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Relatos Ardientes

El trato retorcido entre mi casera, su hija y yo

Empecé a vivir en aquella casa por pura necesidad. La beca del doctorado en literatura comparada me alcanzaba para los libros y para sobrevivir, pero no para mucho más, y un anuncio pegado en el tablón de la facultad ofrecía habitación a precio razonable a cambio de algo de compañía. Quien lo había puesto era una mujer llamada Mariela. Vivía con su hija Camila, que tenía treinta y un años y se movía en silla de ruedas desde un accidente de moto, cuando apenas había cumplido los veinte.

Lo primero que noté al cruzar el umbral con la maleta fue a Mariela. Era una mujer de cara bonita, ojos verdes con un punto de tristeza, melena oscura con algunas canas que no se molestaba en teñir. Pero lo que me dejó sin palabras fue su cuerpo: cintura estrechísima, caderas redondas y un pecho que parecía no caber del todo en la blusa de algodón. Tenía cuarenta y cinco años, según me contó después, y estaba mejor que muchas estudiantes que yo conocía en la facultad.

—Tomás, ¿verdad? —me dijo con una sonrisa que me obligó a mirar al suelo—. Adelante. La habitación es la del fondo, junto a la de Camila.

Me instalé sin alborotos. Era ordenado, callado, dedicado a mis lecturas. Mariela trabajaba como traductora desde casa y Camila, además de leer mucho, llevaba un blog de literatura erótica que tenía bastantes seguidores. Esa fue la primera ironía que descubrí al poco de mudarme: la mujer condenada a no tocar a nadie escribía sobre sexo mejor que la mayoría de los autores que yo estudiaba.

Mariela tenía la costumbre de pasar por mi puerta a media tarde y preguntarme si quería un café. A veces un mate, porque le encantaba lo argentino aunque ella era de un pueblo pequeño del norte. A veces un vino. Las charlas empezaban a las nueve y, sin que ninguno de los dos se diera cuenta, se prolongaban hasta pasada la una. Hablábamos de libros, de su marido muerto hacía diez años, del accidente de Camila, de mis frustraciones académicas. Yo me acostaba después de aquellas noches con la verga dura y el pensamiento puesto en la curva de su cintura.

A los cuatro meses ya la deseaba con una intensidad que me asustaba. La encontré una tarde subida a una silla en la cocina, tratando de alcanzar un tarro de la alacena más alta. Llevaba un short de algodón y una camiseta vieja. Cuando se estiró, el short se le subió y dejó ver dos nalgas perfectas, blancas, con una tira fina de tela atravesando el medio. No se movió cuando me oyó entrar. No bajó. Siguió buscando lo que buscaba durante tres segundos más de los necesarios, y luego se bajó como si nada hubiera pasado.

Esa noche me masturbé pensando en ella tres veces. Al día siguiente busqué cualquier excusa para que nos sentáramos a hablar en el salón.

—Hace calor —me dijo a finales de junio, abanicándose con una revista vieja. Llevaba un vestido de tirantes que se le pegaba al cuerpo por el sudor de la nuca.

—Mucho —respondí, mirándola como un idiota.

—Voy a buscar una botella. ¿Te quedas?

Volvió con un vino blanco bien frío y dos copas. Bebimos la primera de un trago. Bebimos la segunda más despacio. Le pregunté por su vida sexual, no sé cómo me atreví, pero el vino me empujó. Ella se rio, miró el techo, y me dijo que no había estado con un hombre en casi una década. Que después del accidente de Camila se había olvidado de su propio cuerpo. Yo le contesté que era una pena, que ella era hermosa, y entonces me incliné y la besé.

Mariela me devolvió el beso durante medio segundo. Luego me apartó con suavidad.

—No, Tomás. No puedo.

—¿Por qué?

—Porque mi hija nunca va a saber lo que es esto —dijo señalando hacia el pasillo donde dormía Camila—. Sería una crueldad de mi parte. No puedo gozar mientras ella vive condenada a no probarlo nunca.

***

Me sentí miserable. Le pedí disculpas hasta el cansancio y me encerré en mi cuarto sin atreverme a salir hasta el día siguiente. Las charlas nocturnas se cortaron en seco. Mariela me saludaba con cordialidad y se iba a su habitación temprano. Camila salía de la suya cada vez menos. Yo estuve a punto de buscar otro lugar para vivir cuando, dos semanas después, Mariela tocó mi puerta a las once de la noche.

—Quiero hablar contigo —me dijo—. ¿Puedo entrar?

Me senté en la cama, ella en la silla del escritorio. Tenía las manos juntas sobre el regazo, igual que una alumna nerviosa frente a un examen.

—Hablé con Camila —dijo—. De ti. De lo que pasó la otra noche.

Yo casi me caigo de espaldas.

—Mariela, te juro que…

—Déjame terminar. Le conté todo. Y ella me dijo algo que me dejó pensando muchos días. Me dijo que también quería saber. Que estaba cansada de leer sobre el sexo, de imaginarlo, de escribir sobre él. Que quería probarlo aunque fuera una vez en la vida.

Yo no entendía adónde iba la conversación. Mariela respiró hondo.

—Te propongo un trato. Si tú aceptas estar con Camila, yo después estoy contigo. Como tú quieras. Las veces que quieras.

—¿Estás… estás hablando en serio?

—Completamente.

Tardé tres días en darle una respuesta. Por un lado me parecía una propuesta enfermiza, sucia, perversa. Por el otro había algo de gesto piadoso en la idea, como si yo fuera el instrumento de un favor inmenso para una mujer que había vivido demasiado tiempo encerrada en su cuerpo. Y, todo hay que decirlo, también pensaba en Mariela. En su boca. En sus muslos. En la cintura que llevaba meses imaginando bajo las camisetas viejas y los vestidos de algodón.

Acepté.

***

La primera noche con Camila fue rara. Mariela se quedó en la cocina, deliberadamente lejos, fingiendo preparar una sopa que nadie iba a comerse. Yo entré a la habitación de Camila con el pulso a mil por hora. Ella me esperaba sentada en la cama, vestida con una camiseta larga que le cubría los muslos. Tenía el pelo recogido en una trenza floja y los ojos muy abiertos.

—Hola —le dije.

—Hola —contestó.

Me incliné y la besé. Camila no sabía besar. Lo había leído mil veces, supongo, pero su lengua no encontraba la mía con naturalidad. Se reía cada dos por tres, nerviosa, y me pedía disculpas en voz baja. La tomé en brazos con cuidado y la acosté en el centro de la cama. Le quité la camiseta y aparecieron dos pechos enormes, mucho más grandes de lo que me había imaginado, con pezones rosados muy claros que se le pusieron duros en cuanto los toqué con la yema de los dedos.

—Nadie nunca me había tocado así —susurró.

Le besé los pezones uno por uno, le pasé la lengua por el contorno, le mordí con suavidad. Camila gemía con una sorpresa casi infantil. Se le aceleró la respiración, se le humedecieron los ojos, y entonces me agarró la nuca con una fuerza que no esperaba de unos brazos que llevaban diez años sin usar otra cosa que un mando y un teclado.

—Más —pidió.

Le bajé la ropa interior, sencilla y blanca, y descubrí una mata oscura, sin depilar, perfumada. Me acomodé sobre ella en posición tradicional para no causarle dolor en la espalda, y entré despacio. Estaba apretada como una virgen tiene que estar. Yo me movía con cuidado, controlando el ritmo, mientras ella me clavaba las uñas en los hombros y se mordía el labio para no gritar.

No conseguía acabar. Llevaba más de una hora y la cabeza me daba vueltas, agotado por la responsabilidad de no lastimarla. Le pedí que se diera la vuelta y, con una almohada bajo la pelvis, le levanté el culo. Tenía un trasero enorme, pesado, en proporción inversa a unas piernas que apenas se movían. Le besé la espalda hasta abajo y le pasé la lengua por el ano. Camila gritó. No de susto. De algo que no sabía nombrar.

—¿Puedo? —le pregunté.

—Sí, sí, sí —repitió.

Entré por el otro camino con paciencia. Y ahí sí, en cuestión de minutos, descargué dentro de ella con una violencia que me sorprendió a mí mismo. Camila lloraba un poco, no de pena. Cuando salí me abrazó tan fuerte que me costó separarme.

—Gracias —me dijo al oído.

Salí de su cuarto sintiéndome el peor hombre del mundo y el más afortunado a la vez.

***

Pasaron seis días antes de que Mariela tocara mi puerta. Llevaba una bata de seda granate y, por lo que se veía en el escote, nada más debajo salvo una tanga de encaje negra que la hacía parecer otra. Otra distinta de la madre cariñosa que me llevaba mates por las tardes y me hablaba de Cortázar.

—Yo cumplo —me dijo desde el umbral.

Entró, cerró la puerta, dejó caer la bata sobre el suelo. Sus pechos eran tan grandes como los de Camila, pero con la firmeza de una mujer que había cuidado el suyo durante años. Los pezones, en cambio, eran oscuros, casi marrones, y se le levantaban como si llevaran semanas esperando una boca encima.

La hice sentarse en la cama y me arrodillé delante. Le bajé la tanga. Su sexo estaba húmedo desde antes de empezar, como si llevara horas pensando en lo que iba a hacer conmigo. Le pasé la lengua despacio, sintiendo cada pliegue, cada respuesta de su cadera. Mariela echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido que llevaba diez años acumulando en silencio.

Cuando ya no aguantaba más, la acosté boca arriba y la penetré. Estaba tan lubricada que entré de un solo movimiento. Me moví sobre ella con calma, mirándola a los ojos, queriendo durar. Pero tampoco esa primera vez logré acabar dentro. Hay placeres que el cuerpo no resuelve fácil cuando llevan meses metidos en la cabeza.

—Date la vuelta —le pedí.

Mariela obedeció. Le puse una almohada bajo el vientre y un culo redondo, blanco, ligeramente caído por la edad y dos veces más sabroso por eso, quedó a la altura justa. Le humedecí el ano con la lengua, igual que había hecho con su hija, y le pregunté si podía.

—Lo que tú quieras —contestó—. Lo que tú quieras.

Empujé despacio. Estaba apretada también, no tanto como Camila, pero apretada. Empecé a bombear con un ritmo cada vez más fuerte. Mariela mordía la almohada, gemía, decía mi nombre, decía cosas obscenas que yo nunca le habría imaginado decir. Estuve quince minutos así, hasta que ella se sacudió entera y gritó con un orgasmo que pareció romper la cama.

Entonces giré la cabeza hacia la puerta.

***

Camila estaba ahí, sentada en la silla de ruedas, mirándonos en silencio. Había abierto la puerta sin que la oyéramos. Tenía un brazo sobre el regazo y la otra mano dentro del camisón, debajo de la tela. Sus ojos no expresaban escándalo. Expresaban hambre.

Algo perverso me invadió y, en lugar de detenerme, seguí. Le agarré las nalgas a Mariela con las dos manos, una en cada lado, y empujé más fuerte. Mariela no se dio cuenta de que su hija nos miraba, o si se dio cuenta no hizo nada por taparse. Yo me agité como un poseído, sin apartar los ojos de Camila, hasta que sentí el espasmo subir desde los muslos y eyaculé dentro de su madre con un grito largo, casi animal.

Camila se retiró sin hacer ruido, tan rauda como se lo permitía la silla. La puerta quedó entreabierta detrás de ella.

***

Estuve con la madre y con la hija durante los seis meses siguientes. Algunas noches en la cama de una, algunas en la cama de la otra. Una vez en mi habitación con las dos a la vez, aunque eso es otra historia y todavía no me atrevo a contarla entera. El verano siguiente terminé de redactar la tesis, me dieron un puesto de profesor ayudante en otra universidad lejos, y me marché de la casa con dos maletas y una culpa que se me fue diluyendo con los años.

Aún hoy, cuando paso por un anuncio de pieza en alquiler en alguna web, me acuerdo de Mariela y de Camila. De sus pieles tan parecidas. De sus voces tan distintas. De aquel trato retorcido que firmamos sin tinta y que cumplimos hasta el último día.

Guardo de aquella casa el mejor recuerdo de mis años de estudiante.

Y la peor culpa también.

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Comentarios (2)

Loky85

excelente relato, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Beto_cordobes

Por favor que haya una segunda parte, me quede con ganas de saber como termino todo eso entre los tres

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