Lo que Lara me confesó antes de borrar su cuenta
Hace meses que arrastro esta conversación en el chat sin decidirme a contarla. Lara me pidió que la escribiera antes de borrar su usuario y, ahora que lo hizo, ya no tengo excusa.
La primera vez que supe de ella fue por un correo breve, casi tímido, escrito desde una ciudad del sur a la que nunca fui. No voy a transcribirlo entero, pero decía algo así:
«Soy lectora tuya desde hace meses. Tus relatos me tienen excitada de un modo que no sé explicar. Espero el próximo para tocarme pensando en lo que escribís. Buenas noches y un saludo.»
Detrás de ese mensaje había una escena que ella misma me describió después, una noche cualquiera, en la cocina de su departamento, con el celular en la mano y su novio asomándose por encima de su hombro.
—¿Qué estás leyendo? —le preguntó él.
—Relatos eróticos.
—¿Y?
—Le voy a escribir al que los escribe.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Tanto te calienta?
—Sí.
Mateo, así se llama él, no se enojó. Tampoco se hizo el ofendido. La miró con esa mezcla de divertido y morboso que ella aprendió a reconocer en los años que llevaban juntos. Ellos dos se cuentan todo: cada deseo, cada fantasía, cada encuentro fuera de la pareja. Cuando él viaja por trabajo, vuelve con historias de mujeres que conoció en hoteles, y Lara las escucha en la cama mientras le baja el cierre del jean. Cuando ella tiene una compañera de oficina que le gusta, él la incentiva a invitarla a tomar algo. La fidelidad, en su mundo, se cumple de otra manera.
Así que cuando Lara apretó «enviar» y dejó el celular boca abajo sobre la mesada, Mateo entendió perfectamente qué estaba pasando. Era el mismo juego de siempre con una pieza nueva.
***
Le respondí al día siguiente. Una semana después ya nos escribíamos seguido. Me contó la historia de la fiesta donde la habían besado dos amigas de la facultad. Me contó la del viaje a la costa en el que se hizo masturbar por un desconocido en un balcón frente al mar. Las dos las publiqué con su permiso, cambiando los nombres y los lugares. Estas no son las que importan ahora; lo que importa es lo que ella me contó la última vez que hablamos por chat.
Era una tarde de jueves, según me dijo. Habían vuelto de trabajar. Mateo estaba descalzo, en short, abriendo una cerveza apoyado contra la heladera. Ella tenía puesta una bombacha ancha de algodón, de esas viejas y cómodas que se pierden entre las nalgas en cuanto una se mueve, y una remera fina sin corpiño. Vestida de entrecasa, sin la más mínima intención de seducir, que es probablemente cuando más seducía.
Le pidió leerle uno de los relatos en voz alta. Le advirtió que ya lo había leído sola, dos veces, y que no respondía por lo que pudiera pasar. Mateo se rió y se acomodó en la silla, frente a ella, atento.
Lara empezó a leer apoyada contra la mesada, de espaldas a él. Eligió esa postura a propósito. Sabía que esas bombachas a Mateo le hacían algo: la tela que se le metía entre las nalgas, la línea de la cadera marcándose bajo el algodón gastado. Lo sabía y por eso, cuando el relato empezó a calentarse, ella se apoyó en los codos sobre la mesada, arqueó un poco la cintura y dejó la cola en primer plano sin mirar atrás.
Siguió leyendo en voz alta. La voz se le iba poniendo más grave a medida que avanzaba. Saltaba palabras, las tropezaba, retomaba. Mateo dejó de comentar. Lara escuchó cómo se desabrochaba el short, cómo el ruido del jean al caer al piso se mezclaba con el del extractor de la cocina. No giró la cabeza. Era parte del juego no girarla.
Él se empezó a tocar parado, en silencio, sin pedir permiso ni anunciar nada. Mirándole esa espalda, esa cintura, esa cola levantada. Lara siguió leyendo. Sabía lo que él estaba haciendo y leía un poco para sí y un poco para él, dejando que su voz le dijera lo que sus ojos no podían ver.
***
El relato que ella estaba leyéndole era uno en el que la protagonista terminaba escupida, sometida, tratada con una crudeza que no era violencia sino entrega. A Mateo se le quedó grabada esa imagen. Esa fue, según Lara, la palabra exacta: «se le quedó grabada». Cuando ella llegó a esa parte, oyó los pasos detrás suyo.
Mateo se acercó. Le pasó la mano por la cadera, sin apuro, y le pegó una nalgada seca sobre la bombacha. No fuerte. Lo justo para que ella entendiera que la lectura había terminado por hoy. Le separó las nalgas con las dos manos, corrió la tela hacia un costado y, antes de que ella pudiera decir nada, le escupió ahí.
Lara giró la cabeza por encima del hombro y lo miró. Apoyó el celular boca abajo. Se acomodó la bombacha hacia un lado para dejar al descubierto el sexo entero y se arqueó un poco más, ofreciéndose sin hablar. La superficie fría de la mesada le mordía los antebrazos. Mateo no preguntó. La tomó de la cadera con una mano, se llevó la otra a la verga y la guió hacia ella. Entró de una sola vez, hasta el fondo, sin caricias previas ni preámbulo.
—Así —le dijo ella, no como pregunta.
—Así —le contestó él, no como respuesta.
Ellos siempre cogen así cuando se calientan rápido: sin negociar, sin pedir permiso, porque el permiso lo dieron hace años y no se cancela. Mateo empezó a moverse fuerte, ritmo de máquina, concentrado en no acabar enseguida. Lara me contó después que le notó la mandíbula apretada, los dientes mordiéndose la lengua del esfuerzo de durar. Él quería durar. Quería que ella se viniera muchas veces. Quería, sobre todo, sacarme de la cabeza de ella, aunque nunca lo hubiera dicho con esas palabras.
***
Lara levantó la cola todo lo que pudo. Ese punto interno, el que sólo se alcanza con una postura exacta, lo encontró con un par de embestidas. Cerró los ojos. Apoyó la frente contra la mesada. El primer orgasmo le llegó rápido, casi avergonzadamente rápido, en oleadas cortas que le hicieron temblar los muslos.
No paró. Mateo siguió, ahora más despacio, regulando, mientras Lara seguía empapada y abierta. En su cabeza —me lo contó así— la escena se desdoblaba. Estaba él detrás, pero también estaba yo, parado en una esquina de la cocina, mirando. Yo que nunca la había visto en persona, que no la iba a ver nunca. Esa idea, la del testigo invisible, la del lector que se vuelve mirón, la encendió de un modo que ella no esperaba.
—Pensá lo que quieras —le dijo Mateo en algún momento, sin dejar de moverse—. No me importa. Vení.
Y ella vino otra vez. Más fuerte. Sintió, en algún punto cercano al final, cómo el ritmo de él se desordenaba, cómo dejaba de durar para empezar a acabar. La eyaculación fue larga, abundante; la sintió caliente por dentro mucho rato. Eso siempre la pone a mil, me dijo. La idea de quedar llena.
Mateo salió despacio, con cuidado. Le acarició la cintura, apoyó la frente entre los hombros de ella y le dijo, todavía agitado, una frase que después ella me repitió palabra por palabra:
—Ojalá te vea gozar así conmigo alguna vez. Para que lo cuente.
Lara no respondió. Se quedó así, apoyada en la mesada, sintiéndolo retirarse, sintiendo el líquido caliente bajándole por dentro del muslo. Estiró la mano, alcanzó el celular y leyó las últimas líneas del relato en silencio, sólo para ella.
***
Hablamos por chat al día siguiente. Me contó todo, como me contaba todo desde el primer mail. Yo le pregunté si Mateo se enojaba con la complicidad nuestra. Me respondió que no, que al revés: que él disfrutaba de saber que ella se calentaba conmigo, que la idea de que un escritor anónimo la imaginara desde lejos lo excitaba tanto a él como a ella. Me dijo que cogían más y mejor desde que yo aparecí en la conversación.
—Igual —escribió en algún momento—, me encanta cómo me coge él. Pero nunca va a lograr el morbo de que seas vos.
No supe qué contestar. Le mandé un emoji idiota, uno de esos que se mandan para no quedarse callado. Tres días después, su usuario en la página estaba en blanco. La cuenta, borrada. El mail siguió respondiendo unos días más, hasta que también dejó de hacerlo.
***
Yo nunca la toqué. Nunca le vi la cara entera, sólo dos fotos que me mandó sin mostrar la mirada. Nunca aprendí su voz. Lo único que conocí fueron sus relatos, las historias que ella me contaba para que yo las contara después. Siempre fue de Mateo, y de las parejas que ellos eligieron juntos. Yo era una decoración. Un personaje invisible en la cocina. Un nombre al final de un correo.
Acá cierro esta saga. No porque no quiera seguir, sino porque ella así lo pidió. Si alguna vez vuelve, si alguna vez vuelve a abrirse una cuenta con otro nombre y un mail desconocido, lo sabré. Hasta entonces, gracias a los dos. Sobre todo a ella: a la mujer que se permitió disfrutar de su sexualidad sin más límite que el del placer consentido y que tuvo la generosidad rara de dejarme contar algo que era suyo.
M.