Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La puerta del cuarto de Camila estaba entreabierta

En tu defensa, la puerta estaba entreabierta. Solo eras un hombre preocupado que había escuchado un ruido extraño en el cuarto de la hija de tu mejor amigo, y ¿qué clase de tipo no se asegura de que una chica esté bien? Eso te repetías mientras subías la escalera con un vaso de agua en la mano, fingiendo que tu corazón no se había acelerado en cuanto pisaste el primer escalón.

Te conocías bien. Hacía años que te conocías demasiado bien.

Camila tenía esa costumbre de pegarse a ti cada vez que ibas a casa de Marcos. Se sentaba en el brazo del sillón, te preguntaba por tu día, te traía café sin que se lo pidieras. Si salías al patio a fumar, ella aparecía al rato con una excusa cualquiera: el perro, el teléfono, la luz del farol. Marcos a veces te miraba con una ceja levantada, medio en broma, medio en aviso, pero tú jurabas que era costumbre. Que la habías visto crecer. Que era la nena de tu compadre.

Lo decías y casi te lo creías.

Lo cierto es que llevabas meses inventando motivos para que padre e hija fueran a tu casa. Que necesitabas ayuda con una repisa, que se te había roto el grifo del baño, que tenías un asado pendiente. Cualquier pretexto servía con tal de tenerla un rato en tu living, dejando ese perfume suyo en los almohadones. Si tenías suerte, el perfume se quedaba en tu camisa y olías a ella el resto de la noche, mientras te servías un whisky de más y mirabas el techo del cuarto.

Tus amigos del barrio se burlaban de lo blando que te ponías cuando ella aparecía. Decían que te volvías un perro faldero, que la chica te tenía dominado con una sonrisa. Y no te ofendía, porque tenían razón. Solo que ellos creían que era algo platónico, una debilidad inofensiva por la nena que viste correr con un triciclo veinte años atrás. Ninguno sospechaba la cantidad de noches que dormías mal por su culpa.

Esa noche, sin embargo, ibas a cruzar una línea sin proponértelo.

Marcos te había pedido que pasaras a buscar unos papeles del seguro mientras él terminaba un turno largo. Te dio la llave, te dijo que Camila estaba en su cuarto estudiando y que no la molestaras. Entraste, encontraste los papeles en la cocina, y cuando ibas a salir escuchaste algo. Un golpe seco, después un silencio raro, después otro sonido que no supiste identificar.

Te quedaste con la mano en el picaporte de la puerta principal.

Subí, fijate, y bajás.

Subiste despacio, con el vaso de agua como excusa por si te encontrabas con ella en el pasillo. La luz del cuarto de Camila salía por una rendija dorada que se proyectaba sobre el parqué. La puerta estaba entreabierta, no cerrada del todo, como si ella hubiera salido un momento y no la hubiera trabado al volver. Te paraste delante, levantaste el puño para golpear, y entonces escuchaste su voz.

No era una palabra. Era un suspiro corto, contenido, casi enojado.

***

Tus nudillos se quedaron suspendidos en el aire. Bajaste la mano. Te dijiste a ti mismo que te ibas, que esto no estaba bien, que te metieras en tus asuntos. Pero tus pies no se movieron. Hubo un segundo, uno solo, en el que la curiosidad y la culpa pelearon entre ellas. Ganó la curiosidad. Siempre gana la curiosidad cuando uno ya viene perdiendo desde hace meses.

Empujaste la puerta apenas un centímetro más. Lo justo para ver.

Camila estaba parada al pie de la cama, de espaldas al espejo del placard, con un conjunto de lencería que reconociste al instante. Lo habías visto colgado del tendal del patio dos veranos atrás, doblado sobre una silla del living durante una mudanza, descansando sobre la pila de ropa limpia que su madre dejaba en el sillón. Rosa pastel, con encajes finos y unos volados pequeños bajo el sostén. El mismo conjunto que tantas veces fingiste no mirar mientras tomabas mate con Marcos en la cocina.

La respiración se te frenó en mitad del pecho.

Sus muslos se rozaban con una lentitud que tenía algo de hipnótico. ¿Cuántas veces habías cerrado los ojos imaginándote esos muslos sobre tus hombros, cerca de tu boca, apretándote la cabeza mientras ella perdía el control? Tenía el vientre suave, redondeado, con una marca rosada donde la cintura del culero le apretaba la piel. Camila siempre había sido una chica de cuerpo lleno, blanda en los lugares correctos, con esa forma que a vos te volvía loco desde antes de admitirlo en voz alta.

La viste llevarse las manos a la espalda y desabrocharse el sostén. Las copas cedieron despacio, primero una y después la otra, y los pechos cayeron pesados, libres, con los pezones grandes y oscuros que tantas veces buscaste en videos como un desesperado que rastrea un imposible. No encontrabas a nadie que se le pareciera. Nadie tenía esa piel, ese gesto, esa forma de morderse el labio mientras se desvestía sin público, sin saber que tenía uno.

Dejó caer el sostén al piso de cualquier manera. Y tu mano, sin avisarte, bajó al cinturón.

***

Al principio fueron solo pellizcos delicados, casi distraídos, como si ella todavía estuviera decidiendo si valía la pena. Después la viste tomarse un pecho con la mano izquierda y tirar del pezón con la derecha, primero suave, después con más decisión. Escuchabas el sonido de su respiración cambiar. Era un jadeo apenas audible, contenido, como si temiera que su padre estuviera en la otra punta del pasillo. Y bueno, no era su padre.

Tu palma se apoyó sobre el bulto del pantalón. Tenías una erección que ya dolía. Pensaste en dar dos pasos atrás, en irte sin que ella se enterara nunca, pero la mano de Camila bajó por el centro de su vientre y se metió bajo el elástico del culero rosa, y entonces supiste que ya no te ibas a ir.

Sus dedos se movieron despacio sobre el clítoris. Lo descubriste por el ritmo: pequeños círculos lentos, después un poco más rápidos, después una pausa para acariciarse los pechos otra vez. Conocía su propio cuerpo con una seguridad que te dejó la boca seca. Sabía exactamente dónde, cuánto, cómo. Y vos ahí del otro lado, espiando, sintiéndote un viejo cerdo y al mismo tiempo incapaz de cerrar los ojos.

La viste sacar los dedos. Los tenía brillantes. Se los llevó a la boca con una naturalidad que casi te tira al piso, los chupó como si fueran un dulce, y devolvió la mano dentro de la ropa interior para volver a empezar.

Pensaste en cómo sabría. Salada, dulce, ácida, no te importaba. Solo querías sentarla en la cara y dejarla que se moviera como quisiera. Que te enredara los dedos en el pelo y te tratara como a un juguete. Que se restregara contra tu boca sin pedir permiso, hasta dejarte la cara empapada y a ella temblando de las piernas.

Eso pensabas mientras te masajeabas por encima del pantalón, mordiéndote el costado de la lengua para no soltar ningún sonido.

***

Camila se sacó el culero. Lo tiró cerca de la puerta y por un segundo creíste que te había escuchado, que el juego se terminaba ahí, que se asomaba a gritar tu nombre con vergüenza y horror. Pero no. Junto a la cama tenía una pila de ropa doblada lista para guardar, una de esas torres de remeras y pantalones que se acumulan los fines de semana. La acomodó en el piso, la achicó hasta dejar una especie de almohadón, y se sentó encima a horcajadas.

Verla mover la cadera sobre esa pila de ropa fue lo más obsceno que habías presenciado en tu vida. No por lo explícito; por lo íntimo. Era algo que ella hacía cuando no había nadie. Una costumbre, quizás. Algo que tenía nombre dentro de su cabeza y que vos no deberías estar viendo.

Soltaba pequeños gemidos. Suaves. Mordidos. El pecho le subía y bajaba con una urgencia que no tenía al principio. Querías acabar al mismo tiempo que ella. Era una idea estúpida, infantil, pero te aferrabas a esa coreografía como si te diera permiso, como si compartir el orgasmo a través de una puerta entreabierta lo volviera menos sucio. Por dentro te insultabas. No a ella, nunca a ella, sino a vos. A tu falta de aire, a tus manos torpes, a las ganas de rogarle en voz alta que te dejara terminar antes de explotar.

Y entonces hizo algo que no esperabas.

***

Se bajó del montículo de ropa y gateó hasta acercarse a la puerta. Por un segundo se te paró el corazón. Otra vez creíste que el juego se terminaba. Pero ella no levantó la vista. Lo que estaba buscando era algo entre la pila: una camisa vieja, gris, gastada, con el cuello descosido. Una camisa tuya. La habías olvidado ahí hacía tres meses, después de un asado en el que terminaste durmiendo en el sofá del living de Marcos. Pensaste que la habían tirado o que la usaban de trapo. Aparentemente no.

Camila se sentó cerca de la puerta. Tan cerca que si abrías un centímetro más te chocabas con su hombro. Levantó la camisa y la hundió en su cara. Aspiró hondo, despacio, con los ojos cerrados, como si necesitara llenarse los pulmones de ese olor. Después soltó un gemido largo, distinto a los anteriores, un sonido que iba dirigido a alguien, no a sí misma.

Dijo tu nombre.

Lo dijo bajito, apoyado contra la tela. Después otra vez, con un suspiro. Y luego dijo cosas que no esperabas escuchar nunca: «lo estás haciendo bien», «sos un buen hombre», «por favor, así, así». Le hablaba a una versión tuya que vivía en su cabeza, una versión que sabía exactamente cómo tocarla, que la conocía mejor que vos mismo.

Te pasó la camisa entre las piernas. La apretó contra el sexo y empezó a moverse encima, despacio, restregándose en la prenda como si fueras vos. Tu nombre seguía saliéndole de la boca a intervalos cada vez más cortos.

No aguantaste. No podías. Soltaste un jadeo ronco que ahogaste contra el dorso de la mano libre, y acabaste dentro del pantalón como un adolescente, sin tocarte casi, solo con la presión de la palma y la imagen de ella diciendo tu nombre apoyada en una camisa que olía a vos.

Un segundo después, Camila se arqueó. Toda. La espalda, el cuello, las piernas. Soltó un gemido más fuerte, sin freno, y se desplomó de costado sobre el piso con la camisa abrazada al pecho. Respiraba con la boca abierta. Tenía el pelo pegado a la frente.

Y sonreía.

***

Bajaste la escalera con cuidado, sin respirar, sintiendo las piernas como si fueran de papel mojado. El vaso de agua todavía lo tenías en la mano izquierda. No habías derramado una sola gota. Llegaste a la puerta principal, la cerraste con la suavidad de un ladrón, y caminaste hasta el auto sin acordarte de los papeles del seguro de Marcos.

En el espejo retrovisor te miraste un segundo. Tenías la cara colorada, los labios hinchados de tanto mordértelos, una mancha húmeda en el pantalón. Pensaste en lo viejo que eras, en lo equivocado que estaba todo, en lo fácil que sería contarle a Marcos cualquier mentira sobre los papeles y no volver nunca más a esa casa.

Y al mismo tiempo, mientras arrancabas el motor, pensaste en otra cosa. En que ella te llamó por tu nombre. En que tenía una camisa tuya guardada. En que esa fantasía, esa que vivías solo en la oscuridad de tu cuarto, también vivía en el de ella.

No sabías todavía si ibas a animarte a tocar timbre algún día con la excusa correcta y la respuesta lista. No sabías si serías capaz de mirarla a la cara la próxima vez sin que se te notara todo. Lo único que sabías, manejando despacio por el barrio dormido, era que la puerta del cuarto de Camila había estado entreabierta esa noche por algo.

Y vos no te habías ido.

Valora este relato

Comentarios (2)

RubenVoy

Que relato... me tuvo clavado hasta el final. Eso de quedarse paralizado sin poder hacer nada, muy real.

NachoCba91

Por favor que haya segunda parte!! quede con muchas ganas de saber que paso despues

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.