La pareja francesa de la cala lo cambió todo
Queremos contar nuestra historia desde el principio, desde aquella tarde de junio en la que todo cambió. La escribiremos juntos, alternando capítulos, cada uno desde su propia perspectiva. Hoy me toca a mí, Andrés.
Costa Brava, vacaciones de 2024. Así empezó todo.
Pasamos la primera quincena de junio en un bungalow modesto del camping La Pineda, a las afueras de un pueblo pequeño cerca de Begur. Habíamos estado allí veinticinco años atrás, recién casados, y volver tenía algo de peregrinación. Mi mujer, Marta, había guardado unas fotos de aquel viaje en una caja vieja. Las miramos juntos la noche antes de salir y decidimos repetir cada parada del itinerario, incluso la cala nudista a la que solo fuimos una vez y de la que tantas veces habíamos hablado después.
Al tercer día caminamos los cuarenta minutos por el sendero del pinar hasta la cala. En agosto debía ser un hervidero, pero un sábado de junio había muy poca gente. Una pareja joven al fondo, tres hombres solos paseando por la orilla y, a unos veinte metros de donde extendimos las toallas, un matrimonio francés que iba a cambiarnos la vida para siempre.
—¿Has visto el aparato que se gasta el viejo? —me susurró Marta cuando él se levantó a mojarse los pies.
—Imposible no verlo. Casi me da vergüenza estar yo en pelotas tan cerca.
Nos reímos como dos críos, intentando no mirar y mirando todo el rato. A última hora, cuando el sol empezaba a inclinarse sobre los pinos, decidimos darnos el baño de despedida. Cuando salimos del agua, los franceses eran los únicos que quedaban en la cala. Caminamos hacia las toallas con la piel todavía mojada y, al acercarnos, nos paramos en seco.
Ella le estaba masturbando.
Sentada a su lado, con las piernas dobladas, le movía la mano arriba y abajo sin prisa, descubriendo y cubriendo el glande con una calma de relojero. Lo que flácida ya era una polla grande, ahora resultaba directamente impresionante. Nos quedamos plantados en la arena, paralizados. Ellos nos miraron, sonrieron y siguieron a lo suyo. La mano de la mujer no perdió el ritmo en ningún momento.
Reaccionamos como pudimos. Llegamos hasta las toallas, nos secamos rápido, nos pusimos los bañadores y guardamos las cosas en la mochila con la torpeza de quien no sabe dónde poner las manos. Encarábamos ya el sendero cuando el hombre soltó un grito ronco.
—¡Rápido!
Nos giramos sin pensarlo. Ella reía. Él no. La mano iba ahora a otra velocidad. El francés jadeaba con la boca abierta y los ojos en blanco. Su sexo empezó a lanzar chorros largos, cada uno acompañado de un gemido que era casi un rugido. Cinco, seis veces. Nosotros, paralizados, fuimos testigos del final de la función. Cuando recuperaron el aliento, seguían sonriéndonos. Nos dimos la vuelta y enfilamos el bosque casi corriendo.
—¿Qué cojones ha sido eso? —pregunté ya bajo los pinos.
—No lo sé. Pero se me ha puesto como una piedra, de los nervios.
—Yo estoy igual. En cuanto lleguemos al bungalow…
—Ni se te ocurra hacer aquí ningún numerito —cortó ella, riéndose.
Aquella tarde follamos al llegar al alojamiento. Después de cenar volvimos a follar. A la mañana siguiente, antes incluso de desayunar, otra vez. Para una pareja de cincuenta y cinco años con treinta y cinco juntos, esa frecuencia era directamente surrealista. Llevábamos meses sin tocarnos, ocupados en discusiones tontas y en cansancios que no eran del cuerpo.
Pasamos el domingo hablando del tema sin parar. El morbo, la sorpresa, la mirada de la mujer mientras nos sostenía la vista. Bromeamos con imitarlos, con el tamaño del francés, con la cara de complicidad de ella. Volvimos a hacerlo antes de dormir, sin pausas, sin distracciones, como si tuviéramos veinte años.
—¿Qué hacemos mañana? —pregunté, ya con las luces apagadas.
—No sé. ¿Volvemos?
—¿A la cala?
—¿Y si están?
—Pues que estén. No parecen peligrosos.
***
Llegamos sobre las once de la mañana. Solo había una pareja en la otra punta y un par de paseantes en la orilla. Sentimos alivio y decepción al mismo tiempo. Marta se quedó dormitando bajo el parasol. Yo me metí al agua y nadé hasta cansarme.
Cuando salí, caminando hacia la toalla, no me lo podía creer. Mi corazón galopaba como un caballo desbocado. Llegué hasta donde estaba mi mujer con cara de no entender nada.
—Te presento, cariño. Este es Henri.
—Andrés. Encantado.
Tenía delante al viejo del pollón. Setenta años bien llevados, fibroso, no muy alto, una expresión amable y una mano firme que me apretó la mía con demasiada confianza.
—Le he pedido a tu mujer que me echara un poco de crema en la espalda —dijo con un acento francés muy suave—. Espero que no te moleste. Mi mujer hoy no ha venido y yo no me llego solo.
—No, claro que no.
Era educado, hablaba un español casi perfecto. Nos contó que él y Camille, su mujer, tenían una casa en una urbanización a diez minutos del camping. Que veraneaban en la Costa Brava desde finales de los noventa y que tras la jubilación se habían instalado allí de forma permanente. Ni una sola referencia a la escena del sábado. Cogió el bote de crema de la mano de Marta, agradeció el gesto con una pequeña reverencia y volvió a su toalla.
—No me lo puedo creer —susurré.
—Cuando te has ido al agua ha aparecido. Se ha colocado en el mismo sitio que el sábado, se ha quitado el bañador y ha venido directo con el bote. Yo me he quedado bloqueada, no sabía cómo decirle que no.
—¿Te has fijado en que se le ha puesto un poco morcillona mientras le untabas la espalda?
—Sí. Y a ti también, fíjate cómo estás.
Comimos lo que llevábamos en la nevera de playa, reposamos un rato y caí traspuesto. Cuando abrí los ojos, Marta ya estaba sacudiéndose la arena del muslo.
—Cariño, me voy un rato al agua.
—Muy bien. Yo me quedo aquí.
La vi pasar por delante de Henri, que giró la cabeza con un movimiento descarado para seguirla con la mirada. Los sesenta y cinco kilos de Marta, su metro sesenta exacto, ese culo que ya no era el de los veinte años pero que ella mantenía a base de pilates y disciplina. Cuando el agua le llegaba por la cintura, el francés se puso de pie. Pensé que iba detrás de ella. Pero no. Se giró y vino hacia mí.
—Sabes, Andrés. Me gusta mucho tu mujer.
¿Qué cojones se cree este franchute?
—A mí también. Pero…
—¿Te diste cuenta de que el sábado no nos quitaba ojo? —Me hablaba sin parpadear—. Vi vuestras caras. La tuya era de sorpresa y excitación. La de ella era de pura lujuria. La manera en que se mordía el labio inferior me puso a mil.
—¿Que mi mujer te miraba? Bueno, es una polla grande, llama la atención. ¿Qué insinúas?
—Vamos, Andrés. No te hagas el tonto. Camille también lo notó. Por eso montamos aquel pequeño espectáculo.
—Hola. ¿De qué habláis? —Marta se había acercado sin que yo me diera cuenta, mojada todavía.
—Le decía a tu marido que sabía que ibais a volver. ¿De quién fue la idea, por cierto? Apostaría a que tuya, Marta.
—La propuse yo, pero los dos queríamos.
—El sábado no parabais de mirarnos. Pensamos que os estabais insinuando. Por eso hicimos lo que hicimos. Luego nos pareció que os habíais asustado y temimos habernos equivocado, pero os quedasteis hasta el final con aquellas caras. Camille apostaba a que no volveríais. Yo aposté lo contrario. He ganado.
—Pensabais que nos estábamos insinuando —repitió Marta, casi sin voz.
—Al principio sí. Nosotros somos liberales y dimos por hecho que vosotros también. ¿Lo sois?
—¡No! —dijimos al mismo tiempo.
—Pues lo siento mucho. Ha sido un malentendido tonto. Espero no haberos hecho sentir incómodos.
—No pasa nada —dije, intentando parecer relajado—. Estamos en una playa nudista, vimos vuestra función entera. Se entiende la confusión. Y, bueno, nos fuimos bastante excitados.
—Eso me pareció. Y al veros esta mañana pensé en dar un paso más. Por eso lo de la crema y lo que acabo de decirte de tu mujer. Ha sido una grosería. Lo siento.
—¿Qué le has dicho de mí? —preguntó ella, con los brazos cruzados sobre el pecho desnudo.
—Que me gustabas mucho. Que tu manera de mirarme el sábado me puso a mil.
—Vamos, hombre. Soy una mujer de cincuenta y cinco años. Comparada con las chicas que hay por aquí, con esos cuerpos…
—Eres una mujer hermosa, Marta.
Lo dijo mirándola a los ojos, con una sonrisa que ya no era de embajador. Qué cabrón, el viejo. La estaba camelando. Y lo peor era que estaba funcionando.
—Bueno, pareja. Os dejo. De verdad que lo siento mucho.
***
Se retiró a su toalla. A las seis y media de la tarde, solo quedábamos él y nosotros en la cala. Lo vimos recoger sus cosas, pensamos que se despedía. Se acercó, dejó la toalla a un metro de la nuestra y preguntó si podía quedarse un rato. No supimos decir que no.
Hablamos de mil cosas. Era una conversación agradable, fluida, culta. Pero poco a poco fue subiendo el tono, deslizando comentarios cada vez más explícitos. Nos contó cosas de su vida en pareja, de cómo Camille y él se iniciaron en el mundo liberal en un complejo de la costa mediterránea francesa, y nos relató una historia tan sórdida y tan antigua que se me empalmó casi sin darme cuenta.
Él lo notó. Se rió. Y como si tal cosa, sugirió a mi mujer que me aliviara allí mismo, igual que Camille había hecho con él dos días antes. Me reí. La risa se me cortó en seco cuando sentí la mano de Marta agarrándome la polla bajo la toalla. Empezó a moverla arriba y abajo con la misma calma con la que la francesa había trabajado al marido.
Henri abrió la boca de sorpresa. Yo me quedé paralizado. Me dejé tumbar con los pies hacia la orilla, Marta a mi derecha, sentada de espaldas al mar, con las piernas cruzadas, mirándome y moviendo la mano. Y a la derecha de ella, Henri, observándonos con esa media sonrisa que parecía haberse instalado en su cara para siempre.
A los pocos minutos vi cómo la mano del francés se posaba con suavidad sobre el muslo de Marta. Ella dio un pequeño respingo. No la retiró. Henri lo interpretó como permiso y deslizó la mano lentamente hacia donde ella no decía que no. Empezó por las ingles, después fue más directo. Yo lo miraba todo desde abajo, con la respiración entrecortada y con la mano de mi mujer pidiéndome que terminara.
Me corrí enseguida. Un orgasmo intenso, larguísimo, que dejé escapar sin disimulo. Entonces Marta estiró las piernas y se entregó. La mano del francés se movía con una técnica que delataba años de práctica. Ella respiraba cada vez más fuerte. Y yo, recién terminado, volvía a excitarme solo de verlos.
Cuando la mano de mi mujer se cerró sobre la enorme polla erecta de Henri y empezó a moverla con decisión, supe que algo se había roto para siempre. Ella tuvo un orgasmo largo, casi doble, sin soltarle el sexo en ningún momento. Cuando recuperó el aire, agarró aquella tranca con las dos manos y Henri se corrió con los mismos gritos que ya conocíamos.
Increíble.
Nos quedamos los tres en silencio un rato, mirando el mar. Después nos metimos al agua los tres juntos, como si lo hubiéramos hecho mil veces.
***
A partir de aquí seguirá Marta, en el siguiente relato, con su versión de aquella tarde. Pero quiero cerrar este capítulo con un pequeño epílogo y contaros la historia tan morbosa que Henri nos relató en la toalla, la que me empalmó en plena charla y desató todo lo que vino después.
Nos contó que se iniciaron en el mundo liberal a finales de los setenta, en un complejo turístico del sur de Francia, refugio de naturistas y de parejas swinger desde aquella misma década. Si Camille con setenta años seguía siendo una mujer atractiva, con veintipocos debía de ser un espectáculo. Estaban allí en sus primeras vacaciones juntos. Una noche participaron en una orgía con gente de su edad e hicieron algún intercambio. Lo estaban pasando bien. Varios hombres mayores y parejas maduras se les acercaron con propuestas. Las rechazaron todas. Eran dos críos con ganas de fiesta, sin paciencia para vejestorios.
Uno de aquellos hombres era el que les había vendido la cocaína: empresario del lugar, dueño de la discoteca más famosa del complejo. Les ofreció trabajo y droga gratis a cambio de pasar un rato con Camille. Lo rechazaron con asco. Pero pasados unos días, sin droga, sin dinero y tras intentar mil opciones, se lo cruzaron otra vez por casualidad. Y esta vez la oferta fue distinta. No le había gustado nada la forma en que lo habían despachado la primera vez.
—Esa misma noche tengo una reunión con unos socios —les propuso—. Tú me sirves de camarero. Que no haya una sola copa vacía. Y mientras tanto Camille se ocupa de los otros apetitos.
Henri contó cómo sirvió copas durante horas a media docena de tipos sentados en sofás de terciopelo, mientras veía a Camille hacerles felaciones por turnos y dejarse esnifar cocaína sobre los pechos y el culo. Cuando los invitados se marcharon y pensaban que todo había acabado, el empresario le pidió a Camille que lo acompañara a su despacho. Salió media hora después caminando con dificultad. Era la primera vez que le habían follado el culo.
—Fue una mala experiencia. Pero gracias a aquello dejamos las drogas y sentamos la cabeza —dijo Henri antes de fijarse en mi erección. Y se rió.