Mi mujer se agacha en el supermercado y yo cuento miradas
Me llamo Damián y desde los catorce años descubrí que mirar me ponía más caliente que tocar. No es una etiqueta cómoda, pero es la verdad. Mientras otros chicos se obsesionaban con manosear lo que tuvieran a mano, yo me quedaba quieto en un balcón mirando a la vecina tender ropa con el camisón translúcido por el sol. Esa imagen me acompañó años.
Me casé hace nueve años con Camila. Entró en mi vida con la sospecha justa de que yo era un tipo raro. Lo confirmó la noche en que, pocas semanas después de la boda, me confesé sin rodeos: me excitaba imaginarla mirada por otros. Pensé que iba a salir corriendo. Lo que hizo fue quedarse callada unos segundos, levantar una ceja y preguntarme cómo pensaba organizarlo.
A partir de ahí, nuestra rutina cambió.
Camila empezó saliendo conmigo a la calle con vestidos un poco más cortos. Después con tangas que se le notaban bajo la tela. Después con esos sostenes finos que dejan adivinar el pezón apenas la roza el frío. No fue un salto: fue un descenso lento por una escalera que ninguno de los dos pensaba volver a subir.
—¿Esta blusa? —me preguntaba antes de salir, parada frente al espejo del pasillo.
—Sin nada debajo —contestaba yo, y ella se reía con los ojos cerrados, como quien acepta una idea que ya le rondaba.
Yo creía, al principio, que el juego era solo mío. Que ella accedía por cariño, por curiosidad, por costumbre. Me llevó varios meses entender que estaba equivocado.
***
La pista me la dio una tarde de noviembre. Habíamos pasado dos horas en un café de la plaza nueva, sentados frente a una mesa baja. Camila llevaba una falda larga, abierta hasta media pierna. Cuando se sentaba con las rodillas cruzadas, la abertura subía y la tela dejaba ver una franja de muslo, después una sombra, después algo más. Un señor canoso, dos mesas más allá, se quedó con el café a la mitad durante cuarenta minutos sin probarlo.
Yo lo miraba a él. Ella sabía que yo lo miraba a él. Él creía que era invisible.
De vuelta a casa, Camila no dijo una palabra hasta que cerramos la puerta. Entonces me empujó contra el perchero y me bajó el cierre del pantalón con una urgencia que yo no le conocía. Estaba mojada antes de que la tocara. Mucho. Las bragas se le pegaban a la piel como si las hubiera metido bajo el grifo.
—El del café —le dije, sin necesidad de preguntar.
—Estaba tan duro debajo de la mesa que no podía levantarse a pagar —contestó ella, y se mordió el labio como si el recuerdo le subiera por dentro.
Esa fue la primera vez que entendí que yo no era el único voyeur del matrimonio. Ella también miraba; miraba cómo la miraban. Y eso le encendía algo que ninguna fantasía mía había encendido antes.
***
Con los años, perfeccionamos un sistema. Salimos seguido. A supermercados, a centros comerciales, a ferias del libro, a inauguraciones de galería donde nadie nos conoce. Camila elige la ropa según el escenario. En el súper prefiere vestidos amplios, fáciles de levantar con un gesto torpe. En el centro comercial usa pantalones de cintura baja, esos que dejan asomar el elástico de la tanga cuando se inclina. En las inauguraciones, nada debajo y zapatos altos.
Tenemos un código. Si le digo «se te cayó algo» mientras pasamos por un pasillo, ella se agacha a recogerlo y se demora más de la cuenta. Si le digo «mirá esa etiqueta», se inclina sobre el estante de abajo con las piernas un poco abiertas. Si le aprieto el codo dos veces, gira el cuerpo justo cuando un desconocido se acerca de frente.
Lo más adictivo no es lo que ella muestra. Es lo que yo veo en las caras de los otros. La microexpresión de un tipo joven que cree que nadie nota cómo se le queda la mirada pegada. El carraspeo de un señor mayor que tropieza con su propio carrito. La cara de la cajera que registra todo y no dice nada porque su trabajo es no decir nada.
***
El supermercado de la avenida central es nuestro favorito. Tiene pasillos largos, luz fría y poca gente entre las tres y las cinco de la tarde. Ahí desarrollamos lo que Camila llama «el pasillo del aceite».
El estante del aceite está en la fila más baja, casi a ras del piso. Las botellas son pesadas. Para tomar una, hay que agacharse en serio. Camila, en esos casos, lleva un vestido de algodón que le queda justo encima de la rodilla. Cuando se inclina, la tela se le abre por detrás. Si está sin bragas, lo que aparece es una imagen que ningún tipo del pasillo va a olvidar en mucho tiempo.
Yo me quedo dos o tres metros más atrás, fingiendo leer la etiqueta de unos espaguetis. Desde ahí veo dos cosas a la vez: a ella, agachada, deliciosa, y al pobre tipo que entró al pasillo a buscar girasol y se encontró con una escena que no estaba preparado para procesar.
La última vez fue un muchacho de unos veintidós años, camiseta de equipo de fútbol, mochila al hombro. Vino caminando rápido. Se frenó en seco. Soltó el aire por la boca como si le hubieran dado un golpe en el plexo. Sacó el teléfono. Lo guardó. Lo sacó otra vez. Camila se quedó arriba más de lo necesario, hablando sola con tono casual: «¿extra virgen u oliva? ¿Cuál era?». El muchacho dio media vuelta y se fue sin aceite.
Cuando llegamos al coche, Camila se quedó callada hasta que cerré la puerta del conductor. Después me agarró la mano y la metió debajo de la falda. Estaba empapada. La tela del asiento iba a tener que ir a lavar.
—Te va a costar caro llegar a casa —me dijo, mirando al frente.
No llegamos a casa. Paramos en un descampado a tres kilómetros del súper, detrás de un galpón abandonado, y ahí, con la ventanilla bajada y el sonido del viento entrando por la abertura, me cobró el espectáculo que le había hecho montar.
***
Las noches después de estas salidas son distintas a cualquier otra noche. Camila se quita la ropa apenas pasamos la puerta del cuarto. No con coquetería: con prisa. Se sube a la cama con las rodillas y se queda en cuatro, apoyada en los codos, mirándome por encima del hombro.
—Contame lo que viste —me pide.
Y yo le cuento. Le cuento al muchacho del pasillo del aceite. Le cuento al señor canoso del café. Le cuento al cajero que casi cobra dos veces el mismo producto porque no podía dejar de mirarla a ella en lugar de mirar la pantalla. Le cuento todo despacio, con detalles que ella ya intuyó pero que necesita escuchar de mi boca.
Mientras hablo, me deslizo dentro de ella. Sin prisa, sin teatro. Ella mueve las caderas para encontrarme. Está tan lubricada que apenas hace fricción al principio; tengo que apretarla con las manos contra mí para sentir algo. Después, cuando empieza a temblarle la espalda, todo cambia.
Hay una posición que perfeccionamos para estas noches. Camila se pone de pie frente al espejo de cuerpo entero del armario. Yo me arrodillo detrás. Le abro las nalgas con las dos manos y la miro. Después la penetro despacio, mirándola por el espejo. Ella se sostiene del marco. Le miro la cara mientras yo desaparezco dentro de su cuerpo. Es una de las imágenes más excitantes que conozco.
—Imagínate que es él —me susurra a veces.
No siempre sé a quién se refiere. Ella tampoco, creo. Es un «él» genérico, un desconocido del día, una cara medio borrosa que recordamos los dos. A veces es el del café. A veces es el del aceite. A veces es alguien que pasó tan rápido que ni le vimos la edad.
Estamos coleccionando fantasmas, pienso a veces, cuando se queda dormida con la mejilla apoyada en mi pecho. Y los fantasmas son la única infidelidad que no nos hace daño.
***
Las fantasías de Camila son más radicales que las mías y nunca lo ocultó. Yo me conformo con que la miren. Ella, en algún rincón, querría más. Lo hemos hablado a oscuras, con las manos quietas, sin acelerarnos. Quiere imaginarlo y sostener la imaginación. Por ahora.
Yo no sé si llegaremos ahí. Hay una diferencia enorme entre un pasillo de supermercado y una habitación con un tercero. Sé que la palabra «por ahora» pesa distinto cuando uno la dice a los veintinueve que cuando la dice a los cuarenta. Sé que la vamos a tener que conversar otra vez antes de fin de año.
Lo que sí sé, con la certeza de los nueve años que llevamos juntos, es que el día que decidamos hacerlo será un día planeado por ella, no por mí. Y que yo voy a estar mirando, en algún rincón del cuarto, contando miradas como conté las del muchacho del aceite y las del señor del café.
Porque mirar es lo único que de verdad sé hacer bien.