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Relatos Ardientes

Lo que pasó aquella noche en el bosque de París

Vuelvo a la mesa de la cocina con un café y la libreta abierta. Le prometí a más de una lectora que iba a cerrar el diario de aquellas vacaciones sin cortes, y aquí estoy. Si alguien busca discreción, mejor que cierre. Lo mío esa temporada fue otra cosa.

Cuando Ezequiel volvió al hotel donde yo lo esperaba, me había arreglado el pelo, me había puesto un camisón fino y le había dejado la puerta entornada. Quería contarle lo de la noche anterior antes de que me preguntara, y quería que me hiciera el amor mientras se lo contaba.

—Despacio —le pedí cuando se acomodó sobre mí—, como hizo él anoche.

Le hablé de Marcos, del modo en que me había pedido aquello tan particular, y de cómo yo había aceptado. Ezequiel se quedó callado un momento, y después sonrió contra mi cuello.

—¿Y lo dejaste?

—Lo dejé. Me lo había ganado.

—Qué linda sos. Algún día quiero verlo. Con él, con mi padre, con el tuyo. Que se asombren todos juntos.

—Algún día —le contesté, y mientras lo besaba pensé que en realidad ya estaba pensando en cómo organizarlo.

Esa misma tarde, Marcos pasó a buscarnos para hablar de la nueva operación con el distribuidor del norte. Los números iban bien, me lo dijo en el coche, casi al oído. Faltaba muy poco para que alcanzara el objetivo de ventas que él mismo se había puesto como condición para estar conmigo de manera más estable. Un mes, dos a lo sumo.

De regreso a la ciudad, estacionó frente a una casa de cambio que está pegada a un centro comercial y entró sin decirme nada. Lo vi a través del vidrio, hablando con un señor canoso, sacando algo de la cartera, firmando. Volvió a los diez minutos con una cajita pequeña, forrada en terciopelo verde.

—Quiero que la guardes siempre —dijo.

Era una moneda de media onza de oro, con un antílope grabado en una cara. Tenía un brillo que no se aprende a describir hasta que te lo ponen en la mano. No me la regalaba por su valor, me aclaró. Quería que me acordara siempre de él como el primero que me había dado algo en ese color.

Lo besé en la mejilla, despacio. Le dejé un poco de carmín que él no se molestó en limpiar.

Un hombre dulce, este señor que paga.

***

Pasé dos días en la ciudad, vi a los clientes más cercanos y a papá. Con él dejamos hablado lo que ya teníamos pendiente: el próximo encuentro con Ricardo, mi cliente nuevo, iba a ser en su presencia. Quería estar, mirar, no intervenir. Le pregunté si se sentía bien con eso, si no le iba a pesar después.

—Lo asumí hace tiempo —me dijo—. Y ya que sos así, prefiero verte en plenitud que imaginármelo desde la otra punta del país.

No supe qué contestarle. Le apreté la mano y cambiamos de tema.

El jueves me fui sola a Costa Brava, una playa larga del litoral que conozco desde niña. Quería dos días de nada. De caminar, de no atender el teléfono, de tomar el sol sin reloj. Me puse un short y una camiseta vieja y bajé a la zona naturista a la hora más calma de la tarde, cuando el sol todavía calienta pero la arena ya no quema. Buscaba a alguno de los vendedores ambulantes que recorren la orilla con telas, collares y vestidos finos colgados del brazo.

Encontré al que necesitaba al segundo día.

Era alto, africano occidental, unos cuarenta años, con la piel muy oscura y las manos enormes. Le compré dos vestidos playeros mínimos, le sostuve la mirada más de la cuenta y tomé nota mental. Él lo entendió todo sin que yo dijera una palabra. Antes de irse, me preguntó por mi nombre.

—La próxima —le contesté.

Esa noche llegó Ezequiel a buscarme. Hicimos el amor con la ventana abierta y el rumor del mar entrando como otra voz. A la mañana siguiente, en lugar de volver directo a la ciudad, le pedí que parara en la misma playa.

—Hay alguien que quiero presentarte —le dije.

Lo encontramos donde yo lo había dejado. Los presenté con naturalidad, como si fueran dos socios, y volví a esperar al coche. Ezequiel se demoró diez minutos. Cuando volvió, estaba sonriendo.

—Le expliqué para qué te interesaba. Aceptó. Quiere mostrarte algo antes, dice. Si querés.

—Si quiero.

Caminamos hasta los médanos. El hombre se bajó el pantalón como si fuera lo más natural del mundo, y los tres entendimos en el mismo segundo que el verano me iba a salir bien.

***

El domingo salimos de viaje. Cinco días en Madrid, cinco en París. Ese fue el plan oficial; el otro plan iba por dentro.

En Madrid no voy a entretenerlas. Caminamos los museos, comimos bien hasta en los lugares más simples, y desvalijé dos o tres casas de ropa atrevida que ya conocía de la vez anterior, en una calle estrecha cerca de Sol. Lencería casi imposible, vestidos que no se podrían poner en cualquier reunión, zapatos altísimos. Ezequiel me miraba probarme cosas en los probadores y se iba mordiendo una sonrisa que yo le conozco bien.

—¿Para clientes? —me preguntaba.

—Para clientes —le decía—. Y para vos.

Lo que sí me importa contar es lo de París.

Henri y Margaux nos invitaron a quedarnos en su departamento de la rive droite. Es un piso enorme, con doble salón, biblioteca, dos baños y una vista al patio interior donde siempre hay alguien fumando. Ya nos habían recibido en la visita anterior, así que se sintió como volver. Esa primera noche fue tranquila —tranquila para nosotros, quiero decir: nos acostamos temprano, y ellos se acomodaron en el sillón del salón para vernos hacer el amor a través de la puerta entreabierta. Esa parte del voyerismo de Henri ya la teníamos hablada de la otra vez.

La segunda noche fue lo otro.

Henri y Margaux ya nos habían llevado a recorrer cierta zona del bosque grande de la ciudad, donde hombres con dinero exhiben a sus mujeres y las entregan a choferes de camiones y de coches de alquiler que se estacionan en la acera de enfrente. La primera vez yo solo había mirado, todavía sin decidirme. Esta vez había pedido ser yo.

Llegamos cerca de las once. Octubre apenas empezado, el aire ya frío, pero todavía soportable con un abrigo liviano. Bajo el abrigo no llevaba nada. Ni medias, ni ropa interior, ni nada que pudiera servir de excusa.

Henri, Margaux, Étienne —el chofer— y Ezequiel se acomodaron junto al coche. Yo me paré a un par de pasos del paragolpes, esperé a que pasara un camión, y abrí el abrigo de un solo movimiento.

El aire me golpeó el vientre primero, después los pechos. Tuve un escalofrío que no fue del frío. Sentí los pezones apretarse, dos puntos duros en medio de toda esa piel expuesta.

Del otro lado de la avenida, varios choferes empezaron a señalarme. No supe si era porque les gustaba lo que veían o porque sabían que era nueva. Probablemente las dos cosas. Margaux me apretó el brazo y soltó una risita ronca.

—Elegí vos —me dijo Ezequiel detrás—. Cualquiera. Yo me quedo acá.

Miré con calma. Había uno apoyado en la puerta de un sedán negro, alto, de unos cincuenta, con el pelo cortado al ras y una mirada que no se apuraba. Crucé la avenida sola, con el abrigo abierto, y le hice una seña con la cabeza. Él asintió, sin tocarme todavía, y caminó hacia mí con las manos en los bolsillos del saco.

Volvimos juntos a la zona de árboles. Le entregué el abrigo a Ezequiel, le entregué un preservativo al hombre, y mientras él se bajaba el pantalón le toqué la cara con la punta de los dedos para que entendiera que no había prisa. Me apoyé contra el tronco de un árbol y abrí un poco las piernas. La corteza me rascó la espalda y eso, no sé por qué, me gustó.

Antes de que me penetrara, Ezequiel se arrodilló y me besó por entre los muslos, una sola vez, como una firma. Después se hizo a un lado. El desconocido empujó, sin gracia, sin demora, las manos clavadas en mi cadera. No me corrí. Casi nunca me corro con preservativo. Pero los cuatro que miraban se llevaron una imagen que no van a olvidar, y eso era lo único que yo quería esa noche.

Volvimos al departamento en silencio. Margaux me sirvió un coñac sin preguntar. Lo bebí de pie, todavía con el abrigo puesto, mientras Ezequiel me miraba como si me viera por primera vez.

***

Dos días después vino lo último. Tres parejas, los anfitriones, un señor invitado al que nunca le supe el oficio, y Étienne. Las reglas las anunció Henri al principio, con la copa en la mano, como si leyera un menú: no se pide permiso, todos tienen acceso a todos, no hay relaciones entre los hombres esta noche. Todos teníamos análisis al día. Por una vez, no había que usar preservativo con nadie.

Yo nunca había estado en una orgía. Había estado con tres y con cuatro hombres a la vez —eso ya lo conté en otro lado—, pero no en algo así. Y lo nuevo no fue la cantidad de cuerpos. Fue dejar de elegir.

Pasé de una boca a otra, de unas manos a otras. Le hice sexo oral a Margaux por primera vez, despacio, mientras alguien me sostenía las caderas desde atrás. Sentí leche caliente en los pechos, en la cintura, una vez en la mejilla. Recibí lengua donde no creía que se podía recibir. En algún momento estuve abrazada a una de las rubias —una mujer muy alta, de un país del este, con las clavículas marcadas— y nos reímos sin razón, como dos compañeras de colegio que se encuentran en un baño. Después ella me besó en la boca, muy serio, y entendí que lo de la risa había sido un puente.

Me dijeron, después, que había sido la más solicitada. Quizás por desconocida, quizás porque no tengo nada operado. Da lo mismo. Lo que me importa es que la fantasía vieja por fin se cumplió, sin sobresalto, sin remordimiento, sin ese ruido pequeño en la cabeza que aparece a veces.

Cuenta final del viaje: cuarenta y un hombres y dos mujeres en cuerpo a cuerpo a lo largo de los años, más cuatro mujeres más en aquella noche.

***

Volvimos vía Madrid. Dormí casi todo el vuelo, recosté la cabeza en el hombro de Ezequiel y soñé con la moneda de oro guardada en mi caja fuerte. Dos días de descanso en casa, y al tercero ya estaba al teléfono.

Le avisé a Damián, que sabe todo y se calla todo, que había vuelto. Me contestó que justo Ricardo —mi cliente nuevo— viajaba a la ciudad por el proyecto del laboratorio. Yo entendí su mensaje y él entendió el mío. Al día siguiente me llamó Ricardo en persona.

—¿Hacemos lo que habíamos hablado?

—Hacemos lo que habíamos hablado.

Lo que pasó esa noche —con papá sentado en el sillón del fondo, sin hablar, sin moverse— lo voy a contar la semana que viene, cuando tenga el cuerpo más quieto.

Prometo seguir poniéndome al día.

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Comentarios (3)

DiegoCba55

Tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. Bien ahi!

NocheOscura77

Que experiencia mas increible... necesito una segunda parte si o si jaja

Roxana_M

Lo lei dos veces, la verdad que muy bien escrito. Se siente como si hubiera estado ahi

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