Lo que imaginé mirándola en la clase de cerámica
Me diagnosticaron el famoso burnout. Estrés laboral hasta el cuello. Cuarenta y dos años, recién separado, sin hijos. ¿Qué otra cosa podía hacer salvo trabajar sin parar? Me explotó la cabeza. No me quedó más opción que pedir una licencia médica y quedarme quieto.
Pero pasaron las semanas y me di cuenta de que estaba todo el día tirado en el sillón mirando la tele. Algo tenía que hacer. Nunca fui muy amigo del deporte, así que el gimnasio quedó descartado desde el primer segundo. Charlando con una amiga —lesbiana, amiga y nada más— me sugirió que me anotara en clases de cerámica.
Me comentó que incluso había cursos mixtos donde tal vez podía conocer a alguien y recuperarme de mi separación. Ante el nulo entusiasmo por cualquier otra actividad, decidí encarar por el lado de algo que al menos me habían recomendado a medida. Total, peor que el sillón no iba a ser.
A la media hora de la primera clase práctica entendí que la cerámica no era lo mío. La arcilla no es plastilina: no es nada fácil de manejar, y aunque la profesora me alentaba, yo veía que mis obras eran dignas de un mono al que hubieran enseñado a esculpir durante dos años en el zoológico. No conmovían a nadie. Lo peor era el resultado después del horno: lo que intentaba parecer una figura humana terminaba siendo la cruza entre un ornitorrinco y un caniche.
Estaba a punto de dejar de ir cuando, en la tercera clase, se reincorporó Maite. Una chica del norte que había estado de vacaciones. Maite era de esas mujeres que no sabés qué tienen, pero definitivamente lo tienen. No tenía cara de muñeca, ni pechos enormes, ni curvas de revista, ni un trasero de esos en los que querrías hundir la cara hasta pasado mañana. Y sin embargo me confundía demasiado.
No sabía si quería cogérmela a lo salvaje, tirándole del pelo, o hacerle el amor muy despacio como en una película europea. No sabía si quería morderle los pezones hasta dejárselos duros o quedarme dormido toda la noche sobre su pecho. No sabía si quería que me la chupara en un motel de carretera o darle besitos chiquitos en la boca sentados en el banco de una plaza. Maite lograba que me hiciera todas esas preguntas con solo mirarla desde unos metros, concentrada, moldeando con sus manos delicadas quién sabe qué.
Calculo que me quedé colgado mirándole las manos por lo menos diez minutos seguidos. El movimiento del torno, esa rueda que gira para dar una forma redondeada perfecta, resultaba hipnótico. Pero más hipnóticos todavía eran esos jarrones cilíndricos que Maite moldeaba. Más que cilindros, formas fálicas. Y más que formas fálicas, una verga. A veces el cerebro del hombre razona con la lucidez de un australopiteco.
Ahí estaba yo, detenido en el tiempo, como si el reloj de arena que nos gobierna se hubiera caído por fin y se hubiera estrellado para siempre contra el piso de ese taller polvoriento y frío donde teníamos clase todos los martes a las nueve de la noche. Un día y un horario en los que siempre me agarran las mismas ganas: de emborracharme y de coger.
Las manos de Maite estaban firmes en la misma posición, en la parte más alta del cilindro. Mantenía los brazos y las muñecas como una estatua. Solo les daba movimiento a los dedos. En especial jugaba con el pulgar y el índice. Tenía las dos manos embadurnadas de arcilla húmeda y las puntas de los dedos goteando pequeños hilos de líquido.
Qué básico que sos, hijo de mil putas. Me lo dije mentalmente, pero no por eso dejé de mirarla.
Y sí, efectivamente, me imaginé que eso que Maite tenía entre las manos era mi verga. No recordaba cómo habíamos llegado a esa intimidad. Todo transcurría en el más absoluto silencio. No sé cómo, pero ella estaba sentada sobre mi cama, vestida con una chaqueta y un jean, igual que en el curso. El único completamente desnudo era yo.
Si alguien me hubiera prestado atención, se habría dado cuenta de mis intenciones en esas clases. Jamás cruzábamos miradas. Ella tenía la vista fija en el cilindro que se erigía: en la realidad, en el torno; en mi imaginación, desde mi entrepierna. Lo moldeaba muy despacio, lo rozaba con la yema de los dedos. No entiendo cómo, pero yo no paraba de supurar líquido, lo cual hacía que tuviera restos de humedad hasta en las muñecas.
Y aunque me moría de ganas de decirle que la empuñara y me masturbara bien fuerte, que con la mano húmeda recorriera desde la punta hasta la base, ida y vuelta, ida y vuelta, me aguantaba. La dejaba hacer a su antojo. Dale la forma que quieras, Maite.
Llegué a soñar despierto con que mi verga no era más que un pedazo de arcilla rústico, crudo, que sobresalía de entre mis huevos. Y yo miraba cómo ella le daba forma cilíndrica, fálica. Sí… moldeame… moldeame el tronco. No sé cómo hacía, pero con un movimiento quirúrgico de los dedos, con las uñas, me tallaba las venas. Después, con una magia de los índices, modelaba la cabeza, bien salida hacia afuera, marcando una curva notoria. Y al final, rozando suave y lento con el costado de los meñiques, le daba la curvatura a la puntita.
Maite seguía, seguía. Era imperturbable. Quería tomarle el mentón y obligarla a mirarme a los ojos, pero no lo hacía. Quería sacarle toda la ropa y tirarla por la ventana para que se quedara desnuda para siempre, igual que yo. Quería hacer algún ruido, un gemido quebrado, para ver si a ella se le ocurría preguntarme si me gustaba cómo lo estaba haciendo.
Pero caí en la cuenta de que nunca había escuchado la voz de Maite. En el curso no hablaba, no interrumpía, no hacía preguntas de más, no buscaba destacarse. Eso para mí la volvía más irresistible. Y yo también, tanto en el curso como en mi mente, me quedaba en el molde. Era una esfinge, un Buda, uno de esos gatitos chinos que mueven el brazo. Da igual: la miraba fijo a ella y nada más.
Los movimientos de sus dedos en cámara lenta me hacían fantasear con la masturbación más hermosa que alguna vez me hubieran hecho. Sus pulgares posándose sobre lo más alto de mi cilindro, juntándose y separándose para que mi uretra se abriera como una pequeña boca, casi como un misterio, y que Maite siguiera con la mirada fija, ahora sobre la punta, esperando que emergiera todo como un géiser.
Y qué deseo tan ambivalente, porque era fuerte el anhelo de verle las manos llenas, volviéndose engrudo, arcilla blanca solidificándose entre los dedos, en las palmas, sobre las uñas. Pero ahí yo haría un esfuerzo sobrehumano: cerraría los ojos para perderme dolorosamente algunos segundos de esa obra maestra. Porque por mi calentura, por mi naturaleza y por orden de mi anatomía, se desmadraría todo. Sería como levantarme del asiento, ir hasta donde estaba ella y pegarle una patada al jarrón. No quería. No quería que las manos de Maite dejaran nunca de hacer lo que estaban haciendo.
—Disculpá, ¿estás bien? —me sacó del ensueño la voz de la profesora—. De repente te quedaste colgado…
La odié. Fue como si Maite y yo hubiéramos estado en mi habitación, en total silencio, yo contemplándola moldear y ella con los ojos fijos sobre mi verga, y de pronto un grupo comando irrumpiera en mi departamento para acusarme de que no solo era un voyeur, sino también un masturbador compulsivo.
La clase terminó y entre mis manos tenía lo de siempre: una figura amorfa de arcilla, digna del museo de los peores fracasos de la humanidad. Junté mis cosas lentamente, esperando que por milagro pudiera cruzarme a Maite en la salida, aunque fuera para decirle chau, adiós, hola. Pero, maldita sea mi suerte, hizo un ademán de que llegaba tarde a algún lado y se esfumó en menos de cinco segundos.
Justo cuando por fin estaba por irme a casa, la profesora me llamó a un costado.
—Te vi cómo la mirabas —sentenció, y me quedé pasmado.
—¿A quién? —pregunté, haciéndome el desentendido.
—Nada… un chiste —dijo, y relajó la cara—. Sabés que te noto con la decepción que todos tienen en las primeras clases, pero creo que tenés potencial.
—Sí… de a poco, como todo —contesté para salir del paso, sin admitir que seguía yendo únicamente para mirarla a Maite y fantasear con sus manos sobre mi verga erecta.
—¿Te gustaría reforzar las clases grupales con una clase individual? —me dijo la profesora, esta vez bajando la voz, mientras se retiraban las últimas alumnas.
Susana, la profesora, era una mujer de unos cincuenta años llevados con dignidad. No parecía ni de más ni de menos. De cara era normal, y de cuerpo, bueno, lo suyo era la cerámica y no el crossfit. No pude disimularlo: apenas mencionó las clases individuales, le miré las manos.
Se destacaban del resto de su cuerpo. Eran blancas, con detalles rosados. Me gustaban, la verdad que me gustaban. Las uñas bien pintadas de blanco. Con algunas arrugas, pero delicadas, como de pianista. Y sobre todo con las venas azules bien marcadas, igual que cuando imaginaba que Maite me las estaba moldeando, sin dejar nunca de mirar fijo el tronco rígido de mi verga.
—Sí —le dije, sosteniéndole la mirada por primera vez en toda la noche—. Me vendría muy bien una clase individual.