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Relatos Ardientes

Las medias rosas que estrené en el probador

Renata tenía veintisiete años y una manera de caminar que hacía girar cabezas sin que ella tuviera que mover un dedo. Arquitecta, hija única de una familia con dinero, vivía todavía con sus padres y se permitía caprichos que sus amigas no podían pagar. La ropa cara la separaba de ellas, y eso le gustaba. No era vulgar; era elegante con un punto de provocación calculada, esa clase de mujer que entra en un sitio y baja tres conversaciones a la vez.

Esa tarde había llegado demasiado pronto a su cita de manicura. Una compañera del estudio le había recomendado el salón del centro comercial recién inaugurado, y el taxi la había dejado con casi una hora de margen. Decidió matar el tiempo mirando ropa en la planta de arriba.

Llevaba una falda granate muy corta y ceñida, medias rosas, una camisa blanca de hombre perfectamente almidonada y unos zapatos de medio tacón a juego con el bolso. Se había vestido sabiendo el efecto que causaba. Siempre lo sabía.

***

Octavio tenía cincuenta y seis años y un folleto que le habían metido en el buzón. Electricista jubilado por dos infartos que no le habían quitado las ganas de fumar, divorciado y sin hijos, vivía solo en un piso alquilado en las afueras. Mataba las horas paseando y mirando a la gente, que era lo único gratis que le quedaba.

El folleto anunciaba la apertura del centro comercial y prometía una ferretería grande. No pensaba comprar nada, pero el aburrimiento pesa más que la pereza. Cogió el metro, hizo dos transbordos y llegó sudado, de mal humor, arrepintiéndose de la excursión a cada escalón. Alto, corpulento, con barriga cervecera y la cabeza afeitada, arrastraba unas manos enormes y un tatuaje viejo en el antebrazo derecho.

La planta superior reunía textil, juguetería y ferretería. Hacia allá subió, secándose la frente con el dorso de la mano.

***

Coincidieron en la escalera mecánica sin buscarse. Ella delante, dos peldaños por encima; él detrás, calculando si bajaba un escalón o dos para tener mejor ángulo de esa falda granate tan corta.

Renata sintió la mirada antes de entender de dónde venía. Un cosquilleo en la nuca, esa certeza animal de ser observada. No se giró. No quería saber quién era ni qué cara tenía. Le daba exactamente igual. Lo que la encendía era la situación misma, al margen de quién estuviera detrás.

Llevaba un folleto en la mano y lo dejó caer como sin querer. Al agacharse a recogerlo, la falda se le subió un par de centímetros. Estaba medido. Fue suficiente para que esos ojos, fueran de quien fueran, alcanzaran a ver el borde del liguero y la curva de sus nalgas asomando por debajo de la tela.

¿Te gusta lo que ves?, pensó, sin volverse.

Se incorporó justo antes del final de la escalera y caminó hacia la zona de textil con el paso más lento de lo necesario.

***

Había poquísima gente en aquella planta. Sería la hora, o el calor, o las dos cosas. Renata seguía notando los ojos manoseándole el cuerpo a distancia. Se preguntó si la estarían siguiendo y la idea, lejos de asustarla, le apretó algo en el bajo vientre.

Se entretuvo entre los expositores fingiendo buscar tallas y colores. Pasaba la mano por las perchas sin mirar nada en realidad. En ningún momento se giró. El morbo de no saber, de imaginar, era mucho mejor que cualquier cara concreta.

Cogió un par de camisetas de tirantes y se dirigió a los probadores, en una esquina apartada, junto a una de las puertas del almacén. Eran ocho cabinas enfrentadas, cuatro contra cuatro, separadas por un pasillo estrecho. Entró en la más alejada de la entrada y dejó la puerta entornada, no cerrada del todo.

Entonces escuchó los pasos. Pisadas fuertes, pesadas, que se acercaban sin disimulo por el pasillo. El corazón se le aceleró. Nerviosa y excitada al mismo tiempo, le encantaba esa mezcla exacta de sensaciones, el miedo justo que hace que todo sepa mejor.

Alguien entró en la cabina de enfrente.

Renata abrió un poco más su puerta, lo suficiente para que el espejo del fondo le devolviera el reflejo del probador de enfrente. No conseguía verle la cara, solo una sombra grande y una respiración que ya se oía desde allí. No saber quién la observaba le multiplicó la agitación. Notó cómo se humedecía entre las piernas, despacio, sin remedio.

***

Empezó por la camisa. Se la desabrochó botón a botón, sin prisa, mirándose en el espejo y sabiendo que el espejo la miraba a ella desde el otro lado. Para probarse las camisetas de tirantes tenía que quitarse el sujetador, porque eran muy ceñidas. Se lo soltó y lo dejó caer sobre el banco con un gesto estudiado.

Dobló las prendas con posturas exageradamente femeninas, recreándose en cada movimiento. Se masajeó los pechos un instante, lo normal al quitarse el sujetador, y los pezones se le pusieron de punta. Aréolas pequeñas, rosadas, un pezón todavía tímido que fue despertando.

De perfil ahora, lo justo para acariciarse las medias por encima del muslo. Se inclinó suspirando mientras hacía sonar ligeramente el tacón contra el suelo. Era una postura ensayada mil veces frente al espejo de su habitación, una pose de cuadro antiguo, insinuante y coqueta a la vez.

Los pechos, sin ser grandes, le caían con una forma que a ella le encantaba. Los pezones se le endurecieron del todo cuando comprobó que la cabina de enfrente tampoco tenía la puerta cerrada. Quien hubiera colocado aquellos espejos sabía perfectamente lo que hacía.

Intentó ponerse una de las camisetas y se dio cuenta de que era una talla menos. Costaba meterla, pero el resultado fue espectacular: le levantaba el pecho, marcaba todo el contorno, los pezones empujando la tela, el ombligo al aire. Se miró y se gustó. Se gustó muchísimo.

Entonces oyó la respiración fuerte a su espalda y se le mojaron las bragas.

***

En el reflejo, por la rendija de la puerta de enfrente, asomó una polla grande, de venas marcadas y punta enrojecida. Una mano enorme, basta, la sostenía e iniciaba una masturbación lenta, deliberada, para que ella la viera bien.

—¿Te gusta lo que ves, cerdito? —susurró Renata, sin volverse, llevándose las manos a los pechos por encima de la camiseta.

Una voz ronca, de fumador viejo, le respondió desde el otro lado del pasillo.

—Sigue, zorrita. Me gusta mucho lo que veo.

—Lo sabía desde la escalera —dijo ella al espejo—. Aprovecha la ocasión, viejo.

—Continúa así, niña pija. Me estás poniendo como un toro.

—Mira estas medias. Me las regaló un hombre, no sé muy bien para qué. Las estreno hoy y él ni se entera.

—Yo te las estreno por él. No vas a quedar defraudada.

En ningún momento se dio la vuelta. Le hablaba al espejo, aunque su interlocutor estuviera justo a su espalda, separado por dos metros y una rendija.

***

Se quitó la camiseta y la dejó caer al suelo. El culo otra vez en pompa, como en la escalera, las medias rosas a la vista completas. El liguero ceñido a la cintura, y por debajo unas bragas blancas de encaje fino, de las caras, de las que ella reservaba para fiestas en sitios de gente importante. Una mancha húmeda crecía en el centro, marcando su sexo como una diana.

Él no se había quitado los pantalones. Con la erección que tenía le había costado sacarla por la bragueta, y maldecía en voz baja porque la cremallera le arañaba al intentar liberarse del todo. Renata lo escuchaba farfullar, gemir con aquella voz cascada, soltar un par de tacos sin querer.

Se rió de él. Se llevó un dedo del sexo a la boca y se lo chupó despacio, mirándose en el espejo. Ni en aquella postura perdía la compostura. Femenina y muy puta a la vez, pensó él, devorándola con los ojos.

—¿Te gusta mi culo? —preguntó ella, arqueando la espalda.

—Me gustan tus medias de lujo. Y ese culo me vuelve loco.

Se aflojó la falda y la dejó caer con dos movimientos de cadera. Quedó en todo su esplendor, de espaldas, ofrecida al espejo. Él, recreándose en la vista, aceleró el ritmo de la mano.

***

Unos pasos resonaron al fondo del pasillo y los dos se quedaron quietos un segundo. Renata aprovechó ese instante para mirar descaradamente por el espejo. La imagen de aquel hombre mayor, de manos arrugadas y bastas, masturbándose ante una chica como ella, le resultó tan obscena que tuvo que apretarse el sexo con la mano para no correrse de golpe.

Al abrir un poco las piernas para tocarse, el muslo izquierdo y la media asomaron por el hueco de la puerta. Fue como una invitación.

Octavio salió al pasillo. Se acercó sin pudor, paso a paso, hasta que ella lo sintió a un palmo. Olió su sudor rancio, el aliento de tabaco. Tenía esa polla enorme casi pegada a la rendija, la respiración descontrolada, los jadeos cada vez más roncos. Renata no se movió. Si se movía, se corría.

Se concentró en los sonidos guturales que salían de aquella boca, en la animalidad de todo, hasta que un chorro caliente de semen le salpicó el muslo, las bragas, una nalga. Goteó y resbaló pierna abajo, espeso, empapando sus recién estrenadas medias rosas.

Una cremallera se cerró al otro lado.

—Ya te estrené las medias, zorrita —dijo él, con una sonrisa en la voz.

—Vuelve mañana y te estreno también el culo.

Y empezó a alejarse, pensando que el dichoso viaje en metro no había sido tan mala idea.

—Mi culo ya está estrenado, idiota —alcanzó a decir Renata, casi sin aire.

Recogió con dos dedos parte del semen depositado en la media, se lo llevó a la boca y se corrió de manera compulsiva, mordiéndose el labio para no gritar, con la frente apoyada en el espejo y las piernas temblando.

***

Veinte minutos más tarde, la chica de la limpieza entró en la fila de cabinas. Encontró unas bragas caras tiradas en el suelo, manchadas, y dos camisetas de tirantes arrugadas junto al banco. En el aire flotaba todavía un olor inconfundible a sudor y a sexo.

La empleada miró la escena, levantó una ceja y sonrió con un punto de envidia antes de empujar el carro hacia la siguiente cabina. Algunas tardes el trabajo contaba mejores historias que cualquier serie.

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Comentarios (6)

Ventana_Curiosa

tremendo relato!! ese morbo de la puerta entreabierta me dejó sin palabras. muy bien logrado

MarisolBuenos

Por favor continua esto, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues. Muy bien escrito!

RonaldoBaires

jaja me hizo acordar a una situacion parecida en un shopping hace años. Nunca olvidé esa tarde jeje

Silvia_Rq

increible como lo narraste, se siente tan real. Sigue escribiendo!!

DiegoRM_78

lo que mas me gusto es la tension que vas construyendo desde el principio, no te apurás y eso es lo que hace que uno no pueda parar de leer. Muy buen trabajo

Lola_Curiosa

Se hizo muy corto jaja, quiero mas!!

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