Confieso lo que pasó en el parking del trabajo
Eran las cinco menos cuarto de un viernes de mayo y yo no podía despegar los ojos del reloj de la pared. La oficina llevaba muerta desde el almuerzo, y lo único que me separaba del fin de semana con Carla era una hora muy larga y el zumbido del aire acondicionado.
Tenía planes. Carla había alquilado una cabaña en la costa, con piscina pequeña y sin vecinos a la vista. Llevaba toda la semana mandándome fotos del lugar y promesas que prefería no leer en horario laboral.
El problema era Ramiro. Ramiro era el comercial del despacho de al lado, un cincuentón divorciado con el pelo engominado y una barriga que se le escapaba por encima del cinturón. Llevaba tres semanas insistiendo en que tomáramos algo después del trabajo, y aquella tarde había decidido que los muros bajos del cubículo eran una invitación abierta a apoyarse encima.
—Marina, en serio, una cerveza y te dejo en paz. Hay un sitio nuevo en la avenida, lo pagaría yo.
—Te lo agradezco, Ramiro, pero tengo planes.
—Siempre tienes planes los viernes. Algún día me vas a tener que explicar qué hace una chica como tú sin tiempo para un café.
Le sonreí con esa sonrisa profesional que se aprende a base de repetirla y volví a fingir que estaba ocupada con un correo que ya no contenía nada. Una hora más. Solo una hora más.
A las seis en punto cerré el portátil, cogí el bolso y bajé al parking subterráneo del edificio sin despedirme de nadie. El ascensor olía a colonia barata y aún tenía pegado el «que vaya bien el finde» de Ramiro cuando salí al sótano.
Mi coche estaba en la plaza catorce, donde llevaba dos años aparcando. Me metí, giré la llave y oí ese clic seco que ya conocía. Nada. Lo intenté otra vez. Nada. Probé una tercera y la luz del salpicadero parpadeó sin convicción.
—No me jodas.
Bajé del coche con el móvil en la mano para llamar a la asistencia. Mientras esperaba a que cargara la aplicación oí pasos sobre el cemento, y al levantar la mirada vi a Mateo de mantenimiento acercándose por el pasillo central.
—Eh, Marina, ¿todo bien?
—Pues no. La mierda de coche no arranca, debe ser la batería.
Mateo era de los pocos en el edificio a los que me alegraba ver. Tenía casi treinta, moreno, hombros anchos, una sonrisa fácil y siempre andaba metido dentro de un mono azul de trabajo manchado de grasa en los muslos. Aquella tarde llevaba la cremallera bajada hasta media altura del pecho, y se le veía la camiseta gris pegada a la piel por el calor del sótano.
—Espera, no llames a nadie. Eso te lo arreglo yo en cinco minutos.
—¿En serio?
—Tengo cables en la pick up. Si es la batería, con un puente lo dejamos. Si es algo más serio, ahí ya llamas a quien quieras.
—Mateo, no sé cómo agradecértelo.
Se quedó parado a un metro de mí, con las manos en los bolsillos del mono, mirándome con esa media sonrisa que se le ponía cuando estaba a punto de soltar algo que no debería.
—No te preocupes. Ya se te ocurrirá algo.
Le devolví la mirada un segundo más de lo necesario. Yo notaba cómo el escote de la blusa se me marcaba con la respiración, y él, sin disimular, había bajado los ojos justo ahí.
—Algo se me está ocurriendo, sí —contesté.
No dijo nada. Se dio la vuelta y se fue a por su camioneta, que tenía aparcada dos filas más allá. Una pick up enorme, de las que ocupan plaza y media. La sacó marcha atrás con una facilidad que daba envidia y la dejó morro con morro contra mi coche.
Mateo abrió los dos capós, sacó unos cables gruesos del maletero y los conectó sin preguntarme si entendía lo que estaba haciendo. Después subió a su pick up, arrancó el motor, esperó un minuto largo con el ralentí alto, bajó otra vez y me hizo un gesto con la barbilla.
—Prueba.
Giré la llave y el motor arrancó a la primera. Lo dejé en marcha y bajé.
—¿Ya está?
—Ya está. Pero tienes que dejarlo así un rato, que la batería se recargue un poco. Si lo apagas ahora, mañana vuelves a estar igual.
—¿Cuánto rato?
—Diez, quince minutos.
Me apoyé contra el lateral de mi coche, justo enfrente de él. Mateo guardó los cables en una caja de metal y la dejó en la zona trasera de su pick up. Cuando se giró hacia mí, yo ya tenía un dedo enganchado en el tirador de su cremallera.
—Diez minutos, ¿eh?
—Quince si te portas mal.
Le bajé la cremallera del mono dos dedos, despacio, mirándole a la cara. Él me puso la mano abierta justo encima del pecho derecho, por encima de la blusa, y apretó lo justo para que entendiera que él tampoco iba a fingir que aquello no estaba pasando.
—Aquí, Mateo, en el sótano.
—Aquí, Marina.
Le seguí bajando la cremallera hasta el ombligo. Por debajo del mono llevaba unos calzoncillos negros y nada más. Tenía el abdomen plano, marcado de trabajar de pie todo el día, con una línea de vello que se hundía hacia abajo.
Él me desabrochó dos botones de la blusa, después un tercero, y me abrió la tela hasta los hombros. Yo no llevaba sujetador aquella tarde porque la blusa era de las de no llevarlo. Sus manos eran ásperas, de las que se acostumbran a las herramientas, y me pasó las palmas por los pezones como si llevara meses pensando en hacerlo.
Le bajé la mano por el vientre, le metí los dedos por dentro del calzoncillo y le agarré la polla. La tenía dura, gruesa, más larga de lo que se le podía adivinar por debajo del mono. La saqué del elástico y me arrodillé sobre el cemento sin pensarlo dos veces.
El sótano olía a aceite de motor y a hormigón frío. Las luces fluorescentes zumbaban encima de nosotros. Yo, de rodillas entre los dos coches, con la blusa abierta, le besé la punta antes de metérmela entera de una vez. Tuve una arcada que no me importó. Quería sentirla golpeándome el fondo de la garganta.
—Joder, Marina. Joder.
Le agarré los huevos con una mano, le subí la base con la otra y empecé a chupársela con un ritmo que él se encargó de marcar. Me cogió la nuca, no con fuerza pero sí con intención, y empujó hacia abajo cada vez que yo subía. Yo me dejé llevar. Cuanto más profundo, más mojaba las bragas.
—No pares. Por favor, no pares.
Cambié el ritmo. Tres veces lenta, una vez rápida hasta el fondo. Sentía cómo la polla se le tensaba contra mi lengua, cómo le palpitaba la base entre mis dedos. Aceleré. Le pasé la lengua por la cara inferior, justo donde la vena más gruesa, y noté cómo se le tensaban los muslos contra mi hombro.
—Voy a correrme. Marina, voy a…
No le dejé sacarla. Reventó dentro de mi boca y no me dio tiempo a tragarlo todo. Parte se me escapó por la comisura, bajó por la barbilla y cayó entre los pechos, caliente. Le limpié la punta con la lengua, despacio, hasta que se estremeció y me apartó la cabeza con suavidad porque no aguantaba más.
Me levanté, me limpié la barbilla con el dorso de la mano y le besé en la boca antes de que pudiera decir nada. Lo besé con los restos suyos en los labios. Él me agarró por la cintura, me dio la vuelta y me empujó contra el lateral de la pick up.
—Tu turno —dijo en el oído.
Me subió en volandas a la zona de carga de la camioneta. La superficie era de plástico duro, fría a través de la falda. Me arrancó las bragas con dos dedos y me separó las rodillas sin paciencia. Yo dejé que lo hiciera.
—Mira que estás empapada, Marina.
—Hace media hora que estoy así.
Se inclinó entre mis piernas y me lamió de abajo arriba, lento, una sola vez, como tomando medida. Después me chupó el clítoris con los labios apretados y supe que aquello iba a ser largo.
El primer orgasmo me pilló desprevenida. Llevaba veinte segundos con su lengua dentro de mí y de pronto se me cortó la respiración. Me agarré al borde de la caja con las dos manos y eché la cabeza atrás contra la pared trasera de la cabina. Él no paró.
—Mateo, espera, dame un…
No me dio nada. Siguió, ahora con el clítoris entre los labios y un dedo dentro, y el segundo orgasmo llegó pegado al primero. Yo notaba cómo me corría hacia abajo, cómo me mojaba el culo contra el plástico, y él aprovechó la humedad para meterme el pulgar en el otro sitio.
—Ah, joder. Joder, Mateo.
Tenía la lengua trabajándome por delante, un dedo dentro y el pulgar atrás. No sabía a dónde mirar ni qué músculo apretar. Llegó otro orgasmo, este más largo, que me hizo temblar las piernas y cerrar las rodillas contra sus hombros. Él aguantó ahí, sin moverse, dejándome terminar.
Cuando por fin me soltó, yo no podía ni hablar. Tenía la blusa abierta, la falda subida hasta la cintura, las bragas rotas tiradas en algún sitio del sótano y la respiración cortada. Mateo me besó el muslo por dentro, una sola vez, y se incorporó.
—Te dije que quince minutos.
—Hijo de puta.
Me reí. Él se rió también. Me ayudó a bajar de la pick up agarrándome por la cintura, y yo me arreglé la falda como pude. La blusa la abroché de cualquier manera, saltándome dos botones. Él se subió la cremallera del mono y se peinó con los dedos como si volviera de cambiar una bombilla del pasillo.
—¿Qué haces este finde? —le pregunté.
—Nada. Lo que salga.
—Tengo planes hasta el domingo, pero el lunes por la noche estoy libre.
—El lunes por la noche te recojo donde me digas.
Intercambiamos los números allí mismo, apoyados contra la pick up. Cuando guardé el suyo en la agenda me di cuenta de que aún tenía el sabor de él en la boca y de que el coche llevaba veinte minutos en marcha calentando una batería que ya estaba más cargada que yo.
Nos metimos cada uno en su coche. Él salió primero. Cuando arrancó la pick up y empezó a recorrer el pasillo hacia la rampa de salida, yo eché un vistazo al retrovisor para ver si había alguien más en el sótano.
Lo había.
Tres plazas más allá, en su sedán gris aparcado de frente, estaba Ramiro. El cincuentón engominado del despacho de al lado. Las luces interiores apagadas, las fluorescentes del techo del sótano marcándole la cara y el regazo. Tenía la bragueta abierta, la mano derecha trabajándose lo que tenía dentro y los ojos clavados en mi retrovisor.
No sé cuánto tiempo llevaba ahí. No sé si lo había visto todo desde el principio o solo el final, cuando salí de la zona de carga de la pick up con la falda mal puesta y la blusa abierta. La cara que tenía no era de sorpresa. Era de alguien que llevaba un rato.
Bajé la ventanilla. Le sostuve la mirada por el espejo durante tres segundos largos. Después le guiñé un ojo. Despacio, sin sonreír.
Solté el freno de mano, metí primera y subí por la rampa hacia la avenida sin volver a mirar atrás. Mientras esperaba en el semáforo del cruce, llamé a Carla.
—Voy llegando. Tengo cosas que contarte.
—¿Buenas o malas?
—Confesables. Te las cuento en la cabaña.
Colgué, puse el intermitente y cogí la entrada de la autopista pensando que el lunes por la noche iba a llegar muy rápido. Y que el lunes por la mañana, cuando me cruzara con Ramiro en el pasillo de la planta, ya nada iba a poder borrarle la cara que tenía ahora mismo en aquel sótano.