Sabías que te miraba desde los matorrales esa noche
Era tu última noche en la cabaña, y querías despedirte de ella sin testigos. La luna llena colgaba sobre los pinos como una linterna encendida solo para ti. Llevabas toda la semana hospedándote en aquella casa rural perdida entre los cerros, lejos del ruido y de los mensajes del trabajo, y la idea de volver a casa al día siguiente te apretaba el pecho.
Decidiste salir al porche cuando ya pasaban las dos de la madrugada. Tu pareja dormía adentro, vencido por el vino de la cena. Tú no podías dormir. Te preparaste un café solo, le agregaste tres cubitos de hielo y caminaste descalza por la madera tibia hasta la hamaca colgada entre dos vigas. Una toalla blanca cubría la tela. Te sentaste primero, observaste el cielo, y después te tumbaste despacio.
Llevabas solo un tanga negro. La piel desnuda recibía la brisa fresca como si la besara. Cerraste los ojos. Las cigarras se habían callado. Solo quedaba el viento moviendo las ramas y, muy a lo lejos, el ladrido de un perro perdido en alguna casa vecina.
Tomaste el último sorbo del café y dejaste la taza en el suelo. Quedaba un hielo flotando, ya pequeño, ya casi líquido. Lo agarraste entre los dedos.
Lo pasaste primero por tus labios, despacio. La frialdad te hizo entreabrirlos. Después por el cuello, dibujando un círculo lento que te puso la piel de gallina hasta los hombros. Sentiste cómo el hielo se derretía y dejaba un hilo de agua bajando por la clavícula.
Bajaste más. Recorriste el contorno de un pecho, después del otro. Los pezones se endurecieron antes de que el hielo llegara. Jugaste con las areolas trazando espirales, dejando que las gotas resbalaran por el canalillo hasta el ombligo. Suspiraste sin querer.
Entonces giraste la cabeza hacia los matorrales que bordeaban el porche y me viste.
Yo estaba ahí, agachado entre las hojas, a unos metros, con la luna pegándome en media cara. No te moviste. No gritaste. Tampoco me apartaste con la mirada. Te quedaste quieta unos segundos, sosteniéndome los ojos, y después sonreíste apenas, con esa media sonrisa tuya que siempre supe leer.
Te conocía de antes. De otra vida, de otra historia que no viene al caso. Pero las dos cosas que más te calentaban en este mundo eran que te mirara y que tú supieras que yo te miraba.
Buscaste otro hielo en la taza, sin dejar de observarme, y volviste a empezar.
Ahora era distinto. Ahora era para mí.
Dejaste caer las gotas a propósito sobre el abdomen, separando los muslos apenas, lo suficiente para que el elástico del tanga se humedeciera. Pasaste el cubo por la cara interna de los muslos, despacio, con una respiración que ya no podías controlar. Cada tanto soltabas un suspiro mínimo que se mezclaba con el viento.
Y entonces escuchaste la puerta de la cocina.
Tu chico también se había despertado. Salió al porche en calzoncillos, con el pelo todavía marcado por la almohada, y cuando te vio así, casi desnuda, brillando bajo la luna con la piel mojada, sonrió. Volvió un segundo adentro y reapareció con dos copas y una botella de tinto a medio terminar.
—¿Te sirvo una conmigo? —dijo.
Asentiste con la cabeza, sin sentarte del todo, dejando que él te viera el cuerpo desde arriba antes de acomodarse a tu lado.
Bebieron en silencio durante un rato. Tú sabías que yo seguía ahí. Lo sentías como se siente una mirada en la nuca. Tu chico te pasó la mano por el muslo y se inclinó para besarte. Respondiste, pero no del todo. Él lo notó.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta la idea de despedirte así de este lugar? —te preguntó.
—Sí, pero… nos pueden ver —murmuraste.
Él se rio bajito, con esa risa suya que siempre te derretía un poco. Te dijo que no había nadie a kilómetros, que el camino más cercano estaba a media hora caminando, que la única que iba a sentir envidia era la luna mirándolos besarse.
Tú sabías que no era solo la luna.
***
Lo besaste con más ganas. Le buscaste el cuello con los labios, le mordiste el hombro. Sentiste cómo, debajo de la prenda, el bulto crecía despacio, firme, pidiendo aire. Le bajaste los calzoncillos con una mano, sin pedir permiso, y se los tiraste a un costado.
Le pediste que se pusiera de pie frente a la hamaca.
Él obedeció. Te acomodaste de rodillas en el porche, con la espalda en ángulo hacia los matorrales, calculando exactamente dónde estaba yo y cómo iba a verte. Querías que viera todo.
Sacaste la lengua y recorriste la parte inferior, desde la base hasta la punta. Después escupiste sobre la cabeza y empezaste a moverlo con la mano, con un ritmo lento pero constante. Lo metiste en la boca solo a la mitad al principio, jugando con la lengua, dejando hilos de saliva caer por el mentón.
Él te apoyó una mano en la cabeza, sin presionar, y con la otra te buscó un pezón. Lo agarró entre el pulgar y el índice y lo tiró hacia adelante, lento. Cerraste los ojos un segundo, pero los abriste enseguida. No querías perderte mi mirada.
Aceleraste el ritmo. Lo metías entero, te lo sacabas, lo escupías otra vez. Una gota de saliva te resbaló entre los pechos.
Él te levantó por los hombros y te dijo al oído algo que no entendí desde donde yo estaba. Sonreíste y te tumbaste de espaldas en la hamaca. Él se agachó. Te chupó los pechos uno por uno, mordió apenas, bajó después por el ombligo, te abrió el tanga con dos dedos sin sacártelo y empezó a meter el dedo mayor, despacio, mientras los otros te acariciaban el clítoris.
Suspirabas mirándome.
Y de repente él te penetró.
Lo hizo despacio, dejando que sintieras cada centímetro. Te besó mientras te embestía. Tú le clavabas las uñas en la espalda, pero los ojos no te dejaban de buscar entre las hojas.
Cambiaron de posición. Él se tumbó en la hamaca y tú lo cabalgaste, con las manos apoyadas en sus pectorales, moviendo las caderas con un ritmo cada vez más feroz. Él te apretaba los pechos. Echaste la cabeza hacia atrás, después la bajaste, después la giraste hacia los matorrales.
Te corriste así. Sin avisar. Sin pedir permiso. Sentiste el espasmo bajándote por las piernas y le dejaste todo encima.
Pero no terminaba ahí.
Te bajaste de él, lo agarraste de la mano, y le pediste algo más. Algo que él ya conocía. Te pusiste a cuatro patas en el suelo de madera, de frente a los matorrales, de frente a mí, con la toalla debajo de las rodillas. Él se acomodó atrás, te agarró la cintura y entró otra vez.
Ahí fue cuando hiciste las dos cosas que yo más recordaba de ti.
Empezaste a morderte el labio inferior, ese gesto tuyo, ese tic que siempre me volvió loco. Y empezaste a hablarle, fuerte, sin filtro.
—Sigue, no pares. Dame más. Más fuerte.
Él aceleró. Te agarró de los hombros para tirarte hacia atrás y enterrarse más profundo. La hamaca crujía a un costado. Tus pechos rozaban la madera con cada empuje.
—Más, cabrón. Así. No pares.
Tú me mirabas. Yo te miraba. Y los dos sabíamos que él era el cuerpo, pero el que en ese momento te estaba penetrando era yo.
Solamente yo.
Te corriste por segunda vez. Esta vez con un grito breve, ronco, que rebotó contra el bosque. Él aguantó unos segundos más, te sacó de golpe, te giró sobre la espalda y se vino sobre tus pechos. Tú lo dejaste hacer. Las gotas calientes cayeron entre los senos y resbalaron por las costillas hasta la madera.
Él respiraba como si hubiera corrido un maratón. Se inclinó, te besó la frente y te dijo que iba a ducharse antes de volver a la cama. No contestaste. Solo asentiste. Lo escuchaste levantar la ropa, abrir la puerta, perderse adentro.
***
Te quedaste sola en el porche.
Sola, pero no sola.
Te tumbaste otra vez en la hamaca, sin limpiarte, sin moverte, mirándome todavía. La luna estaba ya un poco más baja. Las cigarras habían vuelto. El aire olía a sudor, a vino, a hierba mojada.
Pasaron unos minutos largos. Tú sabías que yo no me iba a mover hasta que tú te movieras primero. Era una regla vieja entre los dos, una de las pocas que sobrevivieron a todo lo que pasó después.
Por fin te levantaste. Agarraste la toalla, te pasaste la tela por el pecho, por el abdomen, entre las piernas, despacio, sin apuro, sin esconderte. Dejaste caer la toalla al suelo. Te llevaste dos dedos a la boca, los humedeciste, y los bajaste hasta el sexo, acariciándote una vez más, apenas, como una firma.
Después levantaste la mano hasta la altura de los labios y me tiraste un beso.
Un beso de buenas noches.
Un beso de despedida.
Entraste a la cabaña y cerraste la puerta sin mirar atrás. Las luces del interior se apagaron una por una, primero la cocina, después el pasillo, al final la habitación.
Yo me quedé un rato más entre los matorrales, sentado en la tierra húmeda, escuchando cómo el bosque volvía a su rutina nocturna. Pensé en levantarme y caminar de regreso al coche, estacionado en el camino vecinal a dos kilómetros de la cabaña. Pero no lo hice todavía.
Me quedé pensando en ti. En la manera en que mordiste el labio. En la forma en que dijiste «más, cabrón». En el último gesto, el beso al aire, dirigido a mí y a nadie más.
Esa fue tu última noche de vacaciones. Espero que la recuerdes así, exactamente así, como la recuerdo yo. Y espero, también, que la próxima vez que sientas una mirada en la nuca, no te apures en girar la cabeza. Sé que voy a estar ahí.