La noche que mil ojos extraños me vieron desnuda
La noche caía sobre Sierras Chicas y el aire tibio de febrero entraba por los ventanales de la casa. Mis cinco amigas estaban repartidas entre los sillones del living, con copas de espumante en la mano y esa risa cómplice que se nos había vuelto costumbre desde la adolescencia. Yo, Camila, las miraba desde la barra, sirviéndome otra copa y sintiendo que la noche todavía no había empezado.
Renata se acomodaba el escote del vestido bordó frente al espejo del pasillo. Lorena, la más alta, había cruzado las piernas sobre el sillón largo y dejaba ver hasta el muslo. Tatiana, sarcástica como siempre, le revoleaba almohadones a Matías, que tomaba whisky en silencio en su sillón de cuero. Florencia y Macarena conversaban bajito en un rincón, con esa intimidad que solo dan los secretos compartidos.
—Estoy aburrida —dijo Renata, dejando la copa en la mesa ratona—. Necesito que esta noche se vuelva interesante.
—¿Qué tenés en mente? —preguntó Lorena, levantando una ceja.
—Verdad o algo peor —contestó Renata, con esa sonrisa que conocíamos desde la secundaria—. Y nada de preguntas tibias.
Nos miramos entre risas. Florencia, la más callada del grupo y la única que practicaba abiertamente el BDSM, levantó su copa.
—Acepto, pero con la condición de que las preguntas duelan un poco.
Empezamos suaves. Cuántas veces a la semana, con quién, dónde. Tatiana confesó que andaba con tres hombres a la vez. Lorena contó una historia vieja con un supuesto dominante que terminó llorando con las esposas puestas. Macarena se puso colorada cuando le preguntaron por la última vez que se había tocado y dijo, casi en un susurro, que hacía una semana mirando un documental.
Cuando me llegó el turno, Florencia me clavó los ojos.
—Tu fantasía más oscura, Cami. La que nunca contaste.
Tragué saliva. Sentí la mirada de Matías sobre mí desde el otro lado del living.
—Que me miren —dije por fin—. Que un montón de hombres desconocidos me observen mientras me toco y no puedan hacer nada más que mirar.
El silencio duró unos segundos. Después, Renata se rió con ganas.
—Mentira. Eso no se confiesa así nomás.
—Es verdad —repetí—. Me excita la idea de estar expuesta. Que decenas, cientos de ojos me deseen sin poder tocarme.
Macarena fue la que rompió el silencio con una idea.
—¿Y por qué no lo hacés? Hay plataformas. Te ponés una máscara, abrís una cuenta y listo.
Me reí, pensando que era un disparate. Pero las chicas se entusiasmaron rápido. Florencia, que era la más informada en estos temas, ya estaba buscando plataformas en el celular. Matías, desde su sillón, no decía nada, pero sus ojos brillaban.
—Para el sábado a la noche —propuso Florencia—. Te armamos un set acá mismo, en el cuarto del fondo. Bloqueamos a usuarios de Argentina para que nadie te reconozca y listo.
Para cuando alguien me preguntó si estaba segura, ya era tarde. Había dicho que sí entre dos copas más y una promesa de que solo iba hasta los doscientos dólares y cortábamos.
***
El sábado llegó antes de lo que quería. Matías había transformado la habitación del fondo en un estudio improvisado: una cámara montada en trípode, dos luces LED frías, una computadora con teclado en mi falda y una pantalla grande contra la pared para que las chicas pudieran seguir el chat sin meterse en cuadro. La cama estaba tendida con sábanas oscuras, planchada, esperándome.
Me puse una máscara de encaje negro que me cubría la mitad superior de la cara y una bata semitransparente que apenas me llegaba a los muslos. Florencia me había creado un perfil bajo el nombre de «MaskAR» y ya tenía todo listo. Las chicas se sentaron en el piso, contra la pared, fuera del ángulo de la cámara. Matías se quedó atrás, controlando la transmisión.
—¿Lista? —preguntó.
Asentí, aunque tenía el estómago hecho un nudo. Apretó el botón.
Los primeros segundos fueron los peores. La pantalla mostraba mi imagen reflejada y un contador que decía «12 viewers». Después «38». Después «126». Los mensajes empezaron a aparecer en cascada.
«Sos hermosa, ¿sos nueva?». «Mostranos esa boca». «Pará un poco, dejame mirarte».
Respondí algo tímido, dejé caer la bata por un hombro y vi cómo el contador subía. Doscientos. Trescientos. Las primeras fichas empezaron a llegar.
—Pediles algo —susurró Florencia desde el suelo.
—¿Quieren ver más? —pregunté a la cámara.
La respuesta fue inmediata. Una avalancha de fichas y mensajes pidiendo que me sacara la bata. Lo hice despacio, dejando que el algodón se deslizara por mis brazos. Quedé desnuda, solo con la máscara y un par de pendientes largos.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba. Sentí los ojos de mis amigas sobre mí, sentí la cámara, sentí la idea de cientos de personas mirándome al mismo tiempo, y en lugar de paralizarme, me encendí. Como si el deseo de todos esos desconocidos fuera combustible.
La primera solicitud de privado llegó a la media hora. «Quiero verte sola, sin público», escribió un usuario llamado «Lobo72». Acepté. La pantalla cambió. Solo él podía verme.
—Tocate los pezones —pidió—. Despacio. Quiero verte la cara.
Le hice caso. Mis dedos rozaron los pezones, ya duros, y sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Él me fue guiando, sin apuro, hasta hacerme acariciar entre los muslos sobre la sábana. Cuando me ordenó que me llevara los dedos a la boca, lo hice mirando fijo a la cámara, como si pudiera atravesarla y encontrarlo del otro lado.
—Más rápido —escribió—. Que se te mojen los dedos.
Lo obedecí. La excitación no era actuada. Mis amigas habían dejado de hablar. Solo se escuchaba mi respiración y el zumbido de las luces. Cuando me corrí, lo hice de verdad, con un gemido bajo que vibró en mi garganta. Lobo72 dejó una propina enorme y se desconectó.
Volví al chat principal con la piel todavía caliente. Los viewers se habían multiplicado. Cuatrocientos. Quinientos. Los mensajes corrían tan rápido que ya no alcanzaba a leerlos.
«¿Tenés juguetes?». «Mostrá el lush». «Hacela vibrar al máximo».
Florencia me alcanzó una caja con varios vibradores. Elegí uno pequeño y rosado, lo puse adentro mío sin mucho preámbulo y conecté la aplicación a la plataforma. A partir de ese momento, cualquier propina de cierta cantidad activaba una vibración. Cinco fichas, una descarga corta. Cien fichas, vibración máxima durante un minuto entero.
Las propinas no pararon. Cada pocos segundos una nueva sacudida me obligaba a arquear la espalda, a apretar las sábanas. Mis amigas miraban sin decir una palabra. Vi de reojo a Macarena, que se había llevado una mano entre las piernas sin dejar de mirarme. Florencia, en cambio, observaba al chat como una estratega, calculando cuándo pedirme que cambiara de postura.
Otro privado. «AmoNocturno», esta vez. Quería verme de rodillas, con un vibrador en la boca.
—Como si lo estuvieras chupando de verdad —escribió.
Lo hice. Lo lamí lento, mirando a la cámara, dejando que un hilo de saliva me cayera por la barbilla. Sentí mi propio reflejo en la pantalla y casi no me reconocí.
—Ahora pegate. En las nalgas. Con la mano —escribió—. Fuerte.
Me agaché sobre la cama, mostrando el culo a la cámara, y me di un cachetazo que sonó seco en la habitación. Después otro. Y otro. La piel me ardía. Cada golpe encendía algo nuevo. Cuando me hizo correrme otra vez, lo hice con los dedos enterrados en mi propia carne y los ojos llenos de lágrimas.
***
Cuando volví al chat principal habían pasado casi tres horas. El contador marcaba seiscientos espectadores estables y la meta de doscientos dólares había quedado atrás hacía mucho. Iba por ochocientos y subiendo.
Alguien escribió la pregunta que cambió todo.
«¿Alguna vez estuviste con una mujer?».
Miré a las chicas. Todas me miraban a mí. Pensé en Macarena, en lo callada que había estado toda la noche, en su mano entre las piernas hacía un rato.
—Sí —dije a la cámara—. Y la mujer con la que más me gustaría volver a estar está hoy en este cuarto.
El chat estalló. Las fichas llovieron. Macarena se había puesto colorada hasta las orejas. Le hice una seña. Negó con la cabeza. Le hice otra. Renata, riéndose bajito, le pasó una máscara igual a la mía. Macarena la miró un segundo eterno y se la puso.
Se acercó a la cama desnuda hasta la cintura, con la pollera puesta y los pechos al aire, ya marcados por sus propios dedos. Se arrodilló frente a mí en silencio. Sus manos encontraron mis caderas. Su boca encontró mi boca.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. La cámara nos siguió, los mensajes corrieron en una columna verde sin pausa, y yo dejé de escuchar nada que no fuera la respiración de ella en mi oreja. Cuando me tocó con dos dedos, supo exactamente dónde. Cuando bajó la boca, supo exactamente cómo. El orgasmo me llegó casi sin aviso, largo y vibrado, y mientras me arqueaba sobre la sábana sentí que la cama temblaba con las propinas que entraban una atrás de la otra.
Macarena se quedó un instante apoyada en mí, jadeando. Después se levantó, me besó la frente y volvió al rincón con las chicas sin decir una palabra.
***
Corté la transmisión a las cuatro horas. La pantalla mostraba un total que me costó leer: más de mil cien dólares. No me importó. Me importaba otra cosa. Me importaba lo que había sentido cuando ese contador llegó a setecientos y todos esos ojos me miraban a la vez, deseándome, sin poder hacer absolutamente nada.
Matías apagó las luces. Las chicas seguían en silencio en el suelo. Macarena me evitaba la mirada y al mismo tiempo no podía dejar de mirarme. Renata fue la primera en hablar.
—La próxima vez quiero ser yo —dijo.
Florencia se rió.
—La próxima vez la organizamos en serio. Con tema. Con guion.
Me envolví en la bata, todavía con la máscara puesta. Sentí el sudor enfriárseme en la espalda y un agotamiento dulce en cada músculo. Pero también algo nuevo. Algo que no sabía que tenía. Una clase de poder que no se compra ni se hereda, que aparece cuando una mujer decide mostrarse y descubre que el mundo entero la mira y la mira y la mira y no puede tocarla.
Bajamos juntas al living. Matías nos siguió con dos botellas más de espumante y un termo con hielo. Nadie habló del show durante un buen rato. Tatiana puso música baja, Lorena se descalzó y se acomodó en el sillón largo, Renata se sirvió otra copa y la levantó hacia mí en un brindis silencioso. Macarena se sentó a mi lado, sin tocarme, sin hablarme, pero apoyando el muslo contra el mío con una intención que no necesitaba palabras.
—¿Lo volverías a hacer? —preguntó por fin Florencia, mirándome por encima del borde de su copa.
Lo pensé un segundo, aunque ya sabía la respuesta. Lo había sabido desde el momento en que el contador pasó de cien y mis amigas se quedaron mudas. Lo había sabido cuando Lobo72 me hizo correrme con la voz. Lo había sabido cuando Macarena se puso la máscara y se acercó a la cama.
—Sí —dije—. Pero no sola.
Renata levantó la copa otra vez, esta vez sonriendo de verdad. Florencia hizo lo mismo. Tatiana, Lorena y Macarena las siguieron. Brindamos en silencio, sabiendo todas, sin necesidad de decirlo en voz alta, que esa noche había abierto una puerta que ninguna de las seis pensaba volver a cerrar.