Esa noche ella se quedó mirándonos hasta el final
La fiesta se moría poco a poco. Las botellas vacías se alineaban sobre la barra como soldados caídos y yo había perdido la cuenta de las copas a las dos de la mañana. Tú, en cambio, estabas en tu mejor momento: las burbujas siempre fueron lo tuyo, y nadie sabía manejar una noche como tú.
Toda la velada me había mantenido a distancia. Era nuestra regla en estos compromisos: nada de gestos, nada de roces, nada que diera tela para los rumores que ya circulaban en el edificio. Pero por dentro me moría por arrancarte la ropa, por morder esos labios carnosos que sonreían sin permiso a cualquiera que se acercara.
De vez en cuando me cruzabas la mirada. Era una mirada cómplice, llena de picardía, y bastaba para que el resto del salón se borrara durante un segundo. Los babosos de siempre te rodeaban con sus tácticas gastadas, repitiendo las mismas frases que llevaban repitiendo desde la universidad. Daba igual. La noche, cualquier noche, terminaba siempre conmigo.
Mirarte desde lejos era un placer en sí mismo. La manera en que dejabas caer el pelo cuando girabas la cabeza. El modo en que el vestido se ajustaba cuando cambiabas el peso de una pierna a la otra. El descaro fino, casi imperceptible, con el que coqueteabas con todos sin entregar nada. Pocas mujeres tienen esa libertad. Tú la llevabas como si fuera ropa interior.
Una a una, las parejas se fueron despidiendo. Agradecían la velada, prometían devolver la invitación, se demoraban en el pasillo. Yo seguía acechando desde una esquina, copa en mano, esperando el momento. Aproveché un descuido y bajé a la cocina para poner dos botellas más en la nevera. La fiesta principal había terminado, pero la mía recién empezaba.
Cuando volví al salón, sólo quedaba Helena.
En ese estado lo mejor era que se quedara hasta que se le pasara. Vivía cerca, podía caminar, pero llevaba tres copas más de la cuenta y unos tacones demasiado altos para arriesgarse. Entré con la botella en una mano y dos copas vacías colgando de los dedos de la otra. Tú me miraste desde el sofá y, sin decir nada, articulaste con los labios «está Helena». Como si yo no la viera. Como si eso pudiera detenerme.
—Una última —dije, descorchando con un golpe seco.
Lo que tú no sabías —y yo sí— era que Helena tenía la costumbre de mirarme cuando creía que no la observaba. La había sorprendido un par de veces en la cocina, otra en el ascensor. Esa noche, al verme aparecer con las copas, abrió mucho los ojos verdes y sonrió como sonríe alguien al que le acaban de descubrir una pequeña traición. Tú captaste la sonrisa. Entendí que la habías visto en el aire. Tu expresión cambió un milímetro, ese milímetro que solo notamos los que llevamos años leyéndonos.
Serví dos copas y brindé desde el pico de la botella. Por la buena fortuna. Por la mejor compañía. ¿Qué podía salir mal?
Pusiste música para romper la incomodidad. Helena, agradecida, te imitó moviéndose despacio. Acabamos los tres bailando en el centro del salón, sin un guion claro, con la segunda botella ya a la mitad. Helena se me encimaba sin disimulo, y tú —contra todo pronóstico— empezaste a alentarla. «Estamos en confianza —le susurraste—. El barman es la persona más discreta de la ciudad.»
La frase me hizo reír. La frase también te encendió a ti.
Helena estaba a mil. Aproveché un giro para acercar mis labios a su oreja y jugar un instante con el lóbulo. Soltó un jadeo pequeño, casi inaudible bajo la música, y supe que era el momento de cambiar de pareja.
Te saqué a bailar a ti mientras Helena, sentada de nuevo en el sofá, miraba con la copa apoyada en el muslo. Tu cuerpo contra el mío ya no necesitaba traducción. Sentías mi erección a través del pantalón y te apretabas más, hasta que tus caderas y las mías se convirtieron en una sola cosa moviéndose despacio. Te mordí el lóbulo, te dije al oído todo lo que pensaba hacerte. Cada palabra te encendía un grado más.
Por el rabillo del ojo confirmé lo que ya sospechaba: Helena no apartaba la vista. Tenía los labios entreabiertos y una mano apoyada en el sofá, los dedos clavándose en la tela como si pelearan por no moverse a otro sitio.
***
Me tomé un trago largo de la botella, serví otra ronda y volví a ti. Te tomé de la cintura, te giré despacio y dejé que sintieras mi dureza entre las nalgas. Apenas la percibiste, te pegaste y arrancaste con ese movimiento de cadera que deberías patentar. Una mano tuya buscó mi nuca; la otra, mi nalga. Yo recorrí tu cuerpo por debajo del vestido, te susurré al oído lo siguiente y lo siguiente, y tú te pegabas un poco más con cada palabra.
Subí la tela hasta la cintura y metí la mano por dentro de la ropa interior. En ese instante recordaste que Helena seguía frente a nosotros y diste un pequeño tirón para apartarte. Ya era tarde. Aparté la tela con dos dedos y entré en ti. Estabas empapada. Cerraste los ojos, te mordiste el labio y todo el cuerpo te tembló cuando empecé a moverme. Yo te mordía el cuello, te decía cosas que no podía decir en voz alta, y miraba a Helena por encima de tu hombro.
Tenía la boca semiabierta. La mano que antes se aferraba al sofá ahora descansaba sobre su propio muslo. No se movía, pero el aliento le subía y bajaba como si corriera.
Aumenté el ritmo de mis dedos y clavaste tus uñas en mi nuca. Te tomé un seno por encima del vestido, busqué el pezón y lo apreté entre dos dedos. Soltaste un quejido que probablemente Helena escuchó. Giraste la cabeza y la miraste a los ojos en el instante exacto en que el orgasmo te recorría de los talones a la frente. Doblaste las rodillas. Te sostuve por la cintura. Terminé el trabajo con la mano y dejé que te derrumbaras contra mí.
Cuando recuperaste el aire, te giré y te besé como llevaba toda la noche queriendo besarte. Tus labios, tu saliva espesa de jadeo, tu lengua. Tomé un sorbo del champán helado y te lo pasé de mi boca a la tuya. Apreté esas nalgas. Te separé de mí un segundo y te miré a los ojos.
—Quédate ahí.
Me acerqué a Helena. Le rocé el lóbulo con los labios, igual que antes, y le pedí en voz baja que me ayudara contigo. Asintió con la cabeza. La tomé de la mano, la levanté del sofá y le saqué la camisa sin preguntar nada más. Debajo aparecieron dos pechos llenos de pecas que me llenaron de un morbo difícil de explicar. Le desabroché el sostén. Los pezones, claros, casi rosados, hacían un dibujo extraño contra las pecas. Le besé el cuello, le apreté los dos senos a la vez y la guie hasta colocarla detrás de ti.
Te volví a besar. Tú cerraste los ojos. No sé si para entregarte del todo o para no pensar demasiado en lo que estaba pasando a tu espalda.
Helena empezó a acariciarte la espalda con torpeza, con miedo, como quien toca algo prestado. Le pedí que te desvistiera. Lo hizo despacio, con una delicadeza inesperada: bajó los tirantes del vestido, lo dejó caer al suelo en un montón blanco, te soltó el sostén y te bajó la ropa interior hasta los tobillos. Yo me encargué de tus senos: succioné, mordí, lamí. Ya te lo había dicho otras veces y te lo repetí: tus pezones marrones, claros, eran lo más bonito que había visto en años.
Tu mano buscó mi cinturón. Lo aflojó. Bajó el pantalón y el bóxer en un solo movimiento. Te arrodillaste sin esperar instrucciones. Yo te tomé del pelo y miré, por encima de tu cabeza, a Helena. Estaba de pie, todavía vestida de cintura para abajo, con los brazos cruzados sobre los pechos desnudos, dudando.
Le señalé el sofá con la barbilla.
—Siéntate. Tócate si quieres.
Lo hizo. Se sentó, se desabrochó el pantalón, lo dejó a la altura de los muslos y metió la mano. No nos quitó los ojos de encima.
***
Tu manera de hacerlo seguía siendo extraordinaria. El ir y venir, el juego de la lengua, la presión justa. Te tomé más fuerte del pelo y te pedí profundidad. La aceptaste sin pestañear. Te di tres palmadas suaves en la mejilla y me sonreíste con la boca abierta para volver a recibirme. Helena soltó un jadeo desde el sofá. Era la primera vez que la escuchaba abiertamente.
Te levanté del pelo, te besé con esa mezcla de hambre y ternura que sabes que me costó años aprender, y te pegué contra mi piel desnuda. Te dije al oído que me dijeras de quién eras. Lo dijiste entre jadeos mientras yo te daba dos nalgadas que sonaron en todo el salón.
Te llevé al sofá y te recosté al lado de Helena. Por curiosidad, por crueldad, por las dos cosas a la vez, acerqué mi sexo a su cara. Lo recibió como quien lleva horas esperando permiso. Lo hizo con un ansia que casi me hizo terminar. La aparté antes de que fuera tarde, la besé en la boca y volví a ti. No estabas contenta. No del todo. Pero tampoco te ibas.
Te abrí las piernas y empecé el recorrido con la lengua. Besé y lamí sin discreción, chupé tu clítoris hasta que arqueaste la espalda contra el cuero del sofá. Metí dos dedos. Aumenté el ritmo entre la lengua y la mano. Me pediste que ya, por favor.
Te levanté por el cuello, te lamí la boca y te giré. Te apoyaste contra el respaldo del sofá y empinaste el trasero. La cara te quedó a un palmo de la de Helena, pero llegado ese punto ya nada te importaba. Te tomé de las caderas y entré sin compasión. Tus jadeos llenaron el salón.
Mientras te embestía, le hice un gesto a Helena para que mirara. Se acercó y abrió mucho los ojos verdes al ver cómo mi pulgar mojado entraba despacio en tu otro orificio. Soltaste un «sí» largo, sostenido, que sonó casi a súplica.
Te di un par de nalgadas hasta dejar una marca roja, te penetré con el pene y el pulgar, cambié y metí dos dedos. Un grito de placer fue toda la respuesta. Aumenté el ritmo de las dos penetraciones y volví a pedir, tirándote del pelo, que me dijeras de quién eras. Volteaste la cara para besarme y, mirándome a los ojos, me dijiste que eras mía. Que lo habías sido desde el primer día. Que siempre lo serías.
Eso me terminó de romper. El ritmo se volvió desaforado. Mordiste el respaldo del sofá. Soltaste un jadeo largo, hueco, y empecé a sentir las contracciones en el pene y en los dedos. El orgasmo te recorrió en oleadas tan fuertes que tuve que sostenerte para que no te derrumbaras.
Me pediste que terminara dentro. No era lo nuestro, no era lo que hacíamos normalmente, pero esa noche te habías ganado el derecho a exigir lo que fuera. Te tomé de las muñecas, te embestí como un desesperado y, cuando llegué, me quedé quieto adentro hasta que cada espasmo se calmó.
Helena seguía en el sofá, con la mano todavía donde la había puesto, mirándonos como quien ha visto algo que no le pertenece pero a lo que tampoco va a renunciar a haber visto. Se levantó, fue hasta la barra y volvió con la última botella. Brindamos los tres en silencio. Tú me sacaste la lengua. Yo te enseñé los dientes. Helena se rio bajito y se sentó al medio.
Diez minutos después se levantó a vestirse. Le insistimos para que se quedara. Negó con la cabeza. Sabía, igual que nosotros, que teníamos que hablar de lo que acababa de pasar antes de decidir si esa puerta se quedaba abierta o se cerraba para siempre.