El desconocido del coche-cama me observó dormida
Aquella tarde de viernes, la estación de Atocha era un hervidero de maletas, pitidos y voces apuradas. Empezaba el puente de agosto y el andén parecía un hormiguero impaciente. Yo me abría paso entre los grupos con mi bolsa de viaje al hombro, contenta como hacía meses no lo estaba.
Llevaba casi una década viviendo en Madrid con mi modesto sueldo de asistente en un estudio de arquitectura, y todavía no terminaba de acostumbrarme al ritmo de la ciudad. Tenía un piso minúsculo en Lavapiés, dos o tres amistades fieles, un curso de cerámica los miércoles, un par de relaciones que me habían durado lo que dura una flor cortada. Un balance bastante gris a mis veinticuatro años, pero al menos ese fin de semana iba a olvidarme de todo: era la despedida de soltera de mi hermana Lucía y llevaba semanas esperándola.
Tenía por delante una noche entera de tren rumbo al norte, hasta Aranzueta, el pueblo donde crecí. Había reservado un coche-cama y la idea de leer un rato y dormirme con el traqueteo me parecía un lujo. Lo que jamás imaginé, mientras subía al vagón, era cuánto iba a cambiar mi noche.
Recién instalada, antes incluso de descalzarme, el revisor llamó a la puerta. Era un hombre mayor, simpático, con la cortesía profesional de quien lleva mil viajes a la espalda.
—Disculpe, señorita —dijo—. Es política de la compañía en fechas como esta aprovechar al máximo la capacidad del tren. ¿Le importaría compartir su compartimento con una segunda persona que sube en Calatayud?
No sé si por buen humor, por timidez o por simple inercia, le dije que sí sin pensarlo dos veces. Él me agradeció con un gesto y se fue. Olvidé el asunto al instante.
Cuando el tren por fin arrancó, me tumbé en la litera inferior y leí unas páginas hasta que se me cerraron los ojos. Apagué la luz. Hacía calor y me dejé tapada solo con la sábana, vestida con una camiseta vieja y unas braguitas blancas de algodón. Pensaba en la juerga del día siguiente, en mi hermana borracha pidiendo otra ronda, y con esa imagen en la cabeza me quedé dormida.
No sé cuánto rato pasó. En algún momento, todavía sumida en el sueño, noté vagamente que alguien entraba al compartimento. Oí cómo dejaba una maleta en el suelo, cómo movía algo en la litera de arriba, cómo se acomodaba sin prisa. Yo, despreocupada, me giré hacia la pared y volví a dormirme con el suave vaivén del tren.
***
Sería la una de la madrugada cuando una sensación de ahogo me despertó. El aire pesaba y la luna entraba por la persiana mal cerrada. Quizá éramos demasiados para tan poco espacio, o el aire acondicionado había dejado de funcionar. Me levanté en silencio para abrir un dedo la ventana y dejar entrar algo de fresco.
Al girarme para volver a mi cama, me encontré con lo último que esperaba.
Yo había dado por hecho —ingenuamente, sí— que la otra persona sería una mujer. Pero allí, a la altura de mis ojos en la litera de arriba, estaba él. Un hombre que no conocía de nada, anónimo, alguien que podría haber sido cualquiera. Y estaba dormido boca arriba, totalmente desnudo, sin sábana ni nada que lo cubriera.
La luz de la luna le bañaba el cuerpo en franjas plateadas. Era moreno, de piel más oscura que la mía, con el pecho amplio y los muslos macizos. Me quedé paralizada unos segundos, incapaz de apartar la mirada. Lo que más me llamó la atención —y por mucho que quiera maquillarlo no puedo— fue su sexo, reposado de lado sobre el vientre. No estaba excitado, ni mucho menos, pero aun así transmitía una sensación de poder que me revolvió el estómago. Era grueso, corto y rotundo, con un glande prominente que asomaba apenas por el prepucio, y por debajo, los testículos colgaban pesados entre las piernas semiabiertas.
Me agaché a mi litera sintiendo un temblor en las rodillas. No podía ser. ¿Cómo se me ocurría reaccionar así ante un completo desconocido? Me metí bajo la sábana, intenté pensar en otra cosa, pero la imagen no se iba. Es más, se iba clavando, se iba volviendo más nítida con cada minuto. Notaba un calor entre las piernas que no era el del compartimento. Era otra cosa.
Acabé acurrucándome de costado, con la cara hacia la pared, intentando convencerme de que era el cansancio, que iba a dormirme y por la mañana me reiría de todo.
***
No sé cuánto tiempo pasó hasta que volví a despertarme. Esta vez no fue el calor. Fue un ruido. Un crujido, una respiración demasiado cerca. Sin moverme un milímetro, abrí apenas los ojos y miré la sombra que la luna proyectaba sobre la pared.
Había alguien de pie, junto a mi litera.
El corazón se me disparó al instante. Tardé apenas un segundo en entender que no podía ser otro que mi compañero de viaje. Lo siguiente que noté fue que la sábana que me cubría había sido retirada hasta los pies. Mi cuerpo entero estaba al aire. Y subrayo lo de entero porque también la camiseta se me había recogido hasta la altura de las caderas, así que yo misma, sin levantar la cabeza, podía adivinar la blancura de mis bragas sobre el pubis.
El primer impulso fue gritarle, taparme, levantarme de un salto. Lo juro. Pero ese impulso duró un instante porque otra cosa se impuso enseguida, algo más fuerte y más difícil de nombrar. Un deseo. Un deseo absurdo, indecente, que me ordenaba quedarme quieta y simular que dormía.
Por mi postura sabía perfectamente lo que él estaba viendo. Tumbada de costado, con la pierna de abajo estirada y la de arriba doblada por la rodilla, mi culo —que siempre fue lo mejor que tuve, lo único de lo que mis amigas tenían envidia— se ofrecía a sus ojos protegido solamente por una tela tan fina que apenas merecía ese nombre. Y desde donde él estaba, seguramente le llegaba a la vista incluso el surco íntimo de la entrepierna.
No te muevas. Que no se dé cuenta de que estás despierta.
Durante un largo rato no pasó nada. Yo notaba su mirada como dos manos calientes paseándome por la piel. Y para mi sorpresa, lejos de inquietarme, empezó a producirme una excitación nueva, distinta a todo lo que había sentido antes. Era como si una versión secreta de mí, una que no conocía del todo, se hubiera despertado de golpe.
Siempre supe que mi culo llamaba la atención. Más de una vez en el metro, en las horas punta, algún oportunista había aprovechado el apretón para rozarlo o tocarlo descaradamente bajo la tela de los vaqueros. Y aunque siempre fingía indignación, en el fondo había una parte de mí que se quedaba con el calorcito de saber que provocaba.
Esta vez fue distinto. Esta vez no había excusa. Yo sabía lo que estaba haciendo. Y aun así, en un movimiento mínimo, eché ligeramente el culo hacia atrás, como acomodándome dormida, para que las nalgas se le marcaran más todavía a aquel desconocido.
***
El primer contacto fue casi imperceptible. Un dedo posándose sobre mi pierna, por encima de la rodilla. Nada más. Se quedó ahí, quieto, como esperando a ver si yo me despertaba, si me sobresaltaba, si protestaba. Yo respiré despacio, simulando un sueño profundo, y el dedo entonces empezó a moverse.
Primero fueron círculos minúsculos sobre la piel. Después, despacio, fue ganando terreno. Se incorporaron dos dedos, luego tres, y empezaron a recorrerme el muslo entero con una mezcla de paciencia y atrevimiento que me erizaba la piel a su paso. Yo tenía que concentrarme para no respirar más rápido. El silencio del compartimento solo lo rompía el traqueteo de las vías y, muy de vez en cuando, un suspiro mío que se me escapaba a pesar de todo.
Sus caricias subían y bajaban por el muslo desnudo, cada vez un poco más arriba, cada vez un poco más adentro. Yo, en mi postura, le ofrecía aquella superficie larga y suave en bandeja, y él la aprovechaba con la calma de quien sabe lo que hace. Y mientras él avanzaba, mi cabeza se iba llenando de imágenes. La imagen de aquel sexo grueso y dormido que había visto hacía un rato, y que ahora —no podía ser de otra manera— estaría completamente despierto, duro y apuntando hacia mí.
Sus dedos, en su exploración, llegaron por fin al borde de las bragas. Sentí cómo los recorrían lentamente, como prometiéndome cosas, como avisándome de lo que vendría. Y luego, sin prisa, empezó a deslizar las yemas justo por esa pequeña prominencia carnosa que separa el culo del muslo, esa que se acentúa según se acerca a la entrepierna. Era una caricia tan precisa, tan calculada, que me empezó a despertar terminaciones nerviosas que no sabía que tenía.
Cuando ya no podía más, cuando estaba a punto de levantarme yo misma las bragas y entregárselo todo, sentí cómo apoyaba la palma de su otra mano sobre la plenitud de mis nalgas. Una palma ancha, caliente, que se acomodó como si llevara horas esperando ese momento. Y mientras la palma me presionaba el culo por encima de la tela, los dedos de la otra mano empezaron a recorrer longitudinalmente la raja, empujando la tela hacia dentro, haciendo como si quisieran atravesarla.
Madre mía, si sigue así me corro sin que me toque siquiera.
Sus dos manos trabajaban coordinadas. Una me amasaba el trasero por fuera, la otra empezaba a colarse bajo el elástico de las bragas. Sentí cómo dos dedos se levantaban la goma y se metían debajo, abriéndose en abanico sobre la nalga derecha. El índice profundizaba con cada pasada, hasta que en un movimiento de palanca terminó por sacarme la tela que se me había metido en el surco.
A partir de ese momento ya nada me cubría por detrás. Los dedos se acoplaron entre mis dos glúteos como si fuera el lugar donde habían vivido siempre, y empezaron a recorrer hacia abajo, cada vez más adentro, hasta rozar la zona prohibida que separa una intimidad de la otra. Yo ya no podía contener la respiración. Se me escapaba en pequeños suspiros entrecortados, y aunque por dentro me decía cállate, finge que duermes, mi cuerpo había decidido contar otra historia.
***
La mano exterior, la que me amasaba el trasero por encima, se retiró y bajó hasta meterse entre mis piernas por delante. Siguió la línea que se le marcaba a la tela mojada de las bragas hasta encontrar, más allá del hueco del ano, el principio de mi otra rajita. Y allí se quedó.
Colocó dos dedos justo sobre la grieta y empezó a moverlos adelante y atrás, mientras los dedos exteriores acariciaban en paralelo la parte más sensible de los labios, que la tela ya no llegaba a cubrir del todo. Yo estaba empapada. Lo notaba yo y seguramente lo notaba él, porque las bragas se le deslizaban con una facilidad obscena bajo los dedos.
Cada vez que aquel vaivén glorioso llegaba a su extremo superior, el muy cabrón presionaba con el dedo corazón justo sobre el clítoris, ya hinchado y ardiente, y yo no podía evitar que se me escapara un gemido bajo, contenido, que se confundía con el ruido del tren. Él lo sabía. Tenía que saberlo. Sabía perfectamente lo que me estaba haciendo y se tomaba su tiempo, sin prisa, como un músico que conoce su instrumento.
Yo, mientras tanto, lo imaginaba a él. Imaginaba aquel sexo que había visto reposando sobre el vientre convertido ya en una pieza dura y enhiesta, apuntando hacia mí a escasos centímetros de mi cuerpo. Lo imaginaba a punto de echarse encima de mí, de meterme la polla por detrás, de empaparla en mi humedad antes de hundirla en mí hasta el fondo. La sola idea, sin que él me hubiera tocado todavía por dentro, me hizo apretar las piernas contra su mano, agarrarme a la sábana y morder la almohada para que no se me escapara el grito que ya tenía atravesado en la garganta.
No abrí los ojos en ningún momento. No quería saber su cara. No quería que aquella experiencia se viera contaminada por nada que pudiera reconocerse a la luz del día. Cuando él, después de un rato larguísimo de placer paciente, retiró por fin la mano, yo seguí fingiendo, con el corazón a mil, que dormía.
Lo oí volver a la litera de arriba. Lo oí tumbarse. Lo oí respirar despacio. No dijo nada. Yo tampoco.
A las siete de la mañana, cuando el tren entró en mi estación, él ya no estaba. Debió bajarse en alguna parada anterior, en silencio, sin despedirse, dejándome el compartimento vacío y un sabor entre los muslos que tardé muchos días en olvidar.
***
La despedida de soltera de Lucía fue de las que hacen historia. Bebimos más de la cuenta, gritamos canciones por las calles del pueblo y mi hermana me abrazó al final de la noche diciéndome que nunca me había visto tan radiante. Yo me reí y le contesté que sería el campo, el aire limpio, el reencuentro con las amigas. Pero por dentro, mientras la abrazaba, pensaba en aquel desconocido del coche-cama, en aquellas manos pacientes, en aquella boca que jamás me besó.
Han pasado años. Sigo cogiendo el tren cada vez que vuelvo al pueblo. Siempre reservo coche-cama. Siempre acepto compartir compartimento si el revisor me lo pide. Hasta ahora nunca ha vuelto a pasarme nada. Pero confieso, sin orgullo y sin vergüenza, que cada vez que apago la luz de la litera y me quedo a oscuras escuchando el traqueteo, una parte de mí lo espera.