Espié a mi madre en el baño del autobús nocturno
Detesto a casi toda mi familia. Una prima lejana cumplía dieciséis años en un pueblo a doce horas en autobús del nuestro, y mi madre, fiel a su costumbre, aceptó la invitación sin consultarme. A ella le encantan esas reuniones interminables donde sus tíos y sus primos la rodean como moscas, y donde después de medianoche siempre desaparece con alguno de ellos para «buscar más hielo». Pero esa es otra historia.
—No vas a dejarme viajar sola hasta allá —me había dicho una semana antes, agitando los pasajes frente a mi cara—. Y no quiero escuchar más quejas.
La discusión terminó como siempre: ella ganó y yo apreté los dientes.
Los únicos boletos que consiguió fueron para el servicio nocturno. Llegamos a la terminal pasadas las nueve, con la salida programada a las diez. Aquella central era inmensa, vieja, iluminada por tubos fluorescentes que parpadeaban y volvían cetrina cualquier cara. Olía a aceite quemado de las cocinas que ya cerraban y a desinfectante barato.
Mi madre llevaba lo de siempre: pantalón de mezclilla ajustado que le marcaba sin compasión las caderas, sandalias de tacón bajo y una blusa gris ratón dos tallas más pequeña de lo que correspondía. Decía que el sostén la incomodaba para dormir en el camino, así que los pezones se le marcaban contra la tela como si quisieran asomarse al mundo. En la sala de espera, la mitad de los hombres se olvidaron de sus teléfonos para mirarla pasar.
—Voy al baño antes de que salga —le dije.
—No te tardes.
El servicio estaba al fondo, pasando una hilera de máquinas expendedoras. Empujé la puerta, entré al único urinario libre y me puse a orinar mirando los azulejos descascarados. Estaba abrochándome el cinturón cuando volví a oír la puerta abrirse. Dos voces masculinas, jóvenes, con el acento un poco arrastrado de quien ha tomado un par de cervezas de más.
—¿Viste a la pendeja de la blusa gris? —dijo uno.
—Cómo no la voy a haber visto. Tiene las tetas más ricas que he visto en meses.
—Y sin sostén, hermano. Esos pezones están pidiendo boca.
Me quedé inmóvil dentro del cubículo. No me habían visto entrar; debían suponer que el baño estaba vacío.
—A esa la agarro en el camino. Te lo juro.
—¿Y el escuincle que la acompaña?
—Que se vaya a la chingada el escuincle. Y si reclama, también le doy.
Los dos rieron, ese tipo de risa baja y conspirativa que se les escapa a los hombres cuando creen que nadie los escucha. Se enjuagaron las manos, intercambiaron un par de frases más sobre lo «buena» que estaba mi madre y salieron del baño sin sospechar nada.
Esperé unos segundos antes de moverme. No era la primera vez que escuchaba comentarios como esos. Desde la secundaria, los compañeros me describían en detalle las cosas que harían con mi madre si pudieran, y yo aprendí a callarme y a tragarme la mezcla rara de vergüenza y otra cosa que no me atrevía a nombrar. Salí del servicio con las manos sudando.
Cuando volví a la sala de espera, ella ya estaba de pie junto al andén.
—¿Por qué tardaste tanto?
—No es asunto tuyo.
Me lanzó esa mirada que pone cuando voy a recibir un castigo, pero no insistió. Subimos al camión.
***
Eran pocas personas. Conté siete, ocho a lo sumo, repartidas en cuarenta y dos asientos. Nosotros íbamos en la fila quince, del lado derecho. Detrás, hasta el fondo, no había nadie. Mi madre se acomodó contra la ventana, se cubrió con la chamarra y, antes de que el conductor arrancara, ya tenía los ojos cerrados.
Yo intenté dormir, pero tardé. La carretera era recta y monótona, las luces de los pueblos pasaban como luciérnagas a través del cristal, y cada vez que cerraba los párpados volvían las voces del baño. Las repetía mentalmente como si pudiera encontrarles otro sentido. No lo encontraba.
No sé cuándo me quedé dormido, pero me despertó la lluvia.
Fue un cambio brusco: un instante seco, al siguiente el chubasco golpeando los vidrios como puñados de gravilla. El camión seguía avanzando, las luces interiores apagadas, los demás pasajeros invisibles bajo sus mantas. Sentí el aire frío entrando por algún rincón y me giré buscando la chamarra de mi madre para taparme un poco más.
El asiento de al lado estaba vacío.
Pensé que habría ido al baño. Miré hacia el fondo del camión. La franja de luz amarillenta que se filtraba por debajo de la puerta confirmaba que estaba ocupado. Me arrebujé y esperé.
Pasaron diez minutos. Quince. Veinte. Empecé a preocuparme. Quizá se había mareado, quizá se sentía mal. Me levanté con cuidado, agarrándome de los respaldos para no caerme con el movimiento, y caminé por el pasillo hasta el fondo.
A medida que me acercaba, los oí.
Eran gemidos. Apagados, ahogados por la puerta y por el rugido del motor, pero gemidos al fin. Y yo conocía esa voz mejor que ninguna otra en el mundo.
Me detuve frente a la puerta metálica. La mano me temblaba. Una parte de mí, la sensata, me decía que volviera al asiento, me tapara la cabeza con la chamarra y olvidara para siempre. Otra parte, una más antigua y más sucia, me empujó hacia adelante.
***
Empujé la puerta apenas, con tanta lentitud que el chasquido casi no se oyó por encima del motor. Asomé un ojo.
La escena se grabó en mi memoria con la nitidez de una fotografía.
El baño del camión es minúsculo. Apenas cabía el retrete y, encima de él, un hombre sentado con la espalda contra la pared. Sobre su regazo, dándole la espalda a la puerta, estaba mi madre, desnuda de la cintura para abajo, el pantalón colgando de un tobillo. El tipo la penetraba por delante con un movimiento corto y profundo y, al mismo tiempo, le chupaba los pezones que colgaban frente a su cara, los mismos pezones que llevaba toda la noche enseñando bajo la blusa gris.
Detrás de ella, de pie en el espacio mínimo que quedaba, el segundo hombre la sujetaba por la cintura y la embestía por detrás. Ambos eran morenos, robustos, con barba descuidada de tres días. Reconocí las voces incluso antes de reconocer las caras. Eran los del baño de la terminal.
—Sí, así, no se paren —jadeaba mi madre con esa voz ronca que yo solo conocía de cuando se enfermaba.
—Aún nos queda mucha noche, mami.
—Tenemos cuerda para horas. Toda esta carretera es para ti.
Se reían entre dientes mientras se la cogían a la vez, sincronizando los empujones con la confianza tranquila de quien ya lo ha hecho mil veces. Mi madre se sostenía de los hombros del que tenía debajo, los muslos abiertos, la cabeza echada hacia atrás. La luz amarilla del baño le marcaba una vena del cuello que se le hinchaba con cada gemido.
—¿Y si despierta? —preguntó ella entre dos jadeos largos—. ¿Si mi hijo va y no me encuentra?
—Que se aguante el cabrón. Su mamá está ocupada.
—Su mamá está aprendiendo modales —dijo el otro, y empujó más fuerte.
Ella soltó una carcajada baja, mordida, como si la idea le diera placer.
—Mami está muy ocupada, sí. Mami está muy bien atendida.
Mami. La palabra me cayó como una piedra al estómago. Llevaba años escuchando comentarios sobre ella, fantasías ajenas en boca de compañeros, miradas furtivas en la calle. Pero verla así, oírla decir «mami» a dos desconocidos que la habían cazado en una terminal cuatro horas antes, era otra cosa. Era saber que todo lo que me habían dicho era verdad.
Debí haberme ido. Volver al asiento, taparme la cabeza, fingir que aquello había sido un sueño. No me fui.
Me quedé en la rendija con la mano aferrada al marco. La sangre me golpeaba en los oídos al mismo ritmo que las embestidas de aquellos dos. Sentía la erección apretándome el pantalón con una violencia que nunca había experimentado, y tenía miedo de moverme porque cualquier crujido del piso podía delatarme.
—Es turno de ese culo —dijo de pronto el de abajo—. Cámbiate.
—Listo.
Iban a moverse. Iban a darse cuenta. Cerré la puerta con la misma lentitud con la que la había abierto y volví a mi asiento dando tumbos.
***
Las piernas no me respondían. Me dejé caer en la fila quince, me cubrí con la chamarra de mi madre, que olía a su perfume de siempre, y metí la mano dentro del pantalón.
Me masturbé con la cara apretada contra el cristal, viendo la lluvia diagonal cortar la noche. No quería pensar en lo que estaba haciendo. No quería pensar en quién era ella. Pensé solo en los pezones, en el ritmo, en los gemidos. Me vine en menos de dos minutos, con la mandíbula apretada para no hacer ruido, y me quedé temblando, agotado, sucio, mirando la oscuridad.
La lluvia siguió. El camión siguió. El reloj sobre la cabina marcaba las tres y veinte de la mañana.
Pasó una hora, quizá más, hasta que escuché pasos lentos por el pasillo. Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra la ventana fingiendo dormir profundamente. Reconocí las risas ahogadas de los dos hombres mientras pasaban junto a mí.
—Pinche escuincle —murmuró uno.
—Suertudo el cabrón —dijo el otro—. Mira qué mamá tiene.
Siguieron hasta sus asientos en algún lugar adelante. Después oí un movimiento más cerca, más cuidadoso. Mi madre se sentó a mi lado y dejó escapar un suspiro larguísimo. Se quedó así un momento, con la respiración aún irregular. Luego se inclinó hacia mí y me besó en la frente.
—Buenas noches, hijito.
El aliento le olía dulce y a algo más, algo metálico y espeso. Yo seguí con los ojos cerrados, los puños cerrados dentro de la chamarra. No me moví.
No volví a dormir en todo el viaje. Cuando bajamos del camión a las nueve de la mañana, ella sonreía, descansada, y se estiró contra el sol como un gato satisfecho. Yo cargaba la maleta y la chamarra todavía olía a su perfume.
—¿Dormiste bien, mi amor?
—Más o menos —dije, y le sostuve la mirada por primera vez en toda la noche.
Ella la sostuvo también. Por un instante vi en sus ojos que sabía. Vi que sabía que yo sabía. Y vi también, en alguna parte del fondo de su mirada, que no le molestaba en absoluto.
Aquella fiesta no la disfruté. Tampoco la recuerdo. Lo único que recuerdo de aquel viaje es el rectángulo amarillo del baño, los dos hombres sin nombre y la palabra «mami» repetida por la voz de mi madre, una y otra vez, en una madrugada de lluvia.