El crucero topless donde todo podía pasar
Aquel 27 de diciembre fue una fecha que todavía me cuesta creer que existió fuera de mi cabeza. Vaya que existió.
Carolina, mi pareja desde hacía siete meses, llegó al Caribe mexicano la mañana del 26, justo después de Navidad, para pasar conmigo unos días antes de volver a su ciudad. Allá esperaríamos juntos el Año Nuevo con su hija y mis dos hijos.
La había introducido al ambiente nudista y a las actividades para adultos casi al inicio de nuestra relación, y desde entonces se había integrado mejor de lo que yo nunca imaginé. En septiembre habíamos pasado un fin de semana en un pequeño hotel sólo para adultos, tranquilo y discreto. En octubre nos asomamos a un club de intercambio en la capital, sólo como espectadores, y nos divertimos sin movernos del sillón. A finales de noviembre estuvimos cuatro días en el Paraíso, un resort para parejas curiosas, y allí Carolina dejó de tener vergüenza por completo.
Esta vez nos quedaríamos en la pequeña casa que conservaba en Playa del Sol, una construcción modesta que me servía de oficina cuando bajaba al sur por trabajo. No por eso íbamos a aburrirnos. El día de su llegada manejamos directo del aeropuerto a la playa nudista de Caleta Verde. Al siguiente nos pasamos la tarde en Bahía Tranquila, donde ella se asoleó en topless con una micro tanga que le había comprado para la ocasión. Pero el plato fuerte estaba reservado para el lunes 27: el Wild Cruise, un catamarán para adultos sin filtro que sale dos veces por semana de la zona hotelera, y donde —según su publicidad— casi todo está permitido. Pronto comprobaríamos qué tan cierto era.
Lo que distingue al Wild Cruise, como su nombre insinúa, es que el 95% de las mujeres a bordo terminan con los pechos al aire. La desnudez total es opcional para ellos y ellas. Como era nuestra primera vez, yo iba preparado para encuerarme, pero llevaba también un bañador minúsculo por si nadie más se animaba.
Llegamos al muelle pegado al hotel Edén pasadas las diez de la mañana y nos resignamos a hacer fila para registrarnos y pagar lo que faltaba de los boletos. A los pocos minutos ya estábamos charlando con una pareja gringa más o menos de nuestra edad —cincuentones también— que parecía muy animada. Estaban hospedados en el Edén y, sin demasiado preámbulo, nos preguntaron si éramos swingers. Les dije que no. Brendan, el marido, sonrió y aclaró que ellos tampoco lo eran en sentido estricto, pero que les gustaba ser observados mientras tenían sexo, y que de vez en cuando dejaban entrar a un soltero para que se acostara con Megan mientras él miraba sin tocar.
A las once en punto, una sirena estridente y un par de bocinas anunciaron la llegada del catamarán. Más de cien pasajeros empezamos a abordarlo. La mayoría éramos parejas, pero había tres o cuatro hombres solos y casi una decena de mujeres en la misma situación. Pocos latinos. La proporción se inclinaba a estadounidenses y canadienses. El servicio de bebidas —cerveza, ron, un ponche de frutas— arrancó antes de que zarpáramos. En diez minutos navegábamos sobre el azul tranquilo del Caribe con un vaso en la mano. Por los altavoces gritaron «boobs out!» y pechos de todos los tamaños empezaron a aparecer aquí y allá. A las que dudaban, la única mujer de la tripulación —que trabajaba también con el torso descubierto— se les acercaba a animarlas.
Carolina no necesitó persuasión. Se quitó el vestido de playa en un solo movimiento y mostró su pecho enorme y firme. Ni siquiera traía top debajo. Frente a nosotros, los gringos ya estaban completamente desnudos, así que los imité y me deshice del short y del bañador que cargaba «por si acaso». A mi novia, su tanga negra translúcida le duró menos de un minuto: mis manos la deslizaron piernas abajo de un solo tirón. Antes de la primera media hora, más de doce mujeres estaban encueradas. Los hombres éramos menos valientes: apenas cinco o seis nos atrevimos.
El ron y la música caribeña hicieron lo suyo. Los ánimos, ya encendidos, se desbordaron rápido. Brendan y Megan no parecían tener paciencia: en la primera oportunidad, él le hacía sexo oral a ella sobre una banca, y ella, con los ojos cerrados, dejaba caer la cabeza hacia atrás como si flotara.
El animador del barco anunció el primer juego.
—Necesitamos seis mujeres de tetas grandes —dijo por el altavoz—. ¡Realmente grandes!
La tripulación caminaba entre los pasajeros invitando a las candidatas. Carolina se resistió un buen rato hasta que cedió a mis ruegos y pasó al frente. El concurso era simple: contonearse al ritmo de la música para hacer rebotar los pechos. Mi novia fue la segunda eliminada; una timidez repentina no la dejó moverse a gusto y volvió junto a mí para ver el resto. Ganó una rubia algo entrada en carnes que movía sus pechos con la maestría de quien lo había practicado mil veces. Su premio fue frotar el rostro con esos mismos pechos a tres jóvenes elegidos por la tripulación, mientras la cubierta entera silbaba y aplaudía.
***
Las bebidas siguieron corriendo. Casi todos bailábamos más al ritmo del vaivén del barco que al de la música. Entonces los altavoces escupieron una canción tropical y la tripulante femenina formó una fila larga de mujeres detrás de ella, con la intención de armar una conga que recorriera la cubierta. Cuando reunió a unas quince, las acomodó en la zona más amplia con las piernas abiertas y nos llamó a los hombres a pasar por debajo arrastrándonos boca arriba.
—Sin manos —ordenó—. Sin tocar. Y sin detenerse.
Tomé mi turno y en segundos circulaba bajo un túnel imposible de piernas, bikinis y vulvas. Al menos la mitad estaban desnudas. La segunda mujer de la fila se masturbaba con la mano abierta, exhibiendo los labios húmedos. La cuarta o la quinta se puso en cuclillas justo cuando pasé por debajo, ofreciéndome el sexo a la boca; le di una sola lamida antes de seguir avanzando. Dos chicas más adelante repitieron el gesto. Salí del túnel adolorido de los hombros, con el pene erecto y una sonrisa que no me cabía. Carolina se carcajeaba esperándome.
—Te tocaba a ti también —le dije.
—Así estuvo bien. Verte fue mejor.
***
Carolina fuma, así que tuvimos que pasar a la popa, la zona donde estaba permitido. Mientras encendía su cigarrillo, se nos acercó el chico de los «body shots»: vertía un hilo de licor sobre los pechos para que la pareja lo bebiera directamente de la piel. Lo habíamos practicado en el Paraíso, así que disfrutamos cada gota. Volvimos a la mitad del barco a sacar el bloqueador de la mochila porque el sol pegaba con saña. En esas estábamos cuando pasó junto a nosotros una pelirroja de treinta y tantos años, de piel blanquísima, con la espalda y los pechos visiblemente enrojecidos. Me preguntó en un inglés que apenas alcancé a entender —sospeché británico— si podía regalarle un poco de protector solar, porque había olvidado el suyo en el hotel.
—Con una condición —respondí—. Que me dejes ponértelo yo.
Para mi sorpresa, asintió de buen humor y giró media vuelta. Le vertí una porción generosa en la espalda y se la fui repartiendo desde la nuca hasta el nacimiento de las nalgas, que aún ocultaba bajo un bikini relativamente conservador. Cuando se volvió a poner de frente, me di el gusto de embadurnarle el vientre y los pechos: pequeños, firmes, con areolas rosadas y pezones que se endurecieron de inmediato. Le dejé un último chorro en la mano para la cara y los brazos. Me agradeció con un beso en la boca, casto pero no del todo. Después se giró a Carolina y la besó también, con un poco más de picardía. Se perdió entre la gente de la proa izquierda, la zona más tranquila del barco.
Y si digo que la proa izquierda era la zona tranquila, no es porque allí reinara la calma, sino porque en la proa derecha el espectáculo era otra cosa: una chica desnuda tendida sobre la red que hace de piso, con dos jóvenes mamándole los pechos y otra mujer entregándole un sexo oral concienzudo.
***
El catamarán se detuvo entonces para que los pasajeros bajáramos a hacer un poco de snorkel. Carolina, que no sabe nadar, se quedó a bordo con casi la mitad de la gente. Los demás bajamos a un arrecife lleno de peces de colores. Cuando regresé al barco la encontré recargada en la barandilla. Me hizo un hueco junto a ella. Desde ahí teníamos enfrente a Brendan y Megan, enredados de nuevo, esta vez en una felación lenta y profunda que me hizo despertar al instante. Apoyé bien la espalda en el tubo de acero, puse a mi novia frente a mí y le metí el pene entre las piernas mientras fingíamos bailar. El roce era brutal, y completé la imagen con las manos en sus pechos y la boca en su cuello. Hubo un instante en el que pensé que cualquiera de los dos podía terminar ahí mismo. No fue así. Había demasiadas distracciones.
Poco después anunciaron que estábamos a punto de tocar el pequeño Cayo Verde, donde almorzaríamos en tierra. Tendríamos que hacerlo vestidos: era un club de playa textil. A regañadientes me puse el short y Carolina su vestido. La comida no estuvo mal, pero la parada se alargó casi hora y media, demasiado tiempo lejos del ambiente que habíamos dejado en cubierta.
***
Mi temor de que el clima sexual del barco se hubiera roto resultó infundado. Apenas el catamarán recuperó velocidad, todo volvió a la «normalidad», si así puede llamarse a cien personas semidesnudas o desnudas bailando, bebiendo y jugando entre ellas. Carolina y yo nos encueramos otra vez y retomamos nuestro sitio en la barandilla de estribor, cerca de donde estaba la acción. A nuestro lado se acomodaron dos parejas de latinos con quienes habíamos cruzado un par de palabras en tierra firme. Volvimos a nuestra posición: yo recargado en el barandal, mi novia frotándose contra mí.
—Vaya que se la están pasando bien ustedes —nos dijo una de las mujeres.
—¿Tú crees? —respondí.
—¡Claro! Hasta dan ganas.
—Pues allí tienes a tu marido. ¿A qué esperas? —la animé, señalando a su esposo, que llevaba un short demasiado largo. Ella usaba una braga atada a los lados, de cobertura amplia, cubriendo un trasero firme y todavía con curva.
—¡Ay, no! Éste es un apático. Ni baila ni participa.
—Pero bien que mira —intervino Carolina, y todos rieron, incluido el apático.
Decidí arriesgar la jugada.
—Pásate un momento para acá. Mi novia te cede el lugar.
La mujer —después sabríamos que se llamaba Patricia— se sonrojó y rio nerviosa, pero Carolina ya se había despegado de mí, dejando a la vista una erección que no pasaba desapercibida. Tomé a Patricia por la cintura y la acomodé delante de mí. La jalaba y la soltaba, frotando mi pene contra sus nalgas, pero el bañador apagaba el efecto. Mi novia se quedó al frente bailando contra ella. Mis manos empezaron a recorrer caderas, cintura, pechos. Cuando las bajé otra vez, encontré los lazos de la braga y los desaté antes de que Patricia pudiera detenerme. La prenda quedó en mi mano y se la pasé al marido, que no nos quitaba la mirada. Él la guardó en la bolsa de su short.
Atraje a Carolina hacia nosotros y formamos un sándwich con Patricia en medio. Mis manos no daban abasto con la piel húmeda de las dos. Doblé un poco las rodillas para acomodar la altura y, separándole las piernas, le metí el pene entre los muslos. La postura era incómoda, pero aguanté. Patricia chorreaba: pasé una mano al frente y le froté la vulva, que dejaba escurrir un flujo abundante. El cuerpo de Carolina se restregaba completo contra ella. En cuestión de un minuto, Patricia se sacudió con un orgasmo. La liberamos y la guié hasta su marido. Ella lo abrazó, lo besó, se arrodilló frente a él, le bajó la bermuda ridícula y se lanzó sobre su miembro con un hambre que sorprendió incluso al apático. Carolina y yo nos retiramos un paso, satisfechos de haber detonado lo que ella necesitaba.
***
Carolina quiso volver a la popa, otra vez por un cigarrillo. Apenas lo estaba terminando cuando el motor del catamarán bajó de revoluciones y anunciaron la última parada del día: el «skinny dip» final. La condición para bajar al mar era estar desnudo por completo. Para garantizarlo, dos miembros de la tripulación se pusieron a los lados de la rampa, recibiendo y guardando los bañadores de quien quisiera nadar. Carolina y yo nos separamos: yo bajé al agua, ella se fue a la proa para verme desde arriba. El mar estaba tibio, casi cálido. Di unas brazadas, me puse boca arriba y la busqué con la mirada. La encontré acodada en la barandilla, y junto a ella, la pelirroja del bloqueador. Estaban muy pegadas, sonrientes, tomadas por la cintura. Les grité que se lanzaran al agua, sabiendo que Carolina no lo iba a hacer. Como respuesta, las dos giraron la cabeza y, ante mis ojos, se fundieron en un beso largo.
Mi miembro reaccionó como un periscopio. Carolina se llevó el pulgar a la boca, simulando una felación. La pelirroja levantó el dedo índice como pidiendo turno y yo le insistí, con señas, que entrara al mar. La británica se bajó el bikini y dejó ver una franja perfectamente recortada de vello anaranjado sobre la piel pálida. Se lanzó de clavado con una técnica que delataba años de práctica y emergió justo a mi lado, sujetándose de mi pene erecto mientras Carolina nos miraba desde arriba.
—Take care of it, don't rip it off! —nos gritó mi novia, muerta de risa.
Nadamos un poco —ella mucho mejor que yo— y chapaleamos otro tanto. Nos rozamos los cuerpos con esa sensación que sólo el agua de mar regala, siempre bajo la mirada de Carolina. Cuando la sirena nos llamó a regresar, fuimos juntos a la rampa, donde mi novia me esperaba para colgarse de mi cuello.
—¿Te quiere secuestrar la inglesita, flaco? —me dijo.
—Ya vio y tocó la mercancía. Producto nacional, pura calidad.
La pelirroja se acercó a Carolina y la besó en los labios.
—See you later, my friends —se despidió, y caminó hacia la proa.
***
El resto de los pasajeros volvió a bordo, levantaron la rampa y el barco arrancó otra vez. La mitad se volvió a poner los bañadores, la otra optó por quedarse desnuda cuando la música regresó. Cuatro o cinco tripulantes empezaron a circular ahora con una botella de licor dulce en una mano y crema batida en la otra, vertiendo dosis sobre pechos, vientres y penes a quien les pidiera. A Carolina le dejaron dos puntos pequeños de crema sobre los pezones. A mí me dispararon una porción generosa sobre el pene a medio levantar. Me la lamí completa, lo cual terminó de ponerlo duro. Carolina dudó un segundo y bajó a terminar el trabajo, lamiendo la crema con tal destreza que en pocos segundos se convirtió en una felación de verdad. Sólo la ausencia de algo donde apoyarme y el hecho de estar en medio de tanta gente nos hicieron parar.
Seguimos paseando por la cubierta hasta la proa derecha, donde el caos era aún mayor. Tanto la red como el pasillo estaban llenos. En medio de ese desorden volvimos a encontrar a la pelirroja, que en ese momento recibía un chorro de crema sobre los pechos y los frotaba contra los de Carolina para compartirla. De pronto tenía cuatro pechos al alcance de la boca. Empecé por uno de los de la inglesa, seguí por uno de Carolina y fui alternando hasta cansarme. Entonces mi novia se acercó a mi oído.
—Flaco, ¿te acuerdas de la última noche en el Paraíso?
—Cómo no me voy a acordar.
—Pues sabes perfecto con qué me quedé con ganas.
Tragué saliva. Carolina y yo habíamos recreado mil veces en privado la escena que vimos esa noche: dos mujeres mamándosela a un hombre mientras un cuarto observaba sin moverse. Una fantasía a la que ella había vuelto incontables veces.
—¿Aquí mismo?
Levantó las cejas con malicia.
—Explícaselo tú —le dije—. A ti te entiende mejor.
***
No es que hubiera un rincón privado en el catamarán, pero en la zona de las bancas longitudinales, bajo una de las cuales habíamos dejado nuestras cosas, había espacio. De hecho, en la banca de atrás un hombre joven que llevaba horas paseándose con un vaso en la mano, brindando y sonriendo, estaba siendo atendido oralmente por una mujer mayor que él, delgada, tonificada, con una concentración total sobre su miembro.
Carolina sacó de la mochila la única toalla que llevábamos, la dobló y la colocó en el piso. Me pidió que me sentara en la banca. Las dos mujeres se arrodillaron sobre la toalla. Mi novia tomó mi pene con la mano y se lo ofreció a la pelirroja, que comenzó a recorrer el glande con la lengua: unas vueltas en un sentido, otras en el opuesto. Se retiró y cedió el turno a Carolina con un gesto. Mi novia repitió los movimientos. Volvió la inglesa, que esta vez decidió metérselo a la boca y aplicar succión y presión con la lengua antes de soltarlo y volver a la carga. Lo hizo diez o quince veces, seguida por Carolina, que copió la técnica. Innecesario decir que yo estaba cerca del límite: lo que veía y lo que sentía superaban con creces lo que había esperado de aquel paseo.
Cuando esperaba que la pelirroja volviera, ésta decidió que era el turno de atender la boca de mi novia y se le abalanzó en un beso profundo, salvaje, que Carolina respondió con la misma intensidad. Yo recorría los cuerpos de ambas con manos y boca en un desorden delicioso que no me dejaba pensar. Pero faltaba lo que mi novia se había propuesto. Faltaba la felación a cuatro manos y dos bocas. Y entonces mi pene recibió, por turnos, las que me parecieron las mejores bocas del mundo, lamiendo, besando, chupando y besándose entre ellas; cuando esto último ocurría, eran sus manos las que se ocupaban de mí. Sentía que iba a estallar, pero mi cabeza se negaba a dejar que aquello terminara.
Lo que vino después no lo habría imaginado ni en mis mejores noches. Las dos se pusieron de acuerdo en cuatro palabras. Carolina se arrodilló entre mis piernas y se metió mi miembro en la boca hasta más de la mitad. La pelirroja se subió a la banca con un pie junto a mi cadera y el otro, pasándolo sobre mi hombro, en el respaldo, sosteniéndose del techo del barco. Su sexo me quedaba directamente sobre la boca, abierto, ofrecido por completo. Deseé tener un segundo par de manos para poder atender bien a las dos.
El estímulo definitivo no fueron ellas, sino darme cuenta de que éramos el centro de atención de seis u ocho personas que nos rodeaban sin perder detalle. Algunos tocaban a la inglesa o a Carolina. Los más tímidos se limitaban a mirar. Entonces eyaculé, directamente en la boca de mi novia, que como ninguna otra disfrutaba degustar y tragar. Quizás las vibraciones que le pasé a la pelirroja la empujaron también, porque liberó un orgasmo abundante que me empapó la cara.
Quedé despatarrado sobre la banca, sin aire. La inglesa se sentó a mi lado, sin saber que Carolina aún tenía una última sorpresa para ella: se acercó a su boca y le compartió el semen que aún guardaba. Se besaron y se acariciaron con tal pasión que las dos me declararon inexistente y se dedicaron una a la otra. Carolina recibió un cunnilingus intenso, casi furioso, que le sacó por fin el orgasmo que merecía después de tantas horas de juego.
Poco a poco los corazones de los tres volvieron a un ritmo normal. Estábamos cubiertos de sudor y de líquidos que ya no quería ni nombrar, pero exhaustos y a la vez completamente satisfechos. La sirena emitió tres pitidos largos y anunciaron por los altavoces que llegaríamos al muelle en cinco minutos. Era hora de vestirse y cerrar la jornada.
La pelirroja nos abrazó y nos besó con una ternura que no había mostrado en ningún momento.
—If this was a dream, I hope I don't forget anything when I wake up.
Le pregunté su nombre, en qué hotel se quedaba, le propuse vernos al día siguiente.
—Why risk ruining something that was perfect? I won't tell you my name, I don't want to know yours. Tonight, fuck hard thinking of me. I'll do the same.
Dio media vuelta, caminó hacia la popa, sacó un vestido de una bolsa, se enfundó en él y se acomodó cerca de la salida para ser de las primeras en bajar. La perdimos de vista en cuanto pisamos el muelle.