Mi mejor amiga quiso curarme dejándome verla con otro
A Mariana la conozco desde hace quince años. Es la única persona, incluyendo a mi mujer, a la que le he contado todo: las veces que metí la pata, las que casi se me cae el matrimonio, las fantasías que no le confesaría a nadie más. Es amiga, confidente y, en algunas temporadas, mucho más.
Hacía un par de meses que veníamos hablando casi todos los días. Yo arrastraba una cabeza desordenada después de lo de Lucía y Mateo y, sobre todo, después de mi noche con Daniela, una mujer trans que conocí en un bar de la zona vieja y con la que terminé enredado más de lo que esperaba. Cuando se lo conté a Mariana, primero se rió. Después me miró fijo y me dijo que estaba preocupada.
—Vos no estás bien —me dijo, mientras me servía whisky—. Estás coleccionando experiencias como quien junta estampillas.
Le dije que con Daniela había sentido algo extraño y rico al mismo tiempo, parecido a lo que ella, Mariana, decía sentir cuando se acostaba con otras mujeres. Eso pareció confundirla más. Se quedó mirando el hielo del vaso, callada.
Una semana después me mandó un mensaje. Quería que el viernes pasara por su casa a tomar algo. No me dijo el motivo. Yo en realidad tenía planes con Daniela esa noche; le había prometido que iba a buscarla a su departamento y la idea de cancelar me daba bronca. Pero Mariana insistió como pocas veces lo había hecho, y al final dije que sí más por costumbre que por ganas.
Llegué pasadas las nueve. Cuando abrió la puerta, no estaba sola. Detrás de ella, en el sillón del living, había un hombre que no había visto nunca. Alto, muy alto, casi un metro noventa, de pelo blanco prolijamente cortado, bigote canoso y una camisa azul abierta hasta el segundo botón. Aparentaba cincuenta y tantos, pero conservaba esa contextura de quien va al gimnasio sin alardear.
—Hernán, mi socio —me lo presentó Mariana, como si fuera un detalle de oficina.
Nos dimos la mano. Tenía la palma grande y seca. Me senté frente a ellos, agarré una cerveza y esperé a que alguno explicara qué hacía yo ahí. Mariana sacó una carpeta del aparador y arrancó a hablarme de un proyecto de marketing en el que supuestamente quería incluirme. Yo iba respondiendo, opinando, tirando ideas, mientras tomaba cerveza tras cerveza y veía a Hernán asentir con cara de empresario serio.
Pasaron las horas. Apareció música, alguien puso bossa nova primero y después una playlist más subida. La carpeta quedó olvidada en la mesa. Mariana se había puesto un short de jean muy corto y una blusa blanca, y cada vez que se inclinaba a servir, la blusa se le abría apenas lo suficiente. Hernán se reía de cosas que no eran tan graciosas. Le tocaba la rodilla. Le acomodaba el pelo detrás de la oreja. No hacía falta ser un genio para entender lo que estaba pasando entre ellos.
Yo, en algún momento, dejé de seguir la conversación. Pensaba en el departamento de Daniela, en que probablemente ya hubiera apagado las velas que le gustaba prender cuando me esperaba. Empecé a fastidiarme. Saqué el teléfono y me paré.
—Bueno, gente, los dejo en lo suyo —dije.
Mariana me cortó el paso.
—Esperá. A vos era a quien te quería decir algo. Subí. Andá al sillón reclinable que está al lado de la ventana. Acomodate ahí. Ya subo.
La miré sin entender. Me hizo un gesto con los ojos, breve, urgente. Algo en ese gesto me detuvo. Le hice caso.
***
El cuarto de Mariana estaba apenas iluminado por una lámpara de pie en una esquina. El sillón reclinable que me indicó quedaba en diagonal a la cama, en el rincón más oscuro. Me senté ahí, todavía con la cerveza en la mano, sin terminar de procesar qué hacía en la pieza de mi amiga mientras ella se quedaba abajo con un tipo.
Sentí los pasos en la escalera. Dos pares de pasos.
Entró ella primero. Me miró y se llevó el dedo índice a los labios. Detrás venía Hernán, agarrándole la cintura. Él, en cambio, no me vio. La pieza estaba oscura, yo estaba quieto y el sillón me tapaba lo suficiente. Cerró la puerta con el pie.
La empujó contra la pared con suavidad y empezó a besarla en el cuello. Mariana se dejó hacer. Echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido bajo, contenido, que me llegó directo al estómago.
Yo no me moví. Apoyé la cerveza en el piso, despacio, sin que sonara.
Hernán le bajó los breteles de la blusa con paciencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Le besó los hombros, después el nacimiento de los pechos. Le abrió el short y se lo dejó caer hasta los tobillos. Mariana quedó en ropa interior y blusa abierta, despeinada, con los ojos cerrados y una mano apoyada en la nuca de él.
La cargó en brazos —la cargó, en serio, como si pesara nada— y la dejó sobre la cama. Se sacó la camisa. El tipo tenía el torso entero cubierto de pelo cano, los hombros anchos, una panza apenas marcada por la edad pero firme. Mariana se rió bajito, como sorprendida, y le pasó la mano por el pecho.
Me empezó a doler la verga. Estaba dura desde hacía un rato y no me había dado cuenta. Bajé la mano, despacio, y la apreté por encima del pantalón.
Hernán le besó las piernas, la cara interna de los muslos, le corrió la bombacha hacia un costado. Mariana arqueó la espalda. Lo que vino después fue largo. Él se tomó su tiempo. Ella, en algún momento, abrió los ojos y me buscó en la oscuridad. Me encontró. Mantuvo la mirada fija mientras él le hacía sexo oral, y cada vez que él levantaba la cabeza para tomar aire, ella aprovechaba para gemir un poco más alto.
Lo está haciendo para mí.
Esa fue la frase exacta que se me cruzó por la cabeza. Y no me equivoqué.
Me desabroché el pantalón. Saqué la verga. Empecé a moverme la mano despacio, midiendo el ritmo con el que ella respiraba.
Hernán se cansó del oral. Se desabrochó el cinto, se bajó el pantalón y el calzoncillo. La tenía gruesa, oscura, también con pelo alrededor, y como veinte centímetros bien calculados. Tomó a Mariana de la nuca y la guió hacia él. Ella lo agarró con las dos manos y se lo metió en la boca de una sola vez.
—Así, nena —dijo él, con la voz quebrada—. Justo así.
—Me encanta tu verga —contestó ella, sacándosela un segundo para sonreír.
Me acordé de algo que siempre le había escuchado decir. Que esa frase, «me encanta tu verga», se la decía a todos. Que era su muletilla. Y me pregunté, por un momento, si conmigo también la había usado.
Le siguió chupando un rato largo. Hernán cerraba los ojos, echaba la cabeza para atrás, le agarraba el pelo. Mariana, mientras tanto, no dejaba de mirarme a mí. Tenía los ojos clavados en los míos cada vez que levantaba la cara. Era un mensaje. Mirá. Mirá lo que estoy haciendo. Mirá lo que se siente esto.
***
Hernán la levantó de los hombros, la tiró de espaldas sobre la cama y le abrió las piernas con las dos manos. Le entró de una sola embestida. Mariana gritó. No fue un gemido: fue un grito corto, agudo, sorprendido. Yo nunca le había escuchado una cosa así.
Empezó a cogerla parejo, con el ritmo medido de un tipo que sabe lo que hace. Cada vez que él bajaba, las patas de la cama crujían contra el piso. Mariana, en algún momento, se incorporó, lo empujó, lo hizo recostarse y se le sentó arriba.
Ahí me quedó toda la escena de frente. Ella sentada sobre Hernán, mirándome a mí, dándole la espalda a él. Se movía rico, con las manos apoyadas en los muslos del tipo, los pechos saltando con cada subida. Me miraba. Me miraba todo el tiempo.
—¿Te gusta cómo lo hago? —le preguntó al tipo, pero sin sacarme la vista de encima.
—Me encanta.
—Mirame. Mirá cómo me muevo.
Eso fue para mí. Tan claro como si me hubiera llamado por mi nombre.
Me estaba jalando la verga con todas las fuerzas, lento, parando cada tanto para no terminar antes que ellos. La cabeza me daba vueltas. Pensaba en Daniela, en su departamento, en las velas. Pensaba en mi mujer, durmiendo en casa. Pensaba en por qué Mariana había armado todo este teatro, hasta que entendí.
Quería curarme. Quería que viera lo que era una mujer cogiendo en serio, con un macho de verdad, para que se me sacaran de la cabeza las ideas con Daniela. Me estaba mostrando lo que, según ella, me estaba perdiendo. Era su forma torcida y generosa de quererme.
Se puso en cuatro al borde de la cama, mirando hacia mí. Levantó las nalgas. Hernán se acomodó detrás, le agarró la cintura y empezó a embestirla. La piel chocaba con la pelvis del tipo, el sonido era seco, rítmico, casi musical. El cuarto entero olía a sexo.
—Así, así, cogeme —gemía ella, con la cara aplastada contra la almohada y los ojos fijos en mí—. Soy tuya, soy tuya, soy tuya.
—Tomá —decía él—. Tomá. Tomá toda mi verga.
Sentí que se me iba. Bajé el ritmo de la mano un segundo, dos, tres, intenté aguantar. No pude.
—Más, papi, más —dijo ella.
—Ah, me vengo, nena, me vengo —dijo él.
Hernán se vino adentro. Yo me vine al mismo tiempo, mordiéndome el labio para no hacer ruido, eyaculando contra la tela del pantalón porque no había alcanzado a sacarme nada más. Vi cómo Mariana, todavía con él dentro, movía las caderas despacio para apurarlo, para sacarle hasta la última gota.
Después se quedaron quietos los dos. Él, recostado sobre la espalda de ella, recuperando el aire. Ella, con los ojos cerrados, una sonrisa muy chica en la cara.
Junté la bombacha de Mariana del piso —había quedado tirada al lado del sillón— y me limpié con ella. Le dejé el algodón húmedo, marcado. Sabía que iba a entender el mensaje.
Hernán le besaba la espalda. No se enteró de nada. Mariana abrió los ojos, me miró y me guiñó un ojo. Yo me paré sin hacer ruido, me acomodé el pantalón y salí del cuarto. Bajé las escaleras descalzo, con los zapatos en la mano. Me lavé las manos en el baño de abajo. Salí a la calle.
***
Manejé directo al departamento de Daniela. Eran las cuatro y media de la madrugada y todavía tenía las velas prendidas. Me abrió en bata, con cara de sueño y de bronca.
—Pensé que no venías —me dijo.
No le contesté. La empujé contra la pared del pasillo y la besé hasta que se le pasó el enojo. Esa noche se la di hasta el final, y los dos sabíamos que algo se había decidido para siempre.
Mariana había hecho su mejor intento. Le había puesto ganas, plata, una noche entera, hasta un socio de la oficina con un cuerpo que cualquiera envidiaría. Pero se equivocó de diagnóstico. Lo de Daniela no era una desviación que se curara mirando lo opuesto. Era simplemente lo que yo quería.
No le guardo rencor. Verla coger esa noche me recordó por qué, hace quince años, estuve tan enganchado con ella. Por qué tantos están todavía locos por ella. Mariana es una mujer hermosa, intensa, dispuesta a todo por la gente que quiere.
Pero el último mensaje que le mandé esa madrugada, antes de quedarme dormido al lado de Daniela, fue uno solo: «Gracias por el show. No funcionó». No me contestó hasta el lunes siguiente, y cuando lo hizo, fue con un emoji que entendí enseguida: una carita encogiéndose de hombros, resignada. Mariana es así. Sabe perder. Sabe cuándo una jugada se le fue de las manos y, sobre todo, sabe cuándo lo único que queda es reírse.