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Relatos Ardientes

Esa mañana en la piscina nadie quiso ponerse el bañador

Me llamo Marina y todavía me río cuando recuerdo aquel domingo de agosto. Era una de esas mañanas pegajosas en las que el aire pesa y la única solución es meterse al agua. Lo que pasó en mi piscina ese día no estaba en los planes de nadie, y precisamente por eso terminó siendo inolvidable.

Me había acostado a las cinco de la madrugada. La noche anterior estuve en casa de mi amiga Camila celebrando que por fin habíamos terminado el curso. Una noche de chicas, con copas, música, confesiones tontas y bailes que ninguna debería haber bailado. A las once de la mañana me desperté con la boca pastosa y el pelo hecho un nido.

—¡Buenos días, princesa! —dijo Adrián, mi novio, dejando las llaves del coche sobre la mesa de la cocina—. Vengo del campo. ¿Tú acabas de levantarte?

—No me hables fuerte —murmuré, tapándome los ojos con el antebrazo—. Anoche fue larga.

—Eso me han contado. Camila me escribió antes diciendo que roncabas como un camionero.

—¡Mentira! —protesté, aunque sabía que era verdad—. Tú tampoco eres ningún silencio nocturno, que conste.

Adrián se rió y me pidió la llave para darse una ducha y un chapuzón rápido en mi piscina antes de comer. Mis padres llegarían más tarde, así que la casa estaba para él solo. Le tiré el llavero desde el sofá y le advertí que no se durmiera al sol.

—Después paso yo —le dije—. Voy a ayudar a Camila a recoger el desastre de anoche.

Estuvimos un par de horas barriendo botellas y vasos de plástico, riéndonos de fotos que ninguna de las dos recordaba haberse hecho. A las doce y media llamé a mi madre, Patricia. Comeríamos todos en casa: ellos dos, Adrián y yo. Mi padre estaba arreglando algo en el garaje y mi madre iba a venir con su amiga Lorena, con la que pasaba horas cosiendo cortinas y manteles.

Justo antes de salir, llamé a Adrián para preguntarle si necesitaba algo.

—Tráeme un bañador, anda. No encuentro el mío por ningún lado.

Camila, que escuchaba en altavoz, soltó una carcajada.

—Ay, qué pillín. Seguro que se está bañando en bolas y nos lo dice ahora para que no nos pongamos rojas cuando entremos.

—Tú sí que estás bañándote en bolas —le contesté a Adrián por teléfono—. Te conozco. Llegamos en cinco minutos.

Aparcamos frente a casa y la puerta estaba entornada. Adrián, previsor, nos había dejado paso. Antes de seguir, dejadme que os describa al elenco, porque después la cosa se complica.

Adrián tiene treinta y cinco años. Es delgado, moreno de pelo, blanco de piel porque odia el sol. Mide uno setenta y pesa setenta kilos. Espalda estrecha y manos grandes. Camila tiene veinticinco años, es gallega, larga de pelo y de piernas, con una figura que entra sin pedir permiso en cualquier habitación. Yo, Marina, tengo veintiséis. Soy de complexión fuerte, castaña de melena rizada, con caderas anchas y un pecho que llevo con orgullo aunque ya no apunte al cielo como antes.

Entré con Camila por la puerta de la cocina. Dejamos las bolsas sobre la mesa y, mientras ella iba a saludar a Adrián, yo subí a cambiarme. Tenía un bikini rojo nuevo que mi novio ni siquiera me había visto puesto: un triángulo minúsculo arriba y una braguita estrecha que apenas cumplía con su nombre. Demasiado atrevido para salir de mi habitación.

Camila subió un par de minutos después, con la cara encendida.

—Marina, no te lo vas a creer.

—¿Qué? —pregunté mientras me terminaba de desnudar delante del espejo.

Ella se quedó parada en el umbral, mirándome.

—¿No te da apuro estar así, completamente en pelotas, con la puerta abierta?

—Con mis hermanas no podría. Contigo me da igual. Pero suelta lo que ibas a decir.

Camila tragó saliva y bajó la voz como si alguien pudiera oírnos.

—Que tu novio está desnudo en la piscina. Yo me senté en el borde para meter los pies y, cuando lo miré, no llevaba absolutamente nada. Casi me caigo al agua. Y encima la tiene… bueno, la tiene ahí, colgando, ni la disimulaba.

—¿Se le empalmó cuando te vio? —le pregunté, mordiéndome el labio para no reírme.

—Marina, por Dios —susurró, roja hasta las orejas—. Un poco, sí. Se le movió. Yo aparté la vista, pero se le movió.

Me até el bikini y bajé las escaleras tapándome la risa con la mano. Camila venía detrás, todavía colorada. Cuando llegué al jardín, Adrián estaba apoyado en el bordillo con los brazos abiertos y una sonrisa de niño travieso.

—Os dije que me trajerais un bañador —protestó.

—Y yo te dije que estabas mintiendo —contesté—. Resulta que el mentiroso era el que decía la verdad.

—Estoy relajadísimo. Llevo toda la mañana así. Probadlo, no se vuelve atrás.

Camila se sentó en una tumbona, fingiendo desinterés, pero la pillé varias veces mirando hacia la zona donde el agua dejaba de cubrir a mi novio. Se notaba que la situación le daba morbo, aunque jamás lo habría reconocido en voz alta.

—Vamos, anímate —le dije, lanzándole un bikini azul que tenía colgado del respaldo—. Es un poco grande, pero apaña.

Ella se cambió en el baño de abajo y volvió mirando al suelo. Cuando entró al agua, Adrián tuvo el detalle de quedarse mirando hacia la pared cada vez que ella se movía. Yo le di un beso en el hombro por ese gesto. No todos los hombres respetan así.

***

Pasaron veinte minutos de risas tontas, chistes malos y un par de cervezas mal frías. Camila tenía que irse a comer con sus padres, así que se acercó a la ducha exterior, se quitó el bikini de espaldas y se enjuagó. Adrián y yo nos giramos sin que ninguno tuviera que decir nada. Cuando volvió vestida, me dio un abrazo y me susurró al oído:

—Me he muerto de morbo. Estuve a punto de quedarme en topless. Otra vez será. Y encima con la polla de tu novio a dos metros… casi me toco aquí mismo, tía.

Se fue, y Adrián y yo nos quedamos solos en la piscina. Yo me había soltado la parte de arriba del bikini en cuanto Camila cerró la puerta. Los pezones se me endurecieron al aire, y Adrián no perdió un segundo. Se acercó nadando hasta acorralarme contra el bordillo, con una sonrisa que ya no era de niño travieso sino de hombre con hambre.

—Llevo toda la mañana empalmado —murmuró, agarrándome por la cintura y aplastándome contra la pared—. Desde que os oí llegar. Y encima Camila se puso ese bikini y se me pasó por la cabeza follaros a las dos.

—Guarro —le dije, mordiéndole el labio.

Metí la mano bajo el agua y le agarré la polla, ya durísima, palpitándome en la palma. Se la trabajé despacio, apretándole la punta con el pulgar cada vez que subía. Él gimió contra mi cuello y me chupó un pezón, tirando de él con los dientes hasta que se me escapó un gemido que retumbó contra los azulejos.

—Cállate, cállate —me susurró riéndose—. Que se escucha desde la calle.

—Pues no me la comas así, gilipollas.

Me bajó la braguita del bikini por debajo del agua y la dejó colgando en un tobillo. Metió dos dedos entre mis labios y me buscó el clítoris con la yema del pulgar. Yo abrí más las piernas, apoyándome en el bordillo con los codos, y le dejé hacer. Los dedos se le hundían con una facilidad obscena, entrando y saliendo con un chapoteo bajito que me estaba volviendo loca.

—Estás empapada. Y no es el agua de la piscina.

—Cállate y méteme la polla, anda.

Me giró contra el bordillo y me puso de espaldas. Le sentí la punta buscándome, resbalándose por el coño hasta encajar. De un solo empujón me la metió entera. Grité contra el brazo, mordiéndomelo, mientras él me embestía por detrás agarrándome de las caderas. La verga se me hundía hasta el fondo con cada empujón, sacándome un jadeo cortado que no podía disimular. Le busqué la mano y me la puse en el pecho para que me lo apretara. Él me pellizcó el pezón con dos dedos mientras seguía follándome contra la pared.

—Así, dame duro. Rómpeme —le pedí, apretándole el culo con la mano que tenía libre.

—Quiero correrme dentro. Quiero llenarte antes de que llegue tu madre.

—Sí, córrete. Vamos, córrete ya.

Empezó a bombear más rápido, con esos golpes secos que ya nos sabíamos de memoria. Yo me metí dos dedos en la boca, me los mojé bien y me busqué el clítoris. En medio minuto estaba temblando, con las piernas flojas, apretándole la polla desde dentro con esas contracciones que a él siempre lo empujaban al final. Se le escapó un gruñido largo, se agarró a mis caderas con las dos manos y se corrió a chorros dentro de mí. Sentí cada latido de su verga vaciándose, y encima de eso el mío, encadenados.

Nos quedamos ahí un segundo, jadeando, con la cabeza vacía y el agua meciéndonos las piernas.

—Sube y echamos otro rato en la cama antes de comer —le susurré, todavía con él dentro.

—No puedo moverme —contestó, señalando hacia abajo con la barbilla—. Y si salgo ahora del agua tu madre va a pensar que la estoy esperando con honores. Y encima chorreando lo que te acabo de meter.

Solté una carcajada tonta y me até la braguita del bikini a medias, buscándola con el pie. Y entonces escuchamos las llaves.

***

—¡Hijaaa! —cantó mi madre desde la entrada—. ¡Hemos venido antes!

Patricia, mi madre, tiene cincuenta y cinco años. Es rubia teñida, con el pelo largo y una risa que se oye en toda la calle. Lleva años en una guerra perdida con la báscula y con un escote que sigue siendo su carta de presentación. Esa mañana llegaba contenta. Demasiado contenta. Olía a vermú desde el pasillo.

—¡Mamá, espera, espera! —grité, intentando atarme el bikini sin éxito—. ¡Que estamos sin ropa, mamá!

Demasiado tarde. Patricia salió al jardín seguida de Lorena, su amiga del alma. Lorena tiene cincuenta años, es alta, de pelo castaño y una figura imponente. Tetas grandes, bien puestas, y unas piernas que mi madre envidia desde que se conocieron. Las dos venían riéndose, achispadas, como dos chicas de instituto que se han escapado del colegio.

Empujé a Adrián para que se quedara detrás de mí dentro del agua. Salí solo lo justo para darle un beso a mi madre, todavía con los pechos al aire y la sensación tibia del semen escurriéndoseme entre los muslos bajo el agua.

—Vaya, vaya —dijo Patricia, mirándome con las cejas levantadas—. Así que los jóvenes pueden bañarse desnudos y los viejos no. Pues yo también me apunto.

—Patricia, por favor —intentó frenarla Lorena—. Que no estamos en el club.

—Estoy en casa de mi hija. Si ellos pueden, yo también.

Lorena puso los ojos en blanco y sacó el móvil del bolso.

—Voy a llamar a Mateo —dijo, refiriéndose a su hijo—. Que venga, que si me iba a aburrir con vosotros lo iba a pasar peor sola en mi casa.

Mateo apareció diez minutos después. Veinte años, alto, rubio, con una cresta a la moda y una sonrisa de chico al que nunca le han dicho que no. Le abrieron la puerta sin avisarme y entró directo al jardín. Me lo encontré a un metro escaso de mí, todavía en topless. Hice el gesto absurdo de taparme con las manos al mismo tiempo que le daba dos besos, con lo cual los pechos volvieron a quedar al descubierto a mitad de saludo. Él fingió no mirar. La sonrisa le decía lo contrario, y el bulto que le empezaba a marcarse en el pantalón corto más todavía.

—Yo me apunto a esta fiesta —anunció—. Lo único, me meto en calzoncillos, que bañador no traigo.

—Métete como quieras —contestó Patricia desde el agua—. Hoy aquí no hay reglas.

Mateo se quitó la camiseta sin pensarlo dos veces y, antes de que su madre pudiera reaccionar, también el pantalón y la ropa interior. La verga le colgaba gorda y semidura, con esa presencia insolente de los veinte años. Lorena soltó un grito ahogado. Patricia, en cambio, se atragantó con el vermú y no consiguió apartar la vista.

—¡Hijo mío, no me hagas esto! ¡Que está la hija de Patricia delante!

—Mamá, si están todos en pelotas. Yo no voy a ser el raro.

Se metió al agua de un salto y resurgió con la cresta aplastada y media sonrisa de orgullo.

***

Mientras Patricia se acomodaba en la escalera del agua y Lorena entraba a la cocina a buscarse otra copa, le pedí a Adrián que preparara un par de vermús y unas cervezas. Salió del agua envuelto en una toalla pequeña, intentando que no se notara nada. No lo consiguió. Todavía la tenía a media asta después de lo nuestro, y por más que se apretara la toalla a la cintura, el bulto seguía marcándose descarado.

—Voy a la cocina —murmuró—. No me miréis.

Lorena, que volvía justo en ese momento, soltó una carcajada.

—Tarde, guapo. Ya te he visto media vida.

Adrián se sonrojó por primera vez en seis años de relación. Justo al cruzar la cortina del salón, la toalla se enganchó con el pomo de la puerta y cayó al suelo. Quedó completamente expuesto delante de Lorena, con la polla gruesa colgándole todavía medio hinchada y los huevos apretados por el frescor del agua. Ella se quedó mirando sin ningún disimulo, con los labios entreabiertos y las tetas subiendo y bajando de golpe.

—Anda, deja que te ayude —dijo, agachándose a recoger la toalla.

Tardó más de la cuenta en levantarse. Se puso a la altura justa y, en vez de darle la toalla directamente, la fue subiendo por sus piernas muy despacio, como si le sacudiera gotas de agua. Cuando llegó al muslo, se detuvo. Adrián me contó después que sintió los dedos de Lorena en la cara interna, subiendo un centímetro más, otro, hasta rozarle los huevos con los nudillos. Fue un roce corto, calculado, de esos que se pueden confundir con un accidente si a alguien le viene bien confundirse.

—Ay, perdón, cariño, se me ha ido la mano —murmuró, sin apartar los dedos del todo—. Es que la toalla es pequeñita.

Le anudó la tela alrededor de la cintura y, al hacer el nudo, le pasó la palma abierta por delante, aplastándole la polla contra la barriga por encima del algodón. Adrián se puso duro de nuevo en dos segundos. Lorena lo notó, se mordió el labio y le apretó una vez más, ahora sí queriendo, antes de soltarlo.

—Vaya regalo tienes en casa, Marina —me dijo por encima del hombro, todavía con la mano en la cintura de mi novio—. Si esto lo tuviera yo, no lo dejaba salir de la cama.

—Lorena, por Dios —protesté, sin dejar de reírme.

—Te acompaño hasta la piscina, guapo —añadió, sosteniéndole la toalla con una mano, la otra apoyada en su culo—. No vaya a ser que se te vuelva a caer.

Cuando llegaron al borde, Adrián me dejó el vermú en la mano y se metió al agua de un salto, sin perder un segundo. Patricia se había bajado la parte de arriba del bañador y se reía a carcajadas. Mateo flotaba boca arriba con los brazos abiertos, ofreciendo un espectáculo que mi madre y su amiga miraban con bastante menos disimulo del que pretendían. La verga le flotaba a media asta sobre la barriga, gorda y rosada, meciéndose con el vaivén del agua.

—Madre del cordero —comentó Patricia, sin dejar de mirar a Mateo—. Este chico no es un chico ya. Y tu novio, Marina, tampoco se queda corto.

—Mamá —protesté.

—Que es la verdad, hija. Tienes ojos en la cara, ¿no? A tu edad yo también miraba, no te creas.

Lorena terminó de quitarse la blusa y la falda al borde de la piscina y, sin avisar, se desabrochó también el sujetador. Las tetas se le derramaron pesadas, con los pezones oscuros y erectos como cerezas. Se bajó las bragas de un tirón, mostrando un pubis recortado en una franja estrecha, y se metió al agua con una sonrisa de alguien que llevaba años esperando una excusa para hacerlo.

—Los domingos —dijo, mirándome con complicidad— son para los domingos libres, las domingas libres y los amigos que saben mirar sin tocar.

Patricia se quitó del todo el bañador y lo lanzó a una tumbona. Me llamó la atención lo poco que le importaba: el pubis rubio, más poblado que el de Lorena, y unas tetas grandes caídas que se movían con cada risa. Yo me deshice también de la parte de abajo del bikini, notando cómo el semen de Adrián se me diluía en el agua entre las piernas. Adrián y Mateo se sumergían y emergían intentando no quedarse mirando, y fallando todo el rato. Yo los pillaba a los dos. Ellos me pillaban a mí. Lorena pillaba a Adrián. Patricia pillaba a Mateo, sobre todo cuando la corriente le hacía flotar la polla hacia arriba. Nadie tocaba a nadie. Nadie hacía falta que lo hiciera. La piscina entera era un juego de miradas que rebotaban de un cuerpo a otro como una pelota a la que nadie quería poner fin.

Hicimos las cuatro esquinas con la torpeza de los que ya han bebido suficiente. En una de las cambiadas mi madre pasó a mi lado nadando y le vi la teta rozarme el brazo. Ella se rió como si no hubiera pasado nada y siguió. En otra, Mateo le dio un empujoncito a Adrián en el hombro que fue casi un abrazo, y los dos se separaron con una risa nerviosa. Mateo me lanzó una sonrisa larga, lenta, esa sonrisa que un chico de veinte años no sabe que se ve a kilómetros de distancia. Le miré la polla bajo el agua, ahora dura del todo, apuntando hacia arriba con una descaro que ni él controlaba. Él me pilló mirándole y se puso rojo, pero no se dio la vuelta. Adrián me agarró por la cintura por debajo del agua, me metió una mano entre las piernas sin que se notara desde fuera y me susurró al oído:

—En cuanto se vayan te voy a doblar sobre la mesa de la cocina. Te voy a arrancar el bikini y te voy a comer el coño hasta que me pidas por favor que pare. Después te la meto por detrás, despacio, y te la dejo dentro hasta que te vuelvas a correr. ¿Me oyes? Y todavía voy a estar duro. Te voy a follar como Lorena me hubiera follado si te descuidas.

—Cállate, cabrón —le susurré, apretándole la polla por debajo del agua—. Que me estás poniendo perdida otra vez.

—Ya sé. Se te nota.

Me pellizcó el pezón bajo el agua y siguió como si nada, sonriéndole a mi madre por encima del hombro. Lorena, a un metro escaso, le miraba las manos a Adrián con una intensidad que no dejaba lugar a dudas. Sabía perfectamente lo que estaba pasando ahí abajo. Y se estaba tocando por debajo del agua, disimulándolo con el brazo apoyado en el bordillo. Le vi el ritmo, corto, calculado, de una mujer que hace tiempo aprendió a correrse sin que nadie se diera cuenta. Patricia, a su lado, tenía los ojos clavados en Mateo, y aunque tenía las manos por encima del agua, se le notaba en la respiración que también estaba dándose cuerda de alguna manera.

Llegaron las dos y media. Nadie tenía hambre. Mi padre llamó para decir que tardaría un poco más, lo cual nos pareció a todos la mejor noticia del verano. Salimos del agua a buscar más hielo, todavía sin ropa, y nadie hizo ademán de tapar nada. Vi a Lorena secarse las tetas con parsimonia delante de Adrián, y a Mateo pasar detrás de mí más cerca de lo necesario, con la polla todavía medio dura balanceándose. Aquella mañana de agosto entendí que el morbo más fuerte no es el de tocar, sino el de mirar y dejarse mirar sin que pase nada más. Y que un domingo cualquiera, con la gente menos pensada, puede convertirse en un recuerdo que uno guarda como un secreto compartido entre todos.

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Comentarios(9)

MironFeliz

Que relatazo!! me encanto de principio a fin

DarioCR

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como reaccionaron despues jaja

Fantask99

Muy bien narrado, se siente autentico y con buen humor. Segui publicando!

NocturnaLeerR

Me recordo a algo similar que me paso, ese momento en que todo se congela y no sabes si reir o esconderte jajaja. Excelente

SolLect22

La cara de la madre te la imaginas y te mueres... muy bueno!!

Gaston_mp

jajaja tremendo el momento, me imagine la escena perfectamente. 10 puntos

CaroDSur

Que bueno que lo contés con tanta naturalidad, eso hace que se disfrute mucho mas. Espero el proximo!

andres29

Se hizo cortisimo, queremos mas!!

Gonzalo_81

Buenisimo relato. La situacion que describis es incomoda y graciosa a la vez, muy bien logrado. Gracias por compartirlo

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