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Relatos Ardientes

Volví sin avisar y los vi por la ventana del salón

Eran las once menos veinte cuando bajé del taxi en mi calle de siempre. Hacía cuatro meses que no pisaba la ciudad y no había avisado a nadie de mi llegada. Quería darle una sorpresa a mis viejos, ver sus caras cuando abriera la puerta y soltara la mochila en el recibidor como cuando todavía vivía con ellos. Para mí eran el ejemplo perfecto de pareja estable: mi padre con sus rutinas inamovibles, mi madre con su delantal y sus sobremesas eternas. Predecibles, sí, pero también mi único refugio cuando la universidad me dejaba hueco por dentro.

Lo primero que me extrañó fue el coche. Una camioneta gris perla, recién lavada, aparcada justo detrás del Renault de mi padre. No la conocía, y eso ya era raro a esa hora. Pensé que serían amigos del despacho que habrían pasado a tomar una copa, y seguí caminando hacia la casa con la mochila al hombro.

Entré por la puerta lateral del garaje, esa que nunca cerrábamos con llave, y crucé el patio en silencio. Las suelas de las zapatillas rechinaban contra el cemento y yo trataba de pisar lo justo para no resbalarme. A medida que me acercaba a la fachada principal, una música vieja empezó a colarse desde dentro. Salsa. Una de esas que mi padre ponía los domingos cuando se le antojaba un trago antes de comer. Pero el volumen era exagerado para un viernes a esa hora.

Me detuve antes de llegar al porche. No sé qué me hizo dudar de entrar directamente: una intuición, algo en el aire, esa rigidez que se mete en los hombros cuando uno siente que algo no está en su sitio. Me pegué a la pared y avancé hasta la ventana del salón, donde las cortinas dejaban una rendija floja por la que se filtraba la luz cálida de las lámparas.

Lo que vi me clavó al suelo.

Mi madre estaba bailando en el centro del salón. No bailaba como bailaba conmigo en los cumpleaños, ni como bailaba con mis tíos cuando se reunía la familia. Estaba pegada al cuerpo de un hombre que yo no había visto en mi vida. Un tipo altísimo, de piel muy oscura, con una mano firme en su cintura y la otra perdida en su nuca. Él le susurraba algo al oído y ella echaba la cabeza hacia atrás riéndose con una picardía que yo no le conocía. No era la risa de mi madre. Era la risa de otra mujer.

Y en el sofá grande, mi padre.

Lo vi sentado con una copa de ron en la mano y una sonrisa de satisfacción que yo nunca le había visto. No estaba enfadado. No estaba sorprendido. Miraba el espectáculo como quien mira un partido en la sobremesa. A su lado, casi encima, una mujer joven le acariciaba el antebrazo con la punta de los dedos mientras observaba cómo el desconocido le bajaba la cremallera del vestido a mi madre.

Sentí que el aire del patio se volvía denso. Nunca, ni en los pensamientos más oscuros, había imaginado a mis padres en una escena así. Mi padre pasaba de los cincuenta: alto, de piel muy blanca, barba espesa con bastantes hilos plateados y esa barriga cómoda de tantos años de buena vida. Mi madre era su opuesto: bajita, de carnes generosas, con el pelo corto siempre arreglado y un pecho amplio que ella se empeñaba en disimular bajo ropa holgada. Esa noche, en cambio, llevaba un vestido claro que se ceñía en las caderas. Nunca la había visto vestirse así.

El hombre que la sostenía parecía pensado para ser su contraste. Casi una cabeza más alto que mi padre, con una figura atlética y muy delgada, los movimientos largos, casi felinos. Llevaba una barba bien recortada y una camiseta clara por dentro del pantalón. Verlo deslizar las manos largas por la espalda de mi madre, ella tan pequeña a su lado, me produjo una mezcla de espanto y morbo que no supe cómo llamar.

El vestido cayó al suelo.

Mi madre quedó en el centro del salón en sostén y braga claros, con esa figura robusta que tantas veces había visto en el albornoz por las mañanas, ahora completamente expuesta. El encaje apenas le contenía los pechos. El desconocido le rodeó la cintura con un brazo, le levantó la barbilla con dos dedos y le besó el cuello sin prisa, como quien sabe que tiene toda la noche por delante.

Yo no podía moverme. El cristal estaba a un palmo de mi cara y juraría que vibraba con los latidos de mi pecho.

Date la vuelta. Vete ya.

Pero no podía. No conseguía dar la orden a las piernas. El morbo de saber que estaba viendo algo que no era para mí me sostenía pegado al cemento.

Cuando volví a mirar, mi madre se estaba deslizando por el cuerpo del desconocido hacia abajo, como si la salsa la guiase paso a paso. Llegó al suelo arrodillada delante de él y, con esa misma sonrisa que nunca le había visto, empezó a desabrocharle el cinturón. Lo hizo sin nervios, con dedos seguros, igual que descorchaba botellas en Nochebuena. Le bajó el pantalón hasta los tobillos y le dejó la ropa interior tirante, marcada por un bulto que no admitía descripción inocente.

Mi padre, sin perderse detalle, se levantó del sofá con la chica todavía colgada del cuello. Le abrió la camisa él mismo, sin desabrochar los botones, y el tirante del vestido de ella se rompió con un chasquido seco. La chica se rio, le mordió el hombro y le terminó de exponer el pecho ancho, velludo y pálido que yo había visto mil veces los veranos en la playa, ahora cubierto por una boca ajena. Tendría treinta años, treinta y dos a lo sumo. El pelo largo, la piel pálida, las piernas largas asomando por debajo del vestido roto.

Tragué saliva. Tenía la garganta seca.

***

Lo que vino después fue todavía más extraño.

Mi madre dijo algo. No oí qué, pero los cuatro se rieron a la vez, como si fuera una broma vieja entre amigos. Mi padre y el desconocido se miraron, asintieron, y se levantaron al mismo tiempo. Mi padre se subió el pantalón a medias y el otro, con la camiseta ya por la cabeza, lo siguió. Cruzaron el salón y desaparecieron por el pasillo que da a las habitaciones.

A mi habitación.

El estómago me dio un vuelco. Imaginé cualquier cosa: que iban a hacerlo en mi cama, que mi colchón sería el escenario de lo que fuera. Pero un minuto después los dos volvieron al salón cargando entre los dos mi colchón. Lo trajeron como si fuera un mueble más, sin ceremonia, y lo dejaron caer en el centro del salón después de mover la mesa baja contra la pared. Mi padre, sin camisa, con la respiración agitada por el esfuerzo, miró al desconocido con la complicidad de quien lleva años haciendo esto.

Mientras tanto, mi madre y la chica no se habían quedado quietas. Con una coordinación que delataba costumbre, habían arrancado los cojines grandes de los sillones y los iban tirando alrededor del colchón hasta formar una alfombra acolchada que cubría medio salón. La sala donde habíamos celebrado tantas Navidades, donde mi madre me había leído los Reyes de chico, se convertía delante de mí en algo muy distinto.

Y todavía no había pasado lo peor.

En cuanto el colchón estuvo en su sitio, mi madre y la chica se subieron a él sin dudarlo, una junto a la otra, de rodillas. Frente a ellas, los dos hombres parecían dos torres, una clara y otra oscura, sin nada que separarlas más que la luz tenue de las lámparas. Mi madre, con un gesto que me pareció más decidido que cualquier cosa que le hubiera visto hacer nunca, terminó de bajar la ropa interior del desconocido. La chica, al mismo tiempo, hacía lo propio con mi padre, tirando del pantalón y de los calzoncillos hasta dejarlo expuesto.

Era una simetría perfecta y obscena. Mi madre bajita, robusta, arrodillada delante de aquel tipo alto y enjuto. La chica delgada, casi una niña frente a la corpulencia de mi padre. Los cuatro coordinados como si llevaran ensayando esa escena toda la vida.

Sentí un mareo. La respiración no me entraba del todo. Cerré los ojos un instante y, cuando los abrí, había cambiado todo otra vez. La salsa seguía sonando, mi madre tenía la cabeza moviéndose entre las piernas del desconocido con una entrega que mi cerebro se negaba a procesar, y mi padre, recostado sobre el colchón, dejaba que la chica le devolviera la atención al mismo ritmo.

***

La sesión no daba tregua.

Pasaron de la boca a las posturas con la naturalidad de quien sabe que no hay nadie cronometrando. Mi padre se tumbó en una esquina del colchón, con la chica encima a horcajadas. El desconocido, en el otro extremo, se acomodó detrás de mi madre, que se había puesto a cuatro patas mirando hacia donde estaba la otra pareja. Las dos mujeres, cara a cara, se buscaron la boca y se besaron sin separarse mientras los hombres marcaban el ritmo desde atrás.

Mi madre besando a otra mujer.

Mi madre, la mujer que cada mañana me preparaba el café antes de irme al colegio, lamiéndole los labios a una desconocida en el centro de mi salón.

Algo dentro de mí se rompió y, al mismo tiempo, algo se encendió. No sé explicarlo mejor. La parte del hijo quería gritar, golpear el cristal, romper esa escena. La parte del que mira sin permiso quería que durase más. Tenía el corazón a galope y la entrepierna apretándome el vaquero de una forma que me daba vergüenza solo de sentirla.

Las posturas siguieron escalándose. Mi madre se incorporó y se sentó a horcajadas sobre el desconocido, que se había tumbado boca arriba. Empezó a moverse encima de él con una cadencia que yo no asocié nunca a ella. La chica joven, mientras tanto, se inclinó sobre mi padre, lo besaba en la boca y le susurraba cosas al oído que le sacaban una sonrisa de chico travieso a un hombre de cincuenta y tantos.

Cambiaron de nuevo. Y de nuevo. Y otra vez. El colchón parecía no aguantar y, sin embargo, aguantaba. Yo había perdido la noción del tiempo. Podían haber pasado diez minutos o cuarenta y cinco. La música cambió de tema y mi padre fue el primero en rendirse. Lo vi tensarse, agarrarse a las caderas de la chica y dejarse caer hacia atrás con la respiración rota. La chica se desplomó sobre él y le besó la frente con una ternura que me descolocó todavía más que todo lo anterior.

El otro hombre todavía no había terminado. Levantó a mi madre por la cintura, la giró, le marcó él mismo el ritmo durante un rato largo y, al final, soltó un gruñido grave que se escuchó incluso a través del cristal. Mi madre se dejó caer hacia delante con los brazos colgando, el pelo corto pegado a la frente por el sudor.

***

El silencio que vino después fue casi peor que todo lo demás.

Los cuatro se desplomaron sobre el colchón, jadeando, con la piel brillante por el sudor. La salsa terminó y nadie se levantó a poner otra canción. Y entonces, lo que de verdad me dejó tocado: vi a mi madre reírse bajito, vi al desconocido pasarle un brazo por encima del hombro y darle un beso en la frente. Vi a mi padre estirarse, darle a la chica un beso corto en la boca y, después, otro a mi madre, sin levantarse, con esa naturalidad de quien lleva años con la misma costumbre. Las dos parejas mezcladas, los besos suaves cruzándose, como si lo que acababa de pasar fuera lo más normal del mundo.

No era una sola noche. No era un desliz. Eso lo entendí ahí, mirando a través de la rendija.

Me eché hacia atrás muy despacio, con cuidado de no rozar las macetas que mi madre tenía pegadas a la pared. Crucé el patio en sentido contrario, pasé el portón del garaje, dejé la mochila en el suelo y me apoyé contra la tapia de la calle. El aire de la noche me dio en la cara y, por primera vez en horas, conseguí respirar hondo.

Esto no se borra. Nunca.

Me quedé un rato largo de pie en la esquina, intentando ordenar lo que acababa de ver. La erección no se me bajaba y eso me daba más rabia todavía. Tenía que entrar a casa en algún momento. Tenía que comportarme como si no supiera nada. Saqué el móvil y miré la hora: las doce y diez.

Llamé a mi madre.

—Hola, ma —dije, con la voz lo más entera que pude—. ¿Adivina quién está llegando a la estación? El autobús salió tarde y voy a estar ahí en media hora.

—¡Hijo! —respondió ella, con un tono cansado pero contento. Juraría que oí, al fondo, una risa de hombre que no era la de mi padre—. Qué sorpresa, mi vida. Papá y yo te recogemos, no te muevas de la estación.

—Vale, ahí os espero —dije, y colgué antes de que se me notara el temblor.

Caminé despacio hacia la terminal, me senté en una banca fría y dejé que pasaran cuarenta minutos. El tiempo justo para que ellos recogieran el colchón, abrieran las ventanas, ventilaran el olor a sudor y a ron, despidieran a la pareja y la camioneta gris saliera del barrio sin hacer ruido.

Cuando vi aparecer el Renault de mi padre, mi madre bajó del asiento del copiloto a abrazarme. Olía a su perfume de siempre, recién puesto encima de algo más. Mi padre me dio una palmada en la espalda, me preguntó por los exámenes, comentó que el viaje en autobús era una paliza. Subí al asiento de atrás y los miré por el retrovisor.

Mi madre se giró hacia mí y me sonrió con la misma sonrisa de toda la vida. Le devolví la sonrisa.

Esa madrugada, cuando entré en mi habitación, encontré la cama hecha con sábanas limpias y dobladas con la esquina perfecta, como las hacía mi madre cuando yo era pequeño. Cerré la puerta, me senté en el borde del colchón y me quedé un rato mirando al techo. Nunca, en los meses siguientes, dije una sola palabra. Nunca pregunté quién era la camioneta gris. Nunca volví a aparecer en casa sin avisar.

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Comentarios (5)

lagarto46

bueniiiisimo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Manu_del_norte

Que tension que construiste desde el principio. Me tuvo pegado hasta el final, excelente

Soñador_nocturno

Por favor seguí, quede con ganas de saber exactamente que paso despues. Me dejo con la boca abierta

GabrielRB85

Me recordo a algo que me paso hace años, entrar a casa y sentir que algo no cuadraba... pero la mia no fue tan extrema jaja. Muy bien narrado, se siente real

cris_rdp22

corto pero contundente. quiero mas!!!

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