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Relatos Ardientes

La noche que mi asistente me envió esas fotos

Soy un hombre al que le gusta mirar. Lo digo sin vergüenza, porque a estas alturas ya hice las paces con esa parte de mí. Una buena imagen, un ángulo inesperado, una mujer que no sabe que la observo: ahí me encuentro yo, en silencio, dejándome atravesar. Esta historia trata de eso, de mirar, y también del precio que se paga cuando uno se conforma con mirar y nada más.

Trabajaba en el área de sistemas de una empresa mediana en Rosario. El cargo me sonaba importante en las tarjetas personales, pero el día a día era papelería, planillas y equipos en mal estado. Tanto trabajo administrativo terminó convenciendo a mi jefe de asignarme una auxiliar. Cuando me dijeron que ya estaba contratada, no esperaba gran cosa. Llevaba años viendo entrar y salir personal: caras correctas, currículums correctos, semanas correctas.

Camila no era nada de eso.

Apareció un lunes con un bolso al hombro y una sonrisa tímida. Bajita, de piel muy blanca y un pelo negro larguísimo que le caía hasta la cintura. La cara tenía esa rareza que uno tarda en clasificar: rasgos finos, los labios gruesos, los ojos fijos como si estuviera resolviendo un problema en silencio. Cuando se presentó, le tembló un poco la voz.

—Mucho gusto. Espero estar a la altura —dijo.

Le aseguré que sí, que no se preocupara. No le aclaré que ya estaba a una altura que me iba a costar tolerar en silencio durante meses.

***

Lo primero que noté, después del rostro, fue la cintura. Camila era de las que disfrutaban el cuerpo que tenían. Usaba blusas ajustadas que le dejaban a la vista el ombligo, jeans tan ceñidos que parecían un milagro de costura, y un cuidado meticuloso por la ropa interior: la veía sin querer cuando se inclinaba, y siempre era encaje, siempre un color elegido. Nada era casualidad.

No tenía esas tetas enormes que con el tiempo se vuelven una caricatura. Las suyas eran proporcionadas, firmes, marcadas bajo la tela, con los pezones que a veces se le endurecían con el aire acondicionado y se le clavaban en la blusa como dos botones. Pero lo que de verdad la convertía en motivo de conversación en los pasillos era el culo. Caminaba por la oficina y los hombres dejaban de teclear durante dos segundos exactos. Yo también. Después fingíamos que nunca había pasado.

La trataba con respeto. Yo era su jefe directo, y eso, para mí, siempre fue una línea. Bromeábamos, almorzábamos juntos cuando coincidíamos, le hacía algún piropo medido, le decía que su novio era un tipo de suerte. Ella se reía y me decía que era amoroso de mi parte. Tenía novio. Lo había mencionado en la entrevista. Yo lo sabía y, por algún motivo, durante meses lo respeté.

***

La distancia se rompió un sábado a la noche.

Estaba en mi departamento, descalzo, con una cerveza, deslizando el dedo por el celular sin demasiado entusiasmo. Apareció un meme de oficina en el feed, algo sobre el lunes y un ataúd. Me reí solo. Sin pensarlo demasiado, se lo mandé a Camila por WhatsApp.

Respondió a los pocos minutos con cinco emojis llorando de risa.

—Necesitaba esto —escribió—. Día horrible.

—¿Qué pasó?

—Discutí con Bruno. Lo de siempre. Cosas mías.

Bruno era el novio. Hasta entonces yo era un fantasma cordial en su vida laboral; de pronto me convertí, sin haberlo pedido, en alguien al otro lado de una pelea de pareja un sábado a la noche. Esas grietas se abren así, sin anuncio.

Le contesté con algo amable, sin ahondar. Pero un par de mensajes más tarde, alentado por la cerveza y la confianza nueva, le escribí algo distinto.

—¿Te dijo hoy lo hermosa que sos? Porque si no te lo dijo, está mal de la cabeza.

Llegó la pausa de los tres puntos. La pausa que en una conversación así vale más que cualquier palabra.

—Sos malo —escribió al fin—. Me ponés colorada.

—Estoy diciendo lo que pienso desde el primer día.

Otra pausa. Otros tres puntos.

—¿Y qué más pensás desde el primer día?

***

Ahí entendí que el cable estaba cortado. No había vuelta. La conversación pasó de cumplidos a coquetería, y de coquetería a la frase que cambia todo: mandame una foto.

—¿Una foto de qué?

—Tuya. Linda. Una que me deje con ganas de lunes.

Tardó. Tardó tanto que pensé que la había arruinado. Después llegó.

La primera foto era inocente para el estándar al que íbamos a llegar después, pero a mí me dio vuelta la cabeza. De la cintura para arriba, frente a un espejo, un top rosado tan ajustado que parecía pintado. No tenía corpiño. Se le marcaba la redondez exacta de las tetas, dos sombras que decían lo que la tela quería ocultar, y en el centro se le adivinaban los pezones erectos, dos puntas duras clavadas contra el algodón.

—¿Y? —escribió.

Tuve que respirar antes de contestar. Ya tenía la verga durísima adentro del pantalón, latiendo, empujando la tela.

—Y nada. Que ahora no me sirve nada que no sea mirarte así.

—Sos terrible.

—Mostrame más.

Lo dije sin medir. Pasé el límite a propósito, sabiendo que pasarlo era el juego. Camila escribió que dormía en ropa interior y que no podía mandar algo así. Le contesté que entonces íbamos a estar incómodos juntos: que yo le mandaba primero, que no se sintiera sola.

Me saqué la remera, después el pantalón. Me dejé el bóxer, me paré frente al espejo del baño y me saqué una foto sin pose, simplemente parado, con la polla dura marcada bajo la tela, un bulto grueso que empujaba el algodón hacia adelante y dejaba una mancha húmeda arriba de la punta. Se la mandé sin pensarlo dos veces.

—Madre mía —escribió ella—. Mirá vos. Se te nota todo. Se te nota el tamaño.

—Se me nota lo que me hacés vos.

—Mostrámela sin el bóxer.

Me lo bajé de un tirón. La polla saltó afuera dura, roja, con la vena marcada de arriba abajo y un hilo transparente colgándome de la punta. Me la agarré con la mano izquierda, la levanté para el espejo, y mandé la foto sin siquiera mirar cómo había quedado.

—Dios mío —contestó—. Estoy temblando.

—¿Me la chuparías?

—Ahora mismo. Hasta el fondo. Sin respirar.

Y entonces empezó a mandar.

***

Tres fotos en ropa interior, parada frente a un espejo de cuerpo entero. La cámara la enfocaba a ella, pero detrás había otro espejo, y en ese segundo plano se veía la espalda, las nalgas que el encaje negro no alcanzaba a cubrir, las piernas firmes, el pelo cayéndole hasta la cintura. Era una composición demasiado elaborada para ser casual. Esa mujer había pensado cada centímetro.

—Sos una obra de arte —le escribí.

—No me digas eso, que me lo creo.

—Creételo. Y sacate esa bombacha, dale.

Hubo un silencio largo. Después llegó la pregunta que yo no me había animado a hacer.

—¿Querés ver más?

Le contesté con un sí en mayúsculas. Le ofrecí un trato, como si hiciera falta: yo me sacaba todo, ella se sacaba todo. Quería verla, le dije. No de pasada. Quería tiempo, varios ángulos, varias luces. Quería el coño, las tetas al aire, el culo abierto para el espejo. Quería mirarla como nunca había mirado nada.

Aceptó.

***

Lo que vino después no fue una sesión: fue un ejercicio largo de paciencia que ninguno de los dos hubiera podido planear con anticipación. Camila se fue desnudando por etapas, mandando una foto, dejándome reaccionar, mandando otra. Primero el corpiño, y aparecieron las tetas enteras: blancas, firmes, con las areolas rosadas y los pezones parados como si estuvieran pidiendo boca. Después la bombacha bajada hasta la mitad del muslo, con una mano tapando apenas el pubis, jugando a la duda. Después la bombacha en el piso y el pubis afeitado prolijo, con una franja finita de vello negro apuntando hacia abajo.

Después una imagen entera de espaldas, agachada contra la cama, con las piernas abiertas y las manos separándose las nalgas, y ahí pude verlo todo a la vez: el ojete rosado y apretado, y más abajo el coño abierto, mojado, brillando bajo la lámpara del velador, con los labios internos hinchados y salidos como si me estuviera pidiendo la lengua. Después de frente, sentada al borde de la cama, con las piernas abiertas de par en par, dos dedos separándose los labios del coño para que se viera el clítoris hinchado, duro, del tamaño de una perla.

—Estoy chorreando —me escribió—. Se me está cayendo por el culo. Mirá lo que me hacés.

Yo le iba contando cómo me dejaba cada foto. Le describía con detalle lo que le haría si la tuviera enfrente. Cómo le pasaría la lengua por el cuello, cómo bajaría chupándole cada pezón, mordiéndoselos hasta hacerla gritar, cómo me quedaría minutos ahí, en esa cintura que llevaba meses persiguiéndome desde la silla de la oficina. Cómo la iba a abrir de piernas y meterle la lengua en el coño hasta el fondo, cómo le iba a chupar el clítoris con los labios, cómo la iba a dar vuelta y le iba a comer el culo despacio, con la lengua bien adentro, hasta que se corriera de sólo eso.

—Después te la meto —le escribí—. Toda, de una. Sin preguntar.

—Metémela hasta el fondo. Rompeme.

Le mandé fotos mías de vuelta. Me estaba masturbando con el celular en la mano libre, despacio, alargando todo, apretándome la base de la polla cada vez que sentía que se me venía, porque sabía que esto no se iba a repetir y quería que durara. La tenía tan dura que me dolía. La punta era un charco, la mano me quedaba pegajosa, y yo seguía, mirando las fotos suyas en pantalla, pasando de las tetas al coño abierto, del coño al culo, y de vuelta.

—¿Estás haciendo lo que pienso que estás haciendo? —escribió ella.

—Sí. La tengo en la mano hace media hora. ¿Vos?

—Hace rato. Tengo dos dedos adentro. Me estoy tocando el clítoris con la otra mano.

—Metete tres.

—Ya me metí tres. Quiero más. Quiero la tuya.

Llevo años mirando a esta mujer caminar por un pasillo y resulta que la tengo en la mano.

Le pedí una foto más, una sola. Que se tocara para mí. Que me mostrara los dedos, nada más, no le pedía la cara. Tardó dos minutos y llegó: la mano abierta, los tres dedos brillantes de flujo hasta los nudillos, con hilos transparentes colgando entre ellos, y la otra mano sosteniendo el celular con un pulso firme que me costaba creer. Debajo, apenas fuera de foco, se le veía el coño hinchado, todo rojo, abierto, con el clítoris latiendo.

—Chupátelos —le pedí—. Mandame otra chupándotelos.

Llegó enseguida: los tres dedos adentro de la boca, hasta la última falange, y esos labios gruesos que yo miraba en la oficina cerrándose alrededor, dejando un hilo de saliva mezclada con lo suyo cuando los sacó. Fue la que me terminó.

Acabé enseguida. No fue elegante. Fue un chorro largo, espeso, que me saltó hasta el pecho y me manchó el espejo. Los primeros dos golpes fueron fuertes, casi dolorosos; después vinieron los coletazos, uno atrás del otro, hasta que la mano me quedó llena de semen tibio corriéndome entre los dedos. Fue de los acabes que te dejan callado mirando el techo, sin saber bien qué te pasó, con la polla todavía latiendo, aflojándose despacio contra el muslo.

—Me acabo de correr —le escribí, cuando pude—. Me manchaste el espejo.

—Yo también me acabo de correr, boludo. Dos veces. Estoy toda mojada, no puedo ni cerrar las piernas.

***

Esa noche Camila escribió una cosa que me quedó pegada durante mucho tiempo. Dijo que no le importaba tener novio. Que lo nuestro estaba pendiente desde el primer día. Que el martes podíamos vernos en cualquier lado, un departamento, un hotel del centro, lo que fuera, pero que no podíamos seguir con esto sin tocarnos. Que quería sentirme adentro. Que quería que se la metiera por los dos lados. Que quería tragarme entera, sin sacármela de la boca hasta que le acabara en la garganta.

Le contesté que sí. Que el martes lo arreglábamos. Que ahora estaba demasiado nublado para pensar.

—Andá a dormir —escribió—. Mañana hablamos. Y soñá conmigo abierta.

Apagué el celular. Tenía la respiración pesada, el cuerpo deshecho, las imágenes todavía abiertas en la memoria. Me dormí pensando en el martes, pensando en meterle la polla hasta el fondo del coño mojado, en agarrarla del pelo largo mientras se la clavaba por atrás, en verla arrodillada chupándomela hasta el hueso.

***

El martes nunca llegó como yo lo había imaginado.

El lunes a primera hora, mi jefe me llamó a su oficina. Una sucursal en Mendoza tenía caída la red. Necesitaban a alguien con perfil técnico para una auditoría in situ, tres semanas, salía esa misma tarde. No había discusión. Llegué a casa a hacer la valija con el celular sonando.

—¿Tres semanas? —escribió Camila cuando se lo dije.

—Tres semanas. Te llamo apenas vuelva.

—Te voy a esperar.

***

No me esperó.

Cuando volví a Rosario, en la oficina me dijeron que Camila había pedido el traslado a otra sede. Que se había ido con el novio, que él había conseguido trabajo en Córdoba y que ella decidió acompañarlo. Que había dejado un saludo para mí, nada más.

Le escribí. Tardó un día en contestar. El mensaje fue corto.

—Lo pensé mucho. Lo nuestro se iba a complicar y yo no estoy para complicarme. Prefiero quedarme con la noche que tuvimos. Cuidate.

Le respondí algo amable. Le dije que la entendía. Le dije que se cuidara ella. Después borré el chat, no por bronca, sino porque no soportaba ver los tres puntos sin que apareciera nada.

***

Pasaron años. Sigo siendo el mismo, el voyerista que prefiere mirar. Sigo mirando. Pero esa noche con Camila la guardo distinta. No la guardo como una victoria; la guardo como una lección.

A veces, cuando estoy solo y el departamento queda en silencio, abro la carpeta vieja del celular donde todavía conservo las fotos. Las miro despacio. Reconozco cada detalle: el espejo del fondo, la cintura, el pelo, el coño abierto brillando, los dedos mojados en la boca, esa mirada fija que tenía cuando se sabía mirada. Vuelvo a agarrármela, vuelvo a acabar pensando en ella, y vuelvo a sentir también lo otro, lo que duele: que tuve a esa mujer a un mensaje de distancia y elegí esperar al martes.

Ya no espero. Ahora, cuando algo aparece, lo agarro con las dos manos. La vida me enseñó tarde, pero me enseñó.

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Comentarios(9)

MauroV88

tremendo relato!!! de los mejores que lei aca en mucho tiempo

Nico_cba77

Necesito la segunda parte urgente, no puede quedar asi jaja

Carlos_MdQ

Me recordó a algo que me pasó con una compañera de trabajo hace años. Esas tensiones de oficina que no sabes bien cómo leer... están muy bien capturadas

LecturaNoche

El titulo me enganchó de entrada y no lo solte hasta que terminé. Muy bien contado.

PepeCordoba77

Y despues? siguieron trabajando juntos como si nada? jaja quiero saber el final real

Paloma_Noc

dos veces lo lei y las dos igual de bueno!!

TomaCba

increible!!

CafeLectorMdp

Le da mucho realismo el contexto de la oficina. Esas situaciones donde no sabes si lo que ves es tu imaginacion o si ella tambien está jugando son las más interesantes. Felicitaciones.

SandraGba

Buenisimo, me dejó con ganas de mas. Saludos!

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