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Relatos Ardientes

Lo que vi tras la cortina cambió todo entre nosotros

Había una raya. De esas que llevas años mirando de lejos, repitiéndote que no, que eso no es para ti, que tú eres distinta. Y entonces una tarde de octubre nos miramos a los ojos y los dos supimos, sin necesidad de decirlo, que esa noche la pisábamos por fin.

A mi edad mi cuerpo había aprendido, por fin, a no pedir perdón por existir. Carlos seguía teniendo esa mirada oscura que todavía me deshace después de catorce años juntos. Salimos de casa cogidos de la mano, como dos adolescentes a punto de hacer algo prohibido, aunque nadie nos prohibía nada. Esa era la parte más excitante: la única barrera éramos nosotros mismos.

La dirección nos llevó a un chalé discreto en una urbanización de las afueras de Sevilla, con seto alto, un farol amarillo en la verja y ventanas pintadas en negro. Timbre. Una mirilla. La puerta se abrió apenas un metro y el mundo de fuera dejó de existir.

Lo primero que golpea es el aire. Cargado, denso, con un perfume caro mezclado con algo más animal y más sincero. Lo segundo, la música: grave, lenta, hecha para que no pienses demasiado, solo sientas. Y lo tercero, la gente. Personas normales —eso fue lo que más me desarmó—, con cuerpos normales, que se miraban y se rozaban sin culpa y sin teatro, como si hubieran decidido, simplemente, ser honestos con lo que querían.

—¿Estás bien? —me preguntó Carlos al oído, con los labios rozándome el lóbulo.

—Estoy mejor de lo que esperaba —respondí. Y era verdad.

Nos quedamos un rato en la barra, copa en mano, observando sin prisa. Eso fue algo que nos habían contado y que confirmé esa noche: en estos sitios nadie te empuja. Nadie se acerca sin que tú lo invites. Existe un protocolo no escrito, casi elegante, hecho de miradas y de gestos que preguntan antes de avanzar. El respeto, paradójicamente, era lo que más se respiraba en aquella sala.

A nuestra derecha, una pareja mayor que nosotros conversaba con un chico que les rondaba los treinta. Ella reía. Él le pasaba el pulgar por el dorso de la mano, despacio, como diciéndole sin palabras que esa noche cualquier cosa estaba bien si ella lo quería. Yo los miré más tiempo del que pretendía y, cuando ella me devolvió la mirada, no aparté la mía. Le sonreí. Ella inclinó la copa hacia mí en un brindis silencioso. Sentí el pulso en sitios donde no recordaba haberlo sentido en años, y noté cómo el coño se me humedecía debajo del vestido sin haberle pedido permiso a nadie.

Carlos me rodeó la cintura por detrás y noté su boca tibia en mi cuello.

—Me pone verte así —murmuró—. Saber que otros te miran y ven lo mismo que yo veo cada mañana.

Aquello me llegó al centro. No era posesión disfrazada ni inseguridad pidiendo aplausos: era deseo compartido. Querer que el resto del mundo confirmara, aunque fuera con la mirada, lo que él ya sabía de mí. Reconocerlo en voz alta, sin miedo, fue como soltar un nudo apretado en algún sitio que no supe nombrar hasta ese instante.

Bailamos. Mis caderas encajadas en las suyas, su cuerpo respondiendo al mío con la naturalidad de quien me conoce de memoria pero todavía me desea con urgencia. Sentí su polla dura contra la parte baja de mi espalda y, en lugar de disimularla, la busqué. Me froté despacio, deliberada, dibujándole el bulto con la curva del culo, subiendo y bajando muy lento, sintiendo cómo se le marcaba cada vez más a través de la tela del pantalón. Sabía que nos miraban desde dos o tres ángulos distintos y dejé que esa atención me encendiera en vez de apagarme. Carlos me mordió la nuca sin disimulo, deslizó una mano por delante y me apretó una teta por encima del vestido, sin importarle quién estuviera mirando. Se me escapó un gemido bajo. Noté los pezones endurecidos empujando la tela, tan visibles que la mujer del brindis los miró un segundo antes de sonreír para sí misma.

—Ven —dijo él, con la voz un poco ronca—. No aguanto más aquí de pie.

Me llevó por un pasillo en penumbra. Las puertas entornadas dejaban escapar sonidos que se me clavaban en la piel: jadeos, susurros, el chapoteo inconfundible de bocas devorando sexos, el golpe seco de caderas contra caderas, el ritmo de dos cuerpos que han dejado de pensar. Por una rendija alcancé a ver una espalda de hombre subiendo y bajando entre las piernas abiertas de una mujer que le tiraba del pelo mientras se corría en su boca sin taparse la voz. No sentí vergüenza. Sentí hambre. Se me apretó todo por dentro, el clítoris latiéndome como si tuviera pulso propio.

***

La habitación era pequeña, con una luz tenue de pared y un sofá ancho de terciopelo oscuro. Nada glamuroso, pero tampoco lo necesitaba.

Carlos me tumbó despacio, con esa seguridad suya que nunca necesita demostrar nada a nadie. Se colocó sobre mí y empezó por el cuello, por la clavícula, bajando sin que yo pudiera anticipar adónde iría después. Sus manos me conocían de memoria, pero esa noche parecían volver a aprenderme, como si tuvieran todo el tiempo del mundo y quisieran usarlo entero. Me desabrochó el vestido con los dientes en un tramo y con los dedos en el siguiente, y cuando por fin me tuvo entera ante él —sin sujetador, con unas bragas empapadas que le confesaban todo antes de que yo abriera la boca—, se quedó quieto un segundo solo para mirarme.

—Joder —dijo en voz muy baja—. Estás chorreando ya.

—Cállate y hazlo —le contesté, y no me reconocí la voz.

Sus manos recorrieron cada curva sin prisa, apretando en los sitios donde sabía que me hacía temblar. Me cogió las tetas con las dos palmas, me pellizcó los pezones entre el pulgar y el índice y me los retorció justo hasta el borde en que el placer se confunde con el dolor. Yo arqueé la espalda y le ofrecí más. Bajó la boca y se metió un pezón entero, chupando duro, tirando con los dientes, mientras la otra mano se iba abriendo camino hacia abajo. Me metió dos dedos por dentro de las bragas, en línea recta al coño, y encontró lo que ya se esperaba: estaba tan mojada que le resbaló hasta el segundo nudillo sin ningún aviso.

—Mírate —murmuró contra mi teta—. Estás para follarte hasta mañana.

Movió los dedos en círculos lentos por dentro, tocando ese punto que solo él sabe encontrar a la primera, mientras el pulgar me trabajaba el clítoris con una presión perfecta, ni demasiada ni poca. Yo empecé a gemir sin control, con la boca abierta contra su hombro, mordiéndole la piel para no gritar. Me arranqué las bragas yo misma, incapaz de esperar más, y le agarré la cabeza para bajársela.

—Cómemelo —le pedí, sin reconocerme tampoco esta vez—. Ya. Por favor.

Sonrió contra mi vientre y no me hizo caso enseguida. Bajó besándome despacio el ombligo, el hueso de la cadera, la cara interna del muslo, respirando muy cerca de mi coño sin llegar a tocarlo, torturándome a propósito. Cuando por fin plantó la boca abierta ahí, con la lengua plana y ancha, un lametón largo desde el perineo hasta el clítoris, se me escapó un gemido tan hondo que se me llenaron los ojos de agua. Chupó los labios uno por uno, los abrió con los dedos como si estuviera partiendo una fruta y hundió la lengua dentro. La sacó chorreando, se la relamió, volvió a hundirla. Metió tres dedos y cerró la boca sobre el clítoris, succionándolo con un ritmo constante mientras me follaba con la mano.

Yo ya no sabía si respirar era una opción. Le agarraba el pelo con las dos manos, le pegaba la cara a mi coño sin pudor, moviendo las caderas contra su boca. Sentí llegar el primer orgasmo como una ola larga que empieza en los pies. Le apreté las piernas alrededor de la cabeza, me corrí en su boca y en sus dedos con un grito que hasta a mí me sorprendió, y él no paró hasta que dejé de temblar.

Volvió a subir con la barbilla brillante, se limpió con el dorso de la mano y me besó en la boca. Me tragué mi propio sabor mezclado con el suyo y le mordí el labio.

—Ahora tú —le dije.

Lo empujé hacia el sofá, lo senté y me arrodillé entre sus piernas. Le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón y su polla saltó a mi cara, dura, hinchada, con la punta ya perlada. Le pasé la lengua por debajo, desde los huevos hasta el glande, muy despacio, mirándolo a los ojos. Se le escapó un gruñido. Lo metí entero en la boca, hasta el fondo, apretando la garganta a propósito, y después subí chupando fuerte, dejándolo brillante de saliva. Repetí el movimiento una y otra vez, cogiéndosela con las dos manos por la base, ordeñándosela mientras la punta me golpeaba el paladar. Él me sujetó el pelo, me marcó el ritmo, me empujó la cabeza un poco más de lo que yo podía sola, y me gustó. Me gustó ahogarme un segundo, me gustó salir con hilos de baba colgando de la boca, me gustó cómo me miraba mientras se la mamaba como si fuera lo más obsceno y lo más hermoso a la vez.

—Para —jadeó—, para, para, que me corro y todavía no.

La solté con un ruido húmedo, sonriendo. Cuando por fin me subió a horcajadas y me guio hasta su polla, los dos contuvimos el aliento un segundo. Ese segundo en que el cuerpo del otro se vuelve territorio familiar y desconocido al mismo tiempo. Me clavé despacio, sintiendo cómo me abría por dentro centímetro a centímetro, y cuando lo tuve dentro hasta el fondo me quedé quieta encima, apretándolo con los músculos internos, mirándolo. Nos movimos despacio al principio, buscando el ritmo, hasta que el ritmo nos encontró a nosotros y dejó de haber decisión: solo impulso. Yo cabalgándolo, él embistiendo desde abajo, mis tetas dándole en la cara, sus manos apretándome el culo con las diez uñas clavadas.

Entonces Carlos paró.

Me miró con esa determinación suya que no admite réplica, me agarró por las caderas y me recolocó: yo sentada al borde del sofá, él arrodillado de espaldas a la cortina que separaba la habitación del pasillo, y mis piernas abiertas frente a su boca. Expuesta. Entregada del todo, con el coño abierto, hinchado y goteando encima del terciopelo. Mirando hacia la cortina sin poder evitarlo, sin querer evitarlo.

Se inclinó hacia mí con una lentitud deliberada y empezó.

***

Y fue exactamente entonces, con su boca trabajando en el punto más vulnerable de mí, con los ojos abiertos hacia la cortina que nadie había cerrado del todo, cuando la vi.

Al principio fue solo un movimiento. La cortina se separó apenas un dedo, y al otro lado, dos siluetas. Una mujer rubia, curvilínea, envuelta en un kimono corto de seda gris que se le abría lo justo para adivinarle los pechos pesados y las bragas negras de encaje, con una sonrisa que no pedía nada. Detrás de ella, un hombre alto, callado, con la mano apoyada en su hombro desnudo y un bulto muy visible marcándose contra el pantalón. Los dos inmóviles, como quien se detiene delante de algo bello sin querer interrumpirlo.

Carlos no los veía. Seguía con la lengua dando vueltas exactas alrededor de mi clítoris, con dos dedos metidos hasta el fondo curvándose hacia arriba, las manos clavadas en mis caderas, ajeno a todo lo que no fuera el calor entre nosotros.

Pero yo sí.

Sentí el primer instinto, el más viejo, el más simple: territorial, antiguo, intacto. Mío. Fuera de aquí. Y al mismo tiempo, sin pedírselo a nadie, mi cuerpo respondió de otra manera. Un apretón interior alrededor de los dedos de Carlos. Un calor nuevo subiéndome por dentro. Una corriente que no supe identificar al principio y que reconocí un segundo después: me gustaba. Me gustaba que estuvieran ahí. Me gustaba que ella me viera con las piernas abiertas y la boca de mi marido pegada al coño.

La contradicción fue tan brutal que me quedé suspendida en el ritmo, procesándola por dentro.

La rubia tenía los ojos fijos en mí. No en Carlos. En mí. Con esa expresión que dice eres exactamente lo que venía a buscar aquí esta noche. Se pasó la lengua por el labio de arriba muy despacio y bajó una mano por debajo del kimono, sin apartar la mirada, tocándose por encima de las bragas mientras me miraba correrme en la cara de mi marido. Su acompañante esperaba detrás, sin moverse, sin avanzar un milímetro, dejando que fuera yo quien marcara el siguiente paso. Era el mismo protocolo silencioso de la sala grande: nadie cruza una línea sin que tú la dibujes primero.

—No pares —murmuró Carlos contra mi piel, sin enterarse de nada—. Estás palpitándome en la boca.

Y yo no paré. Pero tampoco aparté los ojos de ella.

Había una pregunta flotando en el aire de esa habitación pequeña, silenciosa y perfectamente clara. Una pregunta que nadie pronunciaba en voz alta porque no hacía falta. La rubia ladeó ligeramente la cabeza. Un gesto mínimo. ¿Sí?

Dentro de mí, dos respuestas peleaban a muerte.

Una era conocida, segura, la que me había acompañado catorce años y me había traído hasta esa habitación: esto es suficiente, esto es todo lo que necesito, lo que tenemos entre Carlos y yo no necesita testigos ni añadidos. La rubia es bellísima, pero la rubia no es la cuestión. La cuestión es no perderse en el camino.

La otra era nueva, inquietante, honesta de una manera que me asustó: quiero saber qué hay al otro lado de esta cortina. Quiero saber qué siente Carlos si me ve mirar a otra mujer mientras él me devora. Quiero saber qué se siente al tener la lengua de una desconocida en el mismo sitio en el que ahora está la de mi marido, y la polla de otro hombre en la boca mientras Carlos me folla desde detrás. Quiero saber qué siento yo si dejo que otros ojos, otras manos, otras bocas entren en este momento que hasta esta noche era solo nuestro.

La rubia esperó. No sonrió más, no se movió, no insistió. Solo esperó, con la paciencia tranquila de quien sabe que no hay prisa, que aquí nadie llega tarde a ningún sitio.

Pensé en cómo habíamos llegado hasta esa cortina. En la primera vez que Carlos y yo habíamos dicho la palabra en voz alta, sentados en la cama después de follar, con su semen todavía escurriéndoseme por el muslo, hablando de fantasías como quien tantea el filo de una navaja con la yema del dedo. En las semanas de silencio que siguieron, en las que ninguno se atrevió a volver al tema y los dos sabíamos perfectamente que el tema seguía allí. En la noche en que él dijo, sin mirarme, que había encontrado un sitio discreto, serio, con reglas claras, y en mi sí, dicho también sin mirarlo a los ojos, porque algunas cosas se aceptan mejor mirando la pared.

Y ahora la cortina. Y la rubia con la mano metida por debajo del encaje, tocándose para mí. Y el hombre alto detrás, con la polla marcada, esperando. Y Carlos arrodillado entre mis piernas, devoto, con la barbilla empapada, sin sospechar que la decisión más grande de la noche estaba a punto de tomarse encima de él.

Sentí la lengua de Carlos describiendo un círculo lento, exacto, y supe que en cuestión de segundos no iba a ser capaz de hablar. Tenía esa ventana mínima para decidir, antes de que mi cuerpo decidiera por mí.

Abrí la boca.

Y tú, que me estás leyendo: ¿qué crees que dije?

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Comentarios(9)

veranocaliente77

Tremendo relato!! me enganche desde el principio y no pude parar

LorenaZ22

me recordo a algo que me paso hace años, esa situacion de darte cuenta que te estan mirando tiene una carga que no te olvidás mas. Muy bueno!

NocheVoyeur

jaja 'mi cuerpo decidio antes que yo' es genail, me mato esa frase

ElenaMdp

increible. Ojalá haya segunda parte!

Mateo_noc

Buenisimo, la tension que vas construyendo de a poco es lo mejor del relato. Saludos

RuizLector

Me encanto como manejaste la perspectiva del narrador, esa distancia entre lo que ve y lo que siente hace el relato muy creible. Muy bien escrito, esperando mas.

PatriGA

Me gusto mucho como lo contas, sin ser explicito pero generando mucho morbo igual. Seguí así!

Caro_lee

Por favor continualo... se corto justo cuando mas queria saber!!

Guille_Lee

Sencillo y efectivo, eso es lo que diferencia un buen relato de uno mediocre. Felicitaciones

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