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Relatos Ardientes

Mi amiga me descubrió masturbándome en su sofá

Voy a contar algo que me ocurrió hace bastantes años y que, sin saber por qué, volvió a mi cabeza la semana pasada y desde entonces no me deja en paz. Tanto le he dado vueltas que decidí escribirlo aquí, a ver si liberándolo dejo de revivirlo cada noche antes de cerrar los ojos.

Por aquel entonces yo cursaba un máster a distancia y, llegados los exámenes finales, tuve que coger el tren hasta Barcelona para presentarme en persona. Los horarios estaban repartidos entre dos jornadas, así que necesitaba quedarme una noche allí. Por suerte tenía una amiga, Carla, que vivía en la zona de Sant Antoni. La llamé una semana antes, le expliqué la situación y, sin pensarlo, me dijo que tenía sofá libre y que sería absurdo que me gastara dinero en un hostal pudiendo aprovechar el suyo.

Antes de seguir conviene que diga algo de Carla, porque sin ese contexto el resto no se entiende.

Nuestra amistad nunca había sido del todo inocente. Una noche, varios años antes de aquel viaje, salimos con un grupo a un local cerca del puerto y nos pillamos una borrachera de las que dejan huella en el currículum. Según me contaron al día siguiente, estuvimos tonteando toda la noche y acabamos los dos en el baño del piso de arriba. Allí, también según ella, me bajó la cremallera, me sacó la polla y se puso de rodillas para mamármela hasta el fondo. Digo «según ella» porque mi memoria de aquella noche es prácticamente un agujero negro. Recuerdo el primer cubata, recuerdo subir las escaleras, y poco más. La broma quedó instalada entre nosotros para siempre.

Nunca volvió a pasar nada parecido. Cada vez que uno estaba libre, el otro estaba con pareja, y viceversa. Pero la tensión seguía ahí, a flor de piel, asomando en cuanto bajábamos un poco la guardia. Cada cierto tiempo salía a colación el episodio del baño y yo me lamentaba de no recordarlo, mientras ella se recreaba diciendo que era una verdadera lástima, porque ella sabía perfectamente lo que estaba haciendo, que me la había chupado con ganas, y que la mía, decía siempre con una sonrisa burlona, le había gustado bastante más de la cuenta. «Tenías una polla preciosa, tío», me soltó una vez delante de otra amiga, muerta de risa. «Una lástima que tú no te enteraras.»

Dicho esto, llegué a Barcelona a primera hora de la mañana. Me pasé todo el día encerrado en un aula sin ventanas, con la cabeza en mil sitios menos en el examen, y al salir me fui con dos compañeros a tomarnos una caña al primer bar que encontramos. La conversación fue la típica entre estudiantes derrotados: comentar las preguntas, darnos cuenta de los gazapos cometidos y maldecir el día que nos matriculamos.

Llegué a casa de Carla cerca de las nueve. Cuando me abrió la puerta, me dio un abrazo largo, de esos que duran un segundo más de lo que la educación recomienda. Olía a un perfume distinto al que le recordaba. Llevaba un pantalón corto de algodón muy pegado, tan corto que se le marcaba el pliegue del culo por debajo, y una camiseta vieja con el logo de una banda que ya no existe, sin sujetador. Se le adivinaban perfectamente los pezones duros a través de la tela fina. Había pedido pizzas, había sacado dos cervezas frías y había puesto música suave de fondo. Cenamos en la mesa baja del salón mientras hablábamos de la familia, del máster, de su trabajo nuevo en una agencia de publicidad y de mil tonterías que ya no recuerdo. Era una conversación cómoda. Y, aun así, cada cierto rato, había un silencio que pesaba más de la cuenta, y yo no podía dejar de mirarle las tetas cada vez que se inclinaba a por otro trozo.

Cuando el reloj pasó de la medianoche le dije que estaba reventado y que prefería irme a dormir pronto. Recogimos los platos a medias y me tendió un par de sábanas y una almohada. La cama de invitados, lo había avisado por mensaje, era el sofá del salón. No me importaba. Cualquier cosa horizontal era un lujo después del día que había tenido.

Me cambié, abrí el portátil para mirar un correo del trabajo y, cuando levanté la vista, ella ya estaba apoyada en el marco del pasillo, con el pijama puesto. Un pijama corto también, de shorts y camiseta de tirantes, que le dejaba las piernas al aire hasta arriba del todo.

—Buenas noches —le dije.

—Descansa, guapo. —Sonrió de esa manera que nunca había aprendido a leer del todo—. Y mira, no te olvides del temario de mañana, que ya sabemos los dos que tu cabeza tiene cierta tendencia a olvidar cosas importantes…

Mi cara debió ser un poema. Sin pedir permiso, las imágenes deshilachadas de aquella noche en el baño del local empezaron a aparecérseme en orden. La rodilla en el suelo. Su pelo agarrado en un moño que se le iba deshaciendo. Su mano en mi muslo. Mi polla entrando y saliendo de su boca. Una risa baja entre chupada y chupada. Llevaba años intentando reconstruir esa escena y, justo en ese momento, mi cerebro decidió cooperar.

—No seas mala, que tienes pareja —le contesté como pude.

—Yo no soy mala. Yo solo comento lo obvio. Un beso, dormilón.

Se metió en su cuarto y cerró la puerta con un clic suave.

Me quedé solo en el salón, con la luz del flexo encendida y una erección que no podía justificar de ninguna otra manera. Se me marcaba la polla dura como una piedra por debajo del pantalón fino del pijama, palpitando contra la tela. No había forma de leer el correo. No había forma de pensar en otra cosa. La cabeza se me iba sola a aquel baño, a esa rodilla en el suelo, a la sensación que no recordaba pero que mi cuerpo parecía haber archivado en algún rincón: sus labios cerrándose alrededor del glande, su lengua trabajándome por debajo, la saliva cayéndole por la barbilla.

***

Lo intenté. Apagué el flexo y me tumbé bocarriba. Conté hasta cien. Conté hasta doscientos. Imaginé el examen de la mañana, las páginas del temario, los nombres de los autores que había repasado en el tren. Nada funcionaba. La polla no me bajaba. Al contrario, cada vez que rozaba la tela con la cadera, se ponía todavía más dura, hasta que empezó a mojarme el pantalón por la punta de tanto pre-semen.

Con todo el cuidado del mundo, me bajé el pantalón hasta las rodillas. La tela del sofá fría contra el culo desnudo me arrancó un escalofrío. Me escupí en la mano y me agarré la polla por la base, apretándola. Empecé a pajearme despacio, casi sin moverme, atento a cada ruido del pasillo, subiendo y bajando el prepucio, notando cómo el glande se me hinchaba y se ponía morado con cada pasada. Por un momento intenté convencerme de que iba a parar enseguida, de que solo necesitaba aflojar la tensión, correrme rápido y dormir. Pero la cabeza no aflojaba. La cabeza se quedaba en el baño del local, en su moño deshaciéndose, en cómo se la habría metido hasta la campanilla, en una risa que solo escuchaba a medias.

Cerré los ojos. Aceleré. Me pasé el pulgar por el glande, embadurnándolo con el líquido pegajoso que me salía sin parar, y volví a bajar con la mano cerrada. En el silencio del salón mi propia respiración me sonaba demasiado alta. El ruido de la mano bombeando la polla resbaladiza también. Pensé que mi amiga me oiría y, en lugar de frenarme, esa idea fue la que terminó de empujarme. Fantaseé con que se asomara, con que abriera la puerta sin avisar, con que me encontrara así, con la polla dura en la mano y el semen a punto de salírseme. Sería humillante. Sería ridículo. Y, sin embargo, era lo único en lo que podía pensar. Imaginé que en vez de reñirme se arrodillaba entre mis piernas, apartaba mi mano y se metía la polla entera en la boca, como aquella noche que no recordaba.

Abrí los ojos para recolocarme y algo no encajaba en la habitación. Tardé un segundo en procesar qué. Había una silueta en la entrada del salón que antes no estaba allí.

Carla, de pie, apoyada en el marco de la puerta, con el pijama de siempre y los brazos cruzados, mirándome sin parpadear. Mirándome la polla en la mano, hinchada, brillante de saliva y de líquido, apuntándole directamente.

El corazón me dio un golpe seco en el pecho. Quise tirar de la sábana, taparme, balbucear cualquier cosa que sirviera de excusa. No hice nada de eso. Me quedé inmóvil, con la mano todavía cerrada alrededor de la polla, intentando descifrar en la penumbra si lo que veía en su cara era enfado, vergüenza ajena u otra cosa que no me atreví a nombrar.

No estaba enfadada. Eso lo entendí al cabo de unos segundos, cuando vi cómo movió ligeramente el peso del cuerpo, descruzó los brazos y dejó que sus ojos bajaran sin disimulo. No me miraba a la cara. Me miraba la polla dura entre los dedos, sin apartar la vista, con la boca ligeramente abierta.

—Sigue —dijo en voz muy baja, casi un susurro—. No te he visto frenar.

Tragué saliva. Mi mano se movió sola, despacio, sin atreverse a romper el momento. Empecé a subir y bajar otra vez, muy lento, notando cómo el prepucio dejaba el glande al descubierto y volvía a cubrirlo. La sentí caminar dentro de la oscuridad del salón hasta sentarse en el otro extremo del sofá, con las piernas recogidas y los shorts subiéndosele hasta casi enseñarme la ingle. Encendió la lámpara pequeña de la mesita, justo la suficiente para vernos las caras. Y para que ella me viera la polla perfectamente iluminada, sin sombras.

—Es exactamente igual a como la recordaba —murmuró, sin pestañear—. Más grande, incluso. Joder, qué polla. Con razón aquella noche no me la sacaba de la boca.

Yo no podía hablar. La testosterona me había desconectado el lenguaje. Aceleré sin pensar, casi como un acto reflejo, y entonces ella levantó la mano y me la posó en la muñeca para frenarme.

—Despacio —pidió—. No tengo prisa, y tú tampoco. Iba a beber agua y casi me vuelvo a la cama sin asomarme. Menos mal que no lo hice.

Asentí. Eso era todo lo que podía hacer.

—Más lento. Quiero mirar bien. Quiero verte cómo te la trabajas.

***

Obedecí. Pasé a un ritmo casi de caricia, apretando fuerte en la base, subiendo hasta el capullo y bajando otra vez despacio, intentando aguantar más allá del límite que ya tenía encima. Carla se mordió el labio inferior y se inclinó un poco más cerca, con la espalda doblada hacia mí. Olía al mismo perfume distinto de la cena, mezclado con algo más, algo más oscuro, más íntimo, que le salía por debajo. Tenía las pupilas dilatadas y los pezones marcados a través de la camiseta de tirantes, tan duros que se le levantaba la tela.

—Madre mía —dijo, casi para sí misma—. Qué pena no poder chupártela ahora como aquella noche. Aunque mira, casi prefiero así. Quiero verte. Quiero quedarme con esta imagen. Quiero darte un recuerdo que no se te borre como se te borró el otro. Enséñame cómo te la meneas cuando estás solo. Para un momento.

Paré. La polla me palpitaba en la mano sin que la tocara, tan tensa que me dolía. El cuerpo me tembló del esfuerzo de no correrme allí mismo. Ella se inclinó todavía más, hasta que su cara quedó a un palmo de mi polla, y sin previo aviso dejó caer una buena cantidad de saliva desde arriba, un hilo espeso que cayó directo sobre el glande y resbaló por todo el tronco. Después se volvió a echar atrás, muy tranquila, como si acabara de darme un vaso de agua.

—Sigue. Repártela bien. Imagínate que soy yo, que te la estoy chupando. Imagínate aquella noche. Esta vez no te puedes olvidar.

Cerré la mano alrededor de la polla mojada de su saliva y empecé de nuevo, ahora con un ruido húmedo, obsceno, que llenaba todo el salón. El puño resbalaba de la base al capullo sin ninguna resistencia. Carla me miraba con la boca entreabierta, respirando fuerte por la nariz, apretándose los muslos.

—Así, guarro, así. Menéatela para mí. Quiero ver cómo te corres —susurró—. Cuéntame en qué piensas cuando te la cascas.

—En tu boca —solté, sin pensarlo—. En aquella noche. En que te la metiera hasta la garganta.

—Buen chico. —Sonrió de medio lado—. Yo también me acuerdo. Me acuerdo de cómo babeaba, de cómo se me caía la saliva por la barbilla, de cómo me la clavabas hasta que casi vomitaba. Me la tragué entera aquella noche, tío. Entera.

—Me voy a correr —susurré, con la voz quebrada.

—Todavía no. Levántate. Ponte de pie aquí delante.

Me levanté. Las piernas me temblaban más de lo que estaba dispuesto a admitir. Quedé delante de ella, tieso como una vela, con los pantalones por los tobillos y la polla apuntando al techo, brillante, palpitante, con una gota gorda de líquido colgando del capullo. La sensación irreal de estar viviendo algo que solo le pasaba a otra gente. Carla me miró desde abajo, con la misma cara con la que se mira un postre prohibido en un escaparate.

—Echa todo el prepucio atrás. Quiero verla libre, sin nada tapando.

Lo hice. Me bajé la piel hasta el fondo y el glande le quedó a un palmo de la cara, morado, hinchado, chorreando. Y entonces hizo algo que no he conseguido borrar de la cabeza desde aquella noche. Se acercó muy despacio, sin tocarme con las manos, y posó la nariz contra la polla, justo debajo del glande. No me tocó con los labios, no me tocó con la lengua. Solo respiró. Profundamente, despacio, deslizando la nariz por toda la longitud hasta los huevos y volviendo a subir, como si quisiera memorizar un olor. Su respiración se aceleró. Una de sus manos se metió por debajo del pantalón corto del pijama y por el sonido húmedo supe perfectamente lo que estaba haciendo. Se estaba tocando el coño empapado mientras me olía la polla.

—Joder, hueles exactamente igual que aquella noche —dijo con la voz tomada, con la nariz aún pegada a mis huevos—. A polla sudada, a semen a punto de salir. No sé por qué me pone tan loca. Pero me pone. Estoy chorreando, tío. Tócame aquí si no me crees.

Le pasé la mano por la nuca, sin atreverme a más. Ella la cogió y se la metió por dentro del short. Los dedos se me hundieron directamente en un coño empapado, hinchado, con el clítoris tan duro como una canica. Se movió contra mi mano, mientras seguía respirándome la polla a un centímetro.

—Sigue tú con la polla —jadeó—. Sigue meneándotela en mi cara, justo aquí. Yo me encargo de lo mío.

Reanudé el movimiento con la otra mano, esta vez sin disimulo, casi rozándole la mejilla con el capullo. Cada dos o tres subidas se me escapaba una gota que le caía en la barbilla, en el labio, en la nariz. Carla cerró los ojos y dejó de hablar. Su otra mano se aferró al cojín del sofá mientras la mía trabajaba entre sus piernas, metiéndole dos dedos hasta el fondo y sacándolos empapados de sus jugos. Estaba tan mojada que sonaba, un ruido pegajoso y sucio que se mezclaba con el de mi puño en la polla. Empezó a gemir bajito, conteniéndose por costumbre, intentando no levantar a nadie en un edificio que ya estaba dormido. La oí jadear, contraerse alrededor de mis dedos, encogerse sobre sí misma con un temblor largo, mordiéndose el dorso de la otra mano para no gritar mientras se corría. Sentí las paredes del coño apretándome los dedos con espasmos, uno tras otro, mientras la boca se le quedaba abierta contra mi muslo, respirando como si acabara de correr. Quise arrancarle la camiseta, quise tumbarla en el sofá y follármela, quise sentarme sobre su cara, quise mil cosas que tampoco me atreví a hacer.

Cuando recuperó el aire, me miró desde abajo con los ojos vidriosos, todavía con mis dedos dentro. Sacó la mano y me chupó los dedos uno a uno, limpiándolos de sus propios jugos, mirándome fijamente. Después puso las manos juntas a la altura del pecho, formando un cuenco, y me sonrió de medio lado.

—Aquí. Vacíate aquí. Quiero verlo caer. No te atrevas a llenarme la cara, que mañana me toca presentación con el director y no me pienso presentar con marcas de tu semen en la piel.

Me reí, o más bien solté un ruido que se parecía a una risa. Me agarré la polla con las dos manos y aceleré. Apenas aguanté unos segundos más antes de explotar. Sentí cómo se me disparaba el primer chorro con una fuerza que casi me dobla, un chorro espeso y blanco que le cayó de lleno en las palmas juntas. Y detrás otro, y otro, y otro más. Me vaciaba en espasmos largos, sin poder parar, sobre sus manos ahuecadas, sobre la camiseta del pijama a la altura del escote, sobre el dorso de los dedos, incluso alguna gota le llegó al mentón. Más de lo que hubiera creído posible. Ella tenía los ojos abiertos como platos, fascinada, con la boca entreabierta y una sonrisa que no disimulaba nada.

—Te dije que no me llenaras la cara —murmuró, mirándose las manos rebosantes—. Eres un desastre. Mira cómo me has puesto.

—Lo siento —conseguí decir, ya casi sin voz, con la polla aún palpitando entre los dedos, escurriendo las últimas gotas.

—Tranquilo, ya me encargo yo.

Carla se levantó, lentamente, manteniendo las manos juntas para no perder nada por el camino. Se acercó un dedo empapado a la boca y lo chupó despacio, cerrando los ojos un segundo, saboreándome. Después pasó la lengua por una de las palmas con un descaro que me dejó helado, recogiéndose el semen a lametones. Sin dejar de mirarme, se fue al baño relamiéndose los labios. Me senté de golpe en el sofá. El salón en penumbra, la lámpara pequeña encendida, la polla todavía medio dura sobre el muslo, el cuerpo deshecho. Tenía la sensación de haber estado fuera de mí durante una hora entera y no más de quince minutos en el reloj.

Cuando volvió del baño, con la camiseta cambiada y la cara lavada, se detuvo un momento delante del sofá, se agachó, me dio un beso corto en la comisura de la boca que sabía ligeramente a mí, me guiñó un ojo y, con una calma que tampoco le había escuchado nunca antes, me deseó suerte en el examen de la mañana.

—Esto lo hablamos otro día. La próxima me la comes tú a mí, y a lo mejor te dejo repetir lo del baño. Ahora a dormir, guarro.

Y se metió en su cuarto sin más.

Tardé un buen rato en bajar. Aquella noche descubrí cuánto me ponía que me miraran mientras me la cascaba, una idea que llevaba dentro sin haberle puesto nombre. Y descubrí también que entre Carla y yo había una conversación pendiente que iba mucho más allá del baño de aquel local.

Pero esa parte, si me dejan, la cuento otro día.

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Comentarios(9)

NightReader88

Wow que situacion mas comprometida jajaja. Me quede pegado hasta el final!

CuriosaBA77

Por favor si hay segunda parte la quiero ya!!! Me dejo con ganas de saber que paso despues

Seba_lector

Buenísimo. La tensión de ese momento se siente muy real, esa mezcla de vergüenza y morbo esta muy bien lograda

ToñoMdp

jajaja tremenda situacion, la pase increible leyendolo

LauraB_rdp

Me encanto. Seguí subiendo relatos así!

TensionMax

Bien escrito, se nota que le pusiste ganas. Ojalá sigas así

NocturnaLA

excelente!!!

ViajeroSolo

Lo que mas me gusto es que no hace falta explicar todo, la imaginacion del lector hace el resto. Muy recomendado

PatriciaRosario

Me recordo a algo que me paso hace tiempo jaja, me trajo buenos recuerdos. Muy bueno

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