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Relatos Ardientes

Espié a mi novia mientras iniciaba al aprendiz

Con Gonzalo habíamos construido una amistad rara, hecha de favores que nunca terminaban de saldarse. Le debía dinero, bastante, y él se cobraba a su manera: pasaba casi todas las semanas por mi novia, y Nadia, lejos de quejarse, parecía cada vez más metida en el asunto. Yo me decía que era por las deudas. Mentía a medias, y los dos lo sabíamos.

Una tarde me llamó al taller con esa sonrisa suya de hombre que ya tiene todo decidido.

—Tengo una idea —dijo—. Quiero meter a Tomás en esto.

Tomás era su ayudante. Un muchacho grandote, lento para hablar, tímido hasta el dolor, que se trababa con las palabras y bajaba la mirada cuando uno lo saludaba. Tenía dieciocho años y, según Gonzalo, jamás había estado con una mujer.

—Ni loco —contesté—. Nadia no es una mercancía.

—Nadie dijo que lo fuera. Pero el chico la adora. Se le caen los ojos cada vez que la ve aparecer por acá. Y nunca tocó a nadie. Quiero que su primera vez sea con alguien que lo trate bien.

Y eso, claro, lo decidía él.

—Buscate a otra.

—No es lo mismo. Nadia tiene algo. Además, pongo plata. Vos decís el número.

Le dije que lo hablaría con ella, más por ganar tiempo que por otra cosa. Gonzalo se rió.

—Ya hablé. Está de acuerdo.

—Qué rápido sos.

—Por algo tengo lo que tengo. Yo no me duermo, querido.

***

Esa noche lo conversé con Nadia, convencido de que ella me iba a dar la razón. Me equivoqué.

—Ya me lo comentó —dijo, sin levantar la vista del teléfono—. Pobre Tomás, me da ternura.

—No me parece bien. Es distinto.

—¿Distinto a Gonzalo? ¿Por qué? —dejó el teléfono y me clavó los ojos—. Te gusta cuando me ve él. Te gusta cuando me cogen y vos mirás. No me vengas con moral ahora.

—Es que el chico es… inocente. Casi un nene.

—Tiene dieciocho. Y tiene derecho a pasarla bien una vez en su vida. —Se acercó, bajó la voz—. Además, no me digas que no te imaginás la escena. A vos te calienta de solo pensarlo.

Me apoyó la mano entre las piernas y comprobó, con una sonrisa, que yo no podía negar nada.

—Hijo de puta —murmuró, encantada—. Ya lo estás viendo en tu cabeza.

No dije más. Di media vuelta con la cara ardiendo, y la oí reírse a mis espaldas.

***

Cedí, como cedía siempre, pero puse una condición: yo iba a estar presente. Quedamos en hacerlo en la trastienda del local de Gonzalo, sobre una tarima vieja a la que le sumó una colchoneta y un reflector torcido que apuntaba directo al centro. Todo lo demás quedaba en penumbra. Desde ahí, sentado en una silla contra la pared, yo iba a poder ver sin ser visto.

Al día siguiente, Nadia llegó vestida para la ocasión. Una camisola corta, las bragas, los pies descalzos, el pelo suelto y un maquillaje suave que le encendía la cara. Era hermosa, y esa luz directa sobre la tarima la volvía casi irreal.

Cuando entró Tomás y la vio, se le iluminaron los ojos. Sabía lo que iba a pasar, y temblaba como un chico frente a un regalo demasiado grande.

—Vení —le dijo ella, palmeando la colchoneta—. Subí, tranquilo.

Él obedeció con torpeza. Nadia lo abrazó, le dio un beso largo en la mejilla y le habló bajito mientras él contestaba con monosílabos, mirándome de reojo, como si temiera que yo lo fuera a echar de un grito.

—No mires para allá —le dijo ella, girándole la cara con un dedo—. Mirame a mí. Estoy yo nada más.

Le fue sacando la ropa hasta dejarlo en calzoncillos. Le pasaba las manos por el pecho, despacio, y le preguntaba al oído qué quería hacer.

—No sé —dijo él.

—¿Te da vergüenza? Decímelo bajito.

Él murmuró algo que no alcancé a oír. Nadia sonrió.

—¿Querés que lo haga yo entonces?

—Sí, sí, sí.

***

Levantó los brazos y dejó que él le subiera la camisola. Cuando aparecieron sus pechos, Tomás se quedó mirándolos con la boca entreabierta, las mejillas encendidas.

—¿Te gustan? —preguntó ella.

—Mucho. Mucho.

—¿Querés tocarlos?

Los tocó apenas, con las yemas, como si temiera romper algo. No había dudas de que era su primera vez. Parecía un nene con el juguete que esperó toda la vida.

Desde la oscuridad, yo no podía dejar de mirar. Me sorprendió la forma en que Nadia se movía: toda esa sensualidad puesta al servicio de alguien que apenas entendía lo que le pasaba. Le acariciaba los pezones, se los pellizcaba con suavidad, y de vez en cuando giraba la cabeza hacia donde estaba yo, sabiendo que la luz me la mostraba entera y a mí me borraba.

—Bueno —dijo ella, con una voz juguetona que no esperaba—. Ahora le vamos a dar la tetita al bebé, y después lo bañamos.

Tomás se transformó ante esas palabras. Lo acomodó contra su pecho como a un chico, y él se prendió con un hambre torpe y desesperada que ella tuvo que frenar con la mano hasta calmarlo. El muchacho cerró los ojos. Su cara entera cambió, se aflojó en una calma que no le había visto antes.

Cómo puede aceptar esto, pensé. Y por qué a mí me tiene clavado en la silla.

—Vamos con la otra, así no te quedás con hambre —dijo Nadia.

Él se prendió del otro pecho con más fuerza, y ella dejó escapar un gesto a mitad de camino entre el placer y la molestia.

***

—Ya tomó su lechita mi bebé —dijo al rato, separándolo con cuidado—. Ahora a cambiarlo.

Se sentó en el piso y apoyó la cabeza de Tomás en su regazo. Le bajó los calzoncillos, y de golpe quedó a la vista una verga gruesa, larga, ya despierta. Vi la cara de Nadia cambiar. Lo miró sorprendida, después miró hacia mi rincón con una mueca de asombro que no necesitaba palabras.

La naturaleza es rara, pensé. Lo que le falta de un lado se lo dio del otro.

—No me lo imaginaba así —dijo ella, casi para sí misma.

Lo recostó sobre la colchoneta y, sin contenerse, empezó a besarlo. Le bajó por el pecho, por el vientre, hasta llegar a su sexo. La vi entregarse con una avidez que poco tenía que ver con el favor que supuestamente me estaba haciendo. Esa boca, esos ojos brillantes, no eran los de alguien que cumple una obligación.

El chico, que jamás había sentido nada parecido, aguantó apenas unos segundos. Terminó casi enseguida, gran parte sobre el cuerpo de ella, y reaccionó asustado, como avergonzado, queriendo escapar. Nadia lo sujetó del brazo y lo abrazó.

—Tranquilo, tranquilo, mi chiquito —le dijo, llevándolo otra vez contra su pecho—. Se ve que sos bien hombre. Le pasa a cualquiera.

Cuando él intentó limpiar lo que le había quedado encima, ella le frenó la mano.

—Dejá. Quiero probar.

Tomó un poco con el dedo, se lo llevó a la boca y, mirando hacia mi lado, dijo:

—Riquísimo.

Lo dijo para mí. Lo supe. Y supe también, con una mezcla de bronca y de calentura que me secó la garganta, que esa noche me iba a costar dormir.

***

Lo acurrucó contra ella, dejándolo prendido a su pecho mientras le acariciaba el sexo despacio, sin apuro, hasta que volvió a despertarlo. Yo estaba duro como una piedra, las uñas clavadas en los muslos.

—¿Querés seguir? —le preguntó.

—Sí, sí, sí.

—¿Querés conocer la cosita de mami? Yo vi la tuya. Así se hacen amigos, ¿no te parece?

Él asintió con la cabeza, ansioso, mientras ella se quitaba la última prenda. Cuando vio su sexo, Tomás se quedó pasmado, con la cara de quien descubre algo que no sabía que existía. Lo tocó apenas, después metió un dedo, y noté que Nadia se sobresaltaba de verdad, no de mentira.

Lo hizo acostarse boca arriba. Se montó encima despacio, controlando cada centímetro, sin dejar que entrara entero, marcando ella el ritmo. Cabalgaba lento, observando la cara del muchacho, que tenía las manos torpes apoyadas en su cintura y la boca abierta en un gesto de incredulidad.

Desde mi rincón, la escena me partía en dos. Por un lado los celos, ese animal que se me trepaba a la garganta. Por otro, no podía dejar de mirar la espalda de Nadia arqueándose, sus caderas subiendo y bajando, el placer real escrito en su cara cada vez que se hundía un poco más.

***

En un momento el chico, llevado por algo más fuerte que su timidez, la sujetó de la cintura y la apretó hacia abajo. Nadia soltó un grito, mitad dolor, mitad sorpresa, y él empezó a moverla sin medida, como si recién entendiera para qué servía su cuerpo. Me levanté de la silla para frenarlo, pero Gonzalo apareció de la nada y me puso una mano en el pecho.

—Tranquilo, Damián. Si lo frenás, no hay plata.

Me quedé quieto. La bronca y la excitación me hervían juntas, sin que pudiera separarlas. Cuando Tomás terminó, los dos quedaron desparramados sobre la tarima, jadeando, brillando de sudor bajo el reflector.

Pensé que había terminado. Me equivoqué de nuevo. Antes de que pudiera acercarme, Nadia se puso en cuatro, y el chico la tomó de las caderas y la penetró por atrás. Esta vez ella no fingía nada. Sus exclamaciones llenaban la trastienda, su cara estaba transformada, y yo, parado en la penumbra, era el único testigo de cuánto le gustaba.

La escena tenía un morbo que no me animaba a nombrar: ese cuerpo grande y torpe envolviendo el de ella, esa fuerza recién descubierta entrando y saliendo sin medir nada, las dos pieles golpeando al compás. Tomás parecía endemoniado, fuera de sí, y Nadia se dejaba llevar hasta que él terminó otra vez y se desplomó encima de ella, agotado.

***

Subí a la tarima ofuscado. Nadia me tranquilizó con un gesto, me dijo que estaba bien y me abrazó, todavía agitada. Me llamó la atención una sola cosa de Tomás: cómo, en el momento de poseerla, su cara mansa se convertía en la de un animal en celo, dispuesto a atacar a quien intentara quitarle su hembra.

Gonzalo se acercó frotándose las manos.

—Damián, tenemos que armar un show con esto. Nos llenamos de guita.

—No. Se acabó. Nos vamos.

Esperé a que Nadia se vistiera y la saqué de un brazo. En el auto le dije que ya era suficiente, que había que cortar con todo ese asunto. Ella me miró con una calma que me dio frío.

—Te aclaro una cosa. Vos me metiste en esto para tapar tus deudas. Aceptaste que pasara, y el dinero te gusta. Y no me digas que no te calienta verme, porque te conozco. A mí me estimula que mires. Por eso después te busco.

—Sí, pero…

—Está bien. Lo corto. Pero si vuelven los problemas de plata, los solucionás vos.

No supe qué contestar. No sé si me alegró su decisión o me dio miedo. Lo único cierto es que esa noche, en la oscuridad de nuestra pieza, ninguno de los dos pudo dejar de pensar en lo que habíamos visto. Y yo sospechaba, con una mezcla rara de alivio y de vértigo, que tarde o temprano íbamos a volver a esa trastienda, a esa luz directa, a esa silla contra la pared desde donde yo miraba lo que no debía y, sin embargo, no quería dejar de mirar.

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Comentarios (6)

MarceloCba_x

tremendo relato!!! me enganche desde el primer parrafo y no pude soltar

LectorSensible

Que mezcla tan rara la que siente el protagonista... me llego mas de lo que esperaba. Muy bien escrito.

Fran_ba

jajaja no se si reir o llorar por él, pero la historia esta buenisima

FelipeNocturno

Por favor seguila, quede con ganas de saber como termina todo esto entre ellos

CuriOso_33

¿Esto lo viviste vos o es ficcion? porque se siente muy real la confusion del personaje

Noctambulo84

Me recordo a una situacion rara que vivi hace años, esas cosas que no sabes si queres ver o no. Muy buen relato.

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