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Relatos Ardientes

El secreto que Carla y yo guardamos en la cabaña

Nunca pensé que escribiría algo así. Llevo casada con Tomás más de quince años y, si me hubieran preguntado un mes atrás si me imaginaba con otra mujer, me habría reído en la cara del que se atreviera a sugerirlo. Pero pasó. Y pasó precisamente con Carla, mi amiga de toda la vida.

Cada agosto organizamos la misma escapada: cuatro mujeres, una cabaña a la orilla del río, dos noches sin maridos, sin hijos y sin móviles que nos arruinen el descanso. Vera, Noelia, Carla y yo somos amigas desde el taller de cerámica al que entré con poco más de veinte años. Soy la mayor del grupo y, por costumbre, la que conduce.

Salimos un viernes después del trabajo. Vera y Noelia iban atrás, ya con la primera lata de cerveza en la mano. Carla viajaba a mi lado, riéndose de los chistes malos que ponían en la radio. Llegamos a la cabaña con el último rayo de sol todavía pegado al horizonte.

La cabaña tenía seis dormitorios y un ventanal enorme que daba a la fogata. Encendimos el fuego, sacamos los aperitivos y empezamos a beber con calma. A medida que la noche caía, las chicas reían cada vez más fuerte. Carla y yo nos apartamos un poco, copa en mano.

—Tomás no me tocó esta semana —le confesé—. Le cayeron horas extra y me quedé con las ganas.

—¿Tú crees que estás mal? Mateo lleva tres semanas fuera por trabajo. A mí ya se me gastaron las pilas del vibrador.

Carla soltó una carcajada y escupió el último trago al fuego. Nos reímos hasta que nos dolieron las costillas. Cuando se nos pasó el ataque, miramos el reloj y decidimos que por esa noche ya estaba bien.

Compartíamos la última habitación del pasillo. La cama era grande, mullida, con barandillas de hierro en la cabecera, como las de la casa de mi abuela. Sacamos los camisones de las maletas y empezamos a desvestirnos sin demasiado pudor. Nos hemos visto desnudas en el vestuario del gimnasio cientos de veces; aquello no debía tener nada raro.

Pero esa noche, cuando me bajé los vaqueros y la ropa interior, levanté la vista y me quedé mirándola. Carla se quitaba la tanga despacio, y noté que su mata castaña estaba recortada en forma de pista de aterrizaje. La mía me la depilo entera desde hace años; a Tomás le encanta.

—¿Siempre te depilas así? —preguntó, sin disimular que miraba.

—Sí. A él le gusta. Y a mí me resulta cómodo.

Cuando se quitó el sostén, sus tetas cayeron firmes, redondas, mucho más grandes que las mías. No pude evitar mirarlas. Ella me pilló y sonrió.

—Perdón —dije.

—Las tuyas tampoco están mal.

Nos metimos en la cama cada una con su tableta. Yo jugaba a un jueguito tonto; ella leía. A los pocos minutos, Carla se levantó, fue al baño y volvió. Se removía sin parar.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí —contestó, pero seguía dando vueltas.

Después de un rato giró hacia mí y bajó la voz.

—¿Te puedo pedir algo raro?

—Lo que sea.

—Estoy muy caliente. Intenté frotarme en el baño y no hubo manera. ¿Te molestaría si…?

—Tranquila —le dije—. Apago la luz.

Apagué la lamparita y me tumbé boca arriba, fingiendo darle privacidad. Por la ventana entraba la luna llena y la habitación quedó bañada por una luz azulada. Cerré los ojos un segundo, pero los abrí enseguida. Era imposible no mirarla.

Carla había levantado las rodillas y la sábana formaba dos pequeñas tiendas. Vi el movimiento circular de su mano debajo de la tela. De vez en cuando bajaba más, buscaba su propio lubricante y volvía al clítoris. En el silencio absoluto se oía el chasquido suave de sus dedos cuando entraban y salían. Yo me estaba empapando.

Nunca había visto a otra mujer hacerse aquello. En las películas porno sí, pero allí siempre parece teatro. Lo de Carla era real. Su respiración se aceleraba, sus dedos cambiaban de patrón y la frustración empezaba a ganarle.

—Tranquila —murmuré.

Y entonces hice algo que no había planeado. Separé también yo las rodillas y dejé que ella viera el contorno de mis manos bajo mi sábana. Empecé a tocarme deliberadamente, exagerando los movimientos. Quería que me viera. Mi mano izquierda separó los labios; la derecha trazó círculos lentos sobre mi clítoris hinchado.

Llegué pronto. Me mordí el labio para no gemir, pero un sonido escapó cuando todo mi cuerpo se sacudió. Carla seguía sin terminar y soltó un «mierda» bajito de frustración.

—Sigue —le susurré—. Vas a llegar.

Y entonces hice lo segundo que no había planeado. Me apoyé sobre el codo, alargué la mano izquierda y la deslicé por encima de su camisón hasta su pecho. Encontré el pezón duro a través del algodón y lo pellizqué con suavidad. Carla soltó un suspiro profundo. Su mano libre se aceleró sobre su clítoris, su otra mano se sumó al pezón derecho, y un minuto después su boca formó una «o» perfecta cuando llegó.

Cuando volvió en sí, sacó la mano de debajo de las sábanas y vi cómo se la olía y se la probaba con la punta de la lengua. Cerré los ojos rápido para que no me pillara.

—Voy al baño —dijo, y se levantó.

Yo aproveché para probar también mi propio dedo. Sabía a mí. Acababa de masturbarme delante de otra mujer.

Cuando volvió, se acurrucó frente a mí.

—Lo siento, si yo… —empecé.

—Calla —me cortó—. Ha sido precioso. Tomás y Mateo no se enteran de esto.

—Ni de coña.

Nos quedamos dormidas.

***

El sábado amaneció pesado y húmedo. Salí a tomar café antes que las demás. Carla apareció más tarde con su taza, tranquila, como si nada hubiera pasado. Eso me alivió.

Por la tarde, con el calor reventando, decidimos bañarnos. Volvimos al cuarto a cambiarnos.

—Átamelo, ¿quieres? —dijo, dándome la espalda.

Le aparté el pelo y le até la cuerdita del bikini en la nuca. Cuando me di la vuelta para pedirle que me ayudara con el mío, sentí sus manos heladas deslizarse por debajo de mis brazos, entrando bajo la tela. Me agarró un pecho con cada mano, me pellizcó los pezones y me sopló en la oreja.

—No solo se ven bien —susurró—. Se sienten mejor.

Tuve un flash de la noche en que perdí la virginidad: el mismo mareo, el mismo tirón en el estómago, la misma humedad bajándome entre las piernas. Pero esta vez por una mujer.

Bajamos al río. Nadia, la más menuda del grupo, ya estaba metida en el agua con Rita. Nadia es la oficial del grupo de las cachondas: casada con Julián, los dos jugando con quien sea, sin tabúes. Carla me había dicho años atrás que era «aventurera», sin entrar en detalles.

Cuando entramos en el agua, Carla se desató el sujetador del bikini con disimulo. Sus pechos quedaron sueltos bajo la superficie. Acerqué la mano bajo el agua y le acaricié un pecho. Ella metió la suya bajo mi sujetador, jugó con mis pezones y se separó antes de que ninguna otra se diera cuenta.

***

Esa noche, alrededor del fuego, Mariana propuso jugar al «yo nunca».

—Yo nunca he hecho que otra mujer se corra —dije, segura de que solo bebería yo.

Bebieron todas. Hasta Carla. La miré con la boca abierta.

—Te cuento luego —me susurró.

—Supongo que tú nunca dormiste en la habitación con Nadia —dijo Bea, y todas se rieron menos yo, que no entendía la broma.

Cuando subimos al cuarto, Carla me lo aclaró. Hacía dos años, en una de las reuniones a las que yo no pude ir, Nadia y ella habían compartido habitación y habían hecho «un poquito de todo».

—¿Un trío con su marido?

—No, no. Solo nosotras. Pero te puedo decir que Nadia sabe perfectamente lo que hace.

La cabaña se había convertido en una sauna. Decidimos dormir sin camisones, con una sola sábana fina. Pasaron veinte minutos largos y ninguna de las dos conseguía dormir. Yo aparté la sábana, harta del calor. Sentí cómo Carla se acercaba y me cogía de la mano.

—¿Quieres que te enseñe lo que Nadia me hizo aquella noche?

No contesté. La miré a los ojos y eso fue toda la respuesta que necesitó.

Carla se incorporó, metió las piernas bajo el cuerpo y empezó a acariciarme. Pero no como acaricia un hombre. Esto era distinto. La paciencia de cada roce, la lentitud con la que su mano subía por mi vientre, daba un rodeo por mis costillas y volvía a mi pecho, me estaba volviendo loca. Sus dedos no apretaban: rozaban. No tiraban: insinuaban.

—Quédate quieta —me dijo cuando intenté tocarle un pecho—. Esta vez eres solo tú.

Cerré los ojos. La mano izquierda de Carla bailaba sobre mi vientre; la derecha bajó por fin hasta el monte y se detuvo justo antes de mi clítoris.

—Qué suave estás —susurró.

Cuando por fin rozó mi clítoris, separé las piernas sin pensarlo. Su pulgar empezó a trazar círculos lentísimos sobre la capucha, mientras dos dedos de la otra mano se abrían paso entre mis labios mojados. Cuando entró, gemí contra la almohada. Sus dedos giraron hacia arriba y encontraron sin error mi punto G. Tres segundos después necesitaba orinar.

Nos miramos cuando me liberé. Un chorro tibio bañó su palma y empapó la sábana de debajo. Carla sonrió apenas, sin parar el movimiento. Su pulgar siguió frotando mi clítoris, y supe que aquello no había terminado.

Mi estómago se tensó primero. Después las piernas y el cuello. Cuando el orgasmo me partió en dos, escapó de mi boca un sonido gutural que jamás había hecho con Tomás. Más fluido salió disparado entre mis piernas. La sábana quedó hecha un desastre.

—Joder —fue lo único que pude decir.

Carla se rio bajito y me besó la frente.

—Nadia enseña bien —murmuré.

Le pedí mi turno. Me arrodillé entre sus piernas y, por primera vez en mi vida, observé el sexo de otra mujer con detenimiento. Su clítoris era mucho más grande que el mío, casi como una pollita pequeña. Sus labios mayores eran más carnosos. El olor que subía hasta mi cara me ponía igual que las feromonas de un hombre bueno.

Empecé despacio, copiando todo lo que ella me había hecho un minuto antes. Acaricié sus muslos, tracé el filo de sus labios, abrí poco a poco. Cuando metí dos dedos dentro, Carla soltó un gemido bajo. Cuando metí tres, separó más las rodillas.

—Los necesito todos —me pidió.

Junté el pulgar con el resto, los lubriqué con su propio jugo y los fui metiendo. Vi cómo mi mano entera desaparecía dentro de ella. Carla agarró mi brazo con la derecha y empezó a guiarme. Embestía con mi puño cerrado, golpeando contra algo blando al fondo, una y otra vez. Su otra mano se aplastaba contra su clítoris.

—Más fuerte, así, sigue —gimió tan alto que estuve segura de que las otras la oirían.

Cuando se corrió, salió un chorro fino y tibio que me empapó el antebrazo y me salpicó el pecho. Su cuerpo se contorsionó. Saqué la mano y un último arroyo bajó por la hendidura de sus nalgas hasta la sábana.

Nos miramos en silencio durante un rato largo.

—Eso ha sido brutal —dije.

Nos pusimos los camisones para ir al baño a limpiarnos. Cuando abrimos la puerta, Nadia y Rita estaban saliendo del otro baño, las dos con camisetas largas que apenas les tapaban el sexo. Nadia me dedicó una sonrisa de complicidad que no me dejó dudas: nos había oído.

—Que disfruten, señoritas —susurró, sin esperar respuesta.

***

El domingo por la mañana decidí salir a caminar sola por el sendero del bosque. Carla prefirió quedarse en la cabaña. Llevaba más de una hora andando cuando, en un atajo lateral, escuché una risita. La reconocí enseguida.

Me escondí detrás de un árbol grueso. Nadia y Rita estaban semidesnudas sobre la hierba, besándose y manoseándose los pechos. Nadia se sentó sobre la cara de Rita y empezó a frotarse contra su lengua extendida. Rita rodeó las caderas de Nadia con las dos manos y la atrajo con avidez, lamiendo sin pudor.

Mi mano se metió sola dentro del short. Empecé a frotarme el clítoris, escondida tras el árbol, mirando cómo aquellas dos disfrutaban sin verme. Nadia bajó la cara entre las piernas de Rita y le metió un dedo bien lubricado en el culo. Rita gimió fuerte y su orgasmo llegó rápido.

Cuando ya pensé en irme para no quedarme atrapada allí, Rita se dio la vuelta y se puso a comerle el sexo a Nadia. Yo me corrí casi en silencio detrás del árbol, sintiendo cómo me empapaba los dedos. Me alejé sin hacer ruido en cuanto recuperé el aliento.

Cuando llegué a la cabaña, Carla me esperaba con un sándwich y una cerveza.

—Tienes cara de cansada —dijo, levantando una ceja.

—No te imaginas.

Le conté lo que había visto. Nos reímos durante un rato.

—Yo creo que esas dos también se dejan llenar el culito —añadí.

—¿Y tú no? —se rio.

—Por ahí me han llenado, pero no con la boca.

—Pues yo soy bastante aventurera —dijo Carla, guiñándome un ojo—. No te quedas muy atrás, Soledad.

***

La última noche, después de mucho vino, las dos volvimos al cuarto tambaleándonos. El calor había bajado por fin. Empecé a ponerme el camisón y Carla me lo arrancó de las manos.

—Esta noche no lo necesitas.

Se metió en la cama y palmoteó el colchón. Cuando me deslicé a su lado, frente a frente, le susurré una vez más que Tomás no podía enterarse nunca. Ella tampoco se lo iba a contar a Mateo.

Me besó. Yo me derretí. Su boca bajó por mi cuello hasta mis pechos y los lamió uno por uno, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me acordé sin querer del momento de mi vida en que mis hijos tomaban pecho; Carla acertaba con la misma presión exacta.

La detuve cuando empezó a bajar más.

—Quieta. Tú primero.

La empujé sobre la espalda y me senté a horcajadas sobre su vientre. Bajé hasta sus pechos y la chupé como ella me había chupado a mí. Después bajé por su estómago, por la suave línea de vello que llevaba al monte de Venus, y me hundí entre sus piernas.

Lamí su clítoris como si fuera una pollita pequeña, hundiendo la boca sobre ella, chupándola hacia adentro y soltándola con un chasquido. Sus caderas se levantaban contra mi cara como si fuera un hombre el que se la metiera. Mis manos seguían en sus pezones, tirando con suavidad. Cuando se corrió, su grito fue lo más gutural que he oído salir de una mujer.

Después se incorporó. Tiró de mis pies hasta el borde de la cama, me dobló las rodillas y se arrodilló en el suelo. Su lengua subió por mis muslos despacio y se posó en el capuchón. Yo ya estaba al borde antes incluso del primer lametón.

Y entonces hizo algo que ningún hombre me había hecho. Levantó mis caderas, separó las nalgas y bajó la lengua hasta mi ano. La sensación me partió. Empecé a tocarme yo misma el clítoris mientras su lengua entraba y salía de mi culo.

—Ay, Dios —fue todo lo que pude decir.

Cuando me corrí, lo hice gimiendo contra la almohada para no despertar a media cabaña. Carla subió por mi cuerpo y me besó. Me probé entera en su boca.

—Mateo y Tomás tampoco necesitan saber esto —susurró.

Me reí. Nos pusimos los camisones y, cuando salimos al pasillo para asearnos, nos cruzamos otra vez con Nadia y Rita en la puerta del baño. Las cuatro nos reímos a la vez.

—Habrá que dejar de coincidir así, chicas —susurró Nadia, dándole una palmada en el culo a Rita por encima de la camiseta.

***

El domingo al mediodía Tomás me esperaba en la puerta de casa. Me ayudó a bajar las cosas del coche y, antes de que pasara una hora, me lo encontré con la polla dura en el sofá. Lo disfruté, porque lo quiero, pero no pude evitar pensar que sus manos no son tan precisas como las de Carla.

Carla y yo seguimos siendo amigas. Hemos pasado mucho tiempo juntas desde aquella escapada y, fieles a nuestra palabra, nunca hemos repetido. Mateo y Tomás siguen sin enterarse.

Quién sabe. A lo mejor en la próxima reunión anual amplíe un poco más mis horizontes.

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Comentarios (3)

LuzDelSur

Increible!!! me dejo sin palabras

cariosa_BA

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas

martina_lectora

Que bien escrito, se siente real y no forzado. Me encanto

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