Lo que dejé ver en la playa a aquel desconocido
Esta historia no es mía, aunque la cuente yo. Es de mi amiga Mariela, y nació de una de esas conversaciones largas que tenemos a veces, cuando el vino afloja la lengua y salen a la luz cosas que nunca le contaría a nadie más. Le hablé de esta página, le dije que quizá se reconocería en más de un relato, y se rió. Después se quedó pensando y me pidió que escribiera algunas de sus experiencias. Esta es la primera.
Mariela es una mujer madura de cuarenta y seis años, y si tuviera que definirla con una sola palabra diría que es una auténtica MILF. Lleva el pelo moreno, liso, enmarcando una cara entre dulce y pícara, sobre todo cuando sonríe. Tiene piernas largas de modelo y unas curvas discretas pero perfectamente moldeadas. Hace casi tres años que se mudó a España desde Montevideo, después de un divorcio que la dejó vacía por dentro. Cómo nos conocimos será motivo de otro relato. Hoy os cuenta su llegada al Mediterráneo y la primera vez que se atrevió a algo que jamás habría imaginado.
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Nací en una familia acomodada. A mis padres nunca les faltó el trabajo y a mi hermana y a mí nunca nos faltó nada. Al terminar el liceo me puse a estudiar derecho, igual que mi padre, mientras mi hermana mayor ya cursaba medicina. En segundo año entré a trabajar medio horario en el despacho de un conocido de la familia, Esteban, un hombre que a mis ojos de veinteañera sin experiencia me pareció fascinante. Maduro, con buena planta, culto, sofisticado, y con una manera de prestarme atención que me hacía sentir el centro del mundo.
No tardó en seducirme. Aquel verano descubrí el sexo con él, y hoy, mirándolo con perspectiva, me doy cuenta de lo ingenua que debí parecerle. Me desvivía por complacerlo y me olvidaba por completo de mi propio placer. Lo que más le gustaba era el sexo oral, y yo se lo daba donde fuera: en la oficina, en el coche, en un estacionamiento, en el ascensor. Nunca le decía que no. Por lo demás, todo se reducía a un misionero rápido que casi nunca me llevaba al orgasmo, pero yo me sentía feliz con que él terminara.
A los pocos meses me quedé embarazada. Esteban sugirió que abortara, pero mi educación, tradicional y religiosa, ni siquiera me dejó plantearlo. Así que con veintidós años me casé, dejé la facultad y me convertí en madre y ama de casa.
Los años pasaron y me transformé en una esposa aburrida y previsible. El sexo con mi marido se volvió cada vez más escaso, mi vida cada vez más monótona. Siempre le fui fiel, jamás se me cruzó por la cabeza tener una aventura, ni siquiera cuando descubrí que él sí las tenía. Me decía a mí misma que eran cosas de hombres, que no le diera importancia, que al fin y al cabo era un buen padre y nos daba comodidades a mí y a nuestro hijo Tomás.
Un verano entró a trabajar en su despacho una chica universitaria. Esteban se enamoró de aquella muchacha treinta años más joven que él y nos dejó.
El divorcio fue de lo más civilizado. Arreglamos lo económico, la pensión y el cuidado de Tomás, que ese año empezaba la universidad. Y yo me quedé todavía más vacía que antes, sin marido y sin hijo a quien cuidar, sintiéndome una vieja de sesenta años a pesar de tener cuarenta y cuatro. Fue mi hermana quien acudió a rescatarme. Su insistencia y sus consejos me empujaron a hacer lo impensable: rehacer mi vida en otro país, en otro continente, empezar de cero. Así fue como crucé el océano y llegué a España.
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Llegué a mediados de agosto, con un puesto de secretaria en la gestoría de unos amigos de mi hermana y un apartamento frente al mar. Solo tenía que cruzar la calle para pisar la arena. Mi vida empezó a iluminarse con esa luz mediterránea que ahora me alegra el alma y sin la cual ya no sabría vivir.
A pesar de ser agosto, en una ciudad tan turística teníamos bastante trabajo. Me adapté rápido y mis compañeros me acogieron como si me conocieran de toda la vida. Mi hermana vivía a menos de cuarenta minutos por la autopista, así que nos veíamos cada semana. Cuando me ayudó a instalarme, se horrorizó con la ropa que había traído y prácticamente la tiró toda. Me llevó de compras y me eligió cosas mucho más jóvenes y desenfadadas.
—Con ese cuerpo, ¿cómo te vas a vestir de señora mayor? —me regañaba.
Y me fue eligiendo vestidos, minifaldas, blusas, sandalias y, por supuesto, varios bikinis.
Por las tardes bajaba a la playa. Recuerdo el impacto de la primera vez, al ver que casi todas las mujeres, sin importar la edad ni el cuerpo, hacían topless con total naturalidad. Nadie se ofendía, nadie miraba. Yo, en cambio, ni me planteaba quedarme con los pechos al aire delante de todo el mundo. De los cuatro bikinis que me eligió mi hermana, siempre me ponía el mismo: el más recatado, con una braguita alta y una parte de arriba que parecía más un top deportivo que otra cosa.
Con los días me fui haciendo amiga de los habituales. Don Ricardo y su mujer Pilar, una pareja de jubilados encantadora, y Joaquín, un hombre de ochenta y tantos, guasón, que siempre me regalaba piropos pasados de moda que me hacían reír. Me sentía cómoda, casi en familia.
Un fin de semana me animé a probarme uno de los bikinis pequeños, uno de tanga con la parte de arriba de triangulitos unidos por un cordón. Me miré al espejo y me sentí más joven, más atractiva. Me gustaba lo que veía. Pero el tanga era tan diminuto que pensé que tendría que depilarme mejor.
Empecé a rasurarme, y casi sin darme cuenta terminé afeitándome del todo el sexo. En todos esos años nunca me había depilado por completo. Al mirarme otra vez en el espejo, desnuda, viéndome el coño totalmente liso, me sonreí.
Qué loca estás, Mariela.
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Bajé a la playa con mi vestido corto encima del bikini nuevo. Esa tarde, en lugar de quedarme en mi sitio de siempre, caminé hasta una zona sin edificios enfrente, casi desierta, donde podría disfrutar del mar a solas, sin mis vecinos de toalla. Extendí la toalla, me quité el vestido y me tumbé al sol.
Llevaba un rato así cuando, sin pensarlo mucho, me solté la parte de arriba del bikini y la dejé caer a un lado. La sensación fue una mezcla extraña de cosas. Liberación, sobre todo, el placer de atreverme a ser libre por una vez. Pero también, debo confesarlo, un morbo que no había sentido en años: saberme casi desnuda, expuesta a cualquiera que pasara por allí.
Y con esos sentimientos a flor de piel, llegaron casi a la vez dos personas. Un chico joven, con pinta de surfero, y un hombre ya maduro. Se fueron colocando alrededor de mi toalla. Ni demasiado cerca ni demasiado lejos.
De golpe me dio vergüenza estar con los pechos al aire y tuve que contenerme para no cubrirme. Lo único que me detuvo fue pensar que resultaría ridículo ponerme el top justo en ese momento, delante de ellos. Así que aguanté. Y poco a poco, observando a los recién llegados, se me pasó el apuro. Hasta me atreví a meterme al agua tal como estaba.
Al salir y volver hacia la toalla noté que el chico, el del pelo largo, no me quitaba los ojos de encima. Sus gafas oscuras no me dejaban asegurarlo, pero lo intuía. El hombre maduro estaba boca abajo, dormitando, y la cosa quedó entre el surfero y yo. Me senté, me sequé la cara y me puse las gafas de sol. Detrás de los cristales me sentía protegida, invisible, libre para mirar y para dejarme mirar.
El chico se había tumbado boca abajo, apoyado en los antebrazos, de cara a mi toalla. La pendiente de la arena hacía que yo quedara más arriba que él, y eso le regalaba unas vistas que yo conocía de sobra. Empecé a ponerme el protector solar mirándolo directamente. Me eché crema en los pechos y me entretuve más de la cuenta. Pasé las manos por arriba, por abajo, dejé que los dedos resbalaran entre los pezones, que reaccionaron enseguida. En parte por el manoseo, en parte por sentirme observada, se me pusieron duros y salidos.
Flexioné las piernas y seguí untándome. Fantaseé con llamarlo, con pedirle que me ayudara con la espalda, con imaginar sus manos en mi piel, bajando despacio, masajeándome el culo que aquel tanga dejaba prácticamente desnudo. No iba a pasar nada de eso, por supuesto. Pero pensarlo me encendió todavía más. Terminé de echarme la crema y me tumbé al sol.
Después de un buen rato boca abajo, me di la vuelta. Y entonces fui yo la que disfrutó del espectáculo. El surfero salía del agua, con el pelo chorreando y el bañador mojado y algo caído, dejando ver un vientre plano y unos abdominales de revista. Mientras caminaba hacia su toalla me miró, levantó la mano y me sonrió, como si a pesar de mis gafas supiera perfectamente dónde tenía yo clavada la vista. Le devolví el saludo.
Se tumbó de espaldas a mí. Yo me quedé observándolo, esperando. Cuando volvió a girarse, apoyado de nuevo en los antebrazos y de cara a mi toalla, decidí premiarlo. Fingiendo que me acomodaba el tanga, lo desplacé un poco hacia un lado y dejé parte de mi sexo a la vista. Me apoyé en las palmas de las manos, con los brazos extendidos hacia atrás. En esa postura los pechos se me marcaban más y los pezones, todavía duros, quedaban aún más deseables. Separé un poco las piernas y dejé que mi desconocido admirador me mirara así durante largo rato.
Pensaba que aquel chico me estaba viendo casi entera. Que tal vez se diera cuenta de que tenía el coño completamente afeitado. Y esa idea me hizo sentir más desnuda todavía, más expuesta, más viva. Que me mire. Que mire todo lo que quiera.
El juego se cortó cuando vi acercarse a la pareja que andaba por el agua. Me di la vuelta y me quedé boca abajo, escondiendo la cara contra la toalla, con una sonrisa tonta en los labios. El corazón me latía rápido y el coño me ardía, mojado de puro deseo. No había pasado nada y, sin embargo, había pasado todo.
Esa tarde, caminando de vuelta a casa con la arena pegada a los pies, entendí algo que llevaba media vida sin saber. No era una vieja de sesenta años. Era una mujer de cuarenta y seis que apenas empezaba a descubrir hasta dónde podía llegar su deseo. Y aquel desconocido de la playa, sin tocarme ni una vez, me había devuelto las ganas de mirarme al espejo y gustarme.