Espié a mi madre en la oficina de su jefe
Recuerdo aquel año como si lo hubiera vivido dos veces. Yo tenía dieciocho recién cumplidos, estaba terminando el bachillerato y todavía vivía con mi madre en una casa demasiado grande para los dos. Habían pasado siete años desde que enterramos a mi padre, y desde entonces ella se había convertido en algo parecido a un pilar imposible de mover. Trabajaba, pagaba la hipoteca, cocinaba, me regañaba cuando llegaba tarde y se quedaba dormida en el sofá viendo películas que decía que no le gustaban.
Mi madre, Lorena, tenía cuarenta y cinco años. Era rubia teñida sobre un castaño natural, con el rostro redondo y los rasgos limpios, sin demasiadas arrugas para su edad. Los ojos los tenía verdes, muy intensos, casi felinos cuando reía. Medía poco más de un metro sesenta y arrastraba ese tipo de cuerpo que los hombres miran sin disimulo en los semáforos: caderas anchas, muslos llenos, un pecho generoso que ningún sostén lograba someter del todo. Yo había aprendido a vivir con eso como se aprende a vivir con un nombre raro: incomodando primero, dejando de notarlo después.
Desde la muerte de papá, ella no había vuelto a salir con nadie. Hubo pretendientes, claro. Compañeros del banco, un viudo del barrio, hasta el padre de un amigo mío que un domingo se presentó con una bandeja de pasteles y una sonrisa demasiado ensayada. A todos los despachó con una mezcla de educación y firmeza, y luego, por la noche, se sentaba a ver la televisión sola con una copa de vino tinto. Yo me había acostumbrado a esa imagen suya. La había convertido en regla, en certeza.
Aquel verano había recibido un ascenso enorme en la empresa de logística donde apenas llevaba tres años. La pusieron justo debajo del director de la sucursal, un puesto que normalmente toca tras una década de antigüedad. El jefe se llamaba Gerardo. Calvo, con sobrepeso evidente, mediados de cincuenta, con una manía rara por los caramelos baratos: tenía el escritorio sembrado de envoltorios brillantes, como si trabajara dentro de una piñata reventada. La primera vez que lo vi pensé que era el típico cuarentón triste que cobra demasiado por sentarse, nada más.
Yo iba a las oficinas casi cada tarde después de clase. Era una costumbre vieja: mi madre me dejaba un escritorio libre cerca del suyo, yo mataba el rato en internet, ella terminaba sus planillas y volvíamos juntos en su auto. Desde su ascenso, sin embargo, algo había cambiado en el ambiente. Empleados que llevaban veinte años en la empresa la saludaban con una sonrisa torcida. Las secretarias le hablaban en voz demasiado baja. Un par de veces escuché, sin querer, comentarios sobre «esa manera tan rápida» de subir en el organigrama. Me ofendió, pero no le di más vueltas. Mi madre se lo había ganado, pensaba yo. Mi madre se ganaba todo.
El primer mensaje raro llegó un jueves cualquiera. «No vengas hoy, mi vida, tengo reunión hasta tarde». Me pareció normal. El segundo, al lunes siguiente: «Mejor quédate, tengo cierre». Al tercero ya empecé a fijarme. Eran siempre los mismos días, siempre la misma hora, siempre el mismo tono apurado. Y empezaron las llegadas a casa pasada la medianoche. Yo la oía desde mi cuarto: la puerta principal abriéndose despacio, los tacones apoyándose y luego desapareciendo —se los quitaba siempre nada más cruzar el recibidor—, el grifo del baño, la cisterna, sus pasos hasta el dormitorio.
Una madrugada llegó a las dos. Yo no había podido dormir. Bajé descalzo, pegado a la pared, hasta el rellano del salón. Ella ya estaba en la ducha. Sobre la mesa del comedor había dejado las llaves, la cartera y el teléfono. El teléfono vibró dos veces seguidas, justo cuando me acercaba, y casi me caigo del susto. Lo tomé con dos dedos, como si quemara, y miré la pantalla.
«Gerardo» —decía la notificación—. «Aún sigo duro por ti. ¿Mañana a la misma hora?». Debajo, una foto en miniatura que no quise abrir.
Dejé el teléfono donde estaba, di media vuelta y subí las escaleras de tres en tres. En mi habitación me senté en el suelo, con la espalda contra la cama, y me quedé mirando un punto fijo del techo. No lloré. No grité. Solo sentí cómo se me iba cerrando algo dentro del pecho, como una persiana que baja sin querer. Y, para mi vergüenza, también sentí otra cosa: una erección estúpida, persistente, que empujaba las sábanas hacia arriba como una bandera ridícula. Me odié por aquello más que por cualquier otra cosa esa noche.
***
El desayuno del día siguiente lo hicimos en silencio. Yo no podía mirarla a la cara. Ella me preguntó si me pasaba algo y yo respondí que había dormido mal. Era cierto a medias. Cuando se levantó para llevar la taza al fregadero, las caderas le oscilaron debajo de la falda gris de oficina, y aparté la vista como si hubiera tocado un cable pelado. A media mañana me llegó su mensaje: «Hoy no vengas, mi amor. Cierre de temporada». Lo leí dos veces. Después apagué el teléfono y, al salir del instituto, en lugar de tomar el autobús de vuelta a casa, tomé el que iba al complejo de oficinas donde ella trabajaba.
El guardia de seguridad me saludó como cada tarde y ni siquiera consultó la lista. Subí las escaleras con el corazón golpeándome hasta la garganta. En la planta no había nadie. Los cubículos estaban apagados, los teclados ordenados, las sillas metidas hasta el fondo de los escritorios. Una hilera de pantallas en negro me devolvió mi reflejo borroso mientras avanzaba por el pasillo. Al fondo, la luz del despacho de Gerardo estaba encendida.
Me acerqué de puntillas. Antes de llegar a la puerta ya oía las voces, sofocadas pero claras. Me pegué a la pared lateral, ahí donde la madera del marco se junta con el panel del tabique, y escuché.
—¿Le dijiste al chico que no se pasara hoy? —preguntó una voz grave.
—Sí, ya está avisado. No te preocupes.
—Bien. Sería una pena que se enterara, ¿verdad?
Después se oyó un golpe seco, contundente, una palmada sobre carne firme. Mi madre jadeó. No fue un quejido de dolor: fue un sonido grueso, ronco, de alguien que ha aprendido a pedir más sin abrir la boca. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula.
—Usa la boca para lo que sabes, Lorena.
Lo que vino después fue una sucesión de ruidos húmedos, arcadas controladas, una respiración que entraba y salía con esfuerzo. Yo estaba paralizado. Iba a darme la vuelta cuando levanté la mirada, casi por instinto, y vi el rejillado del aire acondicionado que asomaba por encima del marco de la puerta. Era de los antiguos, con una rejilla desmontable y una ranura limpia. Desde allí, sin duda, se veía dentro.
No lo pensé. Agarré una de las sillas de los cubículos cercanos, la arrastré con todo el cuidado del mundo y me subí encima. Me afirmé al borde metálico del conducto con las dos manos. Y, con la frente apretada contra la rejilla, miré.
***
La vista era cenital. Veía la espalda de Gerardo, sentado en su sillón de cuero, con los pantalones bajados hasta los tobillos. Veía la coleta improvisada con la que mi madre se había recogido el pelo. Y la veía a ella de rodillas, con las dos manos apoyadas sobre los muslos del tipo, tragándose una verga que no parecía caberle. Gerardo la sujetaba por la nuca y la empujaba hacia él como quien guía a un animal manso. La saliva caía en hilos espesos sobre la blusa de mi madre, sobre la alfombra, sobre los pantalones arrugados del tipo. Cada vez que él tiraba de la coleta, ella levantaba la cabeza, jadeaba dos segundos y volvía a hundirse.
Cuando él la apartó por fin, ella cayó hacia atrás sobre los talones, con la boca abierta y los labios brillantes. No protestó. Se rio, incluso. Una risa rota, baja, que reconocí porque era la misma risa que ponía conmigo cuando yo decía una tontería, y eso fue, creo, lo que más me destrozó: que la risa fuera la misma.
Se levantó. Empezó a desnudarse despacio, sin coreografía, con una desenvoltura de costumbre. Se desabotonó la blusa y dejó caer el sostén. Los pechos se le derramaron hacia los costados, mucho más grandes de lo que la ropa dejaba adivinar, con los pezones erguidos y oscuros. Se bajó la falda y la dejó tirada en una esquina. Llevaba un tanga negro que se quitó pasándoselo por los tobillos como si fuera un pañuelo más. Gerardo se relamió. Yo apreté la frente contra la rejilla hasta sentir el metal en la piel.
—Date vuelta, contra la pared. Las manos arriba —ordenó él.
Ella obedeció. Apoyó las palmas en la pared de detrás del escritorio, separó los pies y arqueó la espalda. El culo se le elevó, ancho y pesado, marcado por las medias que aún no se había quitado. Él se colocó detrás. Se sujetó el miembro por la base y lo deslizó primero entre los muslos de mi madre, golpeándole el sexo desde abajo, despacio, hasta que ella empezó a jadear sin aire. Después la penetró. No hubo resistencia. Aquello no era un primer encuentro. Aquello tenía meses, quizá un año entero de costumbre.
Empezó a embestirla con un ritmo brutal. El sonido de los muslos chocando contra las nalgas retumbaba por toda la planta vacía. Mi madre gritaba a media voz, intentando ahogarse contra su propio brazo, pero los gritos se le escapaban igual. Él la tomó por las caderas con las dos manos, le hundió los dedos en la cintura y la usó como se usa una herramienta. Le hablaba, además. Le decía cosas que yo no quería oír y que oí enteras.
—Mira cómo te encanta, Lorena. Mira lo bien que te tengo.
Sentí náuseas. Sentí también, otra vez, la maldita erección apretándome los pantalones, y odié mi cuerpo por ser capaz de responder mientras mi cabeza pedía a gritos darme la vuelta. No pude. No podía. Era como mirar un accidente desde la cuneta.
Él la sacó, la giró con un movimiento seco y la sentó en el borde del escritorio. Le abrió las piernas con las dos manos, volvió a clavarse en ella y empezó a follarla sin separarle la mirada. Mi madre tenía los ojos cerrados y la boca abierta. En algún momento gritó, gritó fuerte, y un chorro fino de líquido transparente le salió disparado hacia abajo, mojándole los muslos a él, salpicando el suelo. Yo no había visto nunca a una mujer correrse así. No sabía siquiera que existiera. Sentí vergüenza por estar aprendiéndolo con ella.
Lejos de detenerse, Gerardo soltó una carcajada y la empujó hacia atrás sobre el escritorio. Le sujetó los dos brazos por encima de la cabeza con una sola de sus manazas y, con la otra, le acercó el zapato a la cara. Le apoyó la suela en la mejilla, despacio, como quien apaga un cigarrillo. Ella no se quejó. Cerró los ojos. Aceptó la suela como había aceptado todo lo demás. Él volvió a embestirla, con la cara de mi madre aplastada bajo el zapato, hasta que se le deformó contra la mesa y dejó marcas húmedas sobre el cristal.
Cuando él gruñó por fin, se sacó a tiempo. Le terminó encima, en la espalda, en las nalgas, en la coleta que se había ido deshaciendo a fuerza de tirones. Chorro tras chorro, con la boca abierta y la mandíbula floja, como si estuviera dejando una firma. Cuando acabó, se quedó un momento de pie, jadeando, mirando lo que había hecho con una mezcla de orgullo y aburrimiento.
Entonces sacó la billetera del pantalón tirado, contó tres billetes y los dejó caer sobre mi madre. Algunos se le pegaron a la piel, sujetos por el semen.
—Muy bien, gatita. Hoy tienes la noche libre para el chico. Vístete y vete. Mi mujer me espera para cenar con las niñas y no la voy a hacer esperar por ti.
***
Bajé de la silla antes de que ella se incorporara. La devolví a su sitio. Bajé las escaleras pegado al pasamanos, sin respirar. Saludé al guardia con una sonrisa que no me reconocía y eché a correr en cuanto crucé la puerta del edificio. Corrí dos manzanas seguidas, hasta que las piernas no me sostuvieron, y vomité contra un contenedor. En el bolsillo del pantalón, una mancha tibia que no quería mirar.
Llegué a casa con los ojos rojos y el pulso desbocado. Lloré sentado en el suelo del baño durante una hora larga, con la cara pegada a las rodillas. Cuando mi madre volvió, cerca de las once, me asomé desde la habitación con una sonrisa cansada y le dije que tenía alergia, que me dolían los ojos por el polen. Ella me acarició la cabeza, me pidió que me acostara temprano y se fue a la ducha. Esa noche apenas dormí. Cada vez que cerraba los ojos volvía a estar subido a aquella silla, mirando hacia abajo, viéndola a ella convertirse en otra cosa.
Con los años he aprendido muchas cosas. He aprendido que la gente carga necesidades que uno no ve, que el deseo no respeta los relatos que nos contamos a nosotros mismos, que mi madre tenía derecho a una vida que yo nunca le había permitido imaginar. He aprendido casi todo, salvo lo único que entonces me hacía falta: no la he aprendido a juzgar de otra manera. Y, sin embargo, hay una parte de mí que nunca ha bajado de aquella silla. Que sigue ahí arriba, con la frente pegada al metal, mirando hacia abajo, y sabiendo que aquello no fue el final, sino apenas el principio.