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Relatos Ardientes

Mi esposa se excitó al saber que nos miraban

Me llamo Diego y llevo doce años casado con Camila. Vivimos en Playa del Carmen desde antes de la pandemia, en una casa de dos plantas con un jardín pequeño y demasiada luz. Yo soy español; llegué a México por trabajo y me quedé por ella. Camila es de Guadalajara, treinta y cuatro años, una sonrisa franca y una manera de mirar que todavía me desordena después de tanto tiempo juntos.

Nunca habíamos contado lo que nos pasó aquel sábado de marzo. Lo guardábamos como uno guarda una foto que no quiere enseñar a nadie. Pero hace unas semanas, en la cama, Camila me pidió que lo escribiera. Dijo que cuando lo leyera completo iba a poder volver a vivirlo. Con eso me bastó.

Para entender lo que sucedió hace falta hablar de Marisol. Marisol viene a casa tres veces por semana desde hace casi un año. Tiene veinte recién cumplidos, es de un pueblo cercano y aceptó el trabajo porque le quedaba a quince minutos de la casa de su tía. Es delgada, morena, con el pelo negro hasta la cintura. Casi siempre se lo ata en una coleta alta antes de empezar. Viste shorts deshilachados y una camiseta que le queda dos tallas grande. Habla poco. Sonríe menos. Tiene los ojos oscuros y muy atentos.

El viernes anterior habíamos cenado en casa de Renata y Pablo, unos amigos que viven cerca del muelle. Vino blanco, demasiado, y dos botellas de mezcal que no debimos haber abierto. Volvimos en taxi pasada la una. Camila se rió todo el camino. Llevaba un vestido verde y unos tacones bajos que se quitó en el porche, antes de entrar.

Hicimos el amor esa noche, pero no demasiado bien. Cansancio, alcohol, prisa. Nos dormimos a medias. Y por eso, cuando me desperté el sábado a las nueve, no estaba terminado. Ella tampoco.

***

Camila se levantó antes que yo. La oí caminar descalza por el pasillo. Recordé entonces que era jueves para todos los demás, sábado para nosotros, y que Marisol estaba por llegar. La habíamos dejado entrar otras mañanas con la copia de la llave, pero la cerradura nueva fallaba a veces y a mi mujer no le gustaba que la chica se quedara esperando en la calle. Bajó a abrir la puerta principal y volvió a la habitación.

—Marisol no llega hasta dentro de un rato —dijo metiéndose otra vez bajo las sábanas.

—¿Y por qué bajaste entonces?

—Para dejarle abierto —respondió—. No quería tener que ponerme la ropa después.

Se acurrucó contra mi espalda. Estaba descalza, en camiseta corta y nada más. Pasó una mano por mi cadera y después por el centro. Yo seguía medio dormido, pero el cuerpo me respondió antes que la cabeza. Me giré despacio. Le aparté el pelo de la cara. La besé.

Tiene la costumbre, cuando quiere algo concreto, de morderme el labio inferior justo antes de hablar. Esa mañana me lo mordió hasta hacerme abrir los ojos del todo.

—Sigo con hambre de anoche —dijo.

No hizo falta más. Bajé por su cuerpo besándola sin prisa. Le pasé la lengua por el cuello, por la clavícula, por el centro del pecho. Tiene los pezones pequeños y oscuros, y se le ponen duros enseguida. Le tiré de uno con los dientes, muy suave. Camila respiró hondo y arqueó la espalda.

Seguí bajando. Le abrí las piernas con las manos y me acomodé entre ellas. Olía a sueño, a vino de la noche anterior, a ella. Le pasé la lengua por la cara interna del muslo y la sentí encogerse. Después subí. Le besé el clítoris con los labios cerrados, sin presionar, como si me lo estuviera pensando. Camila puso una mano en mi pelo y empujó hacia abajo.

—No te hagas el tonto —dijo.

Le sonreí pegado a ella y entonces empecé en serio. La lamí despacio al principio, marcando círculos con la punta de la lengua. Después, cuando la sentí más mojada, plana y amplia. Camila tiene la costumbre de hablar cuando le gusta. Esa mañana habló poco. Solo respiraba, y de vez en cuando, una sílaba que no era ninguna palabra.

Cuando estaba por terminar, me apartó.

—Ven aquí —dijo.

Subí. Nos besamos hondo. Ella me empujó suavemente para que rodara sobre la espalda y se acomodó encima, al revés. Bajó la cabeza, me cogió con la mano y me metió en la boca despacio, como si quisiera reconocer otra vez el sabor. Yo bajé las manos por su cintura, por sus glúteos, le abrí un poco para mirarla. La lamí desde abajo, con la cabeza apoyada en la almohada. Le pasé la lengua por todo el centro, después más abajo, hasta el otro punto, ese que solo tocamos con cuidado. Esa caricia siempre le saca un sonido distinto. Esa mañana lo dijo claro.

—Más —murmuró con la boca llena.

Pasamos un rato así, los dos, en esa simetría. Yo escuchaba el ruido de su boca sobre mí, y eso solo ya me hubiera bastado. Pero ella tenía otro plan.

Se incorporó y se giró. Se sentó sobre mí mirándome a los ojos. Buscó con la mano. Bajó despacio. Cuando empezó a moverse, lo hizo con una calma que no es lo habitual en ella. Apoyó las dos manos en mi pecho, echó la cabeza hacia atrás y empezó a respirar largo.

Yo la miraba desde abajo. Le tocaba los pechos, le pellizcaba los pezones suavemente, le subía las manos por los brazos. La luz entraba por la persiana entreabierta. Tenía el cabello un poco revuelto. Estaba preciosa.

Y entonces, en uno de los giros de su cabeza, se detuvo.

***

Se quedó quieta sobre mí, todavía sentada, pero con la mirada clavada en algún punto detrás de mi cabeza. Yo intenté girar a ver. Ella me sujetó la mandíbula con la mano.

—No mires —susurró pegada a mi oído—. Marisol está en el pasillo.

Se me detuvo todo por un segundo. La puerta de la habitación estaba entornada, no cerrada. Habíamos bajado el volumen de la voz sin darnos cuenta. Marisol, según calculé después, debía haber entrado por la puerta principal, dejado la mochila en la cocina y subido a buscar las sábanas limpias al armario del pasillo. El armario está justo enfrente de nuestra puerta.

—¿Está mirando? —pregunté tan bajo que casi no me oí a mí mismo.

—Sí —dijo Camila.

Y, en lugar de bajarse, en lugar de detenerse, en lugar de cerrar la puerta, Camila empezó a moverse otra vez. Esta vez no despacio. Esta vez con un ritmo nuevo, más exhibido. Apoyó las manos otra vez en mi pecho, pero se inclinó hacia adelante, de manera que sus pechos quedaron a la vista de cualquiera. Y se mordió el labio inferior, igual que antes, pero esta vez para alguien más.

—No pares —me dijo al oído—. Por favor, no pares.

Le respondí lo único que se me ocurrió.

—¿Estás segura?

—Estoy segura.

Le subí las manos por la espalda y se la arqueé un poco más. Le miré los ojos buscando una duda y no la encontré. Los tenía brillantes, abiertos del todo. Estaba más excitada de lo que había estado en meses, y los dos lo sabíamos.

Camila volvió a sentarse derecha sobre mí. Esta vez, en lugar de mirarme a mí, giró la cabeza apenas, mostrando el perfil, y entrecerró los ojos. La verdad es que no sé si en algún momento llegó a cruzarse con la mirada de Marisol. Probablemente sí. Probablemente no. Lo importante era que ella sabía que la chica estaba ahí.

Y yo también lo sabía. Y mentiría si dijera que no me afectó. Tenía a mi mujer encima, moviéndose como hacía tiempo no la veía moverse, y al mismo tiempo el pulso adicional de saber que alguien, una desconocida casi, una chica de veinte años, una empleada, una muchacha del pueblo, estaba al otro lado de la puerta sin poder apartar la vista.

***

El resto fue rápido. Camila empezó a respirar entrecortado. Se inclinó otra vez, me besó la boca, hundió la cara en mi cuello y se quedó muy quieta durante unos segundos. Sentí cómo se le tensaba todo. Cuando se relajó, fue como si se hubiera deshecho encima de mí.

Pero no había terminado. Ella sabía que yo todavía no.

Se bajó. Se acomodó al borde de la cama, de rodillas en el suelo, mirando hacia la puerta entornada. Me hizo señas para que me sentara al borde del colchón. Yo obedecí. Cuando me agaché a besarla, vi sin querer, por encima de su hombro, una silueta en el pasillo. Solo un instante. Un trozo de coleta negra. Un brazo apoyado en el armario.

Ella me cogió la mandíbula otra vez.

—No mires —repitió—. Quiero que termines aquí, conmigo, mientras ella sigue mirando.

Me bajó con la boca. Lo hizo despacio, con una técnica que yo conozco bien pero que esa mañana parecía haber afilado a propósito. Cada movimiento iba dirigido a alguien más, no solo a mí. Lo entendí ahí. Me apoyé hacia atrás con los brazos. Ella levantó los ojos para encontrarse con los míos y mantuvo la mirada.

No duré mucho. Cuando terminé, lo hizo con la boca abierta, dejando que ella decidiera qué hacer. Camila siguió hasta el final sin apartar los ojos de los míos. Después se limpió con el dorso de la mano, se levantó, me besó largo y caminó hacia la puerta. La cerró sin asomarse, sin mirar al pasillo. Muy despacio.

Cuando volvió a la cama estaba temblando.

—Dios mío —dijo—. No me preguntes, no sé qué acaba de pasar.

***

Bajamos a desayunar una hora después. Marisol estaba en la cocina preparando café. Tenía la cabeza baja, los movimientos más rápidos de lo normal. Cuando entramos, levantó la mirada un segundo, sonrió como cualquier mañana y dijo «buenos días» como cualquier mañana. Pero la sonrisa era distinta. Más larga. Menos automática.

Ese día limpió la casa entera, planchó dos camisas mías y se fue a la una con un beso en la mejilla a Camila y un «hasta el martes» casi normal. Casi.

***

Han pasado tres meses desde aquel sábado. Marisol sigue viniendo. Nunca dijo nada. Nosotros tampoco. Y, sin embargo, hay tardes en las que mi mujer me toca el brazo en la cocina y yo sé exactamente en qué está pensando.

A veces, en la cama, Camila me pregunta qué hubiera pasado si Marisol hubiera entrado. Si en lugar de quedarse en el pasillo se hubiera apoyado en el marco, si yo hubiera levantado la vista y se la hubiera sostenido, si Camila se hubiera dado vuelta y le hubiera hecho un gesto para que se acercara.

No lo sabemos. No sabemos si algún día se va a dar. Pero cada vez que hablamos de ello terminamos como esa mañana, y Camila se queda dormida después diciendo lo mismo, en voz muy baja, casi sin abrir la boca.

La próxima vez no cerramos la puerta.

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Comentarios (3)

Horacio_MDQ

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

TabuFan

que bueno... pero se hizo cortisimo, necesito saber que paso despues

Mati_norte

La narracion esta muy bien lograda, se siente la tension en cada parrafo. Lo de Camila al final me sorprendio totalmente, no me lo esperaba. Muy bueno!!

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