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Relatos Ardientes

Espié a mi novia mientras iniciaba al aprendiz

Con Gonzalo habíamos construido una amistad rara, hecha de favores que nunca terminaban de saldarse. Le debía dinero, bastante, y él se cobraba a su manera: pasaba casi todas las semanas por mi novia, y Nadia, lejos de quejarse, parecía cada vez más metida en el asunto. Yo me decía que era por las deudas. Mentía a medias, y los dos lo sabíamos.

Una tarde me llamó al taller con esa sonrisa suya de hombre que ya tiene todo decidido.

—Tengo una idea —dijo—. Quiero meter a Tomás en esto.

Tomás era su ayudante. Un muchacho grandote, lento para hablar, tímido hasta el dolor, que se trababa con las palabras y bajaba la mirada cuando uno lo saludaba. Tenía diecinueve años y, según Gonzalo, jamás había estado con una mujer.

—Ni loco —contesté—. Nadia no es una mercancía.

—Nadie dijo que lo fuera. Pero el chico la adora. Se le caen los ojos cada vez que la ve aparecer por acá. Y nunca tocó a nadie. Quiero que su primera vez sea con alguien que lo trate bien.

Y eso, claro, lo decidía él.

—Buscate a otra.

—No es lo mismo. Nadia tiene algo. Además, pongo plata. Vos decís el número.

Le dije que lo hablaría con ella, más por ganar tiempo que por otra cosa. Gonzalo se rió.

—Ya hablé. Está de acuerdo.

—Qué rápido sos.

—Por algo tengo lo que tengo. Yo no me duermo, querido.

***

Esa noche lo conversé con Nadia, convencido de que ella me iba a dar la razón. Me equivoqué.

—Ya me lo comentó —dijo, sin levantar la vista del teléfono—. Pobre Tomás, me da ternura.

—No me parece bien. Es distinto.

—¿Distinto a Gonzalo? ¿Por qué? —dejó el teléfono y me clavó los ojos—. Te gusta cuando me ve él. Te gusta cuando me cogen y vos mirás cómo me abren el coño. No me vengas con moral ahora.

—Es que el chico es… inocente. Nunca se cogió a nadie.

—Tiene diecinueve. Y tiene derecho a meter la verga en algún lado alguna vez en su vida. —Se acercó, bajó la voz—. Además, no me digas que no te imaginás la escena. Al pobre pendejo virgen chupándome las tetas mientras vos mirás. A vos te calienta de solo pensarlo, se te para la pija ya.

Me apoyó la mano entre las piernas y comprobó, con una sonrisa, que yo no podía negar nada. Me apretó el bulto por encima del jean, sintiendo cómo se me endurecía en su palma, y me pasó la lengua por el lóbulo de la oreja.

—Hijo de puta —murmuró, encantada—. Ya lo estás viendo en tu cabeza. Ya te lo estás cogiendo con la mente. Yo cogiéndomelo a él y vos cogiéndote la escena.

No dije más. Di media vuelta con la cara ardiendo, y la oí reírse a mis espaldas.

***

Cedí, como cedía siempre, pero puse una condición: yo iba a estar presente. Quedamos en hacerlo en la trastienda del local de Gonzalo, sobre una tarima vieja a la que le sumó una colchoneta y un reflector torcido que apuntaba directo al centro. Todo lo demás quedaba en penumbra. Desde ahí, sentado en una silla contra la pared, yo iba a poder ver sin ser visto.

Al día siguiente, Nadia llegó vestida para la ocasión. Una camisola corta, las bragas, los pies descalzos, el pelo suelto y un maquillaje suave que le encendía la cara. Era hermosa, y esa luz directa sobre la tarima la volvía casi irreal.

Cuando entró Tomás y la vio, se le iluminaron los ojos. Sabía lo que iba a pasar, y temblaba como un chico frente a un regalo demasiado grande.

—Vení —le dijo ella, palmeando la colchoneta—. Subí, tranquilo.

Él obedeció con torpeza. Nadia lo abrazó, le dio un beso largo en la mejilla y le habló bajito mientras él contestaba con monosílabos, mirándome de reojo, como si temiera que yo lo fuera a echar de un grito.

—No mires para allá —le dijo ella, girándole la cara con un dedo—. Mirame a mí. Estoy yo nada más. Vos vas a ser mi machito hoy.

Le fue sacando la ropa hasta dejarlo en calzoncillos. Le pasaba las manos por el pecho, despacio, y le preguntaba al oído qué quería hacer.

—No sé —dijo él.

—¿Te da vergüenza? Decímelo bajito. ¿Querés que te la chupe? ¿Querés meterme la pija en la boca? ¿En el coño? Decime.

Él murmuró algo que no alcancé a oír, pero vi cómo el bulto le crecía dentro del calzoncillo, marcando una forma que hasta a mí me impresionó desde el rincón. Nadia sonrió.

—¿Querés que lo haga yo entonces? ¿Que yo te guíe?

—Sí, sí, sí.

***

Levantó los brazos y dejó que él le subiera la camisola. Cuando aparecieron sus pechos, Tomás se quedó mirándolos con la boca entreabierta, las mejillas encendidas. Nadia los tenía firmes, los pezones ya duros, apuntando hacia arriba bajo la luz del reflector.

—¿Te gustan mis tetas? —preguntó ella, tomándolas por debajo y ofreciéndoselas.

—Mucho. Mucho.

—¿Querés tocarlas? Dale, tocalas. Son tuyas por hoy.

Los tocó apenas, con las yemas, como si temiera romper algo. No había dudas de que era su primera vez. Parecía un nene con el juguete que esperó toda la vida. Nadia le agarró las manos y se las apretó ella misma contra los pechos, haciéndole clavar los dedos en la carne, enseñándole a manosearla sin miedo.

—Así, más fuerte. No me vas a romper. Apretame los pezones. Sí, así. Ahora chupámelos.

Desde la oscuridad, yo no podía dejar de mirar. Me sorprendió la forma en que Nadia se movía: toda esa sensualidad puesta al servicio de alguien que apenas entendía lo que le pasaba. Le acariciaba los pezones, se los pellizcaba con suavidad, y de vez en cuando giraba la cabeza hacia donde estaba yo, sabiendo que la luz me la mostraba entera y a mí me borraba. Yo ya tenía la mano metida entre las piernas, apretándome la verga por encima del pantalón, sintiendo cómo me palpitaba con cada gesto de ella.

—Bueno —dijo ella, con una voz juguetona que no esperaba—. Ahora le vamos a dar la tetita al bebé, y después lo bañamos.

Tomás se transformó ante esas palabras. Lo acomodó contra su pecho como a un chico, y él se prendió con un hambre torpe y desesperada que ella tuvo que frenar con la mano hasta calmarlo. El muchacho cerró los ojos. Su cara entera cambió, se aflojó en una calma que no le había visto antes. Chupaba con avidez, tironeando del pezón, salivando encima, con la respiración pesada.

Cómo puede aceptar esto, pensé. Y por qué a mí me tiene clavado en la silla con la pija afuera.

Me había bajado el cierre. La tenía en la mano, dura, mojada en la punta, y me la sacudía despacio para no correrme demasiado rápido.

—Vamos con la otra, así no te quedás con hambre —dijo Nadia, cambiándole de pecho.

Él se prendió del otro pecho con más fuerza, mordisqueándole el pezón, y ella dejó escapar un gemido a mitad de camino entre el placer y la molestia. Le acarició la nuca mientras él seguía mamando, y con la otra mano le fue bajando por el vientre hasta el elástico del calzoncillo.

***

—Ya tomó su lechita mi bebé —dijo al rato, separándolo con cuidado, el pezón brillante de saliva—. Ahora a cambiarlo.

Se sentó en el piso y apoyó la cabeza de Tomás en su regazo. Le bajó los calzoncillos, y de golpe quedó a la vista una verga gruesa, larga, ya despierta, apuntando al techo. Vi la cara de Nadia cambiar. Lo miró sorprendida, después miró hacia mi rincón con una mueca de asombro que no necesitaba palabras. La pija del chico era casi el doble de la mía, gruesa como una muñeca, con las venas marcadas y los huevos hinchados debajo.

La naturaleza es rara, pensé. Lo que le falta de un lado se lo dio del otro.

—No me lo imaginaba así —dijo ella, casi para sí misma, envolviéndosela con la mano y comprobando que ni siquiera podía cerrar los dedos alrededor—. Mirá el tamaño de esta cosa. Sos un animal, Tomás.

Se la empezó a masturbar despacio, subiendo y bajando el puño, viendo cómo se le ponía violeta la punta. Le apretó los huevos con la otra mano, sopesándolos, y lo escuchó gemir por primera vez.

Lo recostó sobre la colchoneta y, sin contenerse, empezó a besarlo. Le bajó por el pecho, por el vientre, hasta llegar a esa verga enorme. La agarró con las dos manos, le pasó la lengua desde los huevos hasta la punta, en un lengüetazo lento que le dejó un rastro de saliva brillando bajo la luz. Después se la metió en la boca. Al principio solo la cabeza, chupando fuerte, con los cachetes hundidos. Después fue bajando más y más, ayudándose con la mano en lo que no le entraba, hasta que la sentí gemir alrededor de la carne del chico. Se atragantaba, sacaba la verga toda babeada, escupía encima y volvía a metérsela hasta la garganta.

La vi entregarse con una avidez que poco tenía que ver con el favor que supuestamente me estaba haciendo. Esa boca, esos ojos brillantes, esa forma de mamársela mirándome a mí de reojo, no eran los de alguien que cumple una obligación. Le chupaba los huevos uno por uno, se los pasaba por los labios, y volvía a la pija con más hambre. Yo me la sacudía en la silla, hipnotizado, con el pantalón caído hasta los muslos.

El chico, que jamás había sentido nada parecido, aguantó apenas unos segundos más. Empezó a temblar entero, se le tensaron las piernas, y le vació la boca de un tirón. Nadia no llegó a tragar todo: parte le desbordó por los labios, parte le cayó sobre las tetas, y otro chorro le pintó el cuello y el mentón, blanco y espeso bajo el reflector. Tomás reaccionó asustado, como avergonzado, queriendo escapar. Nadia lo sujetó del brazo y lo abrazó, con la boca todavía llena, tragando de a poco.

—Tranquilo, tranquilo, mi chiquito —le dijo, llevándolo otra vez contra su pecho, embarrándole la cara con su propio semen—. Se ve que sos bien hombre. Se te salió toda de golpe. Le pasa a cualquiera.

Cuando él intentó limpiar lo que le había quedado encima, ella le frenó la mano.

—Dejá. Quiero probar más.

Tomó lo que le chorreaba entre los pechos con el dedo, se lo llevó a la boca, lo saboreó y, mirando hacia mi lado, dijo:

—Riquísimo. Espeso. Muchísimo más rico que el tuyo.

Lo dijo para mí. Lo supe. Y supe también, con una mezcla de bronca y de calentura que me secó la garganta, que esa noche me iba a costar dormir.

***

Lo acurrucó contra ella, dejándolo prendido a su pecho mientras le acariciaba la verga despacio, sin apuro, sin dejar que se le bajara, hasta que la sintió endurecerse otra vez entre sus dedos. Yo estaba duro como una piedra, las uñas clavadas en los muslos, la pija todavía afuera goteando pre-semen.

—Mirá qué rápido se te para de vuelta —le susurró ella, sorprendida—. Sos una máquina, mi amor. ¿Querés seguir?

—Sí, sí, sí.

—¿Querés conocer la cosita de mami? Yo vi la tuya. Así se hacen amigos, ¿no te parece?

Él asintió con la cabeza, ansioso, mientras ella se quitaba la última prenda. Se abrió de piernas frente a él, mostrándole el coño depilado, brillante de mojada, los labios hinchados y separados. Cuando vio su sexo, Tomás se quedó pasmado, con la cara de quien descubre algo que no sabía que existía. Lo tocó apenas, con la yema del índice, recorriéndole la raja de arriba abajo. Después metió un dedo, torpe, y noté que Nadia se sobresaltaba de verdad, no de mentira, echando la cabeza hacia atrás.

—Ay, así, ay… —jadeó ella—. Movelo. Sacalo y metelo. Sí, así, mi amor.

Le agarró la mano y le enseñó el ritmo, guiándole el dedo, después dos, dentro de ella. El coño chorreaba, hacía un ruido húmedo cada vez que él la penetraba con los dedos, y Nadia empezó a gemir sin disimulo, con la boca abierta y los ojos entrecerrados.

—Basta —dijo de golpe, sacándose la mano de encima—. Te quiero adentro. Ya. Metémela toda.

Lo hizo acostarse boca arriba. Se subió encima despacio, apoyándose la punta de esa verga enorme contra la entrada, y bajó de a poco, mordiéndose el labio, controlando cada centímetro, sin dejar que entrara entero, marcando ella el ritmo. La vi hacer una mueca cuando la mitad ya estaba adentro, respirar hondo, y seguir bajando hasta que se sentó del todo sobre él, con la verga hundida hasta los huevos. Se quedó quieta un segundo, aclimatándose, y después empezó a cabalgarlo.

Cabalgaba lento al principio, observando la cara del muchacho, que tenía las manos torpes apoyadas en su cintura y la boca abierta en un gesto de incredulidad. Después fue tomando ritmo. Se levantaba hasta dejar solo la punta adentro y volvía a bajar de golpe, con los cachetes del culo golpeando contra los muslos del chico. Las tetas le rebotaban, el pelo se le pegaba a la frente sudada, y la boca no le paraba.

—Ay, la puta madre. Qué grande la tenés. Me llena todo. Me estás partiendo, Tomás. Me estás rompiendo el coño.

Desde mi rincón, la escena me partía en dos. Por un lado los celos, ese animal que se me trepaba a la garganta. Por otro, no podía dejar de mirar la espalda de Nadia arqueándose, sus caderas subiendo y bajando, el placer real escrito en su cara cada vez que se hundía un poco más, la verga del pibe desapareciendo entera dentro de ella y saliendo brillante de flujo.

***

En un momento el chico, llevado por algo más fuerte que su timidez, la sujetó de la cintura con las dos manos y la apretó hacia abajo, clavándola contra su pelvis. Nadia soltó un grito, mitad dolor, mitad sorpresa, y él empezó a moverla sin medida, subiéndola y bajándola a la fuerza, como si recién entendiera para qué servía su cuerpo. Empujaba desde abajo con las caderas, embistiéndola con toda la fuerza de esa verga, y ella no podía hacer más que dejarse hacer, gimiendo cada vez más agudo.

—Ay, no, así no, más despacio, más des… ay, la puta madre, sí, así, así, cogeme así, rompeme.

Me levanté de la silla para frenarlo, pero Gonzalo apareció de la nada y me puso una mano en el pecho.

—Tranquilo, Damián. Si lo frenás, no hay plata. Mirala. Mirá cómo le gusta.

Me quedé quieto. La bronca y la excitación me hervían juntas, sin que pudiera separarlas. Nadia había apoyado las manos sobre el pecho del chico y ya no controlaba nada. Él la ensartaba desde abajo, una y otra vez, con el ruido húmedo de la carne golpeando contra la carne llenando la trastienda. Cuando Tomás terminó, lo hizo con un gruñido ronco, apretándole tanto la cintura que le dejó las marcas de los dedos, vaciándose entero adentro de ella. Los dos quedaron desparramados sobre la tarima, jadeando, brillando de sudor bajo el reflector, un hilo de semen y flujo escurriéndole a Nadia por el muslo.

Pensé que había terminado. Me equivoqué de nuevo. Antes de que pudiera acercarme, la vi ponerse en cuatro, con el culo levantado hacia el chico, ofreciéndoselo. La verga de Tomás todavía estaba semi-dura, brillante de lo que había dejado adentro, y a los segundos ya se le había vuelto a poner como una piedra. La agarró de las caderas y la penetró por atrás de un solo empujón, hundiéndosela hasta el fondo. Esta vez ella no fingía nada. Pegó un grito que retumbó en la trastienda entera.

—Ay, la concha de tu madre, sí, cogeme, dale, más fuerte, rompémelo.

Sus exclamaciones llenaban la trastienda, su cara estaba transformada, el pelo cayéndole sobre los ojos, la boca babeando sobre la colchoneta, y yo, parado en la penumbra con la verga en la mano, era el único testigo de cuánto le gustaba. Le veía las tetas colgando y bamboleándose con cada envión, el culo enrojecido por los golpes de la pelvis del chico, la verga de él entrando y saliendo brillante, dejando el coño de mi mujer abierto y chorreando.

La escena tenía un morbo que no me animaba a nombrar: ese cuerpo grande y torpe envolviendo el de ella, esa fuerza recién descubierta entrando y saliendo sin medir nada, las dos pieles golpeando al compás. Tomás parecía endemoniado, fuera de sí, le había agarrado el pelo con una mano y tironeaba para arriba, arqueándole la espalda, mientras con la otra la sostenía de la cadera y la usaba como quería. Nadia se dejaba llevar, mordiéndose el brazo para no gritar más fuerte, hasta que él terminó otra vez, largando el chorro adentro con un rugido, y se desplomó encima de ella, agotado, aplastándola contra la colchoneta.

Me corrí en la mano, sin poder aguantarme más, mordiéndome los labios para que no me oyeran, salpicándome los dedos y el pantalón, mientras la miraba a ella lamerse los labios y sonreírme desde la tarima con la cara todavía apretada contra la colchoneta y el semen del chico chorreándole por los muslos.

***

Subí a la tarima ofuscado. Nadia me tranquilizó con un gesto, me dijo que estaba bien y me abrazó, todavía agitada, transpirando, con el olor a sexo pegado a la piel. Me llamó la atención una sola cosa de Tomás: cómo, en el momento de poseerla, su cara mansa se convertía en la de un animal en celo, dispuesto a atacar a quien intentara quitarle su hembra.

Gonzalo se acercó frotándose las manos.

—Damián, tenemos que armar un show con esto. Nos llenamos de guita.

—No. Se acabó. Nos vamos.

Esperé a que Nadia se vistiera, con el coño todavía chorreando dentro de las bragas, y la saqué de un brazo. En el auto le dije que ya era suficiente, que había que cortar con todo ese asunto. Ella me miró con una calma que me dio frío.

—Te aclaro una cosa. Vos me metiste en esto para tapar tus deudas. Aceptaste que pasara, y el dinero te gusta. Y no me digas que no te calienta verme, porque te conozco. Te vi la mancha en el pantalón, boludo. Te corriste mirándome. A mí me estimula que mires. Por eso después te busco.

—Sí, pero…

—Está bien. Lo corto. Pero si vuelven los problemas de plata, los solucionás vos.

No supe qué contestar. No sé si me alegró su decisión o me dio miedo. Lo único cierto es que esa noche, en la oscuridad de nuestra pieza, ninguno de los dos pudo dejar de pensar en lo que habíamos visto. Y yo sospechaba, con una mezcla rara de alivio y de vértigo, que tarde o temprano íbamos a volver a esa trastienda, a esa luz directa, a esa silla contra la pared desde donde yo miraba lo que no debía y, sin embargo, no quería dejar de mirar.

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Comentarios(8)

MarceloCba_x

tremendo relato!!! me enganche desde el primer parrafo y no pude soltar

LectorSensible

Que mezcla tan rara la que siente el protagonista... me llego mas de lo que esperaba. Muy bien escrito.

Fran_ba

jajaja no se si reir o llorar por él, pero la historia esta buenisima

FelipeNocturno

Por favor seguila, quede con ganas de saber como termina todo esto entre ellos

CuriOso_33

¿Esto lo viviste vos o es ficcion? porque se siente muy real la confusion del personaje

Noctambulo84

Me recordo a una situacion rara que vivi hace años, esas cosas que no sabes si queres ver o no. Muy buen relato.

Elena_Mdz

La tension psicologica esta muy bien lograda, eso es lo que lo hace especial. Excelente.

RiveraMDQ

corto pero intenso, sigue asi!!

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