de horrible jaja. Que bien narrado esta todo!

LectorSilencioso

genial, sigue subiendo relatos asi

Pato_Cba

La imagen de llegar al escalon y ya saber que todos habian visto todo antes que vos... tremendo. Saludos desde Cordoba!

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