Lo que pasó tras mi visor aquella tarde
Acababa de mudarme del piso que compartí cinco años con mi ex y, encima, mi estudio había cerrado el mes anterior. Soy fotógrafa, vivo de eso, y necesitaba con urgencia un cambio de aires y de cuenta corriente. Pensé que la costa daría dinero rápido: pueblos turísticos, discotecas, reportajes nocturnos para Instagram y carteles.
Me instalé en El Faro Azul, un local de un pueblo de quinientos habitantes que en agosto multiplicaba su población por tres. Cada noche se llenaba del mismo público clónico, gente de tatuaje genérico y bronceado rancio, todos con un único objetivo entre las piernas. Yo me limitaba a apuntar la cámara y cobrar.
Una de aquellas noches, mientras retrataba a un grupo de borrachos sudorosos, se me acercó una chica que llevaba un rato observándome. Dijo que me seguía en redes desde hacía tiempo y que le gustaba mi forma de mirar. Me pidió una sesión privada. Yo necesitaba la pasta, así que acepté sin pestañear.
Nora no encajaba con el resto del local. Casi tan alta como yo, rubia con ojos azules, brazos llenos de tinta y un aire indolente que allí no se veía. Llevaba una camisa hawaiana enorme abierta sobre un bikini rojo y un vaquero cortado al ras de la ingle. No era una belleza concreta, pero tenía algo magnético, casi de otra atmósfera. No es por presumir, pero yo estoy bastante más buena. Y aun así me costaba dejar de mirarla.
La primera sesión fue en la playa, al atardecer, con su tabla de surf y una luz que cualquier fotógrafa pagaría por tener. Subió un par de tomas algo más atrevidas, pero nada erótico. Frente a la cámara tenía una presencia demoledora, como si supiera exactamente dónde caía cada sombra. Cuando vi su perfil en redes, entendí: vivía de eso. Quedó encantada con el resultado, yo también, y nos hicimos cierta amistad de verano.
Un par de semanas después me llamó. Quería repetir, pero con su pareja. Me lo presentó esa misma tarde. Iván era bajito, fibroso, también tatuado, con una barba corta y esa mezcla de timidez y descaro que pone nerviosa a cualquiera. Tampoco encajaba allí. Lo segundo que me dijo era su idea: una sesión más apasionada, con poses que rozaran lo sexual sin llegar a serlo. Empezarían vestidos y terminarían en ropa interior. Me sonó perfecto.
Quedamos en una nave destartalada que un amigo suyo usaba de almacén. Con cuatro telas, una caja de luces y la mesa de trabajo del fondo, conseguimos que pareciera una fábrica abandonada de revista. Empecé a disparar. Los dos fluían con una naturalidad que asustaba. Sin que tuviera que decirles nada, sabían cuándo transmitir deseo y cuándo distancia. Acercaban los labios hasta casi tocarse y, con un giro mínimo, pasaban a la indiferencia. Tenían experiencia, eso era evidente, y yo lo estaba pasando como hacía meses no me pasaba con un trabajo.
Llegó la segunda parte. Empezaron a desnudarse muy despacio, mirándose entre ellos como si yo no estuviera. Me sorprendí al ver que Nora no llevaba sujetador, solo unas medias con abertura y un tanga. Le pregunté si quería que la cubriera con el brazo en algunas tomas, como habíamos hecho en la playa. Me contestó que nunca usaba sujetador, que para ella la ropa interior era eso, y que no le importaba salir en tetas. No era mi primer desnudo. Seguí.
***
La primera pose ya fue distinta a todo. Iván se colocó detrás de ella, le rodeó el pecho con una mano sin que se viera nada y le pegó la cara al cuello. No tuve que indicarles nada: sus expresiones, casi jadeantes, lo decían todo, y él agarraba como agarra cualquier hombre que conoce el cuerpo de su mujer. Tras unos disparos, su mano libre bajó por el vientre de Nora hasta perderse dentro del tanga.
Ella echó la cabeza hacia atrás, contra el hombro de él, con un movimiento que no era actuado. Se estremecía. Era todo tan real que me sentí incómoda durante medio segundo, pero las fotos que estaba sacando eran las mejores de mi carrera. Me dije que aguantara.
Cambiaron de posición. Nora metió la mano por dentro del calzoncillo de él. A través del visor, me miró de un modo que me dejó sin reencuadre posible. Algo en sus ojos me tenía atrapada. Tardé en darme cuenta de que su mano, bajo la tela, no estaba quieta. No era pose. ¿Se la estaba meneando delante de mí? Aparté la mirada por puro reflejo, más por vergüenza que por escándalo, y me concentré en su cuello, por el que ella deslizaba la lengua con una lentitud que no admitía dudas.
Por fin sacó la mano. Cambiaron otra vez. Iván de pie, girado a la derecha; Nora a cuatro patas frente a él, agarrada del pelo con suavidad. Una pose sugerente, sí, pero las manos lejos de los genitales. Empecé a respirar. Las fotos seguían siendo espectaculares y me obligué a centrarme en el trabajo. Hasta que vi, bajo los calzoncillos de Iván, el bulto desproporcionado. Normal, pensé, después del meneo que le acababan de dar.
Lo confieso. Me excité un poco. Mi nerviosismo ya no era vergüenza, era calor. Y si yo veía lo dura que estaba la polla de Iván bajo la tela, Nora también la veía. Acercó la cara y, sin avisar, le pasó la lengua por encima del calzoncillo. Me estremecí como si esa lengua hubiera pasado por mi clítoris. Lara, aprovecha el momento, me dije. Me acerqué, saqué primeros planos brutales, contagié mi entusiasmo a mi modelo y ella subió una marcha más. Lo mordía, lo agarraba. La temperatura subía como la erección.
Bajé la cámara un segundo, tomé aire y traté de no pensar mucho. Volví a enfocar y vi que la punta había escapado del elástico. Nora le dio una chupadita rápida y se rio sin decir nada.
Se puso en pie frente a él y se enredaron como dos personas que necesitan follar ya. Besos, mordiscos, agarrones de culo. Todo lo que sucede en los preliminares de un polvo salvaje. Sus genitales volvieron a quedar cubiertos por un instante y eso me devolvió algo de tranquilidad. Estaban dándome la pasión que necesitaba para la mejor sesión de mi vida.
Con un empujón, Nora lo tumbó sobre la mesa del fondo y se sentó encima. Le clavó la mano en el pecho, le agarró la barbilla con la otra, los brazos apretándose el escote, y empezó a mover las caderas. Despacio al principio, círculos pequeños, casi un reflejo. Cada giro suyo me provocaba un temblor que arrancaba del estómago y bajaba hasta las plantas de los pies, como si fuera yo quien estuviera sentada sobre él.
No me concentraba. Tenía que parar cada poco, apartar la cámara, mirar a otro lado, pensar en cualquier cosa. Pero cuando volvía al visor encontraba los ojos de Nora, sus suspiros, sus dientes sobre el labio, y me veía a mí danzando encima de aquel hombre. Cambió los círculos por un vaivén hacia delante y hacia atrás, usando el bulto de Iván como vía. La punta volvía a asomar, tímida.
Apreté las piernas. El clítoris me latía. Resoplé. Mis modelos seguían en lo suyo, ajenos a mi disimulo. Me arrodillé junto a ellos, con la cara encendida, y solté un «vamos, chicos» que sonó más a súplica que a indicación.
Un gemido cerca de mí. No era ella. Me giré y me topé con los ojos de Iván fijos en mí, con la misma intensidad con la que me había mirado Nora antes. Sin pensar, solté una mano de la cámara y me agarré un pecho. No fue sutil.
De repente se hizo el silencio. Mis dos modelos contuvieron el gemido en la garganta. Y en ese silencio me di cuenta de lo profundo que respiraba, de que la que estaba a punto de gemir era yo, de que no había parado de manosearme y tenía la boca abierta.
***
Volví al trabajo. Saqué la cara de Iván, su mirada de animal cansado, los pezones duros de Nora, el punto donde sus sexos se rozaban. La polla de Iván ya estaba más fuera que dentro del calzoncillo y, cuando ella retomó el vaivén, dejó de haber tela de por medio. Nora se agarró el tanga por la ingle, tiró hacia un lado, y su coño quedó expuesto, deslizándose directamente sobre el pene.
Aquello pasó de largo el límite que me había puesto. Me puse en pie, dejé la cámara y traté de aparentar una autoridad que ya no tenía.
—¿Qué está pasando aquí? —solté, lo más seria que pude, sin mirar a ninguno.
—No era lo que teníamos en mente —contestó Nora con una sonrisa, mientras Iván miraba al techo, avergonzado—. No buscábamos esto. Pero creía que estaba quedando bien. Perdón.
Aun disculpándose, sus caderas no paraban. Iván no hacía nada por cubrirse. Necesité unos segundos para procesar. En cualquier otra sesión lo habría cortado mucho antes. Revisé las últimas fotos. Eran perfectas. Nunca había hecho nada igual. Estaban llenas de una lujuria que no se finge. Y entonces sentí otra vez aquel temblor en el centro del cuerpo y le di permiso para subir.
—Vamos, chicos —repetí, esta vez sin disimulo.
Nora golpeó a Iván contra la mesa. Le clavó las caderas como si quisiera atravesarlo. Se inclinó sobre él, le rasgó el pecho con los pezones, y desde aquella posición me buscó la cara. Sin dejar de mirarme, se arrastró hacia mí hasta casi rozarme con las tetas. Cuando estuvo a un palmo, se echó hacia atrás y volvió a la vertical. La polla de Iván ya no se veía. ¿Se había escondido en el movimiento? ¿O…?
Cambió el ángulo. Ya no era un vaivén; eran golpes pélvicos verticales que arrancaban resoplidos a Iván y una vocal larga y constante a Nora. Me puse a la espalda de ella. Ahora él me miraba desde su posición, derrotado, mientras ella seguía golpeándose contra él. Me agaché para encuadrar el centro y, cuando Iván levantó las manos del culo de Nora, vi por fin lo que sospechaba: la polla estaba dentro.
No me sorprendí. Apenas junté las piernas y seguí disparando. Había hecho desnudos, nunca sexo. Tiempo atrás los hubiese mandado al carajo. Ahora lo gozaba como si fuera yo la que estaba en la mesa. Disparé desde todos los ángulos, todas las distancias. Estaban follando en mi cara y yo lo estaba documentando.
Ya no había sentido fingir nada. Lo sabíamos los tres. Iván salió de ella, Nora se inclinó más hacia delante y pasó a cuatro patas a un palmo de mí, con la polla de él tiesa a un bocado de mi boca. Me habían hecho partícipe sin tocarme. Nuestros movimientos se sincronizaron sin práctica previa, como si llevásemos meses ensayando aquella coreografía. Iván se la clavó por detrás con la calma de quien lo ha hecho mil veces en su propia cama.
La nave entera olía a sexo. Yo respiraba con la boca abierta, la cara ardiendo, sin escuchar nada de lo que pasaba alrededor. Tomaba fotos en automático, peleándome con las ganas de soltar la cámara, desnudarme y meterme entre ellos. Cada gemido de Nora era mío. Cada embestida de Iván la sentía dentro. Cuando ella gritó, arrasada por el orgasmo, yo perdí las piernas y casi me voy al suelo.
¿Me había corrido sin tocarme, a la vez que ella? No tuve tiempo de contestarme. Iván salió, Nora se arrodilló frente a él y él empezó a pajearse rápido. Yo di dos zancadas y me arrodillé al lado de ella, a la misma altura, casi pegadas. Sonreía con la lengua medio fuera y se acariciaba las tetas esperando el final. Por última vez, levantó la vista del rabo de Iván y me la clavó a mí. Sin dejar de mirarme recibió el semen en la boca y en la cara. Iván rugió como un animal enfermo. Ella saboreó lo que le había quedado alrededor de los labios sin apartar los ojos.
El calor se me bajó de golpe, como si alguien hubiera abierto una ventana. La cabeza me volvió a funcionar y, con ella, una vergüenza extraña, no del todo desagradable. Mis modelos se abrazaron, se besaron entre risas y me buscaron con la mirada para saber si todo estaba bien. No tenía claro lo que acababa de pasar. Solo sabía una cosa: acababa de hacer el mejor trabajo de mi vida.