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Relatos Ardientes

Mi vecina me descubrió desde la ventana

Hace varios meses que vivo una obsesión con Mariela, la vecina del piso de enfrente. Tiene cuarenta y seis años, está casada, tres hijos ya adolescentes, y desde la primera vez que la vi cargando bolsas del supermercado en el portal supe que iba a tener problemas para sacármela de la cabeza. No es una mujer espectacular en el sentido de las revistas. Es rellenita en el lugar correcto, con unas caderas anchas, las tetas grandes y firmes que se le marcan bajo cualquier blusa, baja, apenas un metro sesenta. Lleva siempre el pelo recogido en una coleta floja, con mechones sueltos sobre la nuca, y unos ojos castaños que sonríen antes que la boca.

Cuando se mudaron, ella y su marido subieron al rellano con una caja de dulces y nos invitaron a comer un domingo. Mi mujer y yo declinamos con la excusa del trabajo. La verdad era otra: yo no quería tener cerca a esa mujer en un contexto familiar. Algo en su forma de mirar, en cómo se demoraba apenas medio segundo más de la cuenta cuando contestaba, me ponía la polla nerviosa antes que la cabeza.

Nuestros edificios son gemelos y están separados por un patio interno muy estrecho. La distribución también es idéntica. Desde nuestro sillón orejero, mirando hacia la izquierda, alcanzo a ver parte de su salón a través de la ventana corrediza. Ellos no tienen terraza, solo un ventanal grande que se abre de par en par. Nosotros sí, una terraza estrecha con una mesa redonda y dos macetas que mi mujer riega los sábados. Si yo me siento en el orejero y miro de frente, mi cabeza queda perfectamente alineada con la ventana de Mariela.

Un viernes mi mujer salió a comer con sus compañeras del estudio y yo me quedé tirado en el sillón, en pantalón corto y camiseta, con un partido en la tele que ni siquiera estaba mirando. Vi a Mariela aparecer detrás del cristal. Llevaba una blusa floja y los brazos al aire. Abrió la ventana de par en par, supuse que para ventilar, y al girar la cabeza me descubrió. Levanté la mano, hola con dos dedos. Ella sonrió, agitó la mano con una alegría exagerada y se puso roja hasta las orejas. Fue tan evidente el rubor que sentí un latido en la polla antes que en el pecho.

Me estaba mirando, sabía que la estaba mirando, y la pillé.

Cerré los ojos un segundo. El partido seguía sonando lejos. Se me cruzó una idea muy simple: si abrió la ventana para ventilar, dentro de un rato iba a volver a cerrarla. Eso significaba que iba a aparecer de nuevo en ese hueco rectangular, mirando hacia mi salón. ¿Y si para entonces yo estaba sentado con la bata abierta? ¿Y si me hacía el dormido? ¿Y si simplemente miraba el teléfono y me dejaba la polla afuera, dura y babeando, como por descuido?

***

Me levanté, fui al cuarto, me desnudé del todo y me puse la bata de algodón que dejo colgada detrás de la puerta. Volví al salón con el cinturón flojo. El sol entraba inclinado por la terraza y dejaba una franja dorada sobre el sillón. Me senté, intenté respirar despacio. No pude. La sola idea de que ella volviera a ese cristal y me viera me había puesto la polla dura como un palo antes de tocarme, empujando la tela hacia arriba, marcando el bulto y una manchita húmeda en la punta.

Abrí la bata de un tirón. La polla saltó hacia arriba, roja, con la vena gorda del centro palpitando al ritmo del corazón. Me escupí en la palma de la mano izquierda y bajé la saliva hasta la base. Empecé a hacérmela despacio, apretando fuerte, con los ojos clavados en la ventana de enfrente. Pensaba en su cara colorada, en cómo había agitado la mano como una nena cuando la pillé mirando. Pensaba en lo que estaría haciendo ella ahora, sentada en su sofá, tal vez intentando concentrarse en la novela de la tarde pero con la cabeza pegada al vidrio que la separaba de mí. Me imaginé que tenía la mano metida bajo la falda, los dedos hurgándole el coño, frotándose el clítoris pensando en la polla que había alcanzado a intuirme bajo el pantalón corto.

Aceleré. La mano me subía y bajaba con un ruido húmedo, chof chof, y el prepucio se retiraba dejando el glande a la vista, brillante, morado, con el hilo de líquido resbalándole por la corona. Con la otra mano me agarré los huevos, los apreté, tiré hacia abajo. La sensación me subió por la espalda como una descarga. Me arqueé, mordí el labio, sin apartar los ojos del cristal vacío de enfrente.

—Mariela —susurré, casi sin voz—. Puta vecina.

Me corrí mucho antes de lo que esperaba. El primer chorro me saltó hasta el pecho, caliente, espeso. El segundo cayó sobre la bata abierta. El tercero, el cuarto, se me escurrieron entre los dedos y me mojaron los huevos y el muslo. Manché el reposabrazos, manché un cojín. Me quedé sentado con la polla todavía dura en la mano, respirando como si hubiera subido las escaleras corriendo, con el semen enfriándose sobre la piel.

Estaba limpiándome con un puñado de pañuelos cuando escuché el chasquido del marco metálico del otro lado del patio. Levanté la vista y solo alcancé a ver su espalda. Mariela ya se metía adentro, había cerrado la ventana. No supe si me había visto en pleno acto, si llegó justo cuando me corría, si vio solo el desorden de mi bata abierta y la polla goteando, o si no había visto nada. No supe nada.

Y eso fue lo peor.

***

Durante toda la tarde me persiguió un loop de preguntas. ¿Lo va a contar? ¿Se lo dice al marido? ¿Llaman a la policía por exhibicionismo? ¿Aparece mi mujer en la puerta con la cara desencajada? Me vestí, bajé al bar de la esquina y me tomé tres cervezas yo solo, mirando el teléfono cada cinco minutos como si fuera a explotar. No pasó nada.

Subí, mi mujer llegó a las siete, cenamos pasta con tomate y nos sentamos en la terraza. A los pocos minutos se asomó el marido de Mariela al ventanal de enfrente y empezó una conversación de manual: el tiempo, los precios del gas, la huelga de basureros. Le contesté como un autómata, sonriendo en los momentos correctos. No había ningún rastro de tensión en él. Mariela no le había contado nada.

Esa noche, en la cama, mi mujer se durmió enseguida. Yo me quedé despierto mucho tiempo, escuchando el zumbido bajo del aire acondicionado, con la polla otra vez tiesa bajo el calzoncillo, pensando en una sola cosa: si la próxima vez quería un margen mayor, tenía que conocer los horarios.

***

Los siguientes seis días me dediqué a observar a Mariela como un detective de mala película. Lo hacía con la naturalidad de quien lee el diario en el sillón, pero anotaba mentalmente. Salía a la terraza con cualquier excusa, regaba las macetas, fingía revisar el termostato. Pude reconstruir su rutina con bastante precisión.

A las dieciséis y treinta abría la ventana del salón. Pasaba ahí dentro unos cuarenta y cinco minutos, casi siempre fuera de mi línea de visión, supongo que en la cocina. A las diecisiete y cuarto, más o menos, volvía a cerrar la ventana. Como un reloj. Algunos días con tres minutos de adelanto, otros con tres de atraso, pero la franja era esa.

El séptimo día decidí adelantarme. A las dieciséis y veinte salí a mi terraza con la bata de algodón bien atada, las manos en los bolsillos y la postura más distraída que pude fingir. Me apoyé en la baranda y miré la calle. Pasaron coches, pasó una señora con un carrito de la compra. A los diez minutos, escuché el chasquido del marco de enfrente. Esperé un segundo antes de girar la cabeza, como si recién me diera cuenta.

—¡Vecina! —dije.

Mariela me miró desde el otro lado del patio. Llevaba una camiseta de tirantes blanca y un mechón de pelo se le había escapado del recogido. Los pezones se le marcaban bajo la tela fina, gordos, oscuros, sin sujetador. Se le pusieron las mejillas rojas otra vez, idénticas a las del viernes.

—Hola —contestó, en voz no muy alta.

—¿Qué tal? Hace un día estupendo, ¿no?

—Sí, precioso.

Hablamos cinco minutos. Lo de siempre: el calor que se adelantaba, la obra nueva al final de la cuadra, los precios de la verdulería. Yo trataba de mantenerle la mirada. Ella la sostenía dos segundos y la bajaba al filo de la baranda, pero cada vez que bajaba los ojos se le iban a mi entrepierna, al bulto que la bata mal ceñida disimulaba apenas. En un momento, sin venir a cuento, me dijo:

—Te dejo, eh, tengo que pasar por el estudio un par de horas. Me pidieron de cubrir un turno y voy con lo justo.

—Tranquila, ve.

Cerró la ventana sin volver a mirarme. Yo entré al apartamento con el corazón disparado y la bata húmeda. Me había manchado de líquido preseminal sin tocarme. La polla golpeaba contra la tela como si tuviera vida propia. Fui directo al baño, me arranqué la bata, me apoyé contra los azulejos fríos y me agarré la verga con las dos manos. Estaba tan hinchada que la piel del glande casi ni se movía. Empecé a bombear rápido, con rabia, pensando en los pezones que se le marcaban bajo la camiseta de tirantes, en cómo se le había escapado ese mechón de su recogido, en la boca entreabierta cuando me miraba de reojo.

Me imaginé que la tenía ahí, arrodillada contra los azulejos, con esa boca abierta y la lengua afuera esperando la lechada. Me imaginé metiéndosela hasta la garganta, agarrándola del pelo, del recogido flojo, deshaciéndoselo de un tirón. Me la imaginé escupiéndome saliva en la polla, mamándomela con los ojos llenos de lágrimas y las tetas grandes bailándole en cada empujón. Me corrí sobre el lavabo, con un gruñido que resonó en la cerámica, el semen salpicando el grifo y la pared del espejo. Tardé en respirar normal. Me quedé mirando los chorros blancos escurriéndose por la porcelana y pensé que la próxima vez tenía que verla ella.

***

Al día siguiente, mi mujer me escribió a las once de la mañana. Le había salido un imprevisto en la oficina, iba a comer con dos compañeras y después se quedaba a cubrir un evento de presentación que terminaba tarde. No volvía hasta las once de la noche, al menos. Leí el mensaje y dije, casi en voz alta:

Esta es la mía.

A las quince y cincuenta yo estaba desnudo en el salón. Había corrido el orejero unos centímetros para que quedara enfrentado a la ventana de Mariela sin obstáculos, y había bajado las persianas del resto de los ambientes para que la única luz fuera la del salón. Abrí el albornoz de par en par y lo dejé caer hacia atrás, como dos cortinas. El sol pegaba entero contra mi cuerpo, iluminándome la polla, los huevos, cada pelo del pubis. Apoyé el teléfono en la mesita auxiliar, encuadrado hacia mí, y le di a grabar.

Quería tener la prueba. Quería volver a ver su cara después, todas las veces que quisiera.

La polla estaba tan dura que me dolía. Las venas se marcaban gordas, azules, corriéndome desde la base hasta la corona, como si hubiera estado haciendo pesas con ella. La punta brillaba de líquido preseminal, con un hilo espeso que le colgaba y se estiraba hacia el muslo. Me la empecé a mover despacio, arriba y abajo, con la palma bien apretada. La mano me resbalaba sobre la piel mojada haciendo un ruido obsceno. Miré el reloj del teléfono. Faltaban tres minutos para las cuatro y media.

Pensé en aguantar, en correrme justo cuando ella abriera, pero la imagen de su mechón suelto, de los pezones marcados bajo el tirantes, y de su voz diciendo «sí, precioso» me trajeron al borde antes de tiempo. Me agarré los huevos con la izquierda, se los ordeñé, tiré hacia abajo para retrasarme. No funcionó. Los muslos me temblaban. Los dedos del pie se me curvaron contra el parqué.

—Mierda —murmuré.

Me levanté del orejero. Si me venía sentado, ella iba a llegar a verme con la cara descompuesta y la mano todavía moviéndose, pero el rastro iba a quedar dentro de la bata. Quería que viera el chorro en el aire. Quería que viera lo que provocaba. Quería que se le quedara grabado el momento exacto en que le vaciaba los huevos por ella.

Me puse de pie en el medio del salón, con el albornoz colgando de los hombros como una capa, la polla apuntando al techo, la mano moviéndose rápida, brutal, sin disimulo. Justo entonces escuché el chasquido del marco metálico del otro lado. La ventana se abrió. Mariela apareció en el cuadro como una foto. Empezaba a saludarme con esa sonrisa nerviosa que ya le conocía, y al subir la mirada del marco al interior de mi salón, se quedó congelada.

El primer chorro salió en ese mismo segundo. Un latigazo blanco que voló medio salón y salpicó el parqué a un metro del sillón. El segundo cayó más cerca, caliente, espeso, cayéndome sobre el dorso de la mano. El tercero me chorreó por los nudillos. El cuarto y el quinto me mancharon el vientre, los huevos, el muslo. Yo gemía sin cortarme, con la boca abierta, los ojos clavados en ella, en su boca que se abría y se cerraba sin emitir sonido, en cómo el cuello se le ponía tan rojo como las mejillas.

Mariela se llevó las dos manos a la cara, una sobre la boca, la otra sobre el pecho. La mano del pecho no estaba quieta: la vi apretarse la teta por encima del vestido, agarrársela entera y soltarla, como quien se sujeta el corazón que se le sale. Siguió mirando. No bajó la persiana. No se metió adentro. Se quedó quieta, atrapada en el marco, hasta que el último espasmo me dejó la polla goteando y las piernas temblando.

Hice el gesto torpe de cubrirme con el albornoz, fingiendo que recién me daba cuenta de que estaba ahí. Me acerqué a la ventana de mi salón y, desde mi lado del patio, le hablé como pude, todavía con la respiración cortada.

—Perdona, vecina —dije—. No quería que me vieras así. Pensé que ya habías cerrado.

Ella movía la cabeza de un lado a otro, todavía colorada, y agitaba la mano libre como diciendo «no pasa nada, no pasa nada». Se pasó la lengua por el labio de arriba, un gesto tan rápido que casi lo pierdo, y tragó saliva. Se le movió la garganta.

—Perdóname tú a mí —contestó por fin, casi sin voz—. Yo no debería mirar para tu casa, pero la ventana da justo aquí y al abrirla te veo sin querer.

—Tranquila —dije—. Quedamos a mano.

—Quedamos a mano —repitió ella, muy bajito, como saboreando la frase.

Cerró la ventana muy despacio, sin dejar de mirar el suelo. Yo me senté en el orejero, todavía respirando agitado, con la polla otra vez engrosándose contra el muslo pegajoso, y me quedé un largo rato con los ojos puestos en el cristal vacío de enfrente.

***

Más tarde me senté en la cocina con un vaso de vino y volví a mirar el vídeo. Estaba todo: el chasquido del marco, la sombra de Mariela apareciendo detrás del cristal, la mano subiendo hasta su boca, la otra apretada contra el escote, agarrándose la teta. Amplié el zoom. Ahí estaba, clarísimo: los dedos hundidos en la carne por encima del vestido, apretando y soltando al ritmo de mis chorros. Sus ojos no se habían apartado en ningún momento. No había sorpresa de víctima ahí. Había otra cosa. Había hambre.

Pausé el vídeo justo en ese plano y dejé el teléfono apoyado contra la botella. Me bajé el pantalón corto y me saqué la polla de nuevo, semierecta, todavía sensible del último orgasmo. Sentí cómo me volvía a despertar entre las piernas, lento, insistente, hinchándoseme en la mano al ritmo de la respiración. Suspiré.

Esto recién empieza.

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Comentarios(9)

Mirona_curiosa

que morbo!!! me imagine la escena perfectamente. excelente relato

RomeoNocturno

Quede con ganas de saber que paso despues... tiene que haber una segunda parte si o si!

Caro_1984

jajaja me mato el detalle de la hora exacta, se nota que era una rutinita bien armada. muy bueno!

Tomas_KBA

Tremendo!!! no pense que terminaba asi, muy bien llevado hasta el final

Valeria_77

y ella? se quedo mirando o se fue? eso me quedo dando vueltas jaja

VentanaVerde

lo escribiste muy bien, se siente como si uno mismo lo estuviera viviendo. saludos desde cordoba

RobertoP_ba

buenisimo, me recordo a algo que me paso hace anos en un edificio de palermo jaja. gracias por compartirlo

nico_bay22

corto pero picante. quiero mas de estos relatos

ElHuronBA

increible como con tan poca descripcion se genera tanto suspenso. bravo

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